Sinopsis
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“Le temblaban las manos. Su corazón latía a
mil. Podía sentir la sangre fluyendo a borbotones por todo su cuerpo. Sabía que
estaba a punto de hacer algo crucial. Que ya no habría vuelta.
Tal y como le había prometido, le avisaría
cuando llegase el momento. No había querido estar presente, para que pudiese
actuar sin impedimentos. Quizá, el mayor acto de generosidad que podrían haber
tenido con ella.
Cogió el móvil con dificultad. Se le cayó.
Una señal del destino, ¿acaso no debía hacerlo? No podía ser. Hacía años que
había tomado esa decisión. Lo supo desde el primer día…”
Prólogo
¿Cómo es posible llorar a la vez de tristeza
y de alegría?
¿Podemos absorber la fuerza de alguien que la
pierde? ¿Podemos devolvérsela?
¿Puede la muerte llegar a ser el súmmum de una
vida?
¿Adónde nos lleva la marea de los recuerdos?
Hay emociones muy difíciles de describir con
palabras. Quizá la fuerza de este relato no resida tanto en lo que dice, sino en
lo que sugiere, lo que oculta, y lo que deja a medio decir.
Una obra agridulce, emocionante y profunda,
que, de seguro, no dejará indiferente a nadie.
MARES DE TRISTEZA Y ALEGRÍA
19 de abril de 2007, a las 17:45.
Conectando el segundo sótano de alguna clínica de Gante (Bélgica), con el
primer piso de una casita a las afueras de Teruel.
A Eva le temblaban las manos. Su corazón
latía a mil. Podía sentir la sangre fluyendo a borbotones por todo su cuerpo. Sabía
que estaba a punto de hacer algo crucial. Que ya no habría vuelta.
Tal y como le había prometido, le avisaría cuando
llegase el momento. No había querido estar presente, para que pudiese actuar
sin impedimentos. Quizá, el mayor acto de generosidad que podrían haber tenido
con ella.
Cogió el móvil con dificultad. Se le cayó.
Una señal del destino, ¿acaso no debía hacerlo? No podía ser. Hacía años que había
tomado esa decisión. Lo supo desde el primer día.
Era, por tanto, una última prueba de
comoquiera que se llamase – si es que lo había – aquello que rige nuestra
existencia. Ella nunca había creído en nada de eso, pues… ¿son acaso
predeterminados nuestros pensamientos y actos? ¿No son precisamente aquello que
mejor demuestra que estamos vivos?
Contempló una vez más, a través del cristal, aquella
camilla flanqueada de aparatos, líquidos, tubos y vías de utilidad
indescifrable, custodiada por un hombre y una mujer que la observaban, como si estuviesen
esperándola, pero sin transmitir emoción alguna en sus rostros.
Era probable que fuese parte del protocolo. Todo
aquello que pudiera despertar en su organismo una última plegaria de piedad debía
ser eliminado del abanico de estímulos externos que pudiese percibir. Debía
velarse por la libertad del paciente. Que pudiese salir de allí, pero también
pronunciar el “sí quiero”.
Tomó el móvil de nuevo y esta vez lo apretó
contra sí con todas sus fuerzas. Por fin, accedió a los mensajes. Se observó
las manos; ya no temblaban. Había llegado el momento.
Entrecerró los ojos, débil, y, como pudo, escribió:
- “Adiós, hija. Te quiero.”
Después, lo apagó de inmediato.
(...)
A más de mil kilómetros de distancia, en
una casita de un pueblo a las afueras de Teruel, Sara recibió el mensaje.
Todo impacto doloroso que sea predecible es también, en principio, más llevadero. Pero aunque lo intentó… no pudo evitar derrumbarse. Nadie podría
soportar, impasible, algo como eso.
Recordó una vez más la despedida, el día
antes, apoyada en el alféizar de la ventana de su habitación, en el primer piso,
su madre asomada a la ventanilla, sus miradas cruzándose, hasta que la Scenic
blanca dobló la esquina, camino al aeropuerto. Otro viaje más a Bélgica. El
séptimo en los últimos años. Y el definitivo.
Releyó el último mensaje que le escribió, nada
más perderla de vista:
“Algo nació en mí aquel día.
Quizá, diese cobijo a la parte de tu ser que en aquel instante te abandonó.
Quizá, por eso, desde entonces, haya sentido algo que antes no tenía. Una nueva
energía. Una nueva fuerza. Quizá seas tú. Quizá lo hayas sido todo el tiempo.
Ahora soy más fuerte que nunca, mamá. Ahora miro al mundo de frente.
Ve. Ve con el
viento, y regresa a mí con cada brisa de aire fresco. Cuando convide a mis
miedos a vagar conmigo, sé que será tu voz la que me susurrará al oído que voy
por buen camino. Y llegará el día en que vuelva a subir allí, a la cima de
Peñarroya, para decirte que ya he llegado a lo más alto.
Gritaré, y escucharás
mi eco.
Ahora, reúnete
con él.
Adiós, mamá. Te quiero.”
Inspiró y expiró hondo, varias veces, más de
las que acertaría a contar. Sabía que aquel momento llegaría, lo sabía desde
años atrás, desde el día en que todo cambió para siempre.
(…)
Cinco de noviembre de 2003. En la madrugada, Eva
se despertó sintiendo que le faltaba el aire. Tosió varias veces; sangre. La
enésima vez desde aquella excursión, en verano, que no podía ni seguir el paso del
resto. “¡Bah, tonterías!” Siempre había huido de médicos, pero esta vez
parecía más grave. En la mesilla de noche, el paquete de tabaco, irónico, sonriente.
¡Cuán falso amigo! Pero a la vez, el mayor aliado contra la ansiedad que sufría
desde que perdió a su marido en aquel accidente. “Si bebes, no conduzcas”,
eso le había quedado bien claro. No era ella quien conducía, pero jamás probó
una gota de alcohol desde entonces. Y de alguna forma tenía que sobrellevar las
penas.
Corrieron a urgencias. Hemoptisis moderada, al
filo de lo amenazante. Pasaron allí el día, y otro más por precaución. Radiografía
de tórax; algo pintaba mal en la mirada del médico. Trataba de sonreír; fingía.
Al cinco le siguieron el seis, el siete, el ocho y el nueve. TAC. Broncoscopia.
Más pruebas…
Por fin, el diez, a la tarde-noche, se confirmaron
los peores presagios:
“Resultados: presencia
de masa de 5,7 cm. en lóbulo inferior izquierdo con afectación tumoral en
ganglios linfáticos mediastínicos ipsilaterales y ganglios subcarinales de 1,1
y 2,3 cm., respectivamente.
Diagnóstico: carcinoma
de pulmón epidermoide no microcítico de lóbulo inferior izquierdo de estadio
T3N2M0.”
Al doctor le imploraron que fuese claro y
sincero: cáncer de pulmón en grado 3, con un tumor del tamaño de una nuez, que
se podía extirpar, pero que quizá volvería a aparecer, incluso en otros
órganos, porque el sistema linfático ya estaba afectado y la enfermedad se
podría extender. Con quimioterapia y medicación, los síntomas disminuirían;
pero ya no se podía detener.
A su vez, los datos y estadísticas
disponibles dictaban severa sentencia: la esperanza de vida a cinco años para
quienes recibían un diagnóstico así rondaba el diez por ciento.
Durante las semanas siguientes, con insólita
fortaleza, Sara quemó las etapas de negación, ira y tristeza, para alcanzar,
por fin, el camino a la aceptación: a su madre le quedaban, como máximo, cinco
años de vida. Sería huérfana, quizá, antes de cumplir los treinta.
Etapas que, sin embargo, no acertó a
identificar en ella durante ese tiempo. No podía ser que aún estuviese atrapada
en la negación, porque cuando todavía no te crees la mala noticia tratas de
convencer a los demás de que no es real, o al menos exteriorizas tu
escepticismo de alguna forma. Y ella no decía una palabra.
Lo insólito en su caso era verla tan
tranquila. Como si hubiese regresado la calma a su espíritu tan sólo un
instante después de haberla abandonado, o como si ni siquiera hubiese llegado a
partir. Como si hubiese alcanzado la aceptación de golpe. Pero esa nunca es la
realidad.
Y conociéndola, tan orgullosa y tan terca,
tan fuerte pero tan al límite de sus fuerzas, su actitud sólo podía tener una
explicación…
El primer día en que la joven sintió que
conseguía dormir bien, buscó el contexto adecuado para decirle que sabía
perfectamente lo que le pasaba por la cabeza. Tras el
almuerzo, durante los diez minutos que por tradición acogían la sobremesa, cogió
el mando del televisor y silenció el sonido de los informativos.
Eva se volvió
hacia ella, y cuando cruzaron miradas, supo que algo importante sería:
- “Ambas
lo sabemos, mamá. Si vas a hacerlo, quiero que sepas que lo comprendo. Sólo te
pido que no sea un día cualquiera, así, de repente. Déjame despedirme de ti. No
intentaré detenerte.”
Eva suspiró. Su hija era muy lista. Demasiado. Y, de veras, la conocía como nadie. Era cierto: de ninguna manera estaba dispuesta a exhalar su último aliento tras días, semanas o meses de triste y lenta agonía en una cama de hospital.
Eva suspiró. Su hija era muy lista. Demasiado. Y, de veras, la conocía como nadie. Era cierto: de ninguna manera estaba dispuesta a exhalar su último aliento tras días, semanas o meses de triste y lenta agonía en una cama de hospital.
¿Se atrevería? No lo tenía del todo claro;
pero, sí, quería hacerlo. Y, ¿qué mejor noticia podría haber recibido, que
saber que contaba con el beneplácito de la persona a la que más quería?
- “No sé si seré capaz…”, susurró con agonía.
- “Pide ayuda, mamá. Que te cueste lo que te
tenga que costar. Ahora hay países donde se puede hacer. No te preocupes por mí,
hace tiempo que tomé las riendas de mi vida. Me habéis enseñado bien cómo
hacerlo. Sé mi referencia: no sueltes ahora las de la tuya. Hasta el último
momento.”
Aquellas palabras, como cuchillas,
destrozaron la burbuja en la que Eva se había refugiado del mundo, junto a su
dolor y todas las lágrimas que le quedaban por liberar, más allá de las que no
pudo contener, en secreto, la primera noche.
Dejó escapar una sonrisa, nerviosa, anonadada,
incrédula, sólo para caer rendida en sus brazos, llorando mares de
tristeza y alegría:
- “Gracias, cariño…”, acertó a pronunciar al tomar una bocanada
de aire.
Lo haría. Rechazaría el tratamiento y viviría
como pudiera el tiempo que le quedase. En alguna de las siguientes revisiones
le dirían que había entrado en la fase terminal del proceso. Y entonces… se quitaría
la vida.
Sara la comprendía. Al fin y al cabo, lo que quería
era no dejar de sentirse viva mientras lo estuviera. Decidir la propia muerte… ¿acaso
no puede ser el súmmum de una vida? Elegir vivir, mientras encuentres
razones para hacerlo. Elegir no sufrir, cuando puedas evitar padecimientos.
Ponerle fin, cuando haya llegado el momento. Cuando el cuándo haya dejado de
ser un misterio, ¿no deberíamos, al menos, poder elegir el cómo? ¿Quién era
ella para impedírselo, si tenía la oportunidad y el deseo de hacerlo?
(…)
Aquello, aunque entonces no lo sabían, ocurriría
tres años y tres meses más tarde. El veintiséis de febrero de 2007, fecha del
diagnóstico letal, siempre sería también la de su verdadera muerte.
(…)
Sara regresó al mundo real, desde el reino de
sus pensamientos.
No sin antes bautizar una vez más la manga de
la camisa, la misma que la de aquel día, se tumbó cuan larga era en la cama de
su habitación, boca arriba, y cerró los ojos de nuevo.
En secreto, llevaba tiempo pensando en huir de
allí cuando aquello sucediera. Empezar de cero. Sin mirar atrás. Pero aquel día, las
dudas que nunca había tenido se agolparon en su conciencia. Por mucho que ella
se fuese, su madre se quedaría allí. Porque para los recuerdos no hay camiones de
mudanza.
¿Cómo podía irse de aquella manera? ¿Acaso había
mejor motivo para permanecer en aquel lugar que llenar de vida el vacío de su
ausencia presente?
Cuando quiso darse cuenta, la marea de los
recuerdos la había devuelto al punto de partida. Al punto desde el que debía
partir. Porque huir del pasado no es un acto de fortaleza; construir con él el
futuro, sí.
Algún día, después de la incineración, se lo
contaría a su prometido, y sabía que se iba a alegrar. Lizer, al igual que
ella, huía de convencionalismos en muchos aspectos – quizá, nadie más que él hubiese
accedido a dejarla sola el día de la muerte anunciada; y quizá nadie más que
ella lo hubiese querido así –; pero aquella casa y la armonía del lugar eran su
debilidad.
Y el pequeño Salvador, cuando naciese,
crecería allí, rodeado de los cuadros que ella pintaba y que tan bien decoraban
aquellas paredes.
Éxtasis; desesperación. Agonía; liberación.
Flujo; caos. El dolor de la pérdida; la fe en el reencuentro…
Siempre habría alguno que podría ayudarle a
saber qué es lo que siente.
(…)
La camilla cruzó las puertas de la sala. Diez
minutos después, las luces se apagaron. El hombre y la mujer salieron, hablando
entre ellos, mientras ella se secaba las manos y él se quitaba el gorro y la
mascarilla.
Presidiendo la cristalera, ocho palabras velarían
al cuerpo:
“Nada obliga a vivir. La vida, es eso.”
BW.

Como siempre tus sentimientos salen escritos... No tengo palabras para describir tantas emociones juntas. Un repaso a los últimos meses es algo para no olvidar. Y este relato también...
ResponderEliminarComo había adelantado, en esta nueva entrega de publicaciones veríamos a un BW más liberado y más emocional. Creo que este relato es uno de los mayores reflejos de ello. Estoy muy orgulloso del resultado final, y me alegra ver que cumple con su cometido. Muchísimas gracias!
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