22 ago 2020

PATRIA DE FALSA BANDERA


Sinopsis
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Una bandera debe unir a quienes se sientan representados en ella. Pero mal enarbolada, puede producir el efecto contrario: separar.

En el momento en que alguno de los bandos que aspira al poder enarbola la bandera nacional como símbolo propio, la despoja de contenido, pues dejará de ser un símbolo de todos, para convertirse en un símbolo de todos… los que secunden sus ideas.

De esta forma se crea un filtro, un mecanismo de selección. Para que pueda decirse que una persona merece un lugar bajo la bandera, que merece ser parte del colectivo, debe comulgar con la ideología del bando enarbolante, o al menos no discrepar demasiado.

Y, por el contrario, todo aquel que no cumpla con esos requisitos, no sólo estará excluido; sino que representará una amenaza…

Prólogo

En esta nueva publicación abordo los entresijos de la simbología desde una perspectiva actual. En este país, la bandera ha caído en malas manos.

Siendo fiel a la línea crítica propia de mis comienzos, y dando a la vez cabida a la conciliación liberadora que impera en el blog hoy por hoy, es un texto bastante particular.

Una bandera, utilizada de mala manera, pierde su esencia, y puede llegar a transmitir hostilidad, rabia, frustración, ignorancia y prepotencia. Y, sobre todo, odio, mucho odio.

Pero ese odio, en mí, no florecerá.


PATRIA DE FALSA BANDERA

En uno de mis posts más polivalentes, hablamos de un arma de las élites que consistía en ir poco a poco mitigando las expectativas de la población, volviéndola más conformista y adaptable, al tiempo que le decía que su enemigo era el que tenía al lado, dividiéndola de forma tal que no dirigiese hacia arriba la poca rabia que le quedase.

En esta ocasión abordaremos con más detalle uno de sus entresijos, la simbología, y veremos cuán devastadores pueden ser sus efectos si se utiliza de mala manera.

La población mundial está dividida en Estados, hacia los que se ha sembrado, bajo una serie de símbolos, un sentimiento de colectividad. Y a su vez, como el territorio que un Estado domina está delimitado por fronteras, se ha creado una falsa idea de propiedad sobre él. Como si el ser humano fuese quien de proclamar que un terreno es “suyo”.

Se pretende que para la población de cada Estado – o “comunidad”, o “país”, para este planteamiento pueden equipararse – mantener esa propiedad sea algo importante, pudiendo incluso llevarle a tomar las armas. La propiedad, a la par que la cultura y la identidad de la nación - como expliqué en otra ocasión – es un motivo por el que han estallado y estallarán las peores guerras. Pero hoy día, las guerras son mucho más sutiles. El arma más peligrosa es la influencia.

Y en cuestiones de influencia, la simbología es clave. Asentada la división política de la humanidad, la potencia más, explotando la necesidad humana de pertenecer a un colectivo.

Se transmite la idea de que si uno lucha “por la patria” lo hace también en nombre de lo que supuestamente la “patria” significa: la “unidad”, el “orden”, la “integridad”, el “honor”, el “bien” …

Pero cuando alguien jura una bandera, no declara lealtad a ninguno de esos valores; lo que hace es decidir por quién librará la guerra. Luchará en nombre de un supraente irreal, en respuesta a supuestas amenazas de supuestos enemigos, para proteger unos recursos que supuestamente son suyos; pero que, en todo caso, son de sus amos.

Entonces, llega el siguiente paso: dividir a la población de un mismo Estado utilizando su propia simbología.

Vamos a centrarnos en España…

En nuestros días, hay corrientes ideológicas que se han apropiado de la bandera, y mucha gente ha tomado partido por ellas sin tener razones racionales para hacerlo, sin que sean suyos los intereses que defienden.

Cierto es que hay personas que sí tienen motivos para simpatizar, desde un punto de vista individualista y pragmático. No entraremos a juzgarles en esta ocasión – ya lo he hecho hasta la saciedad en otras –. Pero, en cualquier caso, son minoría. Hablemos del resto.

¿Por qué tanta gente ha tomado partido por ideologías que en la práctica le perjudican?

Una bandera debe unir a quienes se sientan representados en ella. Esa es la idea principal. Pero mal enarbolada, puede producir el efecto contrario: separar. En el momento en que alguno de los bandos que aspira al poder enarbola la bandera nacional como símbolo propio, la despoja de contenido, pues dejará de ser un símbolo de todos, para convertirse en un símbolo de todos… los que secunden sus ideas.

De esta forma se crea un filtro, un mecanismo de selección. Para que pueda decirse que una persona merece un lugar bajo la bandera, que merece ser parte del colectivo, debe comulgar con la ideología del bando enarbolante, o al menos no discrepar demasiado.

Y, por el contrario, todo aquel que no cumpla con esos requisitos, no sólo estará excluido; sino que representará una amenaza.

El bando enarbolante planteará las cosas a la gente de una manera muy simple: le da la posibilidad de pertenecer a un colectivo, presentándoselo como una sociedad cohesionada con una concepción concreta del bien y del mal, a la que sólo tendrá que acogerse. Nada más.

Centrará su discurso en dos aspectos: convencer al elector de que sus ideas son las correctas, y demostrarle que lo que esté fuera de ellas es un enemigo. Pero no uno cualquiera, sino otro colectivo identificable y cohesionado que lucha como tal, que representa la anti-nación”. Y que, por tanto, hay que defender a la patria de sus ataques.

Es normal que gran parte de la ciudadanía tome la elección sencilla. Una vez que una persona lo hace, el enarbolante le abre un hueco bajo la bandera de la que se apropió. Ya es uno más.

Identificarse con el colectivo y ver a todo el mundo pensando de formas tan parecidas, le hará sentir que ha encontrado su lugar. Así, ya tendremos un papagayo más, que cacareará las ideas que ha firmado y criticará todavía más aquellas que le han dicho que debe odiar.

Este proceso es más profundo en ciertas circunstancias: para la población que tenga baja autoestima, y para la que haya tenido problemas con alguna de esas personas que se le describen como “enemigas”.

Una persona con baja autoestima es el principal objetivo de los discursos enarbolantes de la patria, pues siente con mayor fuerza esa necesidad de pertenecer a un colectivo. Necesita sentirse aceptada, valorada, querida. Ser “uno más” no es ningún problema para ella; al contrario, le reconforta.

De esa forma, la bandera le cubrirá vacíos existenciales. Con lo cual, ahora tiene mucho que agradecerle, y será consecuente con ello: se volverá fanática y la defenderá a muerte. A veces, literalmente.

Y también, puede ocurrir que una persona tenga problemas con otras, y que desde el bando enarbolante se le dé una explicación que le reconforte: que ella no tiene la culpa. Que esa gente que le hizo daño, sólo busca “el mal”.

La particularidad es que esa gente siempre va a tener alguna característica que le identifique con un colectivo – llámense etnias minoritarias; gente extranjera en general -excepto de raza blanca y personas adineradas-; gente pobre; gente “vaga”; “menas” “comunistas”; "secesionistas"; “feministas”; “terroristas”; “proetarras”; “radicales” … –.

Entonces, cuando esa persona vea que en esa lista de “enemigos” puede identificar a quienes le dan problemas, todo tendrá sentido para ella: ¡son gente malvada! Y quienes están ahora a su lado, hablándole de “integridad”, de “unión”, de “honor”, de “patria”, de “buenos y malos”, le comprenden. Puede que bajo la bandera haya más gente a la que le haya pasado lo mismo, así que ella también podrá comprenderla, y podrán luchar juntas para defenderse y para que el enemigo pague por lo que hizo.

Como podemos observar, para quien se apropia de la bandera, es importante ofrecer una serie de ideas que se identifiquen con el “bien”; pero lo es también identificar posibles amenazas contra éstas. Amenazas concretas. Es una estrategia política. Siempre existirán conejillos de indias, chivos expiatorios, que serán despreciados y criminalizados por el bando enarbolante.

Y entonces, finalmente, entra en acción la “prioridad selectiva”.

Todo Estado cuenta con una infraestructura de recursos para sostenerse a sí mismo y mejorar la vida de la población. Y unida bajo la bandera nacional, esa parte de ella se sentirá también dueña de éstos. Pero, claro, los enemigos, la “anti-nación”, deberían tener un menor, o incluso nulo, derecho a acceder a ellos. No cumplen los requisitos.

Cuando la sensación de pertenencia a un colectivo se combina con la mentalidad de escasez – que ya analizamos en otra ocasión –, comienza la “prioridad selectiva”. En tiempos de recesión, el bando enarbolante convencerá a sus simpatizantes de que tienen prioridad. No hay para todos; y como ellos son los “buenos”, deben acceder primero.

Así, esa parte de la población, asustada, será capaz de sostener – o al menos callará cuando alguien lo haga – que quienes no pertenezcan a su colectivo deben tener menores o nulos derechos a acceder a la sanidad, a subsidios y ayudas de cualquier tipo, y un largo etcétera. España first.

Cuando una economía atraviesa malos momentos – sean reales o ficticios – es normal que quienes adopten estos discursos multipliquen sus simpatizantes; como también lo es que, después, los pierdan.

Porque en el fondo, no saben ni lo que defienden. Si a sus ideas les quitamos la demagogia emocional ¿qué nos queda? Palabras vacías. Hostilidad, rabia, frustración, ignorancia y prepotencia. Y, sobre todo, odio, mucho odio.

El coronavirus como prueba del delito.

La pandemia del coronavirus, que nos asoló mientras tenía este artículo en desarrollo, me va a permitir, a la par que ser un poco conciliador, dar una prueba para todo lo anterior.

Desde marzo de 2020, banderas y más banderas de España cuelgan en los balcones. Más que nunca, si obviamos los mundiales de fútbol. Pero el sentimiento que producen es distinto, porque también lo es el contexto, la razón por la que la gran mayoría de ellas están ahí.

Esas banderas no están politizadas. No convidan a tomar partido por el bando que se apropió de ella y librar la guerra interna; sino que son muestras de apoyo a toda la población, sobre todo a quienes están sufriendo. No dividen; al contrario, sí pretenden unir.

Porque todos queremos salir de ésta. Es un momento en que el discurso político llega a sobrar. Quizá haya una pequeña minoría, afín al bando enarbolante, que aproveche las circunstancias para seguir transmitiendo sus mensajes; pero en general, la bandera de España que cuelga del balcón en tiempos de coronavirus pretende decirle a quien la vea “quiero que estés bien, y que, si sufres, te cures cuanto antes”.

Yo mismo, que en teoría formo parte de la “anti-nación”, he captado ese mensaje. He visto multitud de banderas nacionales sin sentir que se alzaban contra mí. Ahora, sí hay un enemigo común, identificable y desalmado, que ataca sin atender a razones.

Y es que esto da que pensar…

Quizá, en realidad, para quien se apropia de la bandera, identificar al enemigo no sea sólo una parte del discurso; sino el argumento principal. Si nadie te ataca, no tienes de qué defenderte.

Por eso, creo que “España” no me odia; en todo caso, me odiarán quienes pretenden hablar en su nombre. Y por eso, yo no la odio a ella ni a su bandera. Ese odio, en mí, no florecerá.

Esa gente no tiene ni idea del daño que está haciendo. Quizá se crea sus propias palabras, o quizá no, pero cuesta mucho creer que haya personas tan desalmadas. Llegará un momento – si es que llega – en que sus simpatizantes se empiecen a dar cuenta de que las amenazas para las que buscaron protección bajo una bandera despojada de significado, y abrazando soluciones maquiavélicas, eran mentira. Que esa unión era ficticia.

Pero mientras, seguiremos a merced del verdadero enemigo.

“Divide et impera”
(Divide y vencerás)
Julio César

BW.


ESCRITOS RELACIONADOS

EL CEPO CHINO – En este post se explica con todo detalle cómo las élites consiguen ir mitigando las expectativas de la población, volviéndola más conformista y adaptable, al tiempo que le dicen que su enemigo es el que tiene al lado, dividiéndola de forma tal que no dirija hacia arriba la poca rabia que le quede.

NO PAIN, NO GAIN – En este ensayo, que quizá sea, de entre todas mis obras, la que más me perfila políticamente, explico con todo detalle los entresijos de la mentalidad de escasez, cómo se crea y cómo se utiliza para guiar nuestra percepción del mundo, y, en particular, del acceso a los recursos que necesitamos para vivir.

UN CUENTO DE NUNCA ACABAR – En este post hablo sobre cómo la propiedad, la cultura y la identidad de la nación actúan como detonantes de lo que a lo largo de la historia han sido, son, y serán, las peores guerras.

2 comentarios:

  1. No tengo banderas que me representen. Soy ciudadana del mundo, pero no soy tratada igualmente en todas partes del mundo. Y como yo tanta gente. Me siento identificada con culturas, vivencias, historias...comunes a un colectivo. Las banderas son trapos que sólo valen para barrer mentes de un extremo a otro. El análisis me gusta. Lo percibo real. 😉🥰

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    1. Poco que decir en esta ocasión, parece que comulgamos. Gracias por leer!

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