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De boquilla, todo es muy bonito. En las conversaciones profundas, habla nuestro “yo” interior, y dice que las actitudes denotativas de grandes valores, como la honradez, la nobleza o la generosidad, son admirables. Pero después, en la práctica, las aspiraciones vitales de mucha gente en absoluto se corresponden con lo que predican de palabra, pues dedican su tiempo y esfuerzo a la consecución de fines que nada tienen que ver con ello.
¿A qué se debe esta incoherencia?
Quizá esté en nuestras manos cambiarlo...
ASPIRACIONES
VITALES
Adoro
las conversaciones profundas. Cuando participo en alguna, suelo
preguntar a mis interlocutores a qué aspiran en la vida, qué es
para ellos el “éxito”. Y por desgracia, buena parte de las
respuestas que recibo no son de mi agrado.
Mucha
gente, sin apenas meditarlo, relaciona el éxito con la
posesión de un gran patrimonio. Tener mucho más de lo que necesitas
para vivir bien, parece ser denotativo de éxito.
Yo,
sin valorarlo subjetivamente, observo que eso no es lo natural, pues
como en teoría lo que no nos hace falta tiene por ello, más bien, poca utilidad para nosotros, poseerlo no tendría porque ser tan
satisfactorio. Por tanto, si ello es así, tiene que haber algún motivo: algo ajeno está ejerciendo su influencia sobre nosotros, y
nos está incitando a querer tener siempre más.
La
verdadera razón por la que tantos dedican su vida a trabajar más de
lo que quisieran con el objetivo de poseer más de lo que necesitan
no es en última instancia "vivir bien", sino obtener, con su riqueza
por estandarte, un reconocimiento social. Y es que saben que lo van a
conseguir, pues aquí la riqueza trae consigo al éxito.
La
nuestra aún se asemeja a aquella sociedad estamental que un día
fue, en la que, básicamente, en función de la riqueza que poseyeras
ocupabas un puesto u otro en la pirámide, con la única diferencia
de que ahora ya no estás condenado a ser pobre por nacimiento. Y
ello, respaldado por la influencia de la cultura de consumo que
actualmente todos, casi sin excepción, seguimos de un modo u otro,
en la cual parece que según cómo vistas, a qué te dediques, dónde vivas y qué coche tengas, se te mira de una u otra forma, da lugar
a este panorama.
Querer tener éxito en nuestra sociedad está bien, pero observo que
actualmente la situación es preocupante, pues hoy día para muchos
el éxito social no es el fin, sino un medio para conseguir otro fin,
el verdadero: sentirse bien consigo mismos.
Creo
que quienes pretendan conseguir el éxito social valiéndose de
agentes externos -como la riqueza-, además de denotar una falta de
personalidad enorme, ponen en manos de terceros un arma muy poderosa
que permanentemente estará encañonándoles, pues así también su
amor propio pasará a estar condicionado por la opinión ajena.
¿Qué
está pasando aquí? Es como si, para que nosotros tengamos amor
propio, los demás tuviesen que darnos el visto bueno desde fuera;
que nosotros para lograr eso tuviésemos que darles motivos; y que
esos motivos ni siquiera dependiesen de quiénes somos, pues no
seremos juzgados en base a ello, ya que lo que cuenta es lo que
tengamos y podamos enseñar.
Y esta
situación está más generalizada de lo que creemos. Si no somos
queridos por los demás, parece que nos cuesta querernos a nosotros
mismos. Y si para ser queridos por los demás precisamos de hacer
méritos de este tipo, entonces para el materialismo y la codicia con
los que convivimos día a día ya acabamos de encontrar un gran
fundamento.
A mí
esto me preocupa, creo que hay que cambiarlo. Puede hacerse, y quiero
proponer cómo.
Si
nosotros no hubiésemos percibido desde pequeños que el rico es
triunfador, el panorama sería bastante distinto, porque de mayores
no relacionaríamos riqueza y éxito.
Si
alguien viese que, aunque ganase muchísimo dinero no fuese a lograr
con ello ningún tipo de reconocimiento social, sino que seguiría
siendo una persona más en la calle, a quien nadie se detendría a
mirar de reojo, mostrándole esa envidia o admiración que él o ella
quizá necesita percibir para alimentar su ego, posiblemente tendría
muchos menos motivos para querer hacerlo. Y entendedme bien, no odio
al rico, sólo critico a aquel que precise de serlo para quererse a
sí mismo.
¿Sabéis
lo que pasa? Este planteamiento ya demuestra algo, y es que la
sociedad, todos nosotros, somos capaces de establecer directrices
para cada una de las nuevas mentes que ingresan en nuestro seno,
exponiéndoles, al juzgarles, qué deben hacer para conseguir el tan
anhelado éxito.
Y
claro, de este modo se puede deducir que también está en nuestras
manos cambiar el panorama. Si premiásemos con nuestro
reconocimiento y admiración, en vez de la riqueza, ciertas actitudes, como la
honradez, la nobleza o la generosidad, el mundo podría cambiar.
Lamentablemente hay un duro obstáculo, pues existe en esta sociedad una gran
hipocresía en ese sentido. Porque muchas personas, en el fondo,
creen que deberían comportarse así, que lo correcto es respetarse,
jugar limpio y ayudar a los demás. Nadie miente cuando predica de
palabra esos valores, lo malo es que luego muchos no los llevan a la
práctica.
No lo
hacen, porque se autoconvencen de que es una utopía, de que este
mundo es hostil y esta sociedad es cruel, y de que así no van a
llegar a ninguna parte. Tras ello, escudándose en el “es lo que
hacen todos”, se adaptan a la dura realidad, toman de nuevo la mano
del individualismo y regresan a sus quehaceres.
Es un
círculo vicioso. Nos negamos a comportarnos como creemos correcto
porque consideramos que así, como el panorama es tan caótico, no
vamos a conseguir nada; para luego, con nuestros actos -aunque no nos
demos cuenta- contribuir al mantenimiento del mismo.
¿Veis
lo que quiero decir? ¡Incluso expresamente manifestamos que ese tipo
de actitudes son las que queremos ver! Ah, pero aquello de predicar
nosotros con el ejemplo parece que se nos ha olvidado en casa...
Como
dije en mi primer escrito, cuando la corriente te arrastra lo fácil
es seguirla. Y como considero que así no llegaremos a buen puerto, estoy planteando esta propuesta.
Quizá
deberíamos ser un poco coherentes, y que nuestros actos
verdaderamente sean manifestaciones prácticas de nuestros
pensamientos. Podríamos empezar por ahí, ¿no?
A lo
mejor, podríamos darles un mayor reconocimiento a todos aquellos que
día a día tratan de hacer del mundo un lugar mejor a base de
pequeños gestos. Y sobre todo, podríamos tomar ejemplo de ellos.
Sabéis perfectamente a qué me refiero.
Si lo
hiciésemos, poco a poco, la gente pasaría a tener otros objetivos,
pues otra serie de hechos, distintos de trabajar mucho más duro de
lo que querríamos -o, si nuestra moral no nos lo impidiese,
llegar a aprovecharnos de los demás en beneficio propio- para
obtener cantidad de bienes que no vamos a necesitar, serían los
admirables, los denotativos de éxito.
Eso,
también con el tiempo, provocaría un cambio en el seno de la
sociedad, pues cada vez serían más frecuentes esas nuevas actitudes
que ahora estarán, a todos los efectos, bien vistas. Esa honradez,
esa nobleza, ese altruismo y tantas otras conductas beneficiosas para
todos se percibirían por doquier. Dejaríamos de ver armonía y
fraternidad sólo en los cuentos de hadas y comenzaríamos a
experimentarlas en la vida real.
Porque
así, poco a poco, el individualismo y el egoísmo disminuirían en
favor del compañerismo y la solidaridad. Sería de lo más cómico
ver a aquellos que se empeñasen en ganar más y más dinero
enrabietarse y armar pataletas porque ya no se les reconoce ese éxito
que creen que merecen, para después, frustrados, desistir.
Es
más, ello significaría no ya un cambio en las tornas, sino un giro
de 180º, pues esa hipotética situación del rico frustrado es
precisamente la que viven hoy día quienes abogan por realizar estas
conductas y pequeños gestos a los que hago referencia, que observan
atónitos cómo todo lo que hacen, que tanto refuerza su amor propio,
no obtiene para nada el mismo reconocimiento por parte de la
sociedad. Ante ella, lo máximo que pueden
lograr es que sus actos aparezcan narrados de modo anecdótico en un
vídeo sensacionalista circulando por redes sociales.
Parte de ellos terminan rindiéndose. Tiran la toalla, dejan de
realizar esos actos que consideran -y son- beneficiosos para la
sociedad, y empiezan a preocuparse sólo por sí mismos, como hacen
los demás. Y es que aquí, cuando observamos a alguien actuando de
una manera que en el fondo consideramos correcta, parece que
desconfiamos de él, pues como lo normal es no dar puntada sin hilo,
esa persona seguramente esconda algo, busque algo, quiera algo a
cambio.
Qué
triste. Se le quitan las ganas a cualquiera de hacer buenas obras, de
verdad...
Pero
sigamos. Y es que además, en el momento en que lográsemos revertir
la situación, aquellos hechos que nos brindarán éxito social ya
eran desde un principio satisfactorios para nosotros mismos. Echando
la vista atrás, observaremos que aunque la sociedad no confiriese a
esas conductas ese gran reconocimiento que quizá merecen, nosotros
por nuestra cuenta sí lo hacíamos. Aunque sólo fuese de boquilla, quizá a base de pulgarcitos arriba, lo hacíamos.
De
esta forma, también la determinación de nuestro amor propio
volvería a estar totalmente en nuestras manos, pues todos veríamos
en la opinión social un complemento y no un requisito necesario para
tenerlo y cultivarlo. Ya nos querríamos lo bastante nosotros mismos.
¿Demasiado
utópico? Una reacción predecible...
Alguien
idealista y soñador puede a la vez estar en sus cabales. Cuando mis
ideas son tachadas de utópicas, siempre respondo de la misma manera.
Y es que grandes incendios hallaron su origen en pequeñas chispas.
La
supresión de la pena de muerte en ciertas comunidades; la
desdivinización de los monarcas; el matrimonio entre personas del
mismo sexo; el derecho de la mujer a participar, y en igualdad de
condiciones, en la vida política... son medidas que provinieron de
ideas, ideas que en su día también fueron tachadas de utópicas. En
otras épocas, la justicia seguía la Ley del Talión; el Rey era Rey por la
gracia de Dios; la unión tradicional era la única posible; la mujer estaba destinada a quedar en segundo plano a la
hora de tomar decisiones...
Pero
oíd, tarde o temprano esas ideas, a priori utópicas, terminaron
llevándose a la práctica. Y creo que eso es lo que muchos no
entienden. Lo que ahora nosotros vemos como normal y aceptamos sin
ningún reparo, en su día pudo haber sido tachado de utópico. Y a
sus promotores también se les saltó al cuello, al igual que pasaría
conmigo si ahora me plantase en la plaza del pueblo a dar este
sermón.
Por
eso yo pienso que, si aquellas ideas triunfaron, ¿por qué no van a
hacerlo las mías?
Opino
que tal y como está, la sociedad va mal, y que pueden practicarse
muchas medidas -como ésta- para que empiece a ir bien. Y a aquellos
que piensen que la sociedad va bien, yo, sin cuestionárselo, les
digo que puede ir aún mejor.
¿Queremos
dejarles a nuestras nuevas generaciones este legado? Seguro que no.
Entonces, ¿por qué no empezar ya? ¿Por qué no coger nosotros el
toro por los cuernos en vez de pasarles la patata caliente a quienes
vengan detrás? ¿Por qué no ser nosotros mismos ese cambio que
queremos ver?
Amigos,
amigas... a fin de cuentas, somos dueños de nuestro destino. Para
cambiar algo, basta con querer. Querer, y trabajar juntos.
Entonces,
decidme, ¿a qué aspiráis vosotros en la vida?
Yo
aspiro -que no es poco- a dejar este mundo mejor que como me lo
encontré.
BW.

Porqué no? Tienes razón, grandes incendios nacieron de pequeñas chispas, grandes cambios para la humanidad surgieron de mentes soñadoras, pero invariablemente innovadoras, puede que la tuya sea una de esas mentes, porqué no?.Adelante, toda la vida te queda para aportar tu granito de arena, la que me quede a mí para disfrutar con ello, ojalá....
ResponderEliminarMe alegra que compartamos la misma visión. Si la mía es una de esas mentes elegidas, trataré toda mi vida de sacarle su máximo potencial. Y ojalá vivamos para ver los resultados...
EliminarTiene que haber más gente como tú. Me niego a creer que seas el único. Siembra ideas. Recogerás actos.
ResponderEliminarSin entrar en suspicacias: Bill Gates. Sin ir más lejos: Todas las personas que están al lado de los refugiados sirios.
Creo que en ambos casos el éxito y la satisfacción personal debe ser enorme y no necesitan del reconocimiento externo para sentirse mejor.
Has entendido a la perfección esa idea, una de las más importantes que se muestran en el texto. Si lo que hacemos nos reconforta como personas, no necesitamos del reconocimiento externo para sentirnos bien, para nosotros eso será un complemento y no una necesidad. Aprendamos de esa gente. Gracias por leer.
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