Sinopsis -
“Sabía que estaba a punto de morir. Aunque las balas no me habían dado en lugares certeros, era cuestión de tiempo que mi cuerpo sucumbiese al desangrado y al agotamiento. Pero mantenía la esperanza de que mi familia estuviese viva. Y por todos los dioses, ese hombre jamás les haría daño.
Desde el día en que el Gran Jefe me encontró, allí mismo, al pie de la gran roca a la orilla del río, cuando sólo era un niño huérfano e indefenso, y me acogió en su familia como si fuese uno de ellos, juré defender esa tribu hasta mi último aliento.
Eso
haría. Devolvería la paz a estas tierras. Aunque él ya no fuese a vivir para
verlo…”
Prólogo
¿A quién se le ocurre inspirarse en una canción de electrónica, para escribir un relato sobre indios y vaqueros, y tomar como protagonistas a dos personajes de Brawl Stars?
“Águila en el cielo” es un relato plagado de espiritualidad, fiel a mi esencia, del que tanto me enorgullezco, y que tantas horas de felicidad me dio en su día escribiéndolo.
Lo guardaba desde hace cuatro años. Ahora, también es vuestro.
ÁGUILA EN EL CIELO
Primera parte – La estrella dorada
(…)
- “Vuestra historia será escuchada”, dijo la voz.
Así que empecé a contarla…
(…)
Marzo de 1851.
En algún lugar de la actual Dakota del Norte, a orillas del río Missouri.
Aquel día me levanté al alba. Tomé un caldero y me dirigí hacia el río, a coger agua. Por el camino, el águila, mi leal compañera, bajó del cielo y se posó en la cima de la gran roca, observándome. Le dediqué una mirada tierna; las adoraba. Bajó al suelo y avanzó hacia mí; nunca me tuvo miedo. Le dejé beber. Me miró una vez más, y de repente, echó a volar hacia el noreste…
Las tribus que vivían en aquella zona habían emigrado varias lunas atrás, para establecerse en la Gran Reserva. Pero la nuestra eligió quedarse allí.
No era justo. Teníamos un tratado con el hombre blanco. Y de entre todos los sioux, los dakota siempre habíamos sido los más pacíficos. Amábamos esa tierra. Lo único que queríamos era vivir allí, en nuestro poblado, cultivando maíz y practicando el noble arte de la caza. No éramos una amenaza para nadie.
Pero desde hacía semanas, algo no iba bien. Pasábamos hambre. Los bisontes escaseaban. No era época migratoria, y nosotros sólo cazábamos para comer. Habían huido. O alguien más los estaba cazando. Sabíamos que éramos la única tribu en cincuenta millas a la redonda. El enemigo podría estar cortándonos el abastecimiento…
De repente, vi un punto negro en el cielo, avanzando hacia mí.
¿Eres tú, amiga?
El águila me sobrepasó y atravesó el poblado cual exhalación, sin pararse a saludar. Chillaba y chillaba, como si tuviese miedo, y como si yo también debiese tenerlo. En ese momento, sentí un escalofrío.
Y entonces… escuché aquel rumor en los árboles del bosque. Las piedrecitas de arena y grava a la orilla del río se movían y daban minúsculos pero perceptibles saltos. Miré hacia el noroeste. Muy a lo lejos, al otro lado del valle, una voluptuosa polvareda a ras de suelo se acercaba a mi posición.
Al poco, llegaron galopando los centinelas que cubrían aquella zona.
- “¡Bo! ¡Rápido, adentro! ¡Ya vienen!”, me gritó uno de ellos al rebasarme.
Las advertencias eran ciertas. El ejército americano había recibido la orden de arrasar también nuestro poblado. Un destacamento del séptimo de caballería llegaría a nuestras puertas en cuestión de minutos. A lo sumo, quince o veinte.
Todo sea por un palmo más de tierra…
(…)
Las mujeres y los niños partieron con el chamán hacia el bosque del sureste, siguiendo el camino del río, para ponerse a salvo, llevándose los pocos víveres que pudieron coger, y las esperanzas de supervivencia de nuestro pueblo.
El centenar de hombres que habíamos superado el rito del abandono fuimos llamados a la hoguera. El Gran Jefe, ya a lomos de su caballo, se había colocado el tocado de plumas, y llevaba puesta la bandolera con sus dos pistolas. El hacha a la espalda, la macana de pedernal en la mano. Nos observó uno a uno. Entonces, tomó aire, e inició su discurso:
- “Hermanos. Ha llegado la hora. Lucharemos. Por el honor de nuestro pueblo y el de nuestros ancestros. Si hemos de morir, mis valientes guerreros, que sea defendiendo la tierra que nos vio nacer. Más vale caer de pie que arrodillarse ante ellos.”
“Bo…” – se detuvo, ante la expectación de todos, dirigiéndose a mí – “Siempre te he considerado un hijo. Siempre has sido uno más de esta familia. Y uno de nuestros mejores guerreros. Tu reputación te precede y nuestros hermanos te respetan. Por eso, si cayere en esta batalla… tú tomarás el mando.”
Desde el día en que el Gran Jefe me encontró, allí mismo, al pie de la gran roca a la orilla del río, cuando sólo era un niño huérfano e indefenso, y me acogió en su familia como si fuese uno de ellos, juré defender esta tribu hasta mi último aliento.
Pero nunca había tenido ansias de poder. Bastante tenía con haber conservado la vida en aquel momento. Aun así, ahora, si el pueblo confiaba en mí, y si ese era su deseo…
- “Sea, oh, Gran Jefe”, acepté con una reverencia. Al incorporarme de nuevo, las miradas de aprobación del resto me hicieron sentir que había hecho lo correcto.
- “Que el gran espíritu esté con vosotros. ¡Adelante!”, gritó, alzando la macana al cielo.
Yo, aún anonadado, me alcé con él. Y conmigo, todos los demás. Nunca lo habíamos querido, pero era la guerra. Y si la guerra acude al guerrero, él no tiene más remedio que luchar…
(…)
Me desperté. No sé en qué momento perdí el conocimiento. Los párpados pesaban como plomo. Una mirada me bastó para intuir el humo y las llamas que cubrían mi poblado. Empecé a toser. La humareda apenas me dejaba respirar. Polvo, tierra y cenizas cubrían la sangre de las heridas de mi cuerpo. A pocos metros, el Gran Jefe, mi padrastro, tendido en el suelo, muerto. Llevó el tocado de plumas hasta su último momento. Alrededor, decenas de cadáveres de hombres, y quién sabe cuántos caballos, hasta donde me alcanzaba la vista. Al anochecer, festín de chacales y hienas.
Traté de incorporarme. Logré ponerme en pie. Uno de nuestros caballos, encabritado, me rebasó, huyendo hacia las montañas. Intenté andar; cojeaba. En algún momento me había roto algo en la pierna. Dolía. Pero parecía que la contienda había terminado. En lo que había sido el campo de batalla, tras el rugir de la metralla, y el retumbo de los cañones del enemigo, nadie cantaba victoria. Ahora reinaba el silencio. Y el silencio nunca es señal de que el atacante haya vencido; sino de su retirada, sea en rendición, sea para preparar una nueva ofensiva. O del empate técnico.
Conseguí dar unos pasos. Llegué al encuentro del Gran Jefe y observé su cuerpo durante unos minutos. Triste nostalgia. Pero debía seguir sin él. Cuanto antes dejase de desear que siguiera vivo, antes cesaría el dolor de la pérdida, y nacería la fe en el reencuentro que habría de guiarme desde aquel momento. Sin poder contener una última muestra de cariño, le acaricié la cabeza, tomé el tocado de plumas… y cumplí su último deseo. Así, me convertí en jefe de un poblado quizá ya extinto, e hice mía la misión de devolver la paz a estas tierras. Aunque él ya no fuese a vivir para verlo.
Inspeccioné el terreno. No tenía ni idea de qué iba a pasar. No quedaban caballos. Nada bajo las cenizas de nuestros hogares podría sanar mis heridas. Lo mejor sería acudir al río para beber y lavarme. Trataría de pescar algo, y pasaría la noche a cubierto bajo la arboleda cercana. Con suerte, si aún vivían, los refugiados regresarían en algún momento. Quizá, después de todo, lograse sobrevivir.
Llegué a la orilla del río y me incliné hacia adelante. Noté que algo me pesaba en el costado, y suspiré con alivio: todavía llevaba una pistola. Cogí agua con las manos y me lavé la cara. Apenas podía distinguir mi reflejo en la superficie. Bebí y bebí, hasta saciar mi sed.
Entonces, escuché un disparo, y al instante mi brazo derecho empezó a arder.
Oh, no…
Sin girarme, corrí, o eso creía, para ponerme a cubierto. Me caí. Rodé por el suelo. Me incorporé y traté de gatear. Recibí otro disparo, en la pierna herida. Grité de dolor. Como pude, repté hasta ocultarme detrás de la gran roca. Me eché la mano a la pierna de nuevo. Ya no dolía. Malas noticias; pronto sería incapaz de moverla.
Comprobé el cargador. Bien, quedaba una bala. La roca penetraba en el río hasta la zona más profunda; quien quiera que fuese, si quería llegar hasta mí, tendría que hacerlo por tierra, desde donde yo había entrado.
En antagonía con el resto del valle, escarpado, la gran roca era más lisa y difícil de escalar. En realidad, no tendría más que unos cuatro metros de altura, pero sólo una vez, de pequeño, el día en que lo perdí todo, conseguí alcanzar la cima, donde conocí a mi amiga. Si él lo intentaba, lo escucharía. Si la rodease, lo vería. Tenía la ventaja de posición. Podría defenderme.
El Sol estaba en su punto más alto; era mediodía. Eché un vistazo con sigilo. El pistolero ya no estaba allí. Probablemente se habría escondido en la zona de la arboleda, o me observase tras alguno de los matorrales cercanos a la orilla. No podría tenderme una emboscada; la vegetación no llegaba hasta aquí.
Pero… ¿por qué me quería a mí?
Pasaron unos minutos. Se me hicieron eternos. De pronto, escuché un ruido detrás de la roca. Como un crujido. Me estremecí. Podría estar acercándose. Desenfundé la pistola, apoyé la espalda contra la roca, y clavé la mirada en la esquina, esperando poder verle antes que él a mí. Pero la luz, desde el sur, me cegaba. Apenas podía abrir los ojos. Y no podría defenderme de otra manera: si cambiaba de posición, de cara a la roca, tendría menor campo visual; él me vería antes. Estaba en un buen aprieto…
Instantes después… lo comprendí. Los dioses estaban de mi parte. Si el pistolero hubiere osado salir de su escondrijo y avanzar hasta mí, al tener el Sol de frente, también debería deslumbrarse. Pero si era yo el que salía e iba a por él, la luz estaría a mi espalda. No era el momento de defenderse; sino el de atacar.
Sabía que estaba a punto de morir. Aunque las balas no me habían dado en lugares certeros, era cuestión de tiempo que mi cuerpo sucumbiese al desangrado y al agotamiento. Pero mantenía la esperanza de que el resto de mi familia estuviese viva. Y por todos los dioses, ese hombre jamás les haría daño.
Repté con mucho cuidado hasta la esquina, y, con la cabeza casi pegada al suelo, observé de nuevo… y allí estaba. A unos cuarenta pies, avanzando hacia mí, tapándose la cara con un brazo. En el pecho llevaba una estrella dorada que brillaba, reflejando la luz.
¡Qué vanidad! ¡Qué falta de respeto! ¡Qué mínimo, por el honor de un guerrero, que dar lo mejor que tiene!
Pero pagaría cara su osadía. La debilidad del enemigo es nuestra fuerza. Y él no podía verme. Así que me agazapé, apoyando una rodilla en el suelo, alcé la pistola con escasas fuerzas, la apoyé en una hendidura de la roca, la sujeté fuerte con ambas manos, y clavé la mirada en la estrella. Blanco perfecto.
Ya la tenía a escasos metros.
Cerré los ojos, apreté los dientes…
Y disparé.
(…)
Segunda parte – La flor carmesí
Creo que le he dado…
Me sequé una gota de sudor. Volvía a tener la boca seca. Su cuerpo, inmóvil, en el suelo, boca arriba. Con mi pistola en la mano, aunque sin balas, me acerqué a él poco a poco, dispuesto a abatirlo a culatazos si era necesario.
Vislumbré la suya a dos metros, a la derecha. La cogí: el cargador estaba casi lleno. Comprobé que no tuviese otras. Me senté a horcajadas sobre él, y le encañoné con su propio arma.
Entonces le miré a la cara. Todavía estaba vivo. Su mirada, perdida, clavada en mí, implorándome piedad…
¿Qué hacer? Aplastar por completo al enemigo estaba escrito en las leyes del poder. Pero… dos personas que yacían exhaustas, debilitadas y moribundas, ya no podían ser enemigas.
Suspiré hondo, lancé la pistola al río, y me dejé caer a su vera.
Me temblaban las manos. Se me entrecortaba la respiración. Me mareaba. Tenía taquicardias. Tenía frío. Todo el cuerpo me dolía. Todo menos la pierna; había dejado de sentirla. Pero no pude reprimir las ganas de hacer un nuevo amigo.
Un último amigo.
- “¿Cómo os llamáis, forastero?”
Él me miró, sorprendido. De seguro, de mí esperaba recibir un último golpe, no una primera pregunta.
- “C… Colt… Colton Cooper”, me respondió, tartamudeando.
No había dudado en responderme. Su mirada seguía rogándome, frágil, inocente, pequeña. Como la de un niño.
Quise saber más…
- “¿Por qué lo habéis hecho?”
- “Sólo cumplíamos órdenes.”
- “¿Órdenes?”, le inquirí, incrédulo.
Él tomó aire, respirando con profundidad. Dejé que se tomara su tiempo. Tosió. Por un momento me sentí mal, obligándole a hacer aquel esfuerzo. ¿No debería dejar que sus pulmones se vaciasen en súplicas de perdón a su Dios, en vez de agotarse en meras explicaciones?
Cuando
estaba a punto de decirle que no importaba, que se detuviera, por fin,
consiguió hablar…
- “Los indios debéis trasladaros a la Gran Reserva, y dejar libre este territorio. Todo aquel que no lo hiciere, pasado el plazo, ha sido declarado infractor de la ley, y debe ser eliminado.”
“Órdenes. Infracciones. Leyes…”, pensé, sorprendido.
¿Por qué es tan fácil matar a alguien a quien nunca vimos, aunque sus ojos hubiesen visto bien, como los nuestros, el mundo que ahora les hacemos abandonar? ¿En qué momento el supuesto progreso de la humanidad se había convertido en un mero ritual con sacrificios?
No iba a matarlo, pero sentía rabia. Mucha rabia. Y la liberé con palabras:
- “No elegimos nacer aquí. No elegimos ser vuestros enemigos. No fue nuestra danza la que despertó sobre vuestras villas los diluvios que ahora nos devolvéis en torrentes de sangre. Decidme, osado guerrero, ¿acaso os han prometido oro y gloria? ¿Creéis que erais realmente vos quien apretaba ese gatillo?”
Colton permaneció callado, observándome. Y entonces, me calmé. Comprendí lo que ocurría: ante mí yacía un guerrero que sabía para quién luchaba, pero no sabía por qué. Así que decidí rebajar un poco la tensión. Además, ya sentía pinchazos por todo el cuerpo. A la sangre que aún no había perdido le costaba más llegar a cada vez más extremos.
- “El poblado está desierto de almas en vida. Probablemente ya habéis buscado, pero sólo hallasteis espíritus bailando entre las llamas. Y entonces, en algún momento, me visteis a mí, solo, arrastrándome hacia el río con fuerzas de flaqueza, en un intento desesperado por sobrevivir. Decidme, si es así… ¿por qué me habéis atacado?”
En aquel momento, él parecía un poco más enérgico. Hablaba con más fluidez, con más facilidad. ¿Sería la fuerza de sus últimos alientos?
- “Bueno… después de todo, vos sois el Gran Jefe. Vuestro tocado es inconfundible. El teniente lo quería como trofeo, y recompensaría a aquel que lo obtuviere. Por eso, cuando os vi, indefenso, decidí ser yo quien os diera el golpe de gracia. Os escondisteis, y me cansé de esperar. Alguien más podría haber tenido la misma idea, así que me aventuré. Pensé que sería fácil, parecíais desarmado, agotado y malherido. Podríais estar incluso muerto.”
Se equivocaba. Se equivocaba en todo. Y se lo haría comprender.
- “Me llamo Bo. El Gran Jefe era mi padrastro. En este momento, su cuerpo yace en el campo de batalla, rodeado de los de muchos de nuestros compañeros y amigos. Pero vos… vos sois codicioso y malvado. Y eso acaba de costarnos la vida a los dos.”
Tosí varias veces. Mis pulmones rogaban una pausa, pero ya nada podía detenerme.
“La humanidad ha sacrificado millones y millones de almas sin tener un porqué. Ni siquiera como tributo a los dioses. Sólo por codicia. Pero las vidas entregadas a los deseos de otras más pudientes y codiciosas que ellas, perderán todo honor a su partida. Nunca serán dignas de gracia alguna. Sus nombres no pasarán a la historia. Sus espíritus jamás serán venerados. Sus cuerpos se consumirán, sus ropajes se desecharán, y, al final, sus armas serán lo único que quede de ellos, si no fueren destruidas. Regresarán, de la mano de otros, a otros campos de batalla, donde sentirán de nuevo el frío de un hombre muerto. Y todo… por unas simples monedas.
Decidme, oh, mi nuevo y último amigo. Si hubierais regresado con éxito de vuestra misión… ¿creéis que tendríais el perdón de vuestro Dios? ¿Acaso le diríais a vuestra esposa de dónde habéis sacado el dinero?”
Colton pareció sobrecogerse. Comenzaban a brillar en su mirada los primeros destellos de llanto. Palideció. Fue como, si de repente, aquellas fuerzas que habían alzado su voz hubiesen vuelto a abandonarle. Vi que empezaba a entenderme.
- “No tengo esposa, indio. Pero a quien sí me gustaría ver ahora es a… mi madre.”
Ya no había duda. Debía hacer algo por aquel forastero. Que pudiese partir en paz hacia su próxima vida. Que, en sus últimos minutos, su honor le fuese devuelto. Que su Dios, aunque no fuese ninguno de los míos, escuchase su arrepentimiento.
- “Tengo por seguro que mi madrastra, allá donde esté, estará orgullosa de mí y de lo que he hecho: defender esta tierra. Pero decidme… ¿qué sentido tuvo para vos esta contienda?
Pensad en ella. Le dijisteis que partíais en busca de mejor ventura. Jurasteis vuestro regreso. Y miraos. Ya no es estrella dorada, sino flor carmesí lo que luce en vuestro pecho. ¿Qué diría ella ahora si os viese?”
Él, por fin, comenzó a sollozar.
- “Lo siento. Lo siento mucho. Mamá. Me estoy muriendo…”.
No había en mí lugar para el rencor. Ya me costaba mucho respirar. Como hacía con mi amiga el águila, enternecí una mirada y se la dediqué. De la misma forma que ella podía sentir mi afecto, él podría captar mi perdón.
Instantes después, hice un esfuerzo y terminé lo que había comenzado:
-
“Ahora que sabemos que los dioses no tendrán misericordia para nosotros,
partiremos a su encuentro. Debéis estar preparado. Para nosotros, los sioux, no
hay ningún final, sólo nuevos comienzos. Espero que hayáis aprendido esta
lección. Y que, en otra vida, si volvemos a encontrarnos y habéis de tomar las
armas contra mí, que sea por honor, nunca por dinero, oh, osado guerrero.”
Él asintió. Después, ya fue incapaz de despegar la cara de la arena. Había muerto. Mirando hacia mí…
¿Habría logrado salvar su alma?
Entonces, me giré, clavé la vista en el alto azul y la mantuve allí, esperando al momento en que mi luz también se apagase para siempre…
(…)
- “Así es como he llegado aquí.”
- “Bien…” dijo la voz.
Escuché un murmullo casi imperceptible, y permanecí quieto y en silencio hasta que cesó.
- “Vuestra alma puede decidir su destino de regreso. Vuestro deseo será oído, noble guerrero.”
Habría querido no perder los recuerdos de esta vida, pero sabía que no era posible, pues parte del desafío del alma en la existencia terrenal era hallar de nuevo el bien, y ganarse el derecho a regresar a ella. Pero si este momento llegaba, también sabía cuáles serían mis deseos…
- “Águila. Ese es mi deseo. Quiero surcar el cielo. Tenerlo por mío. Quiero volar, vivir lejos de la humanidad y de sus guerras. Pero también quisiera encontrar, en algún momento, algún humano noble en quien tener fe, y cuidar de él desde las alturas.
De la misma forma que mi amiga, cuando tras perder a mis padres en la emboscada que nos tendieron aquellos bandidos, trepé a la gran roca para huir de los depredadores y me quedé dormido al lado de su nido, quisiera estar allí para él… como ella estuvo conmigo.”
Se hizo el silencio durante unos segundos, hasta que la voz lo rompió por última vez:
-
“Sea.”
BW.
P.D.: La canción que me inspiró:
https://youtu.be/SBKMVUnEYVc?si=jUpNZkSlaR9tnp__
Gracias al vídeo se comprende mejor la historia. Fantasiosa, alegórica y luminosa. Entiendo lo que transmite gracias a tu ayuda y al conocimiento que tengo de tí. Algo nuevo que explorar. También me gusta esta faceta imaginativa y abstracta. 😁😁
ResponderEliminarHe querido, en la primera parte, que el relato fuese tenso y frenético para que quien lo leyera pudiese sentirlo; y en la segunda, que fuese calmado y profundo, para que quien lo leyera pudiese entenderlo. Muchas gracias!!
Eliminar