22 may 2024

BIBLIOGRAFÍA COMPLETA


En este post se recoge toda mi bibliografía.

En el título de cada obra está el enlace a su publicación.

Feliz lectura. BW.

TODA MI BIBLIOGRAFÍA

“Nada es verdad ni es mentira. Todo es según el color del cristal con que se mira.”

“El destino de la estrella dorada que se torna en flor carmesí.”

“Porque cuando el alma libera su arte, gana el don de la inmortalidad.”

“¿Son el amor y el deseo elementos unidos e inseparables?”

“La pasión en una discusión es inversamente proporcional a la información disponible.”

42. CAMINOS A LA NADA. Parte 1. Parte 2.
"El alma y los vacíos de conocimiento. La energía y el hogar de los recuerdos."

41. UN HOGAR PARA LA MUJER CIEGA. Parte 1Parte 2Parte 3.
"Ideales de justicia, corrupción en el poder, y un derecho que hace sentir."

“¿Puede la voz de un muerto seguir gritando desde las palabras que escribió en vida?”

“Dos mil palabras de mediación y cambio social.”

“¿Cuántas veces nos han preguntado “qué tal” y nos ha costado creer nuestra respuesta?”

“¿Quién diría que ser empático puede llegar a estar mal visto?”

“Una bandera, mal enarbolada, pierde su esencia, y puede llegar a transmitir odio.”

“Nada obliga a vivir. La vida, es eso."

“Todo pequeño acto con el que conduzcamos nuestro “ser” hacia el “ser” que queremos ser.”

“¿Qué es “madurar”? El dogma ego-vitalo-centrista y la normalización del miedo.”

“Nunca debemos darnos por satisfechos si sabemos que algo puede dar más de sí.”

“Socializar bajo el yugo de lo políticamente correcto devora la autoestima propia y ajena”.

30. MERECÍA MORIR DE VIEJO. Parte 1Parte 2Parte 3.
“Una muerte que supone el triunfo de una vida. De la vida misma.”

“Todos buscamos lo mismo. Pero, ¿no cabe acaso cuestionar las reglas del juego?"

“Se puede encarcelar al individuo, pero nunca a sus pensamientos.”

27. NAAT´AANII. Parte 1Parte 2.
“El poder puede resolver conflictos. Pero no necesariamente sabe cómo hacerlo.”

“Quizá nosotros nunca lleguemos a ser libres. Pero si no hacemos nada, nadie lo será jamás.”

25. LO42015
“Sin ti, mi vida no tiene sentido. Porque sin ti, yo no. Sin ti, (…), yo no soy nada.”

“El capital demuestra una vez más su poder: su capacidad de deshumanizar al ser humano.”

“Esa persona que, cuando habla, las demás callan y escuchan.”

“Anhelos de ricos en mentes de pobres, para mantener pobres a los pobres.”

“Con sólo intentarlo, nos daremos cuenta de algo aterrador: todo era mentira.”

“Fue ahí cuando supe que mi futuro estaba al lado de los débiles.”

“¿Por qué el propio pueblo se encarga de reprimir a quienes luchan por él?”

“El pueblo debe socorrerse a sí mismo ante sus propios problemas.”

“¿Es la única razón por la que me abrazas esta noche?¿Porque tenemos miedo a estar solos?”

“Los goles, los verdaderos goles, nos los están metiendo a nosotros. Y por la escuadra.”

“Un amanecer para enmarcar que grabaría en su memoria para siempre.”

“Él ya ha hecho bastante por vosotros. ¿Por qué no hacéis algo vosotros por él?”

“Todos podemos ser, para quienes nos rodean, una fuente inagotable de conocimiento."

“La humanidad es una. Si hay un drama humanitario, todos debemos hacerle frente.”

“Y cuando terminéis, volveos a mirar y decidme… ¿dónde está esa ilusión ahora?”

“Dándole gracias a la mano muerta que se coló en tus entrañas.”

“Hablemos de drogas. ¿No es el remedio peor que la enfermedad?”

“Ojalá seas tan feliz como aparentas.”

“Tarde o temprano nos daremos cuenta de que el ser humano no puede ser tan cruel.”

“Que para cuando entendamos que debemos protegerla, no la hayamos destruido.”

“Has recordado lo que te quedaba por hacer. Darle un final a aquel sueño.”

“Tu pequeño se ha hecho mayor.”

“A quien algo quiere, algo le cuesta, pero… ¿no deberían ser más baratas ciertas cosas?”

“De la disonancia entre nuestros valores y nuestros objetivos en la vida.”

“Saber decidir cuándo nadar en dirección contraria y cuándo dejarse llevar.”

10 may 2024

MOSAICO DE CRISTALES

 

Sinopsis -


Todo “mal” tiene que ser contrapuesto con un “bien” para que lo consideremos como tal, y viceversa.

 

Cuando en nuestra vida hay algo que no nos gusta, tendemos a compararla con la de los demás. Pero al hacerlo, sólo tomamos como referencia la vida de esas personas que no parecen tener nuestros problemas, centrándonos en esos aspectos en cuestión, ignorando el resto.

 

Y a medida que repitamos ese proceso en diversas ocasiones y en diversos aspectos, la vida ajena de referencia para nuestras comparativas se irá convirtiendo en una vida “perfecta”, resultado de la combinación de todas esas partes de las vidas de otras personas que hemos ido seleccionando.

 

Quizá cometemos un error muy grave…



Prólogo

 

Cuando escribí “Cambia el color de tu cristal”, hace ya unos años, me inspiré en una frase que mi madre me repetía mucho de niño:

 

“En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira;

todo es según el color del cristal con que se mira.”

(Ramón de Campoamor)

 

En esa reflexión me enfoqué en la importancia de no envidiar las virtudes y logros de los demás; al contrario, enfocarnos en aprender de ellos.

 

Pero al final, esa frase puede tener más significados y mucho más profundos. En esta publicación trato de encontrarlos. Quizá no sea exagerado decir que estas líneas resumen el más grande avance en cuanto a crecimiento personal que he dado en los últimos tiempos. Será una obra que siempre recordaré con mucho cariño.

 

Espero que la disfrutéis.



MOSAICO DE CRISTALES

 

Todo “mal” tiene que ser contrapuesto con un “bien” para que lo consideremos como tal, y viceversa.

 

Cuando en nuestra vida hay algo que no nos gusta, tendemos a compararla con la de los demás. Pero al hacerlo, sólo tomamos como referencia la vida de esas personas que no parecen tener nuestros problemas, centrándonos en esos aspectos en cuestión, ignorando el resto.

 

Y a medida que repitamos ese proceso en diversas ocasiones y en diversos aspectos, la vida ajena de referencia para nuestras comparativas se irá convirtiendo en una vida “perfecta”, resultado de la combinación de todas esas partes de las vidas de otras personas que hemos ido seleccionando.

 

Quizá cometemos un error muy grave.

 

Está bien tener las expectativas altas, ser proactivos, identificar aspectos de nuestra vida que no nos gustan y tratar de mejorarlos o solucionarlos -si es que podemos-, o de convivir con ellos -si no hay nada que podamos hacer-. Pero nunca podremos alcanzar esa vida “perfecta”, donde por fin nos hayamos librado de todos nuestros problemas. Porque esa vida es tan perfecta… como irreal.

 

Nadie la tiene. Las personas de cuyas vidas hemos ido tomando las partes que nos interesaban para construir ese ideal que anhelamos, tienen sus propios problemas. Cuanto menos las conozcamos y más las idealicemos, más nos costará entender esto.

 

Reutilizaremos una frase de otro post: a esas personas “les conocemos los ángeles, pero todavía no les conocemos los demonios”; y le daremos una segunda vuelta: les conocemos los ángeles… o eso creemos.

 

Quizá las vidas de las demás personas no sean tan buenas como pensamos. Puede que esa parte de sus vidas que nosotros concebimos como “buena”, que nos gusta, ellas mismas no la vean como tal. Quizá existan matices que desconocemos, o quizá ellas mismas no sean conscientes de que ciertos aspectos de sus vidas son juzgados como positivos por los demás.

 

Y lo mismo ocurre con nosotros: muchas veces, los demás verán en nuestra vida aspectos positivos que nosotros no identificamos como tales. Quizá algún logro, alguna virtud, o hasta hechos de lo más simple, como que nuestros padres no se estén divorciando de mala manera y no traten de manipularnos cada uno contra el otro.

 

Pasamos estas cosas por alto porque estamos acostumbrados a ellas y no nos sorprenden; pero quizá haya aspectos de nuestra vida que formen parte de esa vida “perfecta” con las que los demás comparen la suya.

 

Si tenemos la oportunidad de tumbarnos con alguien en la playa, una noche estrellada de verano, a las tres de la madrugada, compartiendo una bebida, quizá nos cuente historias que nos sorprendan.

 

Cuando escribí “Cambia el color de tu cristal”, hace ya unos años, me inspiré en una frase que mi madre me repetía mucho cuando era niño:

 

“En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira;

todo es según el color del cristal con que se mira.”

(Ramón de Campoamor)

 

En ese post me enfoqué en la importancia de no envidiar las virtudes y logros de los demás; al contrario, enfocarnos en aprender de ellos. Pero al final, esa frase puede tener más significados, mucho más profundos.

 

Puede que la sociedad sea una infinita cristalera de perspectivas múltiples, un gigantesco mosaico de cristales, donde la “realidad” es distinta para cada quien, porque cada quien percibe estímulos externos distintos, los enfoca desde su propio ángulo y los juzga a través de sus propios filtros. Y así, cada persona desarrolla su propia visión sobre la vida. Una visión que, como la de todas, sufrirá cambios a cada momento. Somos subjetividades únicas y dinámicas, en constante evolución.

 

Siempre es positivo cultivarse, tratar de entender a los demás, intentar hacernos una idea de cómo reaccionan ante estímulos externos, de cómo se sienten; pero es imposible llegar a conocerlos tan en profundidad como para poder saber exactamente qué van a pensar o sentir en cada momento.

 

Cierto es que cuanto más convivamos con una persona, cuantas más experiencias vitales compartamos con ella, mejor la vamos a conocer; pero al igual que en la “realidad” existe una infinidad de acontecimientos incontrolables –el mundo de las casualidades-causalidades– cuya explicación es potencialmente cognoscible, pero materialmente imposible de conocer por falta de datos, en las relaciones humanas ocurre algo muy parecido.

 

Porque por mucho que conozcamos a una persona, nunca será suficiente. No “somos” esa persona. Y cada persona, cada vez que reciba estímulos nuevos, que analizará y que le afectarán de una u otra manera, podría cambiar. Así, alguien a quien creíamos conocer bien, pero que llevemos un tiempo sin ver, o que haya vivido experiencias muy impactantes, podría llegar a volverse poco menos que un desconocido, y nos tocará conocerle de nuevo.

 

Además, una misma persona puede interpretar un mismo acontecimiento de forma distinta a lo largo de su vida. Ahora, cuando recordamos vivencias de años atrás, a veces las vemos de forma diferente. A veces, lo que antes nos parecía ridículo, ahora nos resulta gracioso; lo que antes creíamos irrelevante, ahora cobra importancia; y lo que antes parecía inexplicable, ahora parece tener sentido.

 

Esto también se nota al relacionarnos con los demás. Sí, debemos ser coherentes con nuestras ideas y pensamientos, y ser capaces de darnos motivos para considerarnos la mejor persona que conozcamos; pero eso no significa que podamos exigir lo mismo de los demás, ni es razón para afligirnos si ello no ocurre. Y es que… casi nunca ocurrirá, porque para que los demás nos juzgasen de la misma forma en que nos juzgamos nosotros, tendrían que “ser” nosotros.

 

Es un error pretender eso. Cuando digamos algo, cuando hagamos algo, más allá de las pautas socioculturales de comunicación que hayamos aprehendido, no tendremos ningún control acerca de cómo la gente vaya a tomárselo, pues en cada persona que nos vea o nos escuche hay una historia de vida, y cuanto menos la conozcamos, más difícil será predecir cuál va a ser su reacción.

 

Infinidad de veces, tanto para bien como para mal, tendremos la impresión de que en un determinado contexto estamos causando cierta impresión, o de que una persona se ha tomado lo que acabamos de decirle de la forma en que nosotros pretendíamos que lo hiciese; pero podría ocurrir incluso lo contrario.

 

“Entre lo que pienso; lo que quiero decir; lo que creo decir; lo que digo; lo que quieres oír; lo que oyes; lo que crees entender; lo que quieres entender; y lo que entiendes, existen nueve posibilidades de no entendernos.”

(Autoría desconocida)

 

Puede que no sea disparatado afirmar que, a veces, obsesionarse con controlar la forma en que los demás juzgan nuestras palabras y actos sea peor idea que no preocuparse en absoluto.

 

Pretender controlarlo todo, aspirar a encontrar la explicación a cualquier comportamiento humano o a desarrollar la capacidad de predecir sus acciones y reacciones es una gran pérdida de tiempo y energía.

 

Y entender esto, aplicando todo lo dicho hasta ahora, puede ser un gran avance para desarrollar nuestra empatía.

 

Cuando una persona nos cuenta una historia, cuando nos abre su corazón, no debemos juzgarla porque no “somos” ella. No es tarea nuestra interpretar si actuó “bien” o “mal”. Lo que hemos de hacer es apoyarla, esforzarnos en comprender, en la medida de lo posible, de qué color es su cristal, cómo ha analizado ella las circunstancias de la historia que nos ha contado, para así poder ayudarla mejor.

 

Quizá, la mejor ayuda que podamos dar a una persona que nos cuente sus problemas, sus preocupaciones, sus inquietudes o sus penas, no sea ser la roca en la que apoyarse, ni la sabia voz que reconduzca su interpretación de lo sucedido y le convide a tomar las decisiones que crea que más le convienen; sino estar a su lado, intentar comprender por qué piensa como piensa, haciendo las preguntas correctas, buscando que ella, con nuestro apoyo, nuestra cercanía, nuestra atención, nuestra simple presencia, después de habernos escuchado –pero, sobre todo, después de haber sido escuchada– sea capaz de tomar sus propias decisiones.

 

Un gran obstáculo para el desarrollo de la empatía es pretender objetivar nuestra subjetividad. Creernos como una especie de Hombre de Vitruvio, que tenemos la medida de todas las cosas, olvidarnos de nuestra subjetividad individual, y utilizar, sin darnos cuenta, nuestros criterios, el color de nuestro cristal, como una visión objetiva, desde la que juzgar los actos e incluso las subjetividades ajenas.

 

Ese es el mayor de los errores. Primero, porque el juicio que hagamos sobre los actos ajenos siempre estará limitado por la falta de datos, porque desconocemos los hechos, porque no “somos” la persona en cuestión, y eso siempre nos impedirá conocer la versión completa de la historia. Y segundo, porque el juicio que hagamos sobre las subjetividades ajenas, a pesar de ser clave para decidir qué personas queremos tener cerca y qué personas no, nunca es objetivo, sino basado en nuestra propia subjetividad.

 

Así, cuando escribía estas líneas, con veinticinco años, en una etapa de la vida en la que a los jóvenes nos cuesta asumir que nuestros mayores todavía pueden enseñarnos cosas, y a nuestros mayores les cuesta asumir que nosotros ya tenemos cosas que enseñar, cobraba sentido una lección que mi madre quiso darme desde pequeño.

 

Pero esa lección… ¿es justo la que mi madre había querido darme, o es más bien distinta, fruto de mis propias interpretaciones?

 

Hace unos años publiqué un pequeño fragmento que contenía esta frase:

 

“Cada persona es un libro que tiene una historia que contar, y se la contará a quien lo desee. (…)”

 

Y esto es lo que pienso ahora…

 

Es agradable que los demás nos permitan conocer las partes más censuradas de la historia de su vida. Pero nunca las entenderemos al completo. Porque cada historia de vida estará en constante crecimiento, mientras cada vida cuya historia se cuente continúe fluyendo. Por eso, nunca llegaremos a terminar el libro de una vida; porque seguirá escribiéndose, siempre a una velocidad mayor a la que podamos leer. Y, además, podrá cambiar en cualquier momento, a medida que el protagonista haga interpretaciones distintas de los acontecimientos que relate, y tome en consecuencia decisiones diferentes. La historia de una vida puede, incluso, reescribirse.

 

Una historia contada no es lo mismo que una historia vivida. Parafraseando a Emily Dickinson, quizá una historia “dice toda la verdad”, pero la dice “con inclinaciones”.

 

Así, al igual que la historia de una contienda la cuentan los vencedores, la historia de una vida la cuenta quien la vivió. Cuando nos cuenten una historia, aunque no pretendan mentirnos, nunca nos presentarán la verdad tal cual fue. En toda historia hay detalles que el propio narrador ignora –empezando por las subjetividades del resto de protagonistas–; detalles que se obvian; detalles que se exageran; detalles en principio objetivos pero que contienen ya valoraciones implícitas…

 

Una gran aspiración para una vida es llegar a tener sentido; pero quizá no quepa esperar que lo tenga también la historia que sobre ella se escriba.

 

Porque los cristales cambian de color.

 

El nuestro, también.

 

 

BW.

 

 

ESCRITOS RELACIONADOS

 

CAMBIA EL COLOR DE TU CRISTAL. En esta reflexión, que escribí hace bastantes años, parto también de la perspectiva de los cristales múltiples, para hablar sobre cómo gestionar la envidia y convertirla en admiración, para así poder aprender de los demás.

 

CAMINOS A LA NADA. En esta reflexión, cargada de espiritualidad, profundizo en cómo, en la realidad, los acontecimientos no ocurren por casualidad, sino que tienen una explicación razonable, pero que la mayoría de veces desconoceremos por falta de datos; y a su vez, son causa de nuevos acontecimientos, en un hilo interminable, eterno en el tiempo.

4 may 2024

ÁGUILA EN EL CIELO

Sinopsis -

“Sabía que estaba a punto de morir. Aunque las balas no me habían dado en lugares certeros, era cuestión de tiempo que mi cuerpo sucumbiese al desangrado y al agotamiento. Pero mantenía la esperanza de que mi familia estuviese viva. Y por todos los dioses, ese hombre jamás les haría daño.

Desde el día en que el Gran Jefe me encontró, allí mismo, al pie de la gran roca a la orilla del río, cuando sólo era un niño huérfano e indefenso, y me acogió en su familia como si fuese uno de ellos, juré defender esa tribu hasta mi último aliento.

Eso haría. Devolvería la paz a estas tierras. Aunque él ya no fuese a vivir para verlo…” 

Prólogo

¿A quién se le ocurre inspirarse en una canción de electrónica, para escribir un relato sobre indios y vaqueros, y tomar como protagonistas a dos personajes de Brawl Stars?

“Águila en el cielo” es un relato plagado de espiritualidad, fiel a mi esencia, del que tanto me enorgullezco, y que tantas horas de felicidad me dio en su día escribiéndolo.

Lo guardaba desde hace cuatro años. Ahora, también es vuestro.

 

ÁGUILA EN EL CIELO

Primera parte – La estrella dorada

(…)

- “Vuestra historia será escuchada”, dijo la voz.

Así que empecé a contarla…

(…)

Marzo de 1851.

En algún lugar de la actual Dakota del Norte, a orillas del río Missouri.

Aquel día me levanté al alba. Tomé un caldero y me dirigí hacia el río, a coger agua. Por el camino, el águila, mi leal compañera, bajó del cielo y se posó en la cima de la gran roca, observándome. Le dediqué una mirada tierna; las adoraba. Bajó al suelo y avanzó hacia mí; nunca me tuvo miedo. Le dejé beber. Me miró una vez más, y de repente, echó a volar hacia el noreste…

Las tribus que vivían en aquella zona habían emigrado varias lunas atrás, para establecerse en la Gran Reserva. Pero la nuestra eligió quedarse allí.

No era justo. Teníamos un tratado con el hombre blanco. Y de entre todos los sioux, los dakota siempre habíamos sido los más pacíficos. Amábamos esa tierra. Lo único que queríamos era vivir allí, en nuestro poblado, cultivando maíz y practicando el noble arte de la caza. No éramos una amenaza para nadie.

Pero desde hacía semanas, algo no iba bien. Pasábamos hambre. Los bisontes escaseaban. No era época migratoria, y nosotros sólo cazábamos para comer. Habían huido. O alguien más los estaba cazando. Sabíamos que éramos la única tribu en cincuenta millas a la redonda. El enemigo podría estar cortándonos el abastecimiento…

De repente, vi un punto negro en el cielo, avanzando hacia mí.

¿Eres tú, amiga?

El águila me sobrepasó y atravesó el poblado cual exhalación, sin pararse a saludar. Chillaba y chillaba, como si tuviese miedo, y como si yo también debiese tenerlo. En ese momento, sentí un escalofrío.

Y entonces… escuché aquel rumor en los árboles del bosque. Las piedrecitas de arena y grava a la orilla del río se movían y daban minúsculos pero perceptibles saltos. Miré hacia el noroeste. Muy a lo lejos, al otro lado del valle, una voluptuosa polvareda a ras de suelo se acercaba a mi posición.

Al poco, llegaron galopando los centinelas que cubrían aquella zona.

- “¡Bo! ¡Rápido, adentro! ¡Ya vienen!”, me gritó uno de ellos al rebasarme.

Las advertencias eran ciertas. El ejército americano había recibido la orden de arrasar también nuestro poblado. Un destacamento del séptimo de caballería llegaría a nuestras puertas en cuestión de minutos. A lo sumo, quince o veinte.

Todo sea por un palmo más de tierra…

(…)

Las mujeres y los niños partieron con el chamán hacia el bosque del sureste, siguiendo el camino del río, para ponerse a salvo, llevándose los pocos víveres que pudieron coger, y las esperanzas de supervivencia de nuestro pueblo.

El centenar de hombres que habíamos superado el rito del abandono fuimos llamados a la hoguera. El Gran Jefe, ya a lomos de su caballo, se había colocado el tocado de plumas, y llevaba puesta la bandolera con sus dos pistolas. El hacha a la espalda, la macana de pedernal en la mano. Nos observó uno a uno. Entonces, tomó aire, e inició su discurso:

- “Hermanos. Ha llegado la hora. Lucharemos. Por el honor de nuestro pueblo y el de nuestros ancestros. Si hemos de morir, mis valientes guerreros, que sea defendiendo la tierra que nos vio nacer. Más vale caer de pie que arrodillarse ante ellos.”

“Bo…” – se detuvo, ante la expectación de todos, dirigiéndose a mí – “Siempre te he considerado un hijo. Siempre has sido uno más de esta familia. Y uno de nuestros mejores guerreros. Tu reputación te precede y nuestros hermanos te respetan. Por eso, si cayere en esta batalla… tú tomarás el mando.”

Desde el día en que el Gran Jefe me encontró, allí mismo, al pie de la gran roca a la orilla del río, cuando sólo era un niño huérfano e indefenso, y me acogió en su familia como si fuese uno de ellos, juré defender esta tribu hasta mi último aliento.

Pero nunca había tenido ansias de poder. Bastante tenía con haber conservado la vida en aquel momento. Aun así, ahora, si el pueblo confiaba en mí, y si ese era su deseo…

- “Sea, oh, Gran Jefe”, acepté con una reverencia. Al incorporarme de nuevo, las miradas de aprobación del resto me hicieron sentir que había hecho lo correcto.

- “Que el gran espíritu esté con vosotros. ¡Adelante!”, gritó, alzando la macana al cielo.

Yo, aún anonadado, me alcé con él. Y conmigo, todos los demás. Nunca lo habíamos querido, pero era la guerra. Y si la guerra acude al guerrero, él no tiene más remedio que luchar…

(…)

Me desperté. No sé en qué momento perdí el conocimiento. Los párpados pesaban como plomo. Una mirada me bastó para intuir el humo y las llamas que cubrían mi poblado. Empecé a toser. La humareda apenas me dejaba respirar. Polvo, tierra y cenizas cubrían la sangre de las heridas de mi cuerpo. A pocos metros, el Gran Jefe, mi padrastro, tendido en el suelo, muerto. Llevó el tocado de plumas hasta su último momento. Alrededor, decenas de cadáveres de hombres, y quién sabe cuántos caballos, hasta donde me alcanzaba la vista. Al anochecer, festín de chacales y hienas.

Traté de incorporarme. Logré ponerme en pie. Uno de nuestros caballos, encabritado, me rebasó, huyendo hacia las montañas. Intenté andar; cojeaba. En algún momento me había roto algo en la pierna. Dolía. Pero parecía que la contienda había terminado. En lo que había sido el campo de batalla, tras el rugir de la metralla, y el retumbo de los cañones del enemigo, nadie cantaba victoria. Ahora reinaba el silencio. Y el silencio nunca es señal de que el atacante haya vencido; sino de su retirada, sea en rendición, sea para preparar una nueva ofensiva. O del empate técnico.

Conseguí dar unos pasos. Llegué al encuentro del Gran Jefe y observé su cuerpo durante unos minutos. Triste nostalgia. Pero debía seguir sin él. Cuanto antes dejase de desear que siguiera vivo, antes cesaría el dolor de la pérdida, y nacería la fe en el reencuentro que habría de guiarme desde aquel momento. Sin poder contener una última muestra de cariño, le acaricié la cabeza, tomé el tocado de plumas… y cumplí su último deseo. Así, me convertí en jefe de un poblado quizá ya extinto, e hice mía la misión de devolver la paz a estas tierras. Aunque él ya no fuese a vivir para verlo.

Inspeccioné el terreno. No tenía ni idea de qué iba a pasar. No quedaban caballos. Nada bajo las cenizas de nuestros hogares podría sanar mis heridas. Lo mejor sería acudir al río para beber y lavarme. Trataría de pescar algo, y pasaría la noche a cubierto bajo la arboleda cercana. Con suerte, si aún vivían, los refugiados regresarían en algún momento. Quizá, después de todo, lograse sobrevivir.

Llegué a la orilla del río y me incliné hacia adelante. Noté que algo me pesaba en el costado, y suspiré con alivio: todavía llevaba una pistola. Cogí agua con las manos y me lavé la cara. Apenas podía distinguir mi reflejo en la superficie. Bebí y bebí, hasta saciar mi sed.

Entonces, escuché un disparo, y al instante mi brazo derecho empezó a arder.

Oh, no…

Sin girarme, corrí, o eso creía, para ponerme a cubierto. Me caí. Rodé por el suelo. Me incorporé y traté de gatear. Recibí otro disparo, en la pierna herida. Grité de dolor. Como pude, repté hasta ocultarme detrás de la gran roca. Me eché la mano a la pierna de nuevo. Ya no dolía. Malas noticias; pronto sería incapaz de moverla.

Comprobé el cargador. Bien, quedaba una bala. La roca penetraba en el río hasta la zona más profunda; quien quiera que fuese, si quería llegar hasta mí, tendría que hacerlo por tierra, desde donde yo había entrado.

En antagonía con el resto del valle, escarpado, la gran roca era más lisa y difícil de escalar. En realidad, no tendría más que unos cuatro metros de altura, pero sólo una vez, de pequeño, el día en que lo perdí todo, conseguí alcanzar la cima, donde conocí a mi amiga. Si él lo intentaba, lo escucharía. Si la rodease, lo vería. Tenía la ventaja de posición. Podría defenderme.

El Sol estaba en su punto más alto; era mediodía. Eché un vistazo con sigilo. El pistolero ya no estaba allí. Probablemente se habría escondido en la zona de la arboleda, o me observase tras alguno de los matorrales cercanos a la orilla. No podría tenderme una emboscada; la vegetación no llegaba hasta aquí.

Pero… ¿por qué me quería a mí?

Pasaron unos minutos. Se me hicieron eternos. De pronto, escuché un ruido detrás de la roca. Como un crujido. Me estremecí. Podría estar acercándose. Desenfundé la pistola, apoyé la espalda contra la roca, y clavé la mirada en la esquina, esperando poder verle antes que él a mí. Pero la luz, desde el sur, me cegaba. Apenas podía abrir los ojos. Y no podría defenderme de otra manera: si cambiaba de posición, de cara a la roca, tendría menor campo visual; él me vería antes. Estaba en un buen aprieto…

Instantes después… lo comprendí. Los dioses estaban de mi parte. Si el pistolero hubiere osado salir de su escondrijo y avanzar hasta mí, al tener el Sol de frente, también debería deslumbrarse. Pero si era yo el que salía e iba a por él, la luz estaría a mi espalda. No era el momento de defenderse; sino el de atacar.

Sabía que estaba a punto de morir. Aunque las balas no me habían dado en lugares certeros, era cuestión de tiempo que mi cuerpo sucumbiese al desangrado y al agotamiento. Pero mantenía la esperanza de que el resto de mi familia estuviese viva. Y por todos los dioses, ese hombre jamás les haría daño.

Repté con mucho cuidado hasta la esquina, y, con la cabeza casi pegada al suelo, observé de nuevo… y allí estaba. A unos cuarenta pies, avanzando hacia mí, tapándose la cara con un brazo. En el pecho llevaba una estrella dorada que brillaba, reflejando la luz.

¡Qué vanidad! ¡Qué falta de respeto! ¡Qué mínimo, por el honor de un guerrero, que dar lo mejor que tiene!

Pero pagaría cara su osadía. La debilidad del enemigo es nuestra fuerza. Y él no podía verme. Así que me agazapé, apoyando una rodilla en el suelo, alcé la pistola con escasas fuerzas, la apoyé en una hendidura de la roca, la sujeté fuerte con ambas manos, y clavé la mirada en la estrella. Blanco perfecto.

Ya la tenía a escasos metros.

Cerré los ojos, apreté los dientes…

Y disparé.

(…)

Segunda parte – La flor carmesí

Creo que le he dado…

Me sequé una gota de sudor. Volvía a tener la boca seca. Su cuerpo, inmóvil, en el suelo, boca arriba. Con mi pistola en la mano, aunque sin balas, me acerqué a él poco a poco, dispuesto a abatirlo a culatazos si era necesario.

Vislumbré la suya a dos metros, a la derecha. La cogí: el cargador estaba casi lleno. Comprobé que no tuviese otras. Me senté a horcajadas sobre él, y le encañoné con su propio arma.

Entonces le miré a la cara. Todavía estaba vivo. Su mirada, perdida, clavada en mí, implorándome piedad…

¿Qué hacer? Aplastar por completo al enemigo estaba escrito en las leyes del poder. Pero… dos personas que yacían exhaustas, debilitadas y moribundas, ya no podían ser enemigas.

Suspiré hondo, lancé la pistola al río, y me dejé caer a su vera.

Me temblaban las manos. Se me entrecortaba la respiración. Me mareaba. Tenía taquicardias. Tenía frío. Todo el cuerpo me dolía. Todo menos la pierna; había dejado de sentirla. Pero no pude reprimir las ganas de hacer un nuevo amigo.

Un último amigo.

- “¿Cómo os llamáis, forastero?”

Él me miró, sorprendido. De seguro, de mí esperaba recibir un último golpe, no una primera pregunta.

- “C… Colt… Colton Cooper”, me respondió, tartamudeando.

No había dudado en responderme. Su mirada seguía rogándome, frágil, inocente, pequeña. Como la de un niño.

Quise saber más…

- “¿Por qué lo habéis hecho?”

- “Sólo cumplíamos órdenes.”

- “¿Órdenes?”, le inquirí, incrédulo.

Él tomó aire, respirando con profundidad. Dejé que se tomara su tiempo. Tosió. Por un momento me sentí mal, obligándole a hacer aquel esfuerzo. ¿No debería dejar que sus pulmones se vaciasen en súplicas de perdón a su Dios, en vez de agotarse en meras explicaciones?

Cuando estaba a punto de decirle que no importaba, que se detuviera, por fin, consiguió hablar…

- “Los indios debéis trasladaros a la Gran Reserva, y dejar libre este territorio. Todo aquel que no lo hiciere, pasado el plazo, ha sido declarado infractor de la ley, y debe ser eliminado.”

“Órdenes. Infracciones. Leyes…”, pensé, sorprendido.

¿Por qué es tan fácil matar a alguien a quien nunca vimos, aunque sus ojos hubiesen visto bien, como los nuestros, el mundo que ahora les hacemos abandonar? ¿En qué momento el supuesto progreso de la humanidad se había convertido en un mero ritual con sacrificios?

No iba a matarlo, pero sentía rabia. Mucha rabia. Y la liberé con palabras:

- “No elegimos nacer aquí. No elegimos ser vuestros enemigos. No fue nuestra danza la que despertó sobre vuestras villas los diluvios que ahora nos devolvéis en torrentes de sangre. Decidme, osado guerrero, ¿acaso os han prometido oro y gloria? ¿Creéis que erais realmente vos quien apretaba ese gatillo?”

Colton permaneció callado, observándome. Y entonces, me calmé. Comprendí lo que ocurría: ante mí yacía un guerrero que sabía para quién luchaba, pero no sabía por qué. Así que decidí rebajar un poco la tensión. Además, ya sentía pinchazos por todo el cuerpo. A la sangre que aún no había perdido le costaba más llegar a cada vez más extremos.

- “El poblado está desierto de almas en vida. Probablemente ya habéis buscado, pero sólo hallasteis espíritus bailando entre las llamas. Y entonces, en algún momento, me visteis a mí, solo, arrastrándome hacia el río con fuerzas de flaqueza, en un intento desesperado por sobrevivir. Decidme, si es así… ¿por qué me habéis atacado?”

En aquel momento, él parecía un poco más enérgico. Hablaba con más fluidez, con más facilidad. ¿Sería la fuerza de sus últimos alientos?

- “Bueno… después de todo, vos sois el Gran Jefe. Vuestro tocado es inconfundible. El teniente lo quería como trofeo, y recompensaría a aquel que lo obtuviere. Por eso, cuando os vi, indefenso, decidí ser yo quien os diera el golpe de gracia. Os escondisteis, y me cansé de esperar. Alguien más podría haber tenido la misma idea, así que me aventuré. Pensé que sería fácil, parecíais desarmado, agotado y malherido. Podríais estar incluso muerto.”

Se equivocaba. Se equivocaba en todo. Y se lo haría comprender.

- “Me llamo Bo. El Gran Jefe era mi padrastro. En este momento, su cuerpo yace en el campo de batalla, rodeado de los de muchos de nuestros compañeros y amigos. Pero vos… vos sois codicioso y malvado. Y eso acaba de costarnos la vida a los dos.”

Tosí varias veces. Mis pulmones rogaban una pausa, pero ya nada podía detenerme.

“La humanidad ha sacrificado millones y millones de almas sin tener un porqué. Ni siquiera como tributo a los dioses. Sólo por codicia. Pero las vidas entregadas a los deseos de otras más pudientes y codiciosas que ellas, perderán todo honor a su partida. Nunca serán dignas de gracia alguna. Sus nombres no pasarán a la historia. Sus espíritus jamás serán venerados. Sus cuerpos se consumirán, sus ropajes se desecharán, y, al final, sus armas serán lo único que quede de ellos, si no fueren destruidas. Regresarán, de la mano de otros, a otros campos de batalla, donde sentirán de nuevo el frío de un hombre muerto. Y todo… por unas simples monedas.

Decidme, oh, mi nuevo y último amigo. Si hubierais regresado con éxito de vuestra misión… ¿creéis que tendríais el perdón de vuestro Dios? ¿Acaso le diríais a vuestra esposa de dónde habéis sacado el dinero?”

Colton pareció sobrecogerse. Comenzaban a brillar en su mirada los primeros destellos de llanto. Palideció. Fue como, si de repente, aquellas fuerzas que habían alzado su voz hubiesen vuelto a abandonarle. Vi que empezaba a entenderme.

- “No tengo esposa, indio. Pero a quien sí me gustaría ver ahora es a… mi madre.”

Ya no había duda. Debía hacer algo por aquel forastero. Que pudiese partir en paz hacia su próxima vida. Que, en sus últimos minutos, su honor le fuese devuelto. Que su Dios, aunque no fuese ninguno de los míos, escuchase su arrepentimiento.

- “Tengo por seguro que mi madrastra, allá donde esté, estará orgullosa de mí y de lo que he hecho: defender esta tierra. Pero decidme… ¿qué sentido tuvo para vos esta contienda?

Pensad en ella. Le dijisteis que partíais en busca de mejor ventura. Jurasteis vuestro regreso. Y miraos. Ya no es estrella dorada, sino flor carmesí lo que luce en vuestro pecho. ¿Qué diría ella ahora si os viese?”

Él, por fin, comenzó a sollozar.

- “Lo siento. Lo siento mucho. Mamá. Me estoy muriendo…”.

No había en mí lugar para el rencor. Ya me costaba mucho respirar. Como hacía con mi amiga el águila, enternecí una mirada y se la dediqué. De la misma forma que ella podía sentir mi afecto, él podría captar mi perdón.

Instantes después, hice un esfuerzo y terminé lo que había comenzado: 

- “Ahora que sabemos que los dioses no tendrán misericordia para nosotros, partiremos a su encuentro. Debéis estar preparado. Para nosotros, los sioux, no hay ningún final, sólo nuevos comienzos. Espero que hayáis aprendido esta lección. Y que, en otra vida, si volvemos a encontrarnos y habéis de tomar las armas contra mí, que sea por honor, nunca por dinero, oh, osado guerrero.” 

Él asintió. Después, ya fue incapaz de despegar la cara de la arena. Había muerto. Mirando hacia mí…

¿Habría logrado salvar su alma?

Entonces, me giré, clavé la vista en el alto azul y la mantuve allí, esperando al momento en que mi luz también se apagase para siempre…

(…) 

- “Así es como he llegado aquí.”

- “Bien…” dijo la voz.

Escuché un murmullo casi imperceptible, y permanecí quieto y en silencio hasta que cesó.

- “Vuestra alma puede decidir su destino de regreso. Vuestro deseo será oído, noble guerrero.”

Habría querido no perder los recuerdos de esta vida, pero sabía que no era posible, pues parte del desafío del alma en la existencia terrenal era hallar de nuevo el bien, y ganarse el derecho a regresar a ella. Pero si este momento llegaba, también sabía cuáles serían mis deseos…

- “Águila. Ese es mi deseo. Quiero surcar el cielo. Tenerlo por mío. Quiero volar, vivir lejos de la humanidad y de sus guerras. Pero también quisiera encontrar, en algún momento, algún humano noble en quien tener fe, y cuidar de él desde las alturas.

De la misma forma que mi amiga, cuando tras perder a mis padres en la emboscada que nos tendieron aquellos bandidos, trepé a la gran roca para huir de los depredadores y me quedé dormido al lado de su nido, quisiera estar allí para él… como ella estuvo conmigo.”

Se hizo el silencio durante unos segundos, hasta que la voz lo rompió por última vez:

- “Sea.” 

BW.

P.D.: La canción que me inspiró:

https://youtu.be/SBKMVUnEYVc?si=jUpNZkSlaR9tnp__


28 mar 2021

AMBER SUN


Sinopsis -

De repente… el Sol deja de brillar. Varias nubes pasan por delante de él, tapándolo durante un instante, para luego permitirle liberar un fino rayo de luz que apunta al piso de abajo y entra directo por la ventana del estudio.

¿Es una señal?

Notas que el mundo deja de existir. Ves, pero no distingues; oyes, pero no escuchas; caminas, pero sientes que vuelas…


Prólogo

Éste es… mi tributo al arte.

La producción de este relato fue una experiencia espectacular. Escribir sobre flujo… mientras fluía. El resultado, como no podía ser de otra manera, ha sido magnífico.

Un relato en el que cualquier artista, profesional o aficionado, podrá sentirse identificado y comprender las sensaciones que transmite. La euforia, la plenitud, el arte en sí mismo, el arte por definición. Abstraerse del mundo, que sólo estéis tú y él; y entre los dos, en perfecta sintonía, materialicéis el producto de un sentimiento que, ahora sí, es real.

¿Actúas, cantas, compones, dibujas, diriges, escribes, fotografías, pintas, produces? Da igual. Si creas, crees lo que crees, si amas lo que creas, este relato es para ti.

Porque si amas tu arte, el arte también te amará a ti.

 

AMBER SUN

8 de septiembre de 2016, 6:24 AM.

En algún lugar a las afueras de Middlesbrough, U.K.

Te levantas. No sabes qué hora es. Tampoco te apetece mirarlo. En la mesilla de noche no hay despertador. Tu móvil estará en algún lugar de la casa que todavía no recuerdas. Pero aún es pronto, eso seguro.

Te sientes feliz. No sabes por qué, pero tienes mucha, mucha energía, Como si hubieses dormido siete u ocho horas, en vez de, a lo sumo, tres.

La noche de ayer fue dura, pero en el buen sentido. La necesitabas. Esta semana has hecho bien las cosas. Para ti, trabajar siempre será un placer; pero incluso el trabajo que se hace con pasión termina agotando. Un espíritu batallador precisa también de un cuerpo y una mente listos para la guerra. Te lo merecías. Os merecíais este descanso.

Abres la puerta de tu habitación, la de invitados. Ashley todavía debe de estar durmiendo. En la casa, todo está revuelto. Hace días que la dejadez ha dado paso al desorden. Ves una lata de cerveza abierta, apoyada en el reposabrazos del sillón. La dejaste tú, ayer… o anteayer, ya no te acuerdas. Le das un trago. Está tibia. Tiene un sabor amargo. Pero tu aliento agradece el regusto a malta de cebada.

Sales al balcón. Te encuentras en una modesta casita a las afueras de la ciudad. Está amaneciendo. El cielo casi despejado da la bienvenida a un nuevo día de finales de verano. El paisaje es precioso. En momentos como este, te das cuenta de que no te importaría acostumbrarte a aquel lugar.

Lleváis más de una semana encerrados en el que un día fue el hogar de su familia, que años atrás había emigrado a la capital, buscando un futuro mejor. Habéis trabajado sin parar, aunque nada ni nadie os presionase. Fue algo que se os ocurrió a ambos, fruto de una sinergia que surgió desde el momento en que os conocisteis, hace escasas semanas, en el backstage de uno de tus shows en Derbyshire.

Tú le habías invitado a ir, y él acudió. Querías tener la oportunidad de felicitar a aquel chico en persona. Como embajador de la música electrónica, siempre sería un placer dar la bienvenida a un nuevo artista. La canción que te había enviado meses atrás, que no dudaste en lanzar en tu discográfica, ni en exhibir en tu set aquel día, a todo volumen, acompañada de un majestuoso juego de láseres, ante cuarenta mil personas, tenía algo. Te recordaba a algo, que no sabías qué, pero lo habías escuchado en algún lugar. Quizá a alguna de las primeras melodías que compusiste, cuando eras un aficionado más, como él, y que aún hoy llevan ocho o nueve años guardadas vete a saber dónde, pero que decidiste no eliminar “por si acaso”. De “por si acasos”, la gente normal llena sus maletas; el productor musical, la memoria de su portátil.

Enseguida conectasteis. Muy pronto supiste que era alguien que valía la pena. Era un productor que destilaba un talento extraordinario. Inconmensurable. Y para colmo, se parecía a ti. Su energía, su entrega, su ilusión, la pasión que transmitía, te recordaban a ti cuando tenías su edad. Y no hacía tanto tiempo de eso. La empatía, el respeto y la gran curiosidad que sentiste por él, te hicieron pensar que os entenderíais bien si hicieseis una canción juntos. Y que quizá, ¿quién sabe?, podríais terminar siendo amigos.

Y no te equivocaste. No te equivocaste cuando le escogiste a él, pues podrías tratarle no sólo como un alumno, sino también como alguien de quien aprender. Te apetecía probar algo diferente, algo novedoso, pero a la vez, algo “tuyo”, algo “vuestro”, algo que no tuviese que inventarse, sino que surgiese de la combinación de vuestras energías, que, si tu intuición era correcta, deberían de fluir solas, en armonía. Cuando te propuso trabajar en el estudio que él se estaba construyendo, modesto como la casa misma, aceptaste sin dudar. Probablemente unos días allí, alejados de los ajetreos de la ciudad, en paz, envueltos en un ambiente que te permitiría adaptarte a él y a la vez conectar con tus comienzos, podrían ser la base perfecta para construir algo interesante.

Y es que las cosas están yendo bien. Muy bien. Tenéis varias canciones a medio hacer, y están quedando genial. Aunque bien es cierto que al final, por tu experiencia como artista, sabes que de cada diez proyectos que se comienzan, durante el desarrollo, menos de la mitad terminan valiendo la pena. No sabes aún en qué acabarán aquellas: si como la mayoría, desechadas; o como las elegidas, inspirando el gran diseño de su portada y el argumento del vídeo musical. Pero sea lo que sea, de ahí tendría que salir algo.

Empiezas a darle vueltas a todo. Ayer no tuvisteis tiempo de nada, porque eso fue lo que os propusisteis hacer. Nada. A la noche, compartisteis un par de copas. Y bien sabido es que, a tenor del alcohol, las emociones fluyen. Adquiristeis una confianza mutua que presientes que os tornará inseparables. Descubristeis que ambos sentís la música de la misma manera. Que una canción es buena cuando es capaz de recrear en el alma del oyente la misma sensación que invadió a su compositor mientras la producía. Al son de una buena canción, su creador se convierte, para el oyente, en director de la orquesta de su vida. Un pianista tocando en armonía, lento, profundo… pero siempre las notas correctas.

Te apoyas en la barandilla del balcón, y comienzas a pensar en una de las canciones que tenéis a medias. La idea te llamaba mucho la atención. Era muy buena. Una instrumental que duraría tres o cuatro minutos, cuando en tu discografía lo normal era que ese tipo de proyectos alcanzasen los siete. Era como un tributo a cualquier artista. Una creación dedicada al momento en que conecta con la pasión que lleva dentro. El momento en que alguien descubre el arte que arde en su interior…

Entonces, el cielo comienza a clarear. Entrecierras los párpados; parece que queman. Una brisa de aire que llega de la ladera de la montaña se te cuela por el cuello de la camiseta del pijama. Te da un escalofrío. El viento agita las hojas y ramas de los árboles cercanos, y genera una melodía dulce, armonizada con suave percusión, susurrándote mensajes que algo de ti quiere comprender.

De repente… el Sol deja de brillar. Varias nubes pasan por delante de él, tapándolo durante un instante, para luego permitirle liberar un fino rayo de luz que apunta al piso de abajo y entra directo por la ventana del estudio.

¿Es una señal?

Notas que el mundo deja de existir. Ves, pero no distingues; oyes, pero no escuchas; caminas, pero sientes que vuelas…

Estás entrando en flujo. Lo conoces bien. Tu capacidad para fluir te ha brindado casi todos los momentos más felices de tu vida. Sólo son comparables al día en que tu primera canción, Mistral, vio la luz; a la primera sonrisa que Kat mostró para ti, y te hizo desear que jamás llegase la última; o al momento en que Sansa, recién nacida, abrió los ojos, y descubriste que teníais el mismo color. Ojalá por sus venas también corriese tu arte.

Parece mentira. Y es que por más que lo expliques, a la gente le cuesta entenderlo. No todas las personas son arte. Qué difícil es explicar que, para ti, la felicidad llega siempre al son de una canción. Que un sábado por la noche, en el estudio, a las cinco de la mañana, cuando por fin encuentras la melodía que encaja a la perfección con la estructura de la canción que llevabas semanas componiendo, eres más feliz que cualquiera que hubiese salido a correrse una buena juerga.

Fluir es dejar de sentir tu propia existencia. Cuando tu alma se separa de tu cuerpo y flota libre, durante eso que parecen escasos minutos, y después se convierten en horas. Horas de felicidad, por eso pasan tan rápido. Un lapso mágico de tiempo en el que no necesitas nada más para sentirte pleno.

La melodía clave. Elementos de refuerzo. Los ajustes perfectos para masterizar la canción. Todo comienza a tener sentido ahora.

Viene, viene… ¡la tienes!

Cambiar E7 por F7 en el drop; para transmitir alegría siempre es mejor pecar de agudo. Notas a un tiempo en vez de medio, y prescindir del delay; así el bass, un poco más sostenido, suena más místico. 6 BPM más, a 134, huyendo del mágico 128; esta vez harás tu propia magia. A ese ritmo, la melodía base se sincroniza bien con los leads, e incluso puedes añadirle en el build-up ese kick con reverb que ambos queríais ponerle desde el principio, pero entraba muy repentino y se sentía muy agresivo; ahora el drop llega en ocho compases y conecta bien con la atmosfera de la producción. Y es que con eso, ya no va a hacer falta modificar nada en la estructura. Todo cobra sentido, todos los elementos suenan en armonía. La canción quedará exactamente como queríais. Profunda, envolvente, emocional, positiva. Después de todo, así es el trance, ¿no?

Un minuto de inspiración, para un músico que ama su propio arte, puede ser suficiente para imaginar una nueva canción, al igual que bastaría a un escritor apasionado para tener una buena idea, sobre la que escribir, del tirón, el borrador de un relato de dos mil palabras.

La mente de un artista es fascinante: en una hora de torrente creativo puede rendir más que en veinte de esfuerzo.

Pero tu torrente ruge… ¡ahora! ¡Tienes que hacerlo ahora! ¡Ya! Dentro de un rato será tarde. Lo sabes. No cometerás ese error de novato. Cuando el flujo llega, da igual cómo lo haga, dan igual el lugar, la hora y el contexto. Debes sacrificar los planes, el sueño, la comida, la compañía, cualquier deber que no sea inexcusable. Puedes dormir cuando termines. Puedes comer después. Puedes hacer eso más tarde. Puedes disculparte ante quien sea; si te conoce, lo entenderá. Pero tarde o temprano, las aguas volverán a su cauce; será tu deber, por ser también tu deseo, izar la vela y navegarlas mientras estén revueltas, te lleven adonde te lleven.

¡Hazlo, Gareth!

Regresas adentro, cruzas la estancia, te deslizas por la barandilla, te encierras en el estudio, enciendes el ordenador, conectas los aparatos… y sólo quedáis tú y esa misteriosa voz a la que sabes que debes escuchar.

Una hora y cuarenta minutos después… ¡victoria!

No te lo puedes creer. Suena perfecto…

Lloras de emoción. Y es que, en ese momento, deja de importar lo que los demás vayan a pensar de ella; porque te gusta a ti. Es tu creación. Eres tú. Esa canción ya forma parte de ti. Es tu arte. Y quien guste de ti, gustará de tu arte.

Abres la puerta. Subes de nuevo las escaleras. Ya es de día. Ahora el Sol pega fuerte, como si quisiera abrazarte. Estás sudando. Vas directo al baño. Te lavas la cara con agua fría. Bebes dos vasos de agua de golpe. Te secas con la toalla, y en un momento dado, mientras lo haces, tu mirada se cruza con la de tu reflejo en el espejo. Es tierna. Parece que te está felicitando por lo que has hecho.

Ashley va a alucinar cuando se lo enseñes. Es vuestra canción. Una canción que os unirá para siempre. En esos tres minutos con dieciocho segundos, vuestras almas hablarán al unísono; y lo seguirán haciendo. Pase lo que pase, aun cuando vuestros cuerpos sucumban al sino del silencio, a ellas ya nada las callará jamás.

Porque cuando el alma libera su arte, gana el don de la inmortalidad. 

FIN.

 

Epílogo

Este relato debe su existencia a dos magníficos artistas. Gareth Emery y Ashley Wallbridge han bautizado como “Amber Sun” a la canción que me inspiró para crearlo, imaginándome las propias vivencias de uno de ellos mientras la hacían. La canción es una oda al arte en sí mismo.

 

BW.