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En este país, el pueblo sigue pobre. Los años pasan, la situación perdura, apenas mejora o incluso empeora, y él parece no tener intención de tomar cartas en el asunto. Aunque la lucha llegue a estar en boca de sus vocecillas internas, las acalla con frialdad y sin remordimientos. No quiere luchar. Y no se va a unir para ello.
No obstante, en ocasiones, los trabajadores de algunos sectores sí se unen por el bien común. Pero entonces ocurre un fenómeno estremecedor: el resto del pueblo, en vez de secundar su iniciativa, les criminaliza y se vuelve contra ellos.
Hemos llegado a ser tan patéticos como para querer impedir que otros consigan lo que nosotros queremos, por el mero hecho de que nosotros creemos que no lo podemos conseguir.
¿Por qué el propio pueblo se encarga de reprimir a quienes luchan por él?
GUARDIANES
DE NUESTRA PROPIA PRISIÓN
En
este país, el pueblo sigue pobre. O peor, pobre y sin expectativas
de poder dejar de serlo. O peor aún, pobre y sin intención de tomar
cartas en el asunto.
Somos
cobardes. Nos han acobardado. Los años pasan, la situación sigue
igual, apenas mejora o incluso va a peor, y seguimos diciendo que
llueve mientras nos mean encima. Todo sea por evitar ponerse
trágicos, por no asumir que tenemos un problema. Porque entonces,
tendríamos que intentar solucionarlo. O eso se supone.
Al
principio, podríamos dejarnos llevar por la solución más fácil y
confiar en que nuestro voto será una poderosa arma, que logrará
castigar al Gobierno que lo está haciendo mal y permitirá a un
partido nuevo, u otro de los de toda la vida, hacerse con el poder y
tener la oportunidad de llevar a cabo el “cambio” que repetía
hasta la saciedad en campaña electoral. Pero poco a poco, los más
críticos parecen haber aprendido que gobierne quien gobierne
difícilmente mejorará la situación, porque no podrá o no pensaba
hacer lo que prometía.
La
lucha empieza a estar en boca de nuestras vocecillas internas, que
nos susurran que ya no tenemos más remedio que acudir a ella. Pero
nosotros las acallamos, con frialdad y sin remordimientos. El pueblo
no quiere luchar. Y no se va a unir para ello.
No
obstante, de vez en cuando, los trabajadores de algunos sectores sí
se unen y luchan para mejorar sus condiciones laborales o para
protegerse cuando pretenden empeorárselas. Pero entonces, ocurre un
fenómeno estremecedor: el resto del pueblo, en vez de secundar su
iniciativa, les criminaliza y se vuelve contra ellos.
A
mí esto me pone los pelos de punta. Es como si un grupo de personas
estuviesen atrapadas en un agujero, y cuando una comenzase a tratar
de escalar para salir, el resto la sujetase y tirase de ella hacia
abajo.
¡Qué
triste! Hemos llegado a ser tan patéticos como para querer impedir
que otros consigan lo que nosotros queremos, por el mero hecho de que
nosotros creemos que no lo podemos conseguir. Si nosotros no lo
conseguimos, ¡que nadie lo consiga! No vaya a ser que alguien nos
demuestre que sí era posible y tengamos que buscarnos una mentira
más elaborada para continuar engañándonos a nosotros mismos y
seguir sin hacer nada.
¿Por qué el propio
pueblo se encarga de reprimir a quienes luchan?
Pues
por una serie de motivos...
1 - El
individualismo
El
individualismo, que con facilidad transformamos en egoísmo, es la
base de nuestra educación. Nos
han educado para preocuparnos por nosotros mismos, evitando que
valoremos la posibilidad de comportarnos como un colectivo. Y eso
hace que nos indignemos al ver a un sector de trabajadores luchando
por mejorar sus condiciones y logrando sus propósitos. Porque,
egoístas de nosotros, no soportamos que su nivel de vida mejore y el
nuestro no.
En
la misma línea...
2 – El modelo
productivo
Los propios
trabajadores hemos aprendido en la escuela y la universidad a
utilizar la economía para justificar que no se suban los salarios.
- “Si todos
cobramos más, aumentará nuestro poder adquisitivo, en consecuencia
aumentará la demanda, y entonces las empresas, para restablecer el
equilibrio de mercado y maximizar sus beneficios, subirán los
precios. Estamos en la misma.”.
Parece evidente, ¿no?
¡Pero
es que algo falla ahí! ¿No vemos que lo único que impide que subir
los salarios mejore nuestro nivel de vida es que las empresas decidan
subir los precios para seguir maximizando sus beneficios?
¿La
solución sería prohibir a las empresas subir los precios? No.
Porque ese no es el problema. El problema es el modelo productivo.
Que los intereses privados puedan encarecer el coste de la vida de la
población. Los bienes y servicios no valen lo que pagamos por ellos;
el ánimo de lucro de la empresa privada los encarece.
Como
eso puede ser molesto, para que nos quejemos menos...
3
– La reducción de expectativas
Los
trabajadores tenemos unas expectativas muy bajas. Nos hemos
acostumbrado a la precariedad, y hemos normalizado la precariedad. De
esta forma, con un poco de ayuda de nuestro optimismo irracional -
“ya vendrán tiempos mejores”
-, nos damos por satisfechos más fácilmente. Vemos el vaso
medio lleno cuando en realidad no es ni que esté medio vacío; es
que sólo tiene unas gotitas al fondo.
-
“Hoy en día, uno, si le dicen que está contratado, no puede
negarse a nada, al principio se sufre y luego ya se irá mejorando.”.
Eso me llegó a decir un amigo mío en una ocasión.
Creo
que él es una víctima más de este fenómeno. La reducción de sus
expectativas es evidente.
Por
un lado, estará dispuesto a trabajar en condiciones que no le
gusten, porque habiéndolo pasado muy mal años atrás, ahora ya
valora el simple hecho de trabajar. Como resultado, trabaja horas y
horas, en ocasiones no le respetan los descansos, cobra una miseria y
cada mes teme volver a quedarse en la calle. Pero donde yo veo
precariedad, él ve normalidad.
Y
por otro, como tantos, se creyó la falsa teoría liberal del
esfuerzo, esa que dice que todo obrero puede acabar de director o
presidente si trabaja duro y demuestra lo que vale. Ojalá me
equivoque, ojalá todo le vaya bien, porque si no no sé cómo
conseguirá seguir autoengañándose.
Por
si esto fuera poco...
4 – La
manipulación mediática
Ésta es la guinda del
pastel. Demonizar la lucha obrera cuando el pueblo pide mejoras.
Funciona
así. La clase dominante, para atacar si cabe aún más a la clase
obrera, además de disminuir poco a poco nuestro nivel de vida
empleando otras estrategias - como el
cepo chino o la
canalización del espíritu crítico -, también realiza ataques sectoriales. Mineros,
profesores, estibadores... cada uno por separado. Y mientras tanto,
los medios de comunicación, a su servicio, se dedican a comentar las
“ventajas” de sus condiciones de trabajo – que cobran mucho,
que trabajan pocas horas, que viven “muy bien”...- llamándoles
“privilegiados”, para que el trabajador medio, que está al otro
lado de la pantalla y lo pasa mal, piense que eso no es justo, que
las condiciones de esos trabajadores deben equipararse un poco a las
de él.
Vale. Consideremos que
eso es más o menos razonable. Pero entonces... ¿cómo equiparamos
esas condiciones?
Hay dos opciones:
que el trabajador que no está a gusto comience a luchar también
para mejorar sus condiciones laborales; o que apoye que se empeoren
las de quienes las tienen mejores que él.
Adivinad por cuál se decanta el trabajador español. Pobre, egoísta, sin
expectativas y sin coraje ninguno para pelear ni tan siquiera por sí
mismo...
- “Que no, que
aquí sufrimos todos. Mucho morro tienen esos...”, diría el
obrero liberal de barra de bar.
Los medios de
comunicación venden como la solución correcta - y no paran hasta
que el propio trabajador la predica - que las condiciones laborales
de esos “privilegiados” se reduzcan para aproximarse más a las
del trabajador medio.
De esta forma, el
trabajador olvida por completo la otra alternativa: seguir la estela
de los que luchan y comenzar él también a exigir mejores
condiciones laborales.
Esa
es la solución difícil, pero a lo mejor es la correcta. En vez de
criminalizar a quienes luchan, ¿por qué no tomamos ejemplo de
ellos? ¿Por qué nos alegramos de que unos obreros no logren mejorar
o vean empeoradas sus condiciones, en vez de apoyarles en su lucha y
ayudarles a defenderse cuando les atacan?
Pues
porque, y en definitiva...
5 – La falta de
conciencia y la inconsciencia
En
la clase obrera faltan dos cosas: conciencia de clase y consciencia
de la lucha de clases.
Debemos
saber que estamos condenados a no entendernos con grandes
propietarios, empresarios y patrones de todo tipo. No es que ellos
sean malos, sólo persiguen sus propios intereses, intereses que
también podrían ser legítimos. Pero resulta que sus victorias son
nuestras derrotas.
En
términos generales, cuanto más rico sea el patrón más pobre será
el obrero. Porque el pastel es sólo uno. Y cada uno de los bandos,
como es lógico, querrá llevarse la mayor parte. Lo que pasa es que
lo que les mueve a ellos es el ánimo de lucro; y lo que nos mueve a
nosotros es la necesidad. Nuestros intereses tienen una prioridad
total y absoluta.
Por
desgracia, hoy por hoy, por mucho que nos duela, la mayor parte del
pastel la tienen ellos. Nosotros podríamos hacerles frente, pero no
lo hacemos. Porque desconocemos que existe una lucha y que en en esa
lucha estamos en el mismo bando. Cada uno se preocupa sólo por
conseguir su pequeña parte del pastel, le trae sin cuidado el
resto. No entendemos que si los trabajadores luchamos unidos podemos
despojar a grandes propietarios, empresarios y patrones de sus
plusvalías y aumentar así la parte del pastel que nos corresponde a
cada uno de nosotros.
Así,
como podemos ver...
La
realidad es desoladora. La clase dominante ha logrado dividirnos y
enemistarnos. Criminaliza la lucha obrera y camufla sus éxitos. Ha
transformado la lucha de clases en una lucha entre los propios
miembros de la clase obrera, y se regocija viéndonos pelear entre
nosotros.
Aquí
nos tienen, cortándole las alas a todo aquel que intenta volar y
devolviéndole a la celda que le corresponde ocupar, en esta gran
prisión que nosotros mismos nos empeñamos en custodiar.
Somos
guardianes.
Guardianes...
de nuestra propia prisión.
BW.

Al 100% de acuerdo contigo, solo un apunte, aúnque haya mas clase obrera formada, universitarios, han nacido ya en familias aborregadas, comodonas, apacibles mentales y claro, las neuronas claramente conservadoras, triste pero cierto, la generación más preparada no tiene valor para luchar,individualistas, egoistas, muchas veces sencillamente cobardes. Hablo de los que hoy tienen entre 35 y 40 años, ellos son los que hacen un roto en la cadena humana.
ResponderEliminarLa verdad es que no sé qué decir a eso. Casualidades de la vida, apenas convivo con gente de esas edades para poder verlo así de claro.
EliminarNo obstante, de ser así, es lógico. Por lo general, en lo que respecta a la gente de esa edad en nuestro país, su juventud coincidió con un periodo de relativa bonanza económica, con lo cual habrán tenido un camino algo más sencillo para labrarse un presente y un futuro, independientemente de que ahora estén sufriendo más o menos, como todo el país.
Y claro, si en sus años más críticos no vivieron lo que sí vivió la generación que ahora tiene 30, la mía que ahora sobrepasa la veintena, y la que vivirá quien viene detrás, es lógico que tiendan al conformismo y tengan ansias reivindicativas menores. Hay por ahí un dicho que sostiene algo así, como que los tiempos fáciles crean personas débiles, y los difíciles crean personas fuertes. Pues esto será algo parecido. Que vamos, ojalá todos lo tuviésemos más fácil y hubiese menos motivos para reivindicar mejoras, pero así están las cosas. A saber cómo acabará esto...
Guardianes de nuestra propia prisión y temerosos de salir de ella.
ResponderEliminarFalta algo muy importante en tus porqués, que comparto en su totalidad.
El miedo a que el poderoso se vuelva más aún y terminemos peor.
Este país tiene una "calidad de vida" que fácilmente pudiera empeorar si la mano de obra se pone exquisita y el capital se va. Entonces ya ni esa "calidad de vida" quedará.
Cuando en un país el capital y quien lo gobierna son los mismos, el obrero estará presionado por partida doble.
Porque el capital se aleja los problemas, máxime ahora en un mundo tan globalizado donde ya sólo quiere ganar y guardar e invertir lo menos posible.
Gano y me lo llevo, lo escondo, lo guardo, no tributo por ello, y sigo explotando para ganar más.
Y si aquí hay problemas, me voy a otro país.
Y sino, mira lo que está pasando en Cataluña. Y el problema sólo es político.
Pues creo que, de una forma distinta, sí traté ese tema en el escrito.
EliminarEn el punto segundo, cuando hablo del modelo productivo, expongo que el problema es éste en sí. Que al final, las decisiones de quienes persiguen sus intereses privados -esto es, sobre todo, el ánimo de lucro- puedan llegar a repercutir negativamente en la calidad de vida de la población; y que ésta acepte sin más que eso “es así” y no puede hacerse nada al respecto.
Pero, de acuerdo. Analizándolo desde tu perspectiva, en este aspecto, pese a ser partidario de llegar a abolir el capitalismo, comparto la posición de quienes quieren reformarlo: así, tal y como están las cosas hoy día, esto no funciona.
Cataluña es una manifestación más del problema, pero es que en este caso... llega a comprenderse la posición del empresario: ante la incertidumbre que genera un clima de inestabilidad política, mejor cojo mis cosas y me voy allá donde sepa cómo están las cosas y tenga cierta seguridad en que sigan así en un futuro a medio/largo plazo. Lo preocupante es que esa decisión empresarial, multiplicada por miles, pueda llegar a ser utilizada como un argumento práctico/realista por los detractores de las ideas independentistas; y que algo de razón, desde el punto de vista práctico, tengan.
En definitiva, si lo analizamos desde este punto de vista, podemos ver que el capitalismo fomenta el inmovilismo conservador. Esto lo combinamos con el miedo al cambio y a lo desconocido que se halla extendido por doquier - “más vale malo conocido que bueno por conocer” - y nos encontramos con la realidad. Una vez más, a saber a dónde vamos a parar...