-
Si admiramos a los demás, quizá podamos aprender de ellos. Si envidiamos, nos pasaremos la vida criticando errores e infravalorando logros ajenos.
Nuestra vida puede dar un vuelco fantástico si aprendemos a distinguir la envidia de la admiración y a saber gestionarlas. Todo es cuestión de cambiar el color de un cristal…
CAMBIA EL COLOR DE TU CRISTAL
Hablo por experiencia. Cuando una persona aprenda a distinguir
la envidia de la admiración y sepa gestionarlas bien, su vida puede dar un
vuelco fantástico.
Ahora quisiera compartir mi conocimiento.
Para empezar, ¿qué es la envidia?
Realmente hay dos tipos.
Por un lado, tenemos la envidia "sana", el deseo que
sentimos de vivir la experiencia que ha vivido o está viviendo otra persona en
un momento y circunstancias concretos, como apreciar ese bello paisaje que una
amiga tuya no ha dudado en fotografiar y compartir en redes sociales, o
degustar la suculenta comida que hay en el plato de un hombre a quien tú
observas a través del cristal del restaurante. Ésta no supone ningún problema.
Pero por otro lado, la envidia "insalubre” o más bien
envidia “propiamente dicha” sí es problemática.
Es la que sentimos cuando deseamos no ya vivir una experiencia
en lugar de otra persona, sino, más bien, ser esa persona. Adoptar su
identidad, su apariencia, su personalidad, vivir su vida, tener sus bienes, y
un largo etcétera.
Esta envidia es una fuente de energía negativa. Una persona que
desease convertirse en otra no tendría ningún reparo en renunciar a su propia
identidad, a quien ella es, si así pudiese ser esa a quien envidia, con todas
sus consecuencias.
¿Todas? Maticemos. Muchas veces, la gente envidiosa sólo se fija
en las consecuencias positivas que para ella tendría ser la persona envidiada,
y éstas no suelen coincidir con las consecuencias reales. Pero si realmente
coinciden, si alguien quisiese convertirse en la persona envidiada aun sabiendo
cómo es la parte negativa de su vida, es realmente preocupante.
Olvidémonos, por un minuto, de quienes somos. Pensemos en un/a
compañero/a de clase, que se sentaba a nuestro lado en un curso de secundaria.
Nosotros sabemos que saca buenas notas, que se le dan estupendamente los
deportes, que vive en una casa enorme y que tiene una estupenda reputación
entre las personas del género opuesto – o del mismo - en el instituto.
Genial, ¿no? Pero resulta que también sabemos que sus padres
están separados, su actual pareja sólo le quiere por interés, y él o ella es
alguien sin aspiraciones en la vida y con una cultura general muy limitada. Y
nada de eso nos ocurre a nosotros.
¿Realmente desearíamos estar en su lugar?
Si fuese así, tendríamos un problema muy, muy grave. Creeríamos
que la persona envidiada es, digamos, "mejor" que nosotros, denotando
una gran falta de autoestima y amor propio que, sin ninguna duda, transmitiríamos
a los demás.
¿En qué tipo de ser nos convertiríamos?
Seríamos una fuente de emociones negativas, por lo cual, quienes
nos rodean, con gran probabilidad se alejarían de nosotros. Y esas emociones
nos tendrían permanentemente deprimidos, frustrados, haciendo caso a nuestros
demonios, buscando herir a los demás para cubrir el vacío que tenemos en
nuestro interior.
Quizá os sorprenda, pero yo mismo he sentido esa envidia cuando
era más joven. Casi cualquier vida ajena era para mí mejor que la que yo
llevaba. Los problemas que tuviesen los demás, que yo desconocía, eran con
seguridad menores que los que yo tenía. Aunque nunca llegase a convertirme en
ese ser frustrado que acabo de describir, si me diesen a elegir, habría
preferido disfrutar de la vida que a mí me parecía que otras personas llevaban
antes que vivir la mía propia.
Y un buen día descubrí que estaba cometiendo un gran error.
Primero, porque envidiaba a los demás viendo sólo la parte
bonita de sus vidas. No veía su parte negativa. Pensaba que las vidas ajenas no
tenían parte negativa. Y me equivocaba.
Y segundo, porque la única vida que uno va a tener es la suya
propia. El tiempo que alguien pase envidiando la de los demás es tiempo que
pierde para mejorar la suya propia. Y nuestro tiempo de vida tiene un valor
incalculable, simplemente porque no vuelve.
Sentí dolor cuando eché una mirada atrás y vi el reguero de
oportunidades desaprovechadas, de ideas sin desarrollar y de metas sin
conseguir que me había ido dejando por el camino.
Tenía un problema. Debía buscarle una solución. Y la encontré.
El mejor remedio para la envidia es la admiración. Erradiqué mi
envidia sustituyéndola por admiración.
La solución pasa por cambiar nuestra mentalidad. Si en algún
momento nos hallamos ante alguien cuyas virtudes o logros nos llaman la
atención, antes de desear ser él o ella, o estar en su lugar, lo que hay que
hacer es aprender de las lecciones que pueden dar.
¿Cómo lo hace? ¿Cuál es la fuente de su virtud? ¿Qué hizo para
obtener esos logros? ¿Qué ha hecho posible que esa persona tenga esa virtud que
nos gustaría tener y no tenemos, o por qué proceso ha tenido que pasar esa
persona para haber logrado lo que para nosotros es un gran triunfo?
Esas, entre otras, son las preguntas correctas.
Es muy posible que, observando a la persona admirada, podamos
desarrollar también esa virtud o hallar el método para conseguir nuestros
propios logros.
La admiración es un sentimiento positivo que, al contrario que
la envidia, nos permite aprender de los demás, y hacerlo sin jamás dejar de ser
quienes somos.
Admirar, en vez de falta de autoestima y amor propio, lo que
refleja y transmite son ganas de mejorar. Es tener afán de crecimiento
personal. Esa es la gran diferencia.
Así, una vez supe que envidiar no me llevaba a ninguna parte,
comencé a admirar.
Me rodeé de personas cuyas virtudes y logros me asombran. Y
sabiendo que yo también tengo virtudes, me convertí, como muchas de ellas me
transmiten a día de hoy, en una persona a la que admiran.
Y esto es fantástico. A base de convivir con ellas, puedo
desarrollar las virtudes - eso sí, compatibles con mi forma de ser – que tienen
las personas que admiro ; y a la vez darles - y
yo encantado de la vida – a ellas y a todas las demás la posibilidad de
aprender de mí y adquirir las mías, si así lo desean.
Yo lo tengo claro. Todos podemos ser, para quienes nos rodean,
una fuente inagotable de conocimiento. Si admiramos a los demás, quizá podamos aprender de
ellos. Si envidiamos, nos pasaremos la vida criticando errores e infravalorando
logros ajenos, creyéndonos objetivos y realistas cuando en verdad irradiamos
negatividad por los cuatro costados.
Si envidias, jamás serás envidiado por aquellos que como tú
envidian a otros, porque el hecho de sentir envidia sugiere que tú no tienes
cualidades que quienes envidian podrían querer envidiar.
Si admiras, podrás también ser admirado, porque aquel que tiene
el valor de transmitir que admira, manifiesta ya una virtud digna de
admiración.
Todo es cuestión de cambiar el color del cristal desde el que
miramos al mundo.
BW.

Me ha gustado la reflexión, nunca me paré a buscar la sutil diferencia entre envidia y admiración y tú me la has explicado muy facilmente , gracias, lo que ya será más difícil es que consiga cambiar envidia por admiración, tengo ya una edad y envidiar a la gente joven ,universitaria y preparada,forma parte de lo que yo no he podido ser y eso no lo admiro, lo envidio
ResponderEliminarEs una gran satisfacción saber que alguien aprende de mí y de mi pensamiento.
EliminarImagino que esa "envidia" será llevadera, pero quizá puedas llevarla aún mejor si eres consciente de que forma parte de esos aspectos de la vida que ya no podemos cambiar. Nadie volverá a ser física ni temporalmente joven, la única juventud que el tiempo no nos puede arrebatar es la de nuestra mente. Así le darás menos importancia...