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La Iglesia Católica hace mucho para ayudar a la población. Coopera con organizaciones benéficas, sostiene hospitales, orfanatos, comedores sociales... Gracias a ella, de una forma u otra, miles y miles de familias se benefician.
Pero... ¿de verdad hemos de estarle agradecidos? ¿Realmente merece los distintivos de la solidaridad y el altruismo?
Nota del autor
Este
texto pretende reflejar la hipocresía y mezquindad de las altas
esferas de la Iglesia Católica. De quienes cortan el pan, vamos. Que
no se dé por aludido quien no quiero. Contra ti, modesto párroco de
la iglesia de mi pueblo, no tengo nada. Y contra ti, fiel feligrés
que cada domingo acudes a escuchar la palabra del Señor, y que
desinteresadamente, siguiendo los consejos de tu guía espiritual,
vas a echar una mano en el comedor social, menos todavía. Pero
estáis muy mal representados...
UN APLAUSO
Eso es todo lo que
merecéis. No puedo quedarme callado ante semejante nivel de
hipocresía y mezquindad. Pongo el grito en el cielo, allá donde
vosotros miráis cuando no sabéis que hacer.
Me dirijo a vos,
excelentísima Iglesia Católica. Me horroriza la escandalosa
diferencia que hay entre la imagen que tiene la gente de vosotros y
la que en realidad deberían tener.
Hoy por hoy el catolicismo
es, con diferencia, la corriente religiosa más aceptada e integrada
en nuestra sociedad. A lo largo de la historia, también. Durante
varios siglos fue así por culpa del uso - por aquel entonces
legítimo y socialmente aceptado - de la fuerza, la tortura y el
asesinato. Y sigue siendo esa la forma que algunas corrientes
religiosas utilizan para mantener su influencia allá donde echan
raíces. Aunque parece ser que ese ya no es vuestro caso.
La cuestión es que hay
algo que hacéis bien, y por ello, os aplaudo.
Mis escasos conocimientos
de las sagradas escrituras me dicen que el buen cristiano debe ser
solidario, socorrer al prójimo y no negar su ayuda a quien se la
pide o a quien sabe que la necesita. Y esa ayuda, la dais.
En mi país habéis
levantado hospitales y dispensarios, y gracias a ello pueden cubrirse
muchas necesidades médicas que hoy no puede o no quiere satisfacer
el sector público.
Habéis creado orfanatos,
que dan a much@s niños y niñas abandonad@s la posibilidad de vivir,
tarde o temprano, en el seno, con el cariño y los cuidados de una
familia que les quiera.
Habéis fundado
organizaciones de caridad, y cooperáis con otras, gracias a las
cuales hay miles y miles de familias con serios problemas a quienes,
aún así, no les falta un plato de comida en la mesa.
Habéis hecho eso y más.
Un merecido aplauso, excma. Iglesia Católica. Pero ahora yo os
pregunto...
¿De verdad hacéis todo
lo que podéis?
No. Rotundamente no. Y eso
hace que me hierva la sangre. No sólo por el hecho de que no lo
hagáis; sino porque tenéis la cara de aparentar que sí, y porque
mucha, mucha gente todavía os cree y os está agradecida.
Pero yo no. Ante mí no os
las deis de héroes de capa y espada en incansable lucha contra la
pobreza y las penurias de la sociedad. Ni me voy a tragar vuestro
vomitivo márketing ni voy a respirar ese humo que nos vendéis. No
pretendáis que me emocione ante la imagen de un cura que sostiene en brazos a un niño muerto por inanición, mirando al cielo y rogando
divina misericordia. Tampoco esperéis que caiga en vuestra trampa de
poner de Papa a un hombre en apariencia simpático, comprometido y
con dos dedos de frente, porque lo que él predica no es lo que las
altas esferas queréis. Si todavía sigue en su puesto, es porque hay
alguna razón - y vosotros la sabréis - que os impide callarle la
boca de una u otra forma.
Lo que hacéis no os
cuesta más que un chasquido de dedos. Y sabéis mejor que yo todo lo
que podríais llegar a hacer no sólo por este país, sino por el
mundo entero, y no estáis haciendo.
Dejemos las cosas claras
de una vez. La Iglesia Católica, la mayor secta de la historia,
posee, entre el valor de sus tierras, infraestructuras, propiedades,
cuentas corrientes, etcétera, etcétera, el dinero suficiente para
erradicar varias veces el hambre en el mundo.
Es un panorama dantesco.
Tenéis una barra de pan tan inmensa que jamás os llegaréis a
comer, tiráis unas migajas al pueblo y él deja que os colguéis los
distintivos de la solidaridad y el altruismo.
Y además, en España,
todavía tenéis la desfachatez de no pagar impuestos y aceptar del Estado miles de millones de euros cada año, aferrándoos a un Concordato
firmado en tiempos de Maricastaña. De lo que invertís en ayudar,
que ya poco es, aún recuperáis una buena parte.
Despierta mis demonios
saber todo lo que podéis hacer y no hacéis.
¿Y por qué no lo hacéis?
Yo creo que no ayudáis
más porque no os interesa. Preferís que en el mundo siga habiendo
pobreza y gente sufriendo. Os conviene. Para que acudan a vosotros y
les convenzáis de rogar al cielo en vez de pelear con uñas y
dientes por lo que quieren, necesitan y es suyo. Así os podéis
seguir enriqueciendo.
Porque si se os ocurriese
ayudar, si echaseis mano a la cartera y pusieseis tanto empeño en
cubrir las necesidades de la gente como el que ponéis en construir y
decorar cada casa del Señor, en el mundo habría un cambio radical.
No sería descabellado decir que todos tendríamos nuestra
supervivencia garantizada y no habría ya motivo alguno ni para pedir
al cielo aquello de lo que carecemos ni para esforzarnos en superar
las dificultades que tengamos en esta vida en pos de ganarnos una
mejor en el más allá. Y eso, obviamente, no os interesa.
Y para aplacar a la
sociedad, para que no se queje, habéis hecho una labor encomiable.
Habéis puesto la fe en un porvenir incierto y la esperanza en que ya
vendrán tiempos mejores, en el lugar de nuestra mente que deberían
ocupar la rabia y las ansias reivindicativas.
Vuestra hipocresía es
intolerable, y lo que es peor, mucha gente cree en vosotros con los
ojos vendados. Pero vosotros, al igual que casi cualquier corriente
religiosa, lo que más habéis traído al mundo han sido guerras,
muerte y destrucción; no bienestar y prosperidad, como siempre
habéis pretendido hacernos creer. Sois una lacra, una garrapata que
se pegó en la piel de la humanidad hace ya varios milenios y que
lleva chupándole la sangre desde entonces.
Cierto, nada ni nadie os
impone el deber de ayudar, no tenéis obligación ninguna de
solidarizaros con las desgracias ajenas. Tampoco hay forma legal de
recriminaros vuestra falta de compromiso con la sociedad. Pero sí
hay formas legítimas. Porque si me preguntáis “¿por qué
deberíamos hacerlo?”, yo os contesto con otra pregunta: ¿por qué
no lo hacéis? A mí se me caería la cara de vergüenza si veo al
mundo sufrir mientras yo, que puedo evitarlo, no acudo a socorrerle.
Nada de lo que tenéis os
lo habéis ganado. A lo largo del tiempo, por voluntad u obligación,
casi todo lo que tenéis os lo ha entregado el pueblo. Él ya ha
hecho bastante por vosotros. ¿Por qué no hacéis algo vosotros por
él?
Si tengo razón en lo que
digo, espero que con el tiempo la sociedad sea consciente de esto y
actúe en consecuencia. Como mínimo, dándoos la espalda.
Como os dije al principio,
todo lo que merecéis es un aplauso.
Un aplauso.
Uno.
Y en la cara.
BW.

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