4 mar 2017

RAYO DE ESPERANZA



Sinopsis
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El despertador suena. El Sol todavía duerme. Toca darle otro repaso a la rutina de siempre. ¿Un día más en la oficina?. No. Hoy, entre impresoras, teclados, pantallas y papeles, una voz en tu interior grita pidiéndote auxilio. Hay alguien en apuros. Alguien ha sido recluido en una prisión de eterna oscuridad, y sólo tú puedes ayudarle a escapar. Necesita ver un poco de luz entre los negros muros que le rodean. Sólo la pregunta correcta podría ser su rayo de esperanza. El suyo, y el tuyo también. Quizá haya llegado para ti el momento de hacértela.

Nota del autor

Este pequeño relato va dedicado a todos aquellos que llevan buena parte de su vida haciendo lo mismo día sí y día también, que están tranquilos y conformes con un plato de comida en la mesa y un techo bajo el que pasar la noche, y que son incapaces de realizar un análisis crítico y constructivo del porqué de su existencia.

A esas personas que una mañana se despiertan y sienten que se han estancado, que viven en la monotonía, y que la vida que tienen quizá no es la que quieren.

Y a ese punto de inflexión en su existencia, a partir del cual tendrán la posibilidad de decidir entre seguir haciéndoles caso a los demás o empezar a hacérselo a sí mismos.

RAYO DE ESPERANZA

Apagas el despertador de un puñetazo. Aún no ha amanecido, pero un nuevo día comienza para ti. Te levantas, en la misma cama de siempre. Desayunas, lo mismo de siempre. Te aseas, te vistes, y te diriges a tu trabajo, el mismo de siempre.

Ese eres tú. El hombre que camina cabizbajo y muerto de sueño por la acera. Una acera gris, que los barrenderos ya hace rato que se han encargado de dejar reluciente.

Es una nublada y fría mañana de febrero. No vas muy bien de tiempo. En estos momentos, en la oficina, tus compañeros ya se están aposentando en sus puestos.

Tú, aún cansado del ajetreado día anterior, en el que has cumplido fielmente con tus obligaciones y has realizado todas tus tareas, llegas, saludas a los demás con cara de circunstancias, te sientas, abres tu maletín, enciendes el ordenador y te enfrascas en tus labores.

Vamos, lo que llevas haciendo desde hace años, y lo que harás también este martes como si de un día cualquiera se tratase. ¿Qué otra opción te queda sino? Vives solo, dependes de ti mismo, y en esta modesta empresa has encontrado un trabajito estable, no mal pagado, en el que los seis años que has tardado en terminar la carrera parecen estar cobrando algo de sentido.

Hoy, no obstante, te sientes algo extraño. Apoyas un codo en la mesa, y la cabeza sobre la mano. Miras a la nada. Y tu cabeza comienza a dar vueltas...

Te das cuenta de que hoy no va a ser un día cualquiera. Escuchas, en tu interior, los gritos de una voz desesperada, pidiéndote auxilio.

Eres tú. Es la persona que verdaderamente eres, no en la que te has convertido. No es esa que se ha adueñado de tu cuerpo y lo maneja y explota a su antojo. Es otra. Es aquella a la que ésta ha expulsado a patadas de la torre de control de tus preferencias, decisiones y actos, que se halla en esa máquina perfecta que llevas en la cabezota.

Aquella que, viéndose destronada y desamparada, halló refugio en lo más profundo de tu corazón, lugar en el que, por desgracia, la usurpadora de su trono no tiene ninguna intención de buscar respuestas cuando las necesita, y que decidió sellar para siempre.

Aquella que, melancólica y oprimida, se dio por vencida. Y así se hallaba desde hace años, desde el día en que te matriculaste en la universidad siguiendo los consejos de tus allegados, pues según ellos, estudiar te brindaría posteriormente más y mejores posibilidades de encontrar un trabajo bien pagado.

Hasta hoy. Hoy, ella ha visto un tenue destello de luz en medio de la oscuridad en que se halla inmersa. Esa luz la has prendido tú, sin darte cuenta, hace unas horas, en ese momento en que, tras haberte tu despertador reventado los tímpanos, te incorporaste somnoliento en el catre, apoyaste los pies en la alfombra y, aún sentado sobre el colchón, te quedaste mirando al suelo y te preguntaste: "¿Por qué?"

La preguntita devino en un rayo de esperanza. Ese rayo, como impulsado por la furia de Zeus, se dirigió directamente hacia tu torre de control. Allí, tu "yo" alienado, el que cada día madruga, desayuna, se prepara, va a trabajar y trabaja, se vio sorprendido ante la presencia de una fuerte amenaza.

Si ese rayo alcanzaba los mandos provocaría una catástrofe sin precedentes. Todo se iría al traste. Y lo que es peor, el lugar en el que halló cobijo tu verdadero "yo", el fondo de tu corazón, que él se había encargado de sumir en la oscuridad, podría recibir un poco de luz, que su enemigo podría interpretar como una señal que le impulsase a resurgir de sus cenizas, escapar y buscar merecida venganza.

De repente, se detuvo el tiempo. El rayo de esperanza se petrificó cuando casi había llegado a su destino, la torre de control, ahora petrificada también. La razón era muy sencilla. Una voz ronca y atronadora gritándote al oído.

La voz de tu jefe. Y de fondo, las risas de tus compañeros. Te habías dormido, amigo. Y estabas soñando. Y como todos los sueños, éste no fue menos, y se acabó cuando estaba a punto de revelarte su desenlace. Tu jefe gritándote y tus compañeros riendo. Vaya papelón.

Te disculpas. Decides ir a coger un cafecito a la máquina, a pesar de que sabes, por experiencia, ya desde hace años, que no hay quien trague ese brebaje del diablo. Lo tomas igual, para despejarte, y así, acompañado de un asqueroso sabor de boca y una incómoda sensación de vergüenza y frustración por lo sucedido, aguantas como puedes el resto de la jornada.

Ahora, ya es de noche. Estás en casa, ante la televisión. No consigues decidirte entre ver el telediario, en el que, tras haber dedicado un minutito a comentar una masacre en un país de oriente medio que ha costado la vida a decenas de personas, ahora hablan de una trama de corrupción en la que podrían estar implicadas personas que te gobiernan; el partido de liga aplazado entre dos equipos de fútbol que ocupan modestas plazas en la zona media de la tabla; el reality show ese del que tanto hablan los veinteañeros que trabajan contigo, en el que compruebas que lo que decían era cierto, y de verdad hay un macarrilla hipermusculado, analfabeto y prepotente por el que una chica rubia, muy maquillada y con un cuerpo de anuncio bebe los vientos; y la molesta y persistente publicidad de ese canal que parece empeñado en que ahora mismo hagas un pedido en la teletienda.

Te rindes. Hoy no ha sido tu día. Apagas la televisión; recoges los restos de la cena; limpias la cocina -que has dejado hecha un asco, pues el aceite de esos sanjacobos de marca blanca que tenías en el congelador se ve que saltaba lo suyo-; te aseas un poco; y te metes en la cama.

Pero no das dormido. Te tumbas boca arriba, mirando al techo. Sientes que todavía tienes algo que hacer. 

No es nada del trabajo, eso ya tocará mañana. No es nada del hogar, tienes tu pisito de alquiler en condiciones compatibles con la vida humana. No es nada relacionado con tu familia, pues con tus padres ya has hablado hace un rato, cuando te llamaron por teléfono preguntándote si el viernes ibas a ir a comer. Tampoco tiene que ver con tus amigos, pues con tus coleguitas de la infancia ya te has encontrado a la tarde, cuando volvías del trabajo, y arrastrando los pies les respondiste "bien, todo bien" cuando te preguntaron cómo estabas.

Entonces, ¿qué es?. No consigues darte cuenta, y decides tirar la toalla. Piensas en lo que te espera mañana. Aunque, a decir verdad, no tienes que pensarlo mucho. Lo que te espera es lo de siempre. Y entonces, sin venir a cuento, vuelve la preguntita: “¿Por qué?”.

Has recordado lo que te quedaba por hacer. Darle un final a aquel sueño.

Aquel rayo de esperanza, que avanzaba fugaz y decidido hacia la torre de control, ante la mirada de tu aterrorizado álter ego, que se ha adueñado de ti tiempo atrás... ¿llegará finalmente a su destino?

¿Qué podría pasar?

Si no llegase, todo seguiría igual. Mañana comenzaría un nuevo día, y harías lo mismo que llevas años haciendo. Tu otro "yo" respiraría aliviado y continuaría siendo dueño y rector de tus decisiones, manteniéndote prisionero.

Si llegase, es posible que arrasara con todo lo que encontrase a su paso, y provocase que aquel tenue destello de luz que tu verdadero "yo" estaba viendo, desde la oscuridad del fondo de tu corazón, se hiciese más potente y luminoso, capaz de romper los negros muros de su prisión, permitiéndole salir y buscar venganza. Venganza que podría llevar a cabo y vencer.

Entonces, tú volverías a ser amo y señor de ti mismo, y recuperarías tanto tiempo perdido bajo el control de alguien más. Ese alguien más, tu álter ego, eran tus padres, tus profesores, tu jefe, tus compañeros... No eras tú. Eran los demás decidiendo por ti, y repitiéndote una y otra vez que “es lo que hay”, y que lo que estás haciendo es lo que más te conviene.

Y cuando recuperases las riendas de tu vida, podrías buscar en tu interior, descubriendo qué clase de persona quieres ser, qué estilo de vida quieres llevar, cuáles son tus verdaderas metas y objetivos en la vida y cómo vas a tratar de alcanzarlos.

Esos son los dos posibles desenlaces del sueño que tuviste esta mañana en el trabajo.

¿Qué va a ocurrir contigo? ¿El rayo llegará o no llegará? Yo, a ti, te pregunto: ¿Quieres que llegue o no?

¿Deseas seguir con tu actual estilo de vida - si no te gusta - limitándote a dejar pasar los días?

¿O estás dispuesto a romper con él, aun sabiendo que ello supondrá vivir con la incertidumbre de no saber qué pasará mañana?

La respuesta la tienes tú. Si te sientes identificado/a, te convido a darle un final a esta historia.

BW.

4 comentarios:

  1. Ameno relato de una realidad cotidiana para mucha gente, elija lo que elija suya será la decisión y eso ya es importante...

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    1. La clave está primero en saber que se puede decidir, y segundo en saber qué decisión tomar y por qué, Me alegro de que te haya gustado.

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  2. Rebelde, inconformista, irreverente, terriblemente atrevido y sorprendentemente adulto para un BW tan joven.
    Muchos otros "yos" escondidos bajo esa pregunta que ya adiviné nada más leer la sinopsis.
    Muchos nos la hacemos y nos la contestamos, pero difícilmente le hacemos caso si no nos gusta la respuesta.
    A veces hay cuerdas imposibles de desatar.
    Bravo, bravísimo...

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    1. Si adivinaste la pregunta, sin duda habrás captado perfectamente la esencia del relato y sus mensajes más fuertes, y eso te ha permitido disfrutar más de la lectura. Me alegra que lo hayas hecho.

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