21 ene 2017

ASPIRACIONES VITALES


Sinopsis
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De boquilla, todo es muy bonito. En las conversaciones profundas, habla nuestro “yo” interior, y dice que las actitudes denotativas de grandes valores, como la honradez, la nobleza o la generosidad, son admirables. Pero después, en la práctica, las aspiraciones vitales de mucha gente en absoluto se corresponden con lo que predican de palabra, pues dedican su tiempo y esfuerzo a la consecución de fines que nada tienen que ver con ello.

¿A qué se debe esta incoherencia?

Quizá esté en nuestras manos cambiarlo...

ASPIRACIONES VITALES

Adoro las conversaciones profundas. Cuando participo en alguna, suelo preguntar a mis interlocutores a qué aspiran en la vida, qué es para ellos el “éxito”. Y por desgracia, buena parte de las respuestas que recibo no son de mi agrado.

Mucha gente, sin apenas meditarlo, relaciona el éxito con la posesión de un gran patrimonio. Tener mucho más de lo que necesitas para vivir bien, parece ser denotativo de éxito.

Yo, sin valorarlo subjetivamente, observo que eso no es lo natural, pues como en teoría lo que no nos hace falta tiene por ello, más bien, poca utilidad para nosotros, poseerlo no tendría porque ser tan satisfactorio. Por tanto, si ello es así, tiene que haber algún motivo: algo ajeno está ejerciendo su influencia sobre nosotros, y nos está incitando a querer tener siempre más.

La verdadera razón por la que tantos dedican su vida a trabajar más de lo que quisieran con el objetivo de poseer más de lo que necesitan no es en última instancia "vivir bien", sino obtener, con su riqueza por estandarte, un reconocimiento social. Y es que saben que lo van a conseguir, pues aquí la riqueza trae consigo al éxito.

La nuestra aún se asemeja a aquella sociedad estamental que un día fue, en la que, básicamente, en función de la riqueza que poseyeras ocupabas un puesto u otro en la pirámide, con la única diferencia de que ahora ya no estás condenado a ser pobre por nacimiento. Y ello, respaldado por la influencia de la cultura de consumo que actualmente todos, casi sin excepción, seguimos de un modo u otro, en la cual parece que según cómo vistas, a qué te dediques, dónde vivas y qué coche tengas, se te mira de una u otra forma, da lugar a este panorama.

Querer tener éxito en nuestra sociedad está bien, pero observo que actualmente la situación es preocupante, pues hoy día para muchos el éxito social no es el fin, sino un medio para conseguir otro fin, el verdadero: sentirse bien consigo mismos.

Creo que quienes pretendan conseguir el éxito social valiéndose de agentes externos -como la riqueza-, además de denotar una falta de personalidad enorme, ponen en manos de terceros un arma muy poderosa que permanentemente estará encañonándoles, pues así también su amor propio pasará a estar condicionado por la opinión ajena.

¿Qué está pasando aquí? Es como si, para que nosotros tengamos amor propio, los demás tuviesen que darnos el visto bueno desde fuera; que nosotros para lograr eso tuviésemos que darles motivos; y que esos motivos ni siquiera dependiesen de quiénes somos, pues no seremos juzgados en base a ello, ya que lo que cuenta es lo que tengamos y podamos enseñar.

Y esta situación está más generalizada de lo que creemos. Si no somos queridos por los demás, parece que nos cuesta querernos a nosotros mismos. Y si para ser queridos por los demás precisamos de hacer méritos de este tipo, entonces para el materialismo y la codicia con los que convivimos día a día ya acabamos de encontrar un gran fundamento.

A mí esto me preocupa, creo que hay que cambiarlo. Puede hacerse, y quiero proponer cómo.

Si nosotros no hubiésemos percibido desde pequeños que el rico es triunfador, el panorama sería bastante distinto, porque de mayores no relacionaríamos riqueza y éxito.

Si alguien viese que, aunque ganase muchísimo dinero no fuese a lograr con ello ningún tipo de reconocimiento social, sino que seguiría siendo una persona más en la calle, a quien nadie se detendría a mirar de reojo, mostrándole esa envidia o admiración que él o ella quizá necesita percibir para alimentar su ego, posiblemente tendría muchos menos motivos para querer hacerlo. Y entendedme bien, no odio al rico, sólo critico a aquel que precise de serlo para quererse a sí mismo.

¿Sabéis lo que pasa? Este planteamiento ya demuestra algo, y es que la sociedad, todos nosotros, somos capaces de establecer directrices para cada una de las nuevas mentes que ingresan en nuestro seno, exponiéndoles, al juzgarles, qué deben hacer para conseguir el tan anhelado éxito.

Y claro, de este modo se puede deducir que también está en nuestras manos cambiar el panorama. Si premiásemos con nuestro reconocimiento y admiración, en vez de la riqueza, ciertas actitudes, como la honradez, la nobleza o la generosidad, el mundo podría cambiar.

Lamentablemente hay un duro obstáculo, pues existe en esta sociedad una gran hipocresía en ese sentido. Porque muchas personas, en el fondo, creen que deberían comportarse así, que lo correcto es respetarse, jugar limpio y ayudar a los demás. Nadie miente cuando predica de palabra esos valores, lo malo es que luego muchos no los llevan a la práctica.

No lo hacen, porque se autoconvencen de que es una utopía, de que este mundo es hostil y esta sociedad es cruel, y de que así no van a llegar a ninguna parte. Tras ello, escudándose en el “es lo que hacen todos”, se adaptan a la dura realidad, toman de nuevo la mano del individualismo y regresan a sus quehaceres.

Es un círculo vicioso. Nos negamos a comportarnos como creemos correcto porque consideramos que así, como el panorama es tan caótico, no vamos a conseguir nada; para luego, con nuestros actos -aunque no nos demos cuenta- contribuir al mantenimiento del mismo.

¿Veis lo que quiero decir? ¡Incluso expresamente manifestamos que ese tipo de actitudes son las que queremos ver! Ah, pero aquello de predicar nosotros con el ejemplo parece que se nos ha olvidado en casa...

Como dije en mi primer escrito, cuando la corriente te arrastra lo fácil es seguirla. Y como considero que así no llegaremos a buen puerto, estoy planteando esta propuesta.

Quizá deberíamos ser un poco coherentes, y que nuestros actos verdaderamente sean manifestaciones prácticas de nuestros pensamientos. Podríamos empezar por ahí, ¿no?

A lo mejor, podríamos darles un mayor reconocimiento a todos aquellos que día a día tratan de hacer del mundo un lugar mejor a base de pequeños gestos. Y sobre todo, podríamos tomar ejemplo de ellos. Sabéis perfectamente a qué me refiero.

Si lo hiciésemos, poco a poco, la gente pasaría a tener otros objetivos, pues otra serie de hechos, distintos de trabajar mucho más duro de lo que querríamos -o, si nuestra moral no nos lo impidiese, llegar a aprovecharnos de los demás en beneficio propio- para obtener cantidad de bienes que no vamos a necesitar, serían los admirables, los denotativos de éxito.

Eso, también con el tiempo, provocaría un cambio en el seno de la sociedad, pues cada vez serían más frecuentes esas nuevas actitudes que ahora estarán, a todos los efectos, bien vistas. Esa honradez, esa nobleza, ese altruismo y tantas otras conductas beneficiosas para todos se percibirían por doquier. Dejaríamos de ver armonía y fraternidad sólo en los cuentos de hadas y comenzaríamos a experimentarlas en la vida real.

Porque así, poco a poco, el individualismo y el egoísmo disminuirían en favor del compañerismo y la solidaridad. Sería de lo más cómico ver a aquellos que se empeñasen en ganar más y más dinero enrabietarse y armar pataletas porque ya no se les reconoce ese éxito que creen que merecen, para después, frustrados, desistir.

Es más, ello significaría no ya un cambio en las tornas, sino un giro de 180º, pues esa hipotética situación del rico frustrado es precisamente la que viven hoy día quienes abogan por realizar estas conductas y pequeños gestos a los que hago referencia, que observan atónitos cómo todo lo que hacen, que tanto refuerza su amor propio, no obtiene para nada el mismo reconocimiento por parte de la sociedad. Ante ella, lo máximo que pueden lograr es que sus actos aparezcan narrados de modo anecdótico en un vídeo sensacionalista circulando por redes sociales.

Parte de ellos terminan rindiéndose. Tiran la toalla, dejan de realizar esos actos que consideran -y son- beneficiosos para la sociedad, y empiezan a preocuparse sólo por sí mismos, como hacen los demás. Y es que aquí, cuando observamos a alguien actuando de una manera que en el fondo consideramos correcta, parece que desconfiamos de él, pues como lo normal es no dar puntada sin hilo, esa persona seguramente esconda algo, busque algo, quiera algo a cambio.

Qué triste. Se le quitan las ganas a cualquiera de hacer buenas obras, de verdad...

Pero sigamos. Y es que además, en el momento en que lográsemos revertir la situación, aquellos hechos que nos brindarán éxito social ya eran desde un principio satisfactorios para nosotros mismos. Echando la vista atrás, observaremos que aunque la sociedad no confiriese a esas conductas ese gran reconocimiento que quizá merecen, nosotros por nuestra cuenta sí lo hacíamos. Aunque sólo fuese de boquilla, quizá a base de pulgarcitos arriba, lo hacíamos.

De esta forma, también la determinación de nuestro amor propio volvería a estar totalmente en nuestras manos, pues todos veríamos en la opinión social un complemento y no un requisito necesario para tenerlo y cultivarlo. Ya nos querríamos lo bastante nosotros mismos.

¿Demasiado utópico? Una reacción predecible...

Alguien idealista y soñador puede a la vez estar en sus cabales. Cuando mis ideas son tachadas de utópicas, siempre respondo de la misma manera. Y es que grandes incendios hallaron su origen en pequeñas chispas.

La supresión de la pena de muerte en ciertas comunidades; la desdivinización de los monarcas; el matrimonio entre personas del mismo sexo; el derecho de la mujer a participar, y en igualdad de condiciones, en la vida política... son medidas que provinieron de ideas, ideas que en su día también fueron tachadas de utópicas. En otras épocas, la justicia seguía la Ley del Talión; el Rey era Rey por la gracia de Dios; la unión tradicional era la única posible; la mujer estaba destinada a quedar en segundo plano a la hora de tomar decisiones...

Pero oíd, tarde o temprano esas ideas, a priori utópicas, terminaron llevándose a la práctica. Y creo que eso es lo que muchos no entienden. Lo que ahora nosotros vemos como normal y aceptamos sin ningún reparo, en su día pudo haber sido tachado de utópico. Y a sus promotores también se les saltó al cuello, al igual que pasaría conmigo si ahora me plantase en la plaza del pueblo a dar este sermón.

Por eso yo pienso que, si aquellas ideas triunfaron, ¿por qué no van a hacerlo las mías?

Opino que tal y como está, la sociedad va mal, y que pueden practicarse muchas medidas -como ésta- para que empiece a ir bien. Y a aquellos que piensen que la sociedad va bien, yo, sin cuestionárselo, les digo que puede ir aún mejor.

¿Queremos dejarles a nuestras nuevas generaciones este legado? Seguro que no. Entonces, ¿por qué no empezar ya? ¿Por qué no coger nosotros el toro por los cuernos en vez de pasarles la patata caliente a quienes vengan detrás? ¿Por qué no ser nosotros mismos ese cambio que queremos ver?

Amigos, amigas... a fin de cuentas, somos dueños de nuestro destino. Para cambiar algo, basta con querer. Querer, y trabajar juntos.

Entonces, decidme, ¿a qué aspiráis vosotros en la vida?

Yo aspiro -que no es poco- a dejar este mundo mejor que como me lo encontré.

BW.

4 comentarios:

  1. Porqué no? Tienes razón, grandes incendios nacieron de pequeñas chispas, grandes cambios para la humanidad surgieron de mentes soñadoras, pero invariablemente innovadoras, puede que la tuya sea una de esas mentes, porqué no?.Adelante, toda la vida te queda para aportar tu granito de arena, la que me quede a mí para disfrutar con ello, ojalá....

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    1. Me alegra que compartamos la misma visión. Si la mía es una de esas mentes elegidas, trataré toda mi vida de sacarle su máximo potencial. Y ojalá vivamos para ver los resultados...

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  2. Tiene que haber más gente como tú. Me niego a creer que seas el único. Siembra ideas. Recogerás actos.
    Sin entrar en suspicacias: Bill Gates. Sin ir más lejos: Todas las personas que están al lado de los refugiados sirios.
    Creo que en ambos casos el éxito y la satisfacción personal debe ser enorme y no necesitan del reconocimiento externo para sentirse mejor.

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    1. Has entendido a la perfección esa idea, una de las más importantes que se muestran en el texto. Si lo que hacemos nos reconforta como personas, no necesitamos del reconocimiento externo para sentirnos bien, para nosotros eso será un complemento y no una necesidad. Aprendamos de esa gente. Gracias por leer.

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