9 sept 2017

UN APLAUSO


Sinopsis
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La Iglesia Católica hace mucho para ayudar a la población. Coopera con organizaciones benéficas, sostiene hospitales, orfanatos, comedores sociales... Gracias a ella, de una forma u otra, miles y miles de familias se benefician.

Pero... ¿de verdad hemos de estarle agradecidos? ¿Realmente merece los distintivos de la solidaridad y el altruismo?

Nota del autor

Este texto pretende reflejar la hipocresía y mezquindad de las altas esferas de la Iglesia Católica. De quienes cortan el pan, vamos. Que no se dé por aludido quien no quiero. Contra ti, modesto párroco de la iglesia de mi pueblo, no tengo nada. Y contra ti, fiel feligrés que cada domingo acudes a escuchar la palabra del Señor, y que desinteresadamente, siguiendo los consejos de tu guía espiritual, vas a echar una mano en el comedor social, menos todavía. Pero estáis muy mal representados...

UN APLAUSO

Eso es todo lo que merecéis. No puedo quedarme callado ante semejante nivel de hipocresía y mezquindad. Pongo el grito en el cielo, allá donde vosotros miráis cuando no sabéis que hacer.

Me dirijo a vos, excelentísima Iglesia Católica. Me horroriza la escandalosa diferencia que hay entre la imagen que tiene la gente de vosotros y la que en realidad deberían tener.

Hoy por hoy el catolicismo es, con diferencia, la corriente religiosa más aceptada e integrada en nuestra sociedad. A lo largo de la historia, también. Durante varios siglos fue así por culpa del uso - por aquel entonces legítimo y socialmente aceptado - de la fuerza, la tortura y el asesinato. Y sigue siendo esa la forma que algunas corrientes religiosas utilizan para mantener su influencia allá donde echan raíces. Aunque parece ser que ese ya no es vuestro caso.

La cuestión es que hay algo que hacéis bien, y por ello, os aplaudo.

Mis escasos conocimientos de las sagradas escrituras me dicen que el buen cristiano debe ser solidario, socorrer al prójimo y no negar su ayuda a quien se la pide o a quien sabe que la necesita. Y esa ayuda, la dais.

En mi país habéis levantado hospitales y dispensarios, y gracias a ello pueden cubrirse muchas necesidades médicas que hoy no puede o no quiere satisfacer el sector público.

Habéis creado orfanatos, que dan a much@s niños y niñas abandonad@s la posibilidad de vivir, tarde o temprano, en el seno, con el cariño y los cuidados de una familia que les quiera.

Habéis fundado organizaciones de caridad, y cooperáis con otras, gracias a las cuales hay miles y miles de familias con serios problemas a quienes, aún así, no les falta un plato de comida en la mesa.

Habéis hecho eso y más. Un merecido aplauso, excma. Iglesia Católica. Pero ahora yo os pregunto...

¿De verdad hacéis todo lo que podéis?

No. Rotundamente no. Y eso hace que me hierva la sangre. No sólo por el hecho de que no lo hagáis; sino porque tenéis la cara de aparentar que sí, y porque mucha, mucha gente todavía os cree y os está agradecida.

Pero yo no. Ante mí no os las deis de héroes de capa y espada en incansable lucha contra la pobreza y las penurias de la sociedad. Ni me voy a tragar vuestro vomitivo márketing ni voy a respirar ese humo que nos vendéis. No pretendáis que me emocione ante la imagen de un cura que sostiene en brazos a un niño muerto por inanición, mirando al cielo y rogando divina misericordia. Tampoco esperéis que caiga en vuestra trampa de poner de Papa a un hombre en apariencia simpático, comprometido y con dos dedos de frente, porque lo que él predica no es lo que las altas esferas queréis. Si todavía sigue en su puesto, es porque hay alguna razón - y vosotros la sabréis - que os impide callarle la boca de una u otra forma.

Lo que hacéis no os cuesta más que un chasquido de dedos. Y sabéis mejor que yo todo lo que podríais llegar a hacer no sólo por este país, sino por el mundo entero, y no estáis haciendo.

Dejemos las cosas claras de una vez. La Iglesia Católica, la mayor secta de la historia, posee, entre el valor de sus tierras, infraestructuras, propiedades, cuentas corrientes, etcétera, etcétera, el dinero suficiente para erradicar varias veces el hambre en el mundo.

Es un panorama dantesco. Tenéis una barra de pan tan inmensa que jamás os llegaréis a comer, tiráis unas migajas al pueblo y él deja que os colguéis los distintivos de la solidaridad y el altruismo.

Y además, en España, todavía tenéis la desfachatez de no pagar impuestos y aceptar del Estado miles de millones de euros cada año, aferrándoos a un Concordato firmado en tiempos de Maricastaña. De lo que invertís en ayudar, que ya poco es, aún recuperáis una buena parte.

Despierta mis demonios saber todo lo que podéis hacer y no hacéis.

¿Y por qué no lo hacéis?

Yo creo que no ayudáis más porque no os interesa. Preferís que en el mundo siga habiendo pobreza y gente sufriendo. Os conviene. Para que acudan a vosotros y les convenzáis de rogar al cielo en vez de pelear con uñas y dientes por lo que quieren, necesitan y es suyo. Así os podéis seguir enriqueciendo.

Porque si se os ocurriese ayudar, si echaseis mano a la cartera y pusieseis tanto empeño en cubrir las necesidades de la gente como el que ponéis en construir y decorar cada casa del Señor, en el mundo habría un cambio radical. No sería descabellado decir que todos tendríamos nuestra supervivencia garantizada y no habría ya motivo alguno ni para pedir al cielo aquello de lo que carecemos ni para esforzarnos en superar las dificultades que tengamos en esta vida en pos de ganarnos una mejor en el más allá. Y eso, obviamente, no os interesa.

Y para aplacar a la sociedad, para que no se queje, habéis hecho una labor encomiable. Habéis puesto la fe en un porvenir incierto y la esperanza en que ya vendrán tiempos mejores, en el lugar de nuestra mente que deberían ocupar la rabia y las ansias reivindicativas.

Vuestra hipocresía es intolerable, y lo que es peor, mucha gente cree en vosotros con los ojos vendados. Pero vosotros, al igual que casi cualquier corriente religiosa, lo que más habéis traído al mundo han sido guerras, muerte y destrucción; no bienestar y prosperidad, como siempre habéis pretendido hacernos creer. Sois una lacra, una garrapata que se pegó en la piel de la humanidad hace ya varios milenios y que lleva chupándole la sangre desde entonces.

"Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Nos dijeron: "Cierren los ojos y recen". Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia". Eduardo Galeano no ha podido ser más explícito.

Cierto, nada ni nadie os impone el deber de ayudar, no tenéis obligación ninguna de solidarizaros con las desgracias ajenas. Tampoco hay forma legal de recriminaros vuestra falta de compromiso con la sociedad. Pero sí hay formas legítimas. Porque si me preguntáis “¿por qué deberíamos hacerlo?”, yo os contesto con otra pregunta: ¿por qué no lo hacéis? A mí se me caería la cara de vergüenza si veo al mundo sufrir mientras yo, que puedo evitarlo, no acudo a socorrerle.

Nada de lo que tenéis os lo habéis ganado. A lo largo del tiempo, por voluntad u obligación, casi todo lo que tenéis os lo ha entregado el pueblo. Él ya ha hecho bastante por vosotros. ¿Por qué no hacéis algo vosotros por él?

Si tengo razón en lo que digo, espero que con el tiempo la sociedad sea consciente de esto y actúe en consecuencia. Como mínimo, dándoos la espalda.

Como os dije al principio, todo lo que merecéis es un aplauso.

Un aplauso.

Uno.

Y en la cara.

BW.

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