13 abr 2019

MERECÍA MORIR DE VIEJO (1) - EL ÚLTIMO ANOCHECER


Sinopsis
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Un gavilán que alza el vuelo. Líneas quebradas que se vuelven rectas. Un mensaje oculto. La palabra de un loco. Tres fotografías. Papel quemado. Un precipicio y una mirada abatida. Una esperanza que regresa. Una mano tendida que ofrece ayuda al guerrero caído en sus luchas internas... ¿la tomará?

Una muerte que supone el triunfo de una vida.

De la vida misma.

Y es que, lo merecía...


Prólogo

Con grandísimo orgullo, presento mi nuevo relato.

Fe, esperanza, ilusión, nostalgia, suspense, amor...

La receta de este plato, que serviré en tres turnos, lleva eso y más.

Y es que este complejo proyecto tiene su historia...

Cuando terminé de masterizar este relato, sólo existía lo que ahora es la primera parte. Y dudaba si publicarlo o no. Estaba bien, transmitía el mensaje que quería, pero... no me terminaba de convencer.

Tiempo más tarde, cuando ya estaba decidido a revelarlo dándole forma de relato-reflexión, encontré varios pequeños textos entre los muchos que tengo guardados y vi que podían conectar con la esencia del relato.

Meditando cómo unirlo todo, descubrí la fórmula en una simple foto de mi cuarto, y me propuse rehacer de nuevo el proyecto. Con imaginación, pude crear la intrahistoria que necesitaba como base, y el resultado, tras mucho escribir y editar a los pocos... ¡aquí está!

Es una historia genuina, versátil, cargadísima de emociones y de mensajes al mundo y a mí mismo. La apreciaréis más quienes mejor me conozcáis, porque seréis capaces de captar mejor aquella parte de su contenido que más me empeñé en enrevesar; pero de seguro será de agrado para todo público.

¡Disfrutadla!


MERECÍA MORIR DE VIEJO

Parte 1 - El último anochecer

Una esencia única, un extraordinario porvenir y una enorme fe en sí mismo y su poder para cambiar el presente y el futuro.

Un ser diferente. Ese fue él.

Un joven soñador que se convirtió en aquel viejo de pelo canoso y sonrisa entrañable, que disfrutaba contándoles historias a los pequeños mellizos que tenía por nietos, cerveza fría en mano, sentado junto al fuego en su butaca favorita. Aquel anciano sabio, que adoraba pasar horas y horas tumbado en la cama, encerrado en sí mismo, y dejar que su mente volara con su amigo el gavilán...

Esa tarde la pasó recordando su niñez, a su familia, a sus padres, que siempre lo adoraron. Se incorporó, abrió la ventana, alzó la mirada al cielo y se la dedicó con ternura. Bien sabía que nunca habían dejado de observarle y habían celebrado desde allí todas sus hazañas.

Así crió él a los suyos, con su amada compañera de vida, la mano tendida que le había ayudado a sobreponerse en sus peores momentos. Pero que conste: ella no le salvó.

Hijos, que a su lado se convirtieron en personas formidables que ora ya recorrían en libertad lejanos derroteros, allá donde él y su abrazo protector no lograban alcanzarles. Hombre y mujer, a cada cual más brillante, persiguiendo sus metas, agradéciendole cada vez que le veían todo el empeño que puso en ello, transmitiéndole en cada gesto, en cada mirada, en cada muestra de cariño, que era el mejor padre del mundo.

Y pensando en lo feliz que era observando las miradas atónitas de los pequeños, viajando sin rumbo fijo por los fantásticos mundos que su abuelo les hacía imaginar, contándoles todas esas historias que él, en su día, desearía haber escuchado de los suyos.

Aquello de tratar a los demás como uno quisiese que le trataran, o incluso mejor, era una lección que había aprendido al pie de la letra. Devoto de grandes valores, del amor al prójimo y la solidaridad, jamás habia dudado en dar ayuda a quien se la pedía. Eso había hecho con su hijo aquel día que debía trabajar fuera de la ciudad.

Cuidar de sus nietecitos era un regalo, que al igual que todas aquellas cartas y mensajes de quienes le admiraban y querían, jamás dejaría de recibir con ilusión. Sabedor de que su paso por la Tierra tocaba a su fin, disfrutaba de cada instante de su compañía, transmitiéndoles su pasión por la vida.

Su mente era poderosa. Lo suficiente como para saber porqué. Desde muy chico, supo que sería siempre capaz de conseguir grandes logros, y que era tarea suya decidir hasta dónde iba a sorprenderse a sí mismo y a los demás.

Y lo cierto es que ya nada le quedaba por demostrar. Todo cuanto deseaba lo había conseguido. No había medallas en su cuello, trofeos en sus estantes o placas en sus paredes. Sus mayores triunfos, los llevaba dentro.

Bueno. Excelente. Maravilloso. ¿Qué otra cosa se podía decir de él?

Era un hombre con palabra de honor. De esas personas que cuando hablan, las demás callan, y no tanto por el respeto que imponía su presencia –al contrario, era un vejete de lo más afable– sino por el gusto que daba escucharle.

Él se encargó de predicar que tan natural es un conflicto como lo son la palabra -no tanto su don para manejarla-, la colaboración y la buena fe para ponerles fin. Hizo de la paz un arte y se lo mostró a un mundo que, por oscuro que pareciese, ahora sentía que tenía remedio.

Era un sabio. Uno de los de verdad, de esos que jamás dejan de aprender.

Rebelde. Desde el primer chupete hasta el último bastón. Amante de las causas perdidas, creía en la justicia y la fraternidad bajo el auspicio de la libertad. Palabra tras palabra, conferencia tras conferencia, libro tras libro, devolviendo el poder a sus legítimos dueños, les había devuelto también la esperanza.

Un mundo que en aquellos momentos luchaba por pasar página y dejar atrás el terrible pasado que vivió, sometido a los dictámenes del miedo, el interés, el egoísmo y, sobre todo, el dinero.

Él, aquel anochecer, antes de acostar a los mellizos, lo contempló por última vez.

(...)

Una mañana soleada de finales de primavera. Un tiempo estupendo, aire puro y un gavilán posado en la repisa de la ventana. Un día más en la vida de aquel hombre, querido por sus amigos, amado por su compañera de vida, adorado por sus hijos y nietos, admirado por sus compañeros de profesión y apreciado por su labor humanitaria a lo largo y ancho de la Tierra, que resultó ser el último.

Su organismo, ya mayor, sucumbió a los achaques del tiempo. Nada pudieron hacer los médicos, superados por la frustración de ver en vano sus esfuerzos, contemplando con dolor cómo a cada momento las constantes vitales del anciano disminuían, las líneas quebradas, una tras otra, se volvían rectas...

Y a la brisa de su último aliento, el gavilán echó a volar.

(...)

Vítores y aplausos multitudinarios envolvieron la ciudad cuando su féretro, después de recorrerla en volandas de norte a sur, fue depositado bajo tierra y cubierto con losas, terminando de dar forma a aquella estructura conmemorativa que, contra su voluntad, habían creado para él.

Una vida como la suya, dedicada a la mejora de millones como ella, siempre había merecido tocar a su fin de forma placentera.

Una muerte como la suya habría de ser llorada por el mundo entero, por significar para él la partida de una vida que había sentado las bases para que las generaciones venideras lo transformasen en un lugar mejor.

Una muerte que supuso un triunfo. El triunfo de sus causas perdidas, en las que nadie creía, pero en las que, a su último anochecer, ya comenzaban a creer.

Él, en el más allá, nunca dejó de sonreír.

Había alcanzado el éxito.

BW.


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4 comentarios:

  1. Ay....! Y....? 🤔
    Boh....! Tengo que esperar al próximo finde....☹️
    Redacción impecable. Tus palabras son tus armas.🤗😍
    Espero ansiosa la continuación....😀😀

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  2. Bellísimo! Non teño palabras, solo milleiros de sentimentos, emocións. Conmovida.

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    1. É do mellorciño que lle poden dicir a un autor, moitas grazas!

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