Sinopsis
-
Un
gavilán que alza el vuelo. Líneas quebradas que se vuelven rectas.
Un mensaje oculto. La palabra de un loco. Tres fotografías. Papel
quemado. Un precipicio y una mirada abatida. Una esperanza que
regresa. Una mano tendida que ofrece ayuda al guerrero caído en sus
luchas internas... ¿la tomará?
Una
muerte que supone el triunfo de una vida.
De
la vida misma.
Y
es que, lo merecía...
Prólogo
Con
grandísimo orgullo, presento mi nuevo relato.
Fe,
esperanza, ilusión, nostalgia, suspense, amor...
La
receta de este plato, que serviré en tres turnos, lleva eso y más.
Y
es que este complejo proyecto tiene su historia...
Cuando
terminé de masterizar este relato, sólo existía lo que ahora es la
primera parte. Y dudaba si publicarlo o no. Estaba bien, transmitía
el mensaje que quería, pero... no me terminaba de convencer.
Tiempo
más tarde, cuando ya estaba decidido a revelarlo dándole forma de
relato-reflexión, encontré varios pequeños textos entre los muchos
que tengo guardados y vi que podían conectar con la esencia del
relato.
Meditando
cómo unirlo todo, descubrí la fórmula en una simple foto de mi
cuarto, y me propuse rehacer de nuevo el proyecto. Con imaginación,
pude crear la intrahistoria que necesitaba como base, y el resultado,
tras mucho escribir y editar a los pocos... ¡aquí está!
Es
una historia genuina, versátil, cargadísima de emociones y de
mensajes al mundo y a mí mismo. La apreciaréis más quienes mejor
me conozcáis, porque seréis capaces de captar mejor aquella parte
de su contenido que más me empeñé en enrevesar; pero de seguro
será de agrado para todo público.
¡Disfrutadla!
MERECÍA
MORIR DE VIEJO
Parte 1 - El último anochecer
Una
esencia única, un extraordinario porvenir y una enorme fe en sí
mismo y su poder para cambiar el presente y el futuro.
Un
ser diferente. Ese fue él.
Un
joven soñador que se convirtió en aquel viejo de pelo canoso y
sonrisa entrañable, que disfrutaba contándoles historias a los
pequeños mellizos que tenía por nietos, cerveza fría en mano,
sentado junto al fuego en su butaca favorita. Aquel anciano sabio,
que adoraba pasar horas y horas tumbado en la cama, encerrado en sí
mismo, y dejar que su mente volara con su amigo el gavilán...
Esa
tarde la pasó recordando su niñez, a su familia, a sus padres, que
siempre lo adoraron. Se incorporó, abrió la ventana, alzó la
mirada al cielo y se la dedicó con ternura. Bien sabía que nunca
habían dejado de observarle y habían celebrado desde allí todas sus hazañas.
Así
crió él a los suyos, con su amada compañera de vida, la mano
tendida que le había ayudado a sobreponerse en sus peores momentos.
Pero que conste: ella no le salvó.
Hijos,
que a su lado se convirtieron en personas formidables que ora ya
recorrían en libertad lejanos derroteros, allá donde él y su
abrazo protector no lograban alcanzarles. Hombre y mujer, a cada cual
más brillante, persiguiendo sus metas, agradéciendole cada vez que
le veían todo el empeño que puso en ello, transmitiéndole en cada
gesto, en cada mirada, en cada muestra de cariño, que era el mejor
padre del mundo.
Y
pensando en lo feliz que era observando las miradas atónitas de los
pequeños, viajando sin rumbo fijo por los fantásticos mundos que su
abuelo les hacía imaginar, contándoles todas esas historias que él,
en su día, desearía haber escuchado de los suyos.
Aquello
de tratar a los demás como uno quisiese que le trataran, o incluso
mejor, era una lección que había aprendido al pie de la letra.
Devoto de grandes valores, del amor al prójimo y la solidaridad,
jamás habia dudado en dar ayuda a quien se la pedía. Eso había
hecho con su hijo aquel día que debía trabajar fuera de la ciudad.
Cuidar
de sus nietecitos era un regalo, que al igual que todas aquellas
cartas y mensajes de quienes le admiraban y querían, jamás dejaría
de recibir con ilusión. Sabedor de que su paso por la
Tierra tocaba a su fin, disfrutaba de cada instante de su compañía,
transmitiéndoles su pasión por la vida.
Su
mente era poderosa. Lo suficiente como para saber porqué. Desde muy
chico, supo que sería siempre capaz de conseguir grandes logros, y
que era tarea suya decidir hasta dónde iba a sorprenderse a sí
mismo y a los demás.
Y
lo cierto es que ya nada le quedaba por demostrar. Todo cuanto
deseaba lo había conseguido. No había medallas en su cuello,
trofeos en sus estantes o placas en sus paredes. Sus mayores
triunfos, los llevaba dentro.
Bueno.
Excelente. Maravilloso. ¿Qué otra cosa se podía decir de él?
Era
un hombre con palabra de honor. De esas personas que cuando hablan,
las demás callan, y no tanto por el respeto que imponía su
presencia –al contrario, era un vejete de lo más afable– sino
por el gusto que daba escucharle.
Él
se encargó de predicar que tan natural es un conflicto como lo son
la palabra -no tanto su don para manejarla-, la colaboración y la
buena fe para ponerles fin. Hizo de la paz un arte y se lo mostró a
un mundo que, por oscuro que pareciese, ahora sentía que tenía
remedio.
Era
un sabio. Uno de los de verdad, de esos que jamás dejan de aprender.
Rebelde.
Desde el primer chupete hasta el último bastón. Amante de las
causas perdidas, creía en la justicia y la fraternidad bajo el
auspicio de la libertad. Palabra tras palabra, conferencia tras
conferencia, libro tras libro, devolviendo el poder a sus legítimos
dueños, les había devuelto también la esperanza.
Un
mundo que en aquellos momentos luchaba por pasar página y dejar
atrás el terrible pasado que vivió, sometido a los dictámenes del
miedo, el interés, el egoísmo y, sobre todo, el dinero.
Él,
aquel anochecer, antes de acostar a los mellizos, lo contempló por
última vez.
(...)
Una
mañana soleada de finales de primavera. Un tiempo estupendo, aire
puro y un gavilán posado en la repisa de la ventana. Un día más en
la vida de aquel hombre, querido por sus amigos, amado por su
compañera de vida, adorado por sus hijos y nietos, admirado por sus
compañeros de profesión y apreciado por su labor humanitaria a lo
largo y ancho de la Tierra, que resultó ser el último.
Su
organismo, ya mayor, sucumbió a los achaques del tiempo. Nada
pudieron hacer los médicos, superados por la frustración de ver en
vano sus esfuerzos, contemplando con dolor cómo a cada momento las
constantes vitales del anciano disminuían, las líneas quebradas,
una tras otra, se volvían rectas...
Y
a la brisa de su último aliento, el gavilán echó a volar.
(...)
Vítores
y aplausos multitudinarios envolvieron la ciudad cuando su féretro,
después de recorrerla en volandas de norte a sur, fue depositado
bajo tierra y cubierto con losas, terminando de dar forma a aquella
estructura conmemorativa que, contra su voluntad, habían creado para
él.
Una
vida como la suya, dedicada a la mejora de millones como ella,
siempre había merecido tocar a su fin de forma placentera.
Una
muerte como la suya habría de ser llorada por el mundo entero, por
significar para él la partida de una vida que había sentado las
bases para que las generaciones venideras lo transformasen en un
lugar mejor.
Una
muerte que supuso un triunfo. El triunfo de sus causas perdidas, en
las que nadie creía, pero en las que, a su último anochecer, ya
comenzaban a creer.
Él,
en el más allá, nunca dejó de sonreír.
Había
alcanzado el éxito.
BW.
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Ay....! Y....? 🤔
ResponderEliminarBoh....! Tengo que esperar al próximo finde....☹️
Redacción impecable. Tus palabras son tus armas.🤗😍
Espero ansiosa la continuación....😀😀
Muchas gracias! Pronto llegará la continuación!
EliminarBellísimo! Non teño palabras, solo milleiros de sentimentos, emocións. Conmovida.
ResponderEliminarÉ do mellorciño que lle poden dicir a un autor, moitas grazas!
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