Sinopsis -
¿Crea el ser humano el ideal de la justicia al crear sus leyes, o se inspira para hacerlo en un ideal de justicia preexistente? ¿Cómo puede ser que una ley que ha establecido un derecho haya creado también la forma de vulnerarlo?
¿Es siempre la ley un mecanismo destinado a fracasar? ¿Es el poder lo que corrompe a las personas, o son éstas ya corruptas antes de alcanzarlo?
¿Es posible para el ser humano crear un derecho que le haga sentir?
UN HOGAR PARA LA MUJER CIEGA
Parte 2 –
Anti-natura
Anti-natura – dícese de aquella realidad que contraviene a la que tiene la consideración de “natural”, creándose, tras el contacto entre ambas, una nueva realidad en que lo natural y lo artificial se hallan en continuo y constante conflicto, de forma que la una y la otra se niegan recíprocamente. (Definición propia)
Retomando el hilo anterior, en resumidas cuentas, cabe afirmar de nuevo que la ley no crea la Justicia, sino que persigue la salvaguarda de sus ideales, ya preexistentes, y lo hace de una forma más o menos correcta, tanto en términos generales como para cada caso concreto. Y por esta razón, jamás será un mecanismo perfecto.
Cuestión distinta, al gusto del consumidor, será creer o no que tal mecanismo sea “el menor de los males”, y abrazar o no el “contrato social” que hace que aceptemos vivir bajo su yugo, lo que concebimos más bien como protección ante una alternativa “anárquica”, que, por pánico a lo impredecible, relacionamos con caos, fuego, muerte y destrucción, y que por ello resulta siempre más imponente, menos deseable.
Ahora bien, ¿puede afirmarse esto para todas las leyes? ¿Es siempre la ley un mecanismo destinado a fracasar?
Sorprenderá que diga esto, pero… no. No necesariamente.
Entre todas las leyes, y cualquiera que sea la acepción que queramos darle a una normativa artificial dotada de mecanismos coercitivos, podemos distinguir dos tipos en base a un criterio muy sencillo: aquellas que, directa o indirectamente, tengan trascendencia ética y moral, y aquellas que no la tengan.
Primer tipo: normas con trascendencia ética y moral
En primer lugar, las normas que sí tengan esa trascendencia son a las que más afecta este planteamiento, porque son las que tienen la misión de – aparte de mejorar la convivencia en sociedad – salvaguardar y materializar el “derecho natural”.
Por tanto, son las normas que más cabe cuestionar, en cuanto a contenido y en cuanto a su propia esencia, ya que, visto que jamás serán perfectas, que tienen tantos fallos, y que generan tantas “injusticias”, ¿no cabe ninguna otra posibilidad?
Todos deseamos la materialización de nuestra concepción de “bien” y “mal” en términos abstractos; pero cuando lleguemos a los términos concretos, veremos que hay un problema: sin que nos demos cuenta, nuestra socialización tergiversa su esencia hasta el punto de llegar a matarla en algunos casos. Así, las manifestaciones prácticas de nuestra concepción del “bien” y del “mal” serán siempre fruto de una distorsión previa.
Aunque cada persona piense que tiene “la razón”, dando mayor o menor cabida al relativismo y aceptando o no opiniones que no comulguen con la suya, he aquí la paradoja: perseguimos lo mismo, pero defendemos cosas distintas. Los valores que nos inspiran son los mismos, esto es, el derecho natural; pero la forma en que cada persona pretende materializarlos, desarrollada en base a su socialización, que los ha distorsionado dándoles una forma concreta, será distinta a la de las demás, porque también lo fue su socialización. No hay una igual a otra.
Todas las personas tenemos una base común, un conjunto de valores abstractos del que partir. Por tanto, el problema no está en el origen de nuestra concepción del “bien” y del “mal”; sino en su búsqueda, esto es, en dónde creamos que el “bien” reside y en qué estemos dispuestos a hacer o dejar de hacer para hacerlo valer.
Segundo tipo: normas sin trascendencia ética y moral
Ahora, en segundo lugar, debemos hablar de esas otras normas, que no tienen una trascendencia tan polémica, como pueden ser una ley de urbanismo o un código de circulación.
Son normas que también el ser humano ha creado y dotado de mecanismos coercitivos; pero que, a diferencia de las anteriores, son ajenas a la concepción del “bien” y el “mal. Su único deber es mejorar la convivencia en sociedad.
Éstas, en principio, actúan de forma distinta, y es difícil afirmar que su contenido vulnere el derecho natural; cuestión distinta será que, por un u otro motivo, de forma inconsciente o deliberada por parte de las personas que las crearon, provoquen situaciones injustas.
Pensemos, por ejemplo, en una recalificación de terrenos que en su mayoría afecte a superficies que sean propiedad de personas afines al gobierno de turno, o en un sistema de sanciones del Código de Circulación que más que tender a su salvaguarda tenga carácter recaudatorio y abusivo, pudiendo darse el caso de que una multa por exceso de velocidad pueda dejar a una familia sin dinero para comer durante diez días.
Por tanto, este tipo de normas no se pueden criticar en esencia, ya que tienen un propósito noble, y pueden ayudarnos a mejorar la convivencia en sociedad.
Pero sí tienen un punto débil, que comparten también con las anteriores, ya que cualquier tipo de norma nace de un mecanismo vinculado al ejercicio del poder.
Es el momento perfecto para centrarnos en la influencia del poder en los actos del ser humano, y plantear otra pregunta…
¿Es el poder, el ejercicio del poder mismo, lo que corrompe a las personas, o son éstas ya corruptas antes de alcanzarlo, siendo el poder el medio que les permite materializar esa corrupción previa?
Es posible que las personas que alcancen el poder ya sean corruptas de por sí, pero ello no debe cegarnos ante otra realidad: el ejercicio del poder corrompe… y desnaturaliza, ya que el poder en sí mismo es anti-natura.
El “poder” es anti-natura; lo que no lo es, es la “autoridad”. Como ya expliqué en otro post, la “auctoritas”, como se concebía en la antigua Roma, es el “saber socialmente reconocido”; acepción distinta a la de “potestas”, que se concebía como “poder socialmente reconocido”. Lo que ocurre es que en nuestro idioma estos términos se equiparan, circunscribiéndose al segundo; de forma tal que la sociedad considera que quien “tiene” el poder es porque “sabe” qué es lo correcto, y lo ejerce en ese sentido.
Siguiendo este hilo, y del mismo modo, también es anti-natura que un ser humano no participe directamente en su propia gobernanza.
El ser humano que tiene poder deja de actuar como tal en cuanto lo ejerce, porque el mero ejercicio del poder transgrede el derecho natural, no es un modo que éste conciba para ser materializado ni protegido, ya que no desea ser velado a través de jefes o representantes sobre los que el pueblo no tenga control.
Al mismo tiempo, respecto a cada persona, el mero hecho de recibir los efectos del ejercicio de poder de decisión de otra sobre ella – blindado por medidas coercitivas – también la deshumaniza en mayor o menor medida. Y ello, asimismo, se une al desengaño – del que será o no consciente – que le provocará saber que las generaciones anteriores – que también lo han pretendido a través del poder – tampoco hayan podido salvaguardar el derecho natural.
De esta forma, tanto quien alcance el poder como quien se halle bajo su yugo, estará, en mayor o menor medida, y de una u otra forma, además de desnaturalizado, corrompido.
Puede afirmarse que la actual necesidad de leyes, motivada por la manifiesta incapacidad – también actual – de la especie humana para autogobernarse, incapacidad que no es natural, sino consecuencia de los efectos de elementos y actos anti-natura, ha surgido paradójicamente como resultado de su propia aplicación. Su aplicación, al igual que el poder del que emanan, es anti-natura, en la medida en que despoja al ser humano de su capacidad de decidir directamente sobre su propia gobernanza.
Así, como resultado de la consecuente adaptación a las decisiones que otros tomen por nosotros en este sentido, hemos perdido la capacidad de discernir otras alternativas, hipotetizar con realidades distintas, contrapuestas o no con el statu quo; de la misma forma que quien conserve dicha capacidad y sí haya podido hilvanar planteamientos alternativos, sea con sólidos o quebradizos fundamentos, tenderá a dejarlos de lado, siguiendo la falsa concepción de que, como quien creó el derecho actual está o estuvo en el poder, es capaz de gobernarle mejor que él a sí mismo, y siguiendo la también falsa concepción – en la mayoría de casos – de que las decisiones tomadas por el poder emanan de la voluntad popular, y que por lo tanto encarnan el consenso que habrá de seguirse.
Así las cosas, la especie humana en su conjunto es responsable de las decisiones que toma. Las decisiones humanas, al igual que multitud de fenómenos naturales o actos de otros seres vivos, tienen su impacto en la “realidad”, y sus efectos trascienden aún después de su muerte.
De esta manera, cada persona y cada generación, tenemos un deber, una vinculación, tanto respecto a las personas que convivan con nosotros, como a aquellas que nos hayan de suceder, de la misma forma que las generaciones anteriores lo tuvieron para con nosotros, lo hayan cumplido o no.
Concluimos aquí la segunda parte de este ensayo. En la última, abordaremos este tema desde una perspectiva casi contraria: valoraremos la posibilidad de que el ser humano sea capaz de crear derecho, de crear “Justicia” por sí mismo, y que ello no contravenga el derecho natural, sino que, más bien, lo complemente.
BW.
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Leído y procesado por segunda vez me resulta interesante, pero sigo sin tener argumentos y conocimientos para opinar.
ResponderEliminarEl poder corrompe porque no debería existir el poder, sino la autoridad. Pero a la autoridad la tienes que dotar de poder. O sea, que la humanidad debería ser "autopotente" para que no se corrompan quienes la forman...🤔
A la par que extenso, soy consciente de que el ensayo es complejo.
EliminarNo va por mal camino. En efecto, se plantea que el camino a seguir pasa por que la humanidad llegue a respectar la "auctoritas" sin necesidad de "potestas", y quizá sea un destino, más bien lejano que próximo, al que terminemos llegando.
Lo que puede resultar inquietante de esta hipótesis es que está hecha "a futuro" en el marco de un presente quizá contradictorio, y es ahí donde surgen las dudas.
pero... ¿dónde, y desde dónde habla lo pragmático, lo empírico, lo "realista", y dónde y desde dónde lo hace la voz que pretende llevarles la contraria?
Así es. No hay una sola voz cantante opinando sobre esta cuestión. Así pues... ¿a cuál de ellas ha de escucharse primero?