22 abr 2017

FRUTOS DEL ÁRBOL ENVENENADO


Sinopsis
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En los últimos tiempos, la dinámica de nuestras relaciones interpersonales ha cambiado. Ahora todo fluye a través de pantallas. Lo preferimos así, es más cómodo. Los efectos negativos de las redes sociales se empiezan a notar ahora, cuando aquella gente que ha crecido con ellas se ve en problemas para relacionarse en la vida real, pues sufre ahí la frialdad, superficialidad e hipocresía de las redes sociales. Tanta gente frustrada al ver que no es "tan apreciada" como le gustaría, y tanta gente viviendo de apariencias y alimentando su ego mintiéndose a sí misma... ¿Hasta dónde vamos a llegar?

Prólogo

El primer borrador de este escrito tiene cierta antigüedad. Lo escribí el día que me di cuenta de hasta qué punto había sido, años atrás, víctima de las redes sociales. Creía que los conocidos eran colegas y que los colegas eran amigos, infravalorando - como hacen las redes sociales - la grandeza de la palabra “amistad”; y permitía que la opinión de los demás condicionase sustancialmente mi autoestima – que por aquel entonces tampoco es que estuviese en muy buen estado -. Por esa razón el texto reviste cierta rabia y puede resultar algo exagerado, pero a la vez consigue tratar de forma directa un tema que necesita ser abordado de esa manera. Damas y caballeros: redes sociales. Un mal uso de ellas, cuánto daño puede llegar a hacer...

FRUTOS DEL ÁRBOL ENVENENADO

Me consta que no soy el único que piensa que debería haber nacido en otra época.

En un mundo dominado por la tecnología, de tal forma que Lamarck pensaría que nuestras crías nacerán ya con un iPhone pegado a la palma de la mano, las relaciones sociales han dado un gran cambio.

Ahora todo fluye a través de pantallas. Lo preferimos así, es más cómodo.

El amor se demuestra a base de fotos y dedicatorias en redes sociales. El ego se alimenta a base de likes. Los amigos se cuentan por cientos. Por favor, si hasta las sonrisas cómplices tienen su propio iconito...

¿Hasta dónde vamos a llegar?

Socializar, para la juventud, dominada por la tecnología y las redes sociales, parece haberse convertido en participar en una especie de mercado de valores.

Todos formamos parte de él, todos estamos en Bolsa. Nos convertimos en productos, hacemos márketing de nosotros mismos para aumentar nuestro valor, nos cubrimos bajo un bello envoltorio y nos vendemos al mejor inversor.

Las apariencias juegan un papel más que fundamental. Con todo tipo de prejuicios interiorizados, somos como lectores aficionados que se empeñan en juzgar los libros por su portada.

Y en consecuencia, actuamos. Nos dejamos ver en redes sociales, y buscamos tener un renombre. Nos sometemos a la opinión ajena, dándole poder tanto para elevarnos a lo más alto como para hacernos morder el polvo.

¿El resultado? Mirad a vuestro alrededor. Tanta gente frustrada al ver que no es tan "apreciada" como le gustaría, preguntándose qué es lo que hace mal, para acabar perdiendo su amor propio y cayendo presa de la envidia; y tanta gente viviendo de apariencias, alimentando su ego a base de mentiras, de mostrar la suya como una vida ideal, para acabar engañándose a sí misma convenciéndose de que la tiene...

La frialdad, superficialidad e hipocresía de las redes sociales se manifiestan abiertamente en nuestras relaciones personales. 
Establecer relaciones cálidas, puras y honestas, hoy por hoy no es nada fácil.

Y eso tiene explicación. Tomaré prestado el nombre de una doctrina jurídica que declara inválidas las pruebas obtenidas de modo ilícito, y lo utilizaré a modo de símil.

Es la "teoría del fruto del árbol envenenado". Muy fácil de entender. Si un árbol cuya savia está compuesta de veneno puro da frutos, éstos rebosarán asimismo dicha sustancia.

El árbol son las redes sociales; y el fruto, nuestras relaciones personales. La frialdad, superficialidad e hipocresía son el veneno que compone la savia de ese árbol, y que se transmitirá a los frutos que éste dé. Como nuestras relaciones personales últimamente nacen y se estrechan, en gran parte, a través de redes sociales, están condenadas a adquirir también estas características. Pocas se salvan.

Los efectos de este fenómeno son catastróficos.

Por una parte, quienes han construido su vida y sus relaciones sociales a través de pantallas, ahora tienen problemas para relacionarse en persona.

Vamos a ver. Facebook dice que soy tu "amigo". Twitter e Instagram dicen que soy tu "seguidor". Eso significa que, como mínimo, no me caes mal, porque si ese fuera el caso te aseguro que la pantalla de tu móvil no te daría dato alguno acerca de mí y de mi vida. Entonces, cuando me veas, háblame. Puedes hablarme, vamos. No te voy a ignorar. No te voy a dar una mala respuesta. Sólo lo haré si me pillas en un mal momento o en un mal día, y si es así recibirás más tarde una debida disculpa por mi parte.

Así de sencillo. Pero no. Cuesta. Es triste ver que mientras en redes nos proclamamos “amigos”, en persona no nos hablamos o somos incapaces de mantener una conversación de más de dos minutos cuando coincidimos en la parada de autobús o en la entrada del centro comercial.

Y por otra parte, como no vemos otras formas de relacionarnos con los demás, o sí las vemos pero nos parecen mucho más complejas, vamos a lo fácil y, sin darnos cuenta, nos autoengañamos.

Creemos que tenemos mogollón de amigos; que somos queridos por todos los que nos saludan cordialmente en la calle; que somos admirados por todos los que nos escriben comentarios emotivos en los posts que colgamos en redes sociales; que lo más seguro es que esas personas de nuestra edad y género opuesto -o mismo, según los casos- que nos dejan likes en nuestras fotos de perfil beben los vientos por nosotros...

La vida que mostramos en redes a los demás está idealizada. Y es todo cuestión de prestigio. Todo se basa en mostrar nuestras virtudes y ocultar nuestros defectos, en crearnos y mantener un status, buscando convencer a los demás de que nuestra vida mola, que lo tenemos todo y que somos felices. Que todo es perfecto. Triste es ver cómo tantos se creen sus propias mentiras.

Tarde o temprano, quienes han vivido así, centrándose en adornar la portada de su libro en vez de mejorar el contenido, cuando la vida les ponga en problemas y vean que su mundo irreal se desmorona, recibirán un buen jarro de agua fría. Quizá desde entonces empiecen a tener un poco más de personalidad, y sean ellos mismos con todas sus consecuencias. Pero el tiempo perdido hasta el momento, sintiéndolo mucho, nadie se lo va a devolver.

Amigo, amiga...

Me encanta el paisaje que estás viendo desde el barco que te lleva de crucero por las islas griegas. Espero que lo hayas disfrutado más que los likes de Instagram.

Eres guaperas, a juzgar por tu nueva foto de perfil. Pero ponle más filtros si tal, que aún te queda un poco de autenticidad por ahí en medio.

Me molan cantidad tus nuevas zapatillas, seguro que a ti también. Espero que no te hayas gastado la mitad de los ahorros para lucir el logotipo.

Degustaría sin dudar esa suculenta comida. Pero, francamente, no sé qué pretendes mostrándome tu dieta.

Desearía sonreír así, como haces tú al lado de tus amigos. Espero que les tengas tanto aprecio como el que pretendes transmitir.

Parece que te lo has pasado genial en ese fiestón de anoche. ¿Realmente ha sido así? Espero que después de grabarte cantando y bailando al son de la canción de moda no hayas regresado a tu esquinita habitual de la discoteca a ver la vida pasar, copa de garrafón en mano.

Felicidades, hacer deporte es un hábito saludable. Espero que algún día te animes a ir más allá del espejo del vestuario.

En definitiva, espero que la vida que vives sea la que tú quieras, no la que más les agrade ver a los demás.

Ojalá...

Ojalá seas tan feliz como aparentas.

BW.

3 comentarios:

  1. Las redes sociales son maravillosas para estar en contacto con las personas que realmente forman parte de tu vida, pero la distancia o la falta de tiempo lo impiden.
    Después hay gente que estando en ellas, digamos que no molestan, pero realmente nos importa un rábano lo que hagan con su vida y lo que piensen de la nuestra.
    Y aquellos con quien no queramos contacto de ningún tipo simplemente no los seguimos ni dejamos que nos sigan.
    Esto es tan claro como en la vida misma.
    Hay que aprovechar la tecnología sin perder el sentido común ni los valores personales que se hayan recibido de nuestras familias y todas aquellas personas importantes en nuestras vidas.
    El problema aparece cuando quienes las usan las integran como "parte" de sus vidas. Principalmente porque nadie les ha enseñado a controlar su uso ni se ha preocupado por establecer limites horarios y de contenido.
    Jamás una pantalla puede sustituir la presencia física de una persona.
    Algo parecido a lo que ocurría con la televisión y el teléfono cuando yo era pequeña. Pero siempre recibí mensajes claros al respecto. Sobre todo viendo lo que hacían mis padres.
    Ojalá siempre fuera así.
    Ojalá....

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    1. Creo que hay ciertos mensajes del texto que no has terminado de entender. Quizá es debido a que no has vivido tu juventud bajo estas circunstancias.

      No se trata de control, horarios ni contenido, sino cómo afecta el propio uso de las redes a la vida de una persona, independientemente del tiempo que pase ante una pantalla y qué contenido vea en ella. Es una cuestión de identidad - construimos una imagen falsa de nosotros mismos con el fin de "encajar" y ganar popularidad-; y de modo de socializar - al conocer gente por redes, mostramos sólo lo que queremos mostrar y vemos sólo lo que otros quieren que veamos, de ahí esa frialdad, superficialidad e hipocresía de la que hablo -.

      Me preocupa la vida que vivirán mañana los jóvenes de hoy que han asimilado esta situación como la habitual...

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  2. Lo he entendido perfectamente. Es tan viejo como la vida misma. Simplemente cambian las edades, demasiado tempranas, y los medios, ahora digitales, antes presenciales. Pero esa hipocresía, frialdad y construcción de identidad nunca ha estado exenta de un querer encajar y aparentar lo que no se es, quizás porque cada vez más a menudo, la preocupación por la propia identidad es demasiado tardía.

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