Sinopsis
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En
la órbita de lo políticamente correcto, es complicado “ser uno
mismo” y poder opinar y actuar con naturalidad sin arriesgarnos
a herir sensibilidades ajenas. No es fácil de percibir, pero
tendemos a tener baja autoestima y a enfocarnos en nuestros defectos
y carencias, y en la parte negativa de la realidad que nos rodee.
Todo
ello, condiciona nuestra forma de relacionarnos. Tan monstruoso puede
llegar a ser, que hasta asusta...
Prólogo
Como
ocurrió en uno de mis antiguos posts sobre estos temas, éste, que
quizá podría decir que es su continuación, tiene una mitad de
razón y la otra de rabia. Lo escribí durante una mala etapa,
inmerso en una perenne sensación de soledad pese a estar acompañado.
Descubrí
entre la juventud una órbita de negatividad, de cabezas gachas y de
autocensura selectiva, que guía nuestros pensamientos y actos y se
retroalimenta de ellos para mantenerse fuerte. En este escrito
muestro el alto precio que una persona tiene que pagar para poder
sentirse aceptada.
Conocí
la soledad de la mala compañía, y la de la compañía que está
pero no acompaña, y a partir de entonces supe reconocerlas en los
demás. Aquí también explico cómo funcionan, cómo nos afectan,
hasta qué punto han llegado a contaminar nuestras relaciones, y qué
se puede hacer para luchar contra ellas.
Os
presento a estos monstruos.
MONSTRUOS
DEVORA-AUTOESTIMA
El
árbol del que nacen nuestras relaciones personales está envenenado,
y pocos frutos llegan a ser comestibles. Socializar
a través de pantallas, basándonos en apariencias,
y
teniendo
por costumbre desconfiar del resto creyendo que la sociedad es mala,
son grandes problemas a la hora de relacionarse.
En
este escrito nos centraremos en las raíces de ese árbol, donde toma
forma un círculo vicioso -de esos que tanto me gustan- que si bien
forma parte de la psicología humana, en la práctica le hemos dado
un efecto fatídico.
Enfocándonos
en las relaciones sociales de la juventud, hablemos, pues, de
socialización.
La
órbita de lo políticamente correcto
Hoy
por hoy, por diversos motivos, la juventud tiende a tener baja
autoestima. Nos cuesta mucho aceptarnos y querernos a
nosotros mismos, por mucho que nos empeñemos en aparentar lo
contrario. Con nuestro amor propio mermado, la frustración, la
envidia y los complejos nos empujan a seguir modas y tendencias, y a
actuar con “corrección”, intentando no chocar con los
demás.
Nos
encanta pensar y decir que “nos llevamos bien con todo el
mundo”, y lo consideramos una virtud. Pero en realidad, casi
siempre, esa sensación será una farsa. No es que nos llevemos
bien con todo el mundo; es que no damos motivos para caer mal.
Vivimos
evitando conflictos. Dirigimos nuestra vida, nuestros
pensamientos y actos a evitarnos problemas, aunque para ello
tengamos que pronunciar y
escuchar en silencio palabras con las que no estamos de acuerdo,
tomar y tolerar actos que no deseamos, y, en definitiva, dejar
de hacer lo que queremos.
Hacemos
lo que sea por mantenernos en la órbita de lo políticamente
correcto. Porque todo lo que sea salir de ahí, puede hacer que
tengamos problemas con los demás.
La
valoración políticamente correcta en una sociedad con baja
autoestima: ocultar el bien, exagerar el mal.
Opinar
es muy importante a la hora de socializar, porque las opiniones
forman parte de nuestro ser, de nuestra identidad. Pero al hacerlo
también nos cuidamos mucho de no salirnos de la órbita. La órbita
de lo políticamente correcto está establecida atendiendo a la
autoestima generalizada de los demás. Cuanto más baja
autoestima tenga la gente con la que socializamos, más se
estrechará, y menos libertad tendremos para opinar sin
arriesgarnos a ofender.
Es
así, porque una persona con baja autoestima tiene gran dificultad
para dar y recibir valoraciones positivas, tanto respecto a
aquello que le rodea -tan simple como “¡qué buen día hace!”-,
como a los demás -tan simple como “¡qué bien te queda ese
corte de pelo!”-, como -y sobre todo- respecto a sí misma; y
a la inversa, tiene una gran tendencia al catastrofismo,
a enfocarse en lo negativo de lo que le rodea, de los demás, y
–sobre todo– de sí misma.
Así,
a tenor de lo políticamente correcto, resulta que quejarse y
sacar a relucir nuestros
fracasos y defectos parece que está bien, que esas
consignas tipo “no todo puede salir bien”, “soy un inútil”,
“la gente da asco”, “la vida es una mierda”,
son muy socialmente aceptables. Que uno queda bien con los demás
cuando hace eso, pues, como quienes le escuchan tienen esos mismos
problemas de autoestima, le conceden su aprobación.
Pero
la cosa cambia al hablar de lo bueno, de nuestras virtudes, de
nuestros logros, de lo que hacemos bien. Como queremos “llevarnos
bien con todo el mundo”, para ello –recordemos– no podemos
salirnos de la órbita, tenemos que evitar herir sensibilidades; y,
por lo tanto, no podemos
hablar bien sobre nosotros mismos, porque las bajas autoestimas
perciben eso como una ofensa, como un signo de
prepotencia, narcisismo, afán de protagonismo. ¿Qué es eso de
echarse flores?
Es
así de triste. Si quieres ser aceptado por los demás, no
puedes hablar bien de ti; debes
centrarte en lo negativo, para no dañar autoestimas ajenas, y
que, de esa forma, la gente no te considere como un peligro potencial
para su mermada integridad y te acepte como uno más. Tienes que
ser “uno
más”.
Exposición-refuerzo
de opiniones e ideas: retroalimentación malevolente.
Cada
uno de nosotros hemos ido interiorizando ese estándar paradigmático.
Es cíclico. Y centrándonos en la parte psicológica de este
problema, no debemos olvidar que entre
la creación y refuerzo de opiniones e ideas y su
exposición al exterior
ocurre un curioso fenómeno: se retroalimentan.
Compartiendo
tus opiniones e ideas, las alimentas y las haces más firmes. Sobre
aquello de lo que hables con más frecuencia, y según el sentido en
que te pronuncies, desarrollarás, mantendrás y reforzarás unas
convicciones; y a la vez, aquello sobre lo que no hables ni pienses, lo
irás apartando de tu mente.
Así,
combinando este hecho con esa baja autoestima generalizada, nos
encontramos con que, de tanto hablar de lo malo, del mal, de lo
negativo, de lo que no está bien, de lo que podría mejorarse,
etcétera, etcétera, nuestras convicciones se cultivan y
retroalimentan en sentido negativo. Pensamos en negativo,
hablamos en negativo, y así reforzamos nuestros pensamientos
negativos que nos harán seguir hablando de lo negativo, incluso con
más intensidad. Entre todos,
hemos contribuido a que la autoestima propia y las ajenas fuesen
menguando. Lo políticamente correcto nos ha convertido
a todos en monstruos devora-autoestima. Cada
uno, al socializar, devora la propia y la ajena.
Todo
se centra en lo malo. Costará
muchísimo que el resto nos reconozca abiertamente nuestras virtudes;
y costará un mundo y parte de otro que podamos hacerlo nosotros
mismos sin ser crucificados en el intento.
Y
así vivimos: lo políticamente correcto, la crítica y la
resignación son la forma que nuestra baja autoestima ha encontrado
para hacer posible una ficticia buena socialización en la que,
por el hecho de que no se nos demuestra lo contrario, cremos que “nos
llevamos bien con todo el mundo”.
Eso
no es socializar ni es nada, Es puro postureo, pantalla y pantomima.
Un envoltorio con el que cubrimos nuestra propia identidad, la cual
nos negamos a revelar, y de la cual, sin darnos cuenta, podemos ir
renegando hasta llegar a perder.
Las
unidades básicas de socialización: veneno o alimento para el
monstruo.
Este
fenómeno es típico de la socialización en sentido amplio, o
sea, cuando socializamos más allá de nuestra zona de confort
-familia y amistades más afines-. Porque en
nuestra zona de
confort,
nuestra familia y amistades afianzadas sí nos conocen bien y nos
aceptan como somos, de forma que con esa gente sí podemos
mostrarnos y actuar como nuestra forma de ser nos indica.
Pero
puede
ser, y de hecho ocurre, que haya gente que ni siquiera tenga esos
círculos próximos.
Que no tenga familia -o no se lleve bien con ella- y/o buenas amistades. Una
persona en cuya vida faltan las unidades básicas de socialización,
es más propensa a ir por la vida en modo “socialización
amplia”,
ya que lo que pretende es conocer gente y estrechar nuevas
relaciones, y sus conocimientos sobre cómo se hace eso le mandan el
falso mensaje de que esa es la forma de hacerlo.
Y
puede ser, y también ocurre, que haya personas que sí tengan esos
círculos cercanos de familia y amistades; pero
que incluso éstos estén afectados por este fenómeno, que
sus relaciones con ellas sean débiles y se basen en apariencias y/o
en estándares políticamente correctos. Y éstas salen igual o
peor paradas. Porque entonces, con mucha probabilidad, pensarán que
esa es la “mejor” o la “única” forma de
socializar, y al estar tan podrido ese pilar básico en su vida,
vagarán por ella con la autoestima por los suelos y una identidad
propia muy mermada. Ya no es que desconozcan lo que es una
socialización sana, sino que abrazarán la pseudocorrección y
autocensura y creerán que son las herramientas apropiadas para
hacerlo.
Unas
y otras, con su mera forma de ser y de actuar, expandirán el
problema y contribuirán a multiplicar sus víctimas. Son
monstruos devora-autoestima hambrientos.
Quedémonos
con la importancia de tener unas buenas unidades básicas de
socialización. El apoyo de
nuestra familia y amistades más cercanas será la kryptonita
de los monstruos devora-autoestima. Pero no
tenerlas, o que no sean las adecuadas, nos arrojará a sus fauces y
nos convertirá en uno de ellos.
Amigos/as...
Si
somos de quienes nos creemos queridos y presumimos de “llevarnos
bien con todo el mundo”, quizá estemos equivocados.
Quizá
lo que ocurre es que no tenemos valor para hacer lo que queramos,
decir lo que pensemos, y mostrarnos al mundo como somos. O que sí lo
hacemos, pero tenemos tal falta de personalidad que lo que hacemos es
“lo correcto”, lo que pensamos es “lo aceptable”,
y lo que somos es... “uno más”.
Pero
este problema podemos solucionarlo. Como suelo decir, nuestro destino
está en nuestras manos.
Encima
de la mesa dejo mis felicitaciones, mis ánimos y mis condolencias.
Coged
lo que creáis merecer.
BW.
ESCRITOS
RELACIONADOS
FRUTOS
DEL ÁRBOL ENVENENADO:
En este escrito abordo con detalle la problemática juvenil –y a
veces, no tan juvenil– que tiene socializar a través de pantallas
y redes sociales, convirtiendo a los demás en jueces que con el
veredicto de sus pulgares y corazoncitos nos dirán cuánto
“valemos”...
EL
CÍRCULO DEL MAL:
Aquí analizo esa manía nuestra de ir por ahí con la coraza puesta,
desconfiando de los demás, creyendo que en general la sociedad es
mala y las buenas personas vienen a cuentagotas. Hemos creado una
círculo vicioso a nuestra alrededor que lleva toda nuestra vida
haciendo estragos en nuestras relaciones sociales...

Este es muy bueno.
ResponderEliminarQue la sociedad se haya empeñado en tratar de identificar modestia con educación y sinceridad con agresividad acabará por dejarnos estúpidos y hundidos en nuestra propia corrección.
Paradójico, precisamente éste, de entre todos los que tengo, a veces me da la sensación de que es bueno y a veces de que es de los más flojos que hice, pero oye, veo que te ha gustado y lo has entendido perfectamente. Muchas gracias!!
EliminarLo que sí te puedo asegurar es que lo políticamente correcto, la necesidad de caer bien, socializar a cualquier precio y miedo a ofender por decir la verdad sobre uno mismo o los demás SE CURA CON LA EDAD....
ResponderEliminarPues quiero creerte, y siendo optimistas creo que puedo hacerlo, porque de un tiempo a esta parte, con independencia de que en mi vida últimamente esté habiendo grandes cambios, sí que soy capaz de percibir que este fenómeno ya no me afecta tanto como antes, ni a mí ni a mis amistades cercanas. Gracias!!
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