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El despertador suena. El Sol todavía duerme. Toca darle otro repaso a la rutina de siempre. ¿Un día más en la oficina?. No. Hoy, entre impresoras, teclados, pantallas y papeles, una voz en tu interior grita pidiéndote auxilio. Hay alguien en apuros. Alguien ha sido recluido en una prisión de eterna oscuridad, y sólo tú puedes ayudarle a escapar. Necesita ver un poco de luz entre los negros muros que le rodean. Sólo la pregunta correcta podría ser su rayo de esperanza. El suyo, y el tuyo también. Quizá haya llegado para ti el momento de hacértela.
Nota del autor
Este pequeño relato va
dedicado a todos aquellos que llevan buena parte de su vida haciendo
lo mismo día sí y día también, que están tranquilos y conformes
con un plato de comida en la mesa y un techo bajo el que pasar la
noche, y que son incapaces de realizar un análisis crítico y
constructivo del porqué de su existencia.
A esas personas que una
mañana se despiertan y sienten que se han estancado, que viven en la
monotonía, y que la vida que tienen quizá no es la que quieren.
Y a ese punto de inflexión en su existencia, a partir
del cual tendrán la posibilidad de decidir entre seguir haciéndoles
caso a los demás o empezar a hacérselo a sí mismos.
RAYO DE
ESPERANZA
Apagas el despertador de
un puñetazo. Aún no ha amanecido, pero un nuevo día comienza para
ti. Te levantas, en la misma cama de siempre. Desayunas, lo mismo de
siempre. Te aseas, te vistes, y te diriges a tu trabajo, el mismo de
siempre.
Ese eres tú. El hombre
que camina cabizbajo y muerto de sueño por la acera. Una acera gris,
que los barrenderos ya hace rato que se han encargado de dejar
reluciente.
Es una nublada y fría
mañana de febrero. No vas muy bien de tiempo. En estos momentos, en
la oficina, tus compañeros ya se están aposentando en sus puestos.
Tú, aún cansado del
ajetreado día anterior, en el que has cumplido fielmente con tus
obligaciones y has realizado todas tus tareas, llegas, saludas a los
demás con cara de circunstancias, te sientas, abres tu maletín,
enciendes el ordenador y te enfrascas en tus labores.
Vamos, lo que llevas
haciendo desde hace años, y lo que harás también este martes como
si de un día cualquiera se tratase. ¿Qué otra opción te queda
sino? Vives solo, dependes de ti mismo, y en esta modesta empresa has
encontrado un trabajito estable, no mal pagado, en el que los seis
años que has tardado en terminar la carrera parecen estar cobrando
algo de sentido.
Hoy, no obstante, te
sientes algo extraño. Apoyas un codo en la mesa, y la cabeza sobre
la mano. Miras a la nada. Y tu cabeza comienza a dar vueltas...
Te das cuenta de que hoy
no va a ser un día cualquiera. Escuchas, en tu interior, los gritos
de una voz desesperada, pidiéndote auxilio.
Eres tú. Es la persona
que verdaderamente eres, no en la que te has convertido. No es esa
que se ha adueñado de tu cuerpo y lo maneja y explota a su antojo.
Es otra. Es aquella a la que ésta ha expulsado a patadas de la torre
de control de tus preferencias, decisiones y actos, que se halla en
esa máquina perfecta que llevas en la cabezota.
Aquella que, viéndose
destronada y desamparada, halló refugio en lo más profundo de tu
corazón, lugar en el que, por desgracia, la usurpadora de su trono
no tiene ninguna intención de buscar respuestas cuando las necesita,
y que decidió sellar para siempre.
Aquella que, melancólica
y oprimida, se dio por vencida. Y así se hallaba desde hace años,
desde el día en que te matriculaste en la universidad siguiendo los
consejos de tus allegados, pues según ellos, estudiar te brindaría
posteriormente más y mejores posibilidades de encontrar un trabajo
bien pagado.
Hasta hoy. Hoy, ella ha
visto un tenue destello de luz en medio de la oscuridad en que se
halla inmersa. Esa luz la has prendido tú, sin darte cuenta, hace
unas horas, en ese momento en que, tras haberte tu despertador
reventado los tímpanos, te incorporaste somnoliento en el catre,
apoyaste los pies en la alfombra y, aún sentado sobre el colchón,
te quedaste mirando al suelo y te preguntaste: "¿Por qué?"
La preguntita devino en un
rayo de esperanza. Ese rayo, como impulsado por la furia de Zeus, se
dirigió directamente hacia tu torre de control. Allí, tu "yo"
alienado, el que cada día madruga, desayuna, se prepara, va a
trabajar y trabaja, se vio sorprendido ante la presencia de una
fuerte amenaza.
Si ese rayo alcanzaba los
mandos provocaría una catástrofe sin precedentes. Todo se iría al
traste. Y lo que es peor, el lugar en el que halló cobijo tu
verdadero "yo", el fondo de tu corazón, que él se había
encargado de sumir en la oscuridad, podría recibir un poco de luz,
que su enemigo podría interpretar como una señal que le impulsase a
resurgir de sus cenizas, escapar y buscar merecida venganza.
De repente, se detuvo el
tiempo. El rayo de esperanza se petrificó cuando casi había llegado
a su destino, la torre de control, ahora petrificada también. La
razón era muy sencilla. Una voz ronca y atronadora gritándote al
oído.
La voz de tu jefe. Y de
fondo, las risas de tus compañeros. Te habías dormido, amigo. Y
estabas soñando. Y como todos los sueños, éste no fue menos, y se
acabó cuando estaba a punto de revelarte su desenlace. Tu jefe
gritándote y tus compañeros riendo. Vaya papelón.
Te disculpas. Decides ir a
coger un cafecito a la máquina, a pesar de que sabes, por
experiencia, ya desde hace años, que no hay quien trague ese brebaje
del diablo. Lo tomas igual, para despejarte, y así, acompañado de
un asqueroso sabor de boca y una incómoda sensación de vergüenza y
frustración por lo sucedido, aguantas como puedes el resto de la
jornada.
Ahora, ya es de noche.
Estás en casa, ante la televisión. No consigues decidirte entre ver
el telediario, en el que, tras haber dedicado un minutito a comentar
una masacre en un país de oriente medio que ha costado la vida a
decenas de personas, ahora hablan de una trama de corrupción en la
que podrían estar implicadas personas que te gobiernan; el partido
de liga aplazado entre dos equipos de fútbol que ocupan modestas
plazas en la zona media de la tabla; el
reality show ese del que tanto hablan los veinteañeros que
trabajan contigo, en el que compruebas que lo que decían era cierto,
y de verdad hay un macarrilla hipermusculado, analfabeto y prepotente
por el que una chica rubia, muy maquillada y con un cuerpo de anuncio
bebe los vientos; y la molesta y persistente publicidad de ese canal
que parece empeñado en que ahora mismo hagas un pedido en la
teletienda.
Te rindes. Hoy no ha sido
tu día. Apagas la televisión; recoges los restos de la cena;
limpias la cocina -que has dejado hecha un asco, pues el aceite de
esos sanjacobos de marca blanca que tenías en el congelador se ve
que saltaba lo suyo-; te aseas un poco; y te metes en la cama.
Pero no das dormido. Te
tumbas boca arriba, mirando al techo. Sientes que todavía tienes
algo que hacer.
No es nada del trabajo, eso ya tocará mañana. No es
nada del hogar, tienes tu pisito de alquiler en condiciones
compatibles con la vida humana. No es nada relacionado con tu
familia, pues con tus padres ya has hablado hace un rato, cuando te
llamaron por teléfono preguntándote si el viernes ibas a ir a
comer. Tampoco tiene que ver con tus amigos, pues con tus coleguitas
de la infancia ya te has encontrado a la tarde, cuando volvías del
trabajo, y arrastrando los pies les respondiste "bien, todo
bien" cuando te preguntaron cómo estabas.
Entonces, ¿qué es?. No
consigues darte cuenta, y decides tirar la toalla. Piensas en lo que
te espera mañana. Aunque, a decir verdad, no tienes que pensarlo
mucho. Lo que te espera es lo de siempre. Y entonces, sin venir a
cuento, vuelve la preguntita: “¿Por qué?”.
Has recordado lo que te
quedaba por hacer. Darle un final a aquel sueño.
Aquel rayo de esperanza,
que avanzaba fugaz y decidido hacia la torre de control, ante la
mirada de tu aterrorizado álter ego, que se ha adueñado de
ti tiempo atrás... ¿llegará finalmente a su destino?
¿Qué podría pasar?
Si no llegase, todo
seguiría igual. Mañana comenzaría un nuevo día, y harías lo
mismo que llevas años haciendo. Tu otro "yo" respiraría
aliviado y continuaría siendo dueño y rector de tus decisiones,
manteniéndote prisionero.
Si llegase, es posible que
arrasara con todo lo que encontrase a su paso, y provocase que aquel
tenue destello de luz que tu verdadero "yo" estaba viendo,
desde la oscuridad del fondo de tu corazón, se hiciese más potente
y luminoso, capaz de romper los negros muros de su prisión,
permitiéndole salir y buscar venganza. Venganza que podría llevar a
cabo y vencer.
Entonces, tú volverías a
ser amo y señor de ti mismo, y recuperarías tanto tiempo perdido
bajo el control de alguien más. Ese alguien más, tu álter ego,
eran tus padres, tus profesores, tu jefe, tus compañeros... No eras
tú. Eran los demás decidiendo por ti, y repitiéndote una y otra
vez que “es lo que hay”, y que lo que estás haciendo es lo que
más te conviene.
Y cuando recuperases las
riendas de tu vida, podrías buscar en tu interior, descubriendo qué
clase de persona quieres ser, qué estilo de vida quieres llevar,
cuáles son tus verdaderas metas y objetivos en la vida y cómo vas a
tratar de alcanzarlos.
¿Qué va a ocurrir
contigo? ¿El rayo llegará o no llegará? Yo, a ti, te pregunto:
¿Quieres que llegue o no?
¿Deseas seguir con tu
actual estilo de vida - si no te gusta - limitándote a dejar pasar
los días?
¿O estás dispuesto a
romper con él, aun sabiendo que ello supondrá vivir con la
incertidumbre de no saber qué pasará mañana?
La respuesta la tienes tú. Si te sientes identificado/a, te convido a darle un final a esta historia.
BW.

Ameno relato de una realidad cotidiana para mucha gente, elija lo que elija suya será la decisión y eso ya es importante...
ResponderEliminarLa clave está primero en saber que se puede decidir, y segundo en saber qué decisión tomar y por qué, Me alegro de que te haya gustado.
EliminarRebelde, inconformista, irreverente, terriblemente atrevido y sorprendentemente adulto para un BW tan joven.
ResponderEliminarMuchos otros "yos" escondidos bajo esa pregunta que ya adiviné nada más leer la sinopsis.
Muchos nos la hacemos y nos la contestamos, pero difícilmente le hacemos caso si no nos gusta la respuesta.
A veces hay cuerdas imposibles de desatar.
Bravo, bravísimo...
Si adivinaste la pregunta, sin duda habrás captado perfectamente la esencia del relato y sus mensajes más fuertes, y eso te ha permitido disfrutar más de la lectura. Me alegra que lo hayas hecho.
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