-
Los jóvenes de hoy vamos a ser la primera generación en mucho tiempo que vivirá peor que la de sus padres. La disminución de la calidad de vida actual respecto a la de años ha es más que evidente. El dolor puede percibirse en las calles, aunque muchas veces se esconda tras falsas apariencias o autoconvencimientos conformistas que tratan de buscarle lógica y justificación. ¿Por qué limitarse a culpar de nuestros males a la “crisis”, acudir a frases vacías tipo “ya vendrán tiempos mejores”, y quedarse cruzados de brazos? O por otro lado, ¿por qué echarnos la culpa entre nosotros según las ideas políticas que tengamos?. Algo no va bien. Quizá nuestra pasividad se debe a que estamos totalmente sometidos, y alguien lleva tiempo manipulándonos a sus anchas...
Nota del autor
La parte más benevolente de mí
quiere pensar que todo lo que expongo aquí no es cierto. Que los
responsables humanos de nuestros males, sea porque se creen sus
propias mentiras, sea porque viven aislados de la realidad social, no
son conscientes del daño que nos están haciendo, que no hay
deliberación por su parte. Pero tal y como estamos, teorías como ésta cobran algo de sentido.
EL CEPO
CHINO
En nuestro país se vive,
a juzgar por lo que nos dicen, bien.
Aquí no escasean el agua
ni el alimento; tenemos hogares confortables; tenemos una sanidad y
una educación con buen rendimiento; tenemos trabajo y el salario que
cobramos nos da para vivir; y si no lo tenemos, podemos recibir
ayudas.
No obstante, en los
últimos tiempos ha disminuido nuestra calidad de vida. Los precios
suben; los salarios disminuyen, se estancan o aumentan menos que los
precios; trabajamos más horas; el rendimiento de la educación, la
sanidad y el sistema de subsidios y pensiones ya no es el de años
ha; los jóvenes cualificados emigran; la población envejece; los
despidos y los desahucios son el pan de cada día; cada vez más
población vive bajo el umbral de la pobreza...
“A ver, es cierto que no
estamos en nuestro mejor momento, que las cosas pueden ir mejor, pero
no debemos quejarnos tanto, comparando nuestro nivel de vida con el
de (insertar país pobre), el de (insertar otro), y ya no te digo el
de (insertar otro con mayor presencia mediática)... vivimos bien. Ya
vendrán tiempos mejores...” Esta persona es una víctima total.
Víctima, sí. Creo que en
estos momentos estamos siendo víctimas de un terrible entramado,
extendido a nivel mundial, que representa una poderosa arma de la que
alguien - ya veremos quién - se vale para conducir la situación
política, económica y social hacia lo que algunos críticos hace ya
tiempo que comenzaron a referirse como un monstruoso "Nuevo
Orden Mundial".
Es una trampa. Otra más,
para no variar. Y para ella he encontrado un nombre que le va como
anillo al dedo: El cepo chino.
Para quienes no lo sepan,
el cepo chino fue un instrumento de tortura consistente en una caja,
generalmente de madera, en la cual se colocaba el pie de la víctima,
y con una manivela, utilizando los principios de la prensa y el
tornillo, el verdugo lo iba apretando. La víctima pasaba
gradualmente de sentir una simple presión en el pie a sufrir la
trituración de sus huesos.
Una vez situados, llega la
dramática afirmación: nosotros, los ciudadanos, somos el torturado.
Nuestros pies están ahí
atrapados, y un misterioso verdugo puede apretar en cuanto le dé la
gana, y juega con el dolor que nos hace experimentar y el miedo que
tenemos a que se haga más fuerte para agotarnos mentalmente y
dominarnos.
Pensemos, sin ir más
lejos, en el aumento del conformismo y la disminución del espíritu
crítico que han tenido lugar en este país en los últimos tiempos.
Hemos pasado del drama de
los mileuristas, a contentarnos con cobrar el SMI, para acabar en el
"al menos tienes trabajo". ¿Por qué hemos sido capaces de
consentir, al no hacer nada para evitarlo, que nos hayan llevado a
esta situación?
Muy sencillo: Porque el
verdugo estaba apretando el cepo. La mayoría se ha concentrado en
soportar el dolor, y sólo unos pocos han decidido quejarse y pedir
que cese la tortura.
Y lo peor de todo. Cuando
el verdugo accede a las quejas y plegarias, damos gracias. O más
bien cuando finge acceder, pues posiblemente lo tenga ya planeado,
para hacernos creer que entre nuestras quejas y plegarias y el cese
temporal de la tortura hay una relación causa-efecto. Lo tiene todo
bajo control. Vivimos engañados.
Además, la nuestra es una
sociedad escandalosamente acrítica y manipulable. El verdugo, para
mitigar - si cabe aún más - la rabia que tendríamos que estar
descargando contra él, hace que nos peleemos entre nosotros. Que al
buscar al culpable de nuestros males miremos hacia los lados en vez
de arriba.
Para eso están los
partidos políticos. Nos han convencido de que un puñado de personas
elegidas de forma más o menos cuestionable, a través de un
mecanismo tan simple como dejar un papelito en una urna cada cuatro
años – mal llamado “democracia” - pueden adquirir legitimidad
para representar los intereses de toda la ciudadanía y velar por
ellos.
Cada partido político va
a defender una serie de ideales, y los predicarán y defenderán de
tal forma que dividirán por completo a la ciudadanía. No hay más
que vernos. Que si rojos, que si azules, que si naranjas, que si
morados...
Al respaldar o adherirte a
un bando te conviertes en enemigo de otros. Si tú gobiernas, a
partir de ahora tú serás considerado culpable de los problemas de
la ciudadanía. Y si otro gobierna, lo será él, y tú descargarás
toda tu ira contra él cuando las cosas no te vayan bien.
Para el verdugo ese
panorama no podría ser más cómico. Mientras él campa a sus
anchas, los torturados nos tiramos los trastos a la cabeza entre
nosotros.
Aunque en mi juventud
apoyé durante un tiempo a un bando, pronto vi que estaba equivocado.
Gobernase quien gobernase, el panorama era similar, la población
seguía y sigue sufriendo, da igual quién gobierne y da igual cómo
lo haga. Si a pesar de los esfuerzos de unos y otros por mejorar la
vida de los ciudadanos - cada uno a su manera - esa mejora o bien no
llegaba; o bien llegaba a cuentagotas; o bien, incluso, llevaba la
situación a peor, era porque quizás, al contrario de lo que me
habían hecho creer, la ciudadanía no tenía ni tiene el poder.
O eso, o que todavía no
se ha descubierto la forma adecuada de gobernar un país, pero eso lo dudo bastante. Sencillamente, observando más
allá de nuestras fronteras, podemos encontrarnos con todo tipo de
sistemas de gobierno apoyados en todo tipo de pensamientos
sociológicos, económicos, morales y compañía, y si aún así
nuestro nivel de vida está muy lejos de alcanzar el máximo que el
planeta ofrece, será por otra razón.
Y esa razón va asociada a
la gran incógnita que llevará todo el tiempo intrigando al lector:
la identidad del verdugo. Lo cierto es que al respecto hay distintas
opiniones.
Las teorías conspirativas
más extendidas suelen identificarle con organizaciones elitistas
concretas, tales como el conocido Club Bilderberg (una reunión a la
que anualmente acuden las personas más influyentes del planeta, en
la cual, impidiendo totalmente el acceso a la prensa, intercambian
opiniones y propuestas sobre qué hacer del mundo); o la “mafia
sionista” (un reducido grupo de adinerados banqueros y empresarios
judíos que, gracias al poder del que disponen al controlar una gran
parte de las entidades financieras y prácticamente la totalidad de
los medios de comunicación del mundo, indudablemente van a poder
ejercer sobre él una gran influencia).
Por mi parte, a ciegas, no
me atrevo a ponerle al verdugo nombre y apellidos, aunque sí afirmo
que el arma empleada es siempre la misma: el sistema. Como ya dije en
alguna ocasión, el capitalismo fomenta la desigualdad, aunque no sea
eso lo que pretendía en sus orígenes. Ahora, simplemente, los más
beneficiados por sus efectos ejercen su influencia para mantener y
reforzar su poder.
Y lo están haciendo bien.
Aquí nos tienen, deslomándonos para poder sobrevivir y poco más;
engañados, pensando que nosotros tenemos el poder, que votando
podemos cambiar las cosas, y que si no cambian, nuestras penurias son
culpa de quienes gobiernan; matándonos entre nosotros mientras
echamos las culpas de nuestro sufrimiento a las personas equivocadas;
asustados, superados totalmente por nuestro miedo al prójimo y al
porvenir...
Estamos sometidos. Puedo
percibir angustia y dolor en las calles, aunque muchas veces se
escondan tras falsas apariencias o autoconvencimientos conformistas
que tratan de buscarles lógica y justificación cuando no las
tienen.
Creo que tarde o temprano
nuestro dolor llegará a un nivel tan insoportable que los humanos no
nos veremos capaces de provocárselo a nuestros iguales bajo ningún
concepto. Nos daremos cuenta de que no podemos ser tan crueles. Que
por más y más diferencias que puedan existir entre nuestra forma de
ver la vida y nuestras ideas, todas encaminadas – cada una a su
manera - a lograr el tan ansiado bienestar, no seríamos capaces de
hacer sufrir tanto a los demás para defenderlas.
Si el tiempo da la razón
a estas palabras, llegado ese momento, incluso Maquiavelo se
revolverá en su tumba. El bienestar, pese a ser un fin tan
importante, jamás justificaría el uso en su búsqueda de tan
despiadados medios.
Lo que le sigue es obvio.
Sabiendo que no somos nosotros, buscaremos a los verdaderos
responsables. Y es cuestión de tiempo que alguien, una vez sepa que
es inútil mirar a los lados, decida mirar arriba.
El verdugo jamás se
habría esperado eso. Habrá sido localizado e identificado. Quien lo
haya hecho lo pondrá en conocimiento de los demás. Y cuando todos
lo observen y se den cuenta de que él es el enemigo, serán capaces
de dejar de lado sus ahora superfluas e irrelevantes diferencias para
hacerle frente. Porque el enemigo de mi enemigo es mi amigo.
Así, finalmente, la
sociedad renegará del sistema capitalista y dará la espalda a
quienes se benefician injustamente a sus expensas. Lo que venga
después, desde luego, será una tarea complicada. Pero no hay que
tener miedo. Ya no. Porque todos querremos lo mismo: un mundo mejor.
Aunque habrá un largo
camino por recorrer, nuestros pies ya no se hallarán presos en ese
cepo chino, así que, poco a poco, volveremos a ser capaces de
caminar.
Caminar, y hacer camino al
andar.
BW.

Caminar y hacer camino al andar .... Una sociedad que olvida su pasado no puede mejorar el futuro, enternece el deseo del autor asegurando que el pueblo finalmente se librará del cepo chino, utópico deseo ,hermoso sueño, pero, y si se cumpliese? un nuevo orden social horizontal, justo, equitativo... Ojalá , hoy soñaré de nuevo con ello gracias al autor.
ResponderEliminarNo tengo reparo en reconocer que vi en el cierre una ocasión perfecta para darle algo de sensacionalismo al texto :D pero en fin, muchas veces aquello que creemos imposible en realidad sólo era extremadamente complicado, y la vida nos lo habrá demostrado a todos en alguna ocasión. Dulces sueños :)
EliminarMe gustaría que algún día mirásemos todos arriba, pero mucho me temo que veríamos que el verdugo no está solo.
ResponderEliminarHay muchos verdugos. Y carecen completamente de sentimientos. Son psicópatas. No sienten. Sólo piensan. En ellos mismos. En los demás verdugos que se ayudan a seguir apretando el cepo.
Soy pesimista. Pero los primeros en levantar la vista han de ser los jóvenes, con esa curiosidad e imaginación que les suele caracterizar.
Y luego mirará el resto.
Y quizás entre todos logremos librarnos del cepo.
Pero de momento, sigamos engañados con el papelito cada cuatro años, que por cierto, demuestra que hay quien puede, sabe y quiere hacer las cosas bien para que el cepo no apriete tanto.
Buena teoría BW.
Deduzco, por ende, que eres de quienes sostienen que en el verdugo no hay maldad, sino desconocimiento del daño que causa, por vivir en su burbujita. Nada que decir al respecto.
EliminarRespecto al voto, me mantengo bastante escéptico. Creo que poco puede hacer quien pretende encender una llama en medio del océano. Simplemente, hace poco, cuando el verdugo vio que parte del pueblo se movilizaba, aflojó el cepo en nuestro país, pero tarde o temprano volverá a apretar. Puede que hoy por hoy, polarizando a la población y fomentando guerras y odio entre culturas, esté sembrando sus futuros pretextos.
El tiempo dirá. Gracias por leer.