Sinopsis
- “Eso que tienes ahí son las historias que escribía la abuela. Le gustaba mucho escribir, ¿sabes? Cuando lleguemos a casa, si quieres, las leemos.”
- “Cariño… lleva todo este tiempo leyéndolas”, le interrumpe su marido, riendo.
En ese momento, durante un breve instante, madre e hija cruzan miradas. La mujer siente un escalofrío.
- “Pero si es…” se le escapa.
No encontró más palabras…
Prólogo
Se dice que la mirada es el espejo del alma. Pero… ¿puede una mirada transmitir lo que albergue en lo más profundo? ¿Puede la voz de un muerto seguir gritando desde las palabras que escribió en vida? ¿Quién sería tan inhumano para negar cobijo a una mujer ciega, perdida en el bosque un día de lluvia?
Muy pocas veces escribí un relato sin un “porqué”, sin llenarlo de mensajes ocultos, y sin una razón a la que deba su existencia. Ésta quizá sea la excepción.
Me apetecía crear, por mero amor al arte, una historia tierna, feliz, que de seguro encontrará su lugar en mi bibliografía.
Espero que la disfrutéis.
ESCRITO EN SU MIRADA
17 de diciembre de 2018, a las 16:30. En un despacho de abogados de Breda, Países Bajos.
Su madre, sus tíos, y una mujer mayor que no conocía, estaban en el despacho del abogado de la familia, para terminar, de una vez por todas, el reparto de la herencia de la abuela Adeline. Su tiempo había llevado arreglar todo el papeleo y conseguir que les enviasen el testamento y algunas cosas desde Austria. Fuera, en la salita, Nadima esperaba con su padre.
Hacía unos meses que la abuela había muerto. La niña no había llegado a conocerla muy bien. Cuando la trasladaron de nuevo a Países Bajos, casi al tiempo en que ella llegó a la familia, el alzhéimer estaba ya muy avanzado. La anciana nunca llegó a aprenderse el nombre de aquella que técnicamente no era su nieta. La adoptaron con ocho años, desde Siria, donde la guerra se había cobrado la vida de sus padres. Aun así, a ella dedicó su última mirada – quizá cuerda, pero eso nunca lo sabremos– desde la cama del hospital, ya en posición fetal, cuando abrió de repente los ojos, pocos días antes de olvidarse de cómo respirar.
La pequeña Nadima no había tenido una vida sencilla. El horror de aquella devastación la perseguía por las noches, en sus pesadillas. Podía pasar días sin hablar. Pero cuando lo hacía, lucía una destreza y una profundidad de palabra y pensamiento que no eran comunes para su edad. Pese a su evidente torpeza social, parecía ser muy inteligente.
Más de un experto había dicho que un shock postraumático tan severo la obligaría, a ella y a muchos profesionales, a hacer un arduo trabajo de integración. Y no estaba resultando fácil. La niña cumpliría once años a la semana siguiente, el día de Navidad, y, por momentos, parecía que poco más se podría hacer por ella. Pero nadie perdía la esperanza. Al menos, ya dominaba el idioma y sus adoptantes le agradaban.
- “Hábleme de ella, padre”, le dice de repente.
Él la rodea con el brazo, y empieza a contarle:
- “La abuela era una buena mujer, y muy culta, para lo que le tocó vivir. No muchas de su generación pudieron estudiar, pero ella lo hizo. Fue profesora de Derecho. En Austria, que es donde vivía, tenía fama de ser muy buena. Le ofrecieron trabajo en universidades muy prestigiosas, de muchos lugares del mundo, y ella eligió la de Rotterdam, por eso vino aquí. De hecho, el abogado que está con mamá allí dentro fue alumno suyo.
Pero te voy a decir algo. Lo que le apasionaba a tu abuela era escribir. Escribía historias geniales. Ahora que lo pienso, espera, déjame ver…”
En una esquina de la sala, apiladas contra la pared, había varias bolsas llenas de papeles. Él empieza a buscar, y toma una de ellas…
- “¡Mira, aquí están! Las historias de la abuela. Cuando lleguemos a casa, si quieres, las leemos.”
- “No, ¡yo quiero leerlas ahora!”, grita ella, arrebatándole a su padre la bolsa de las manos.
Se sienta en el suelo, en una esquina de la sala, y empieza a leer. Cuando él la ve clavar la mirada en el papel, entiende que poco podría hacer ya por llevarle la contraria. Se incorpora, y avanza hacia la mesa del secretario del despacho, que observaba la situación, y parecía comprender lo que estaba sucediendo.
- “Es muy lista para algunas cosas. Tiene una capacidad de concentración increíble. Cuando se centra en algo, se abstrae de la realidad, y puede olvidarse durante mucho tiempo de comer, de beber, de ir al baño, e incluso de dormir. Siempre recordaré aquella noche que se pasó en vela, el año pasado, viendo “Peter Pan” cinco o seis veces seguidas…”
El secretario asiente:
- “La complejidad de la mente es inmensa. Nunca dejará de sorprendernos. ¿Quién sabe? Puede que estemos ante una niña prodigio.”
Mientras tanto, ella buceaba en los mares de papel de su abuela. Lo primero que le llamó la atención fue una carpeta de gomas de color naranja, que destacaba de entre las demás, y tenía en la portada un papel pegado con celo que decía “Obras sin terminar”. La abrió, y se dio cuenta de que allí había algo que le interesaba.
Descubrió una serie de párrafos, escritos a máquina, que parecían fragmentos de historias a medio hacer. Había también ideas sueltas, de no más de cinco líneas, para otras nuevas. E incluso, había títulos sin nada escrito después. Por todas partes había subrayados, correcciones e indicaciones, a pluma o a bolígrafo, sobre cómo su autora pretendía desarrollarlas, sobre qué palabras o frases exactas querría usar en algún momento del texto que todavía desconocía pero que estaría por llegar, qué sensaciones había tenido cuando se le ocurrieron, o qué emociones pretendía generar en la persona que leyese cada historia en cada punto de ella.
Mientras examinaba el hallazgo con más atención, ocurrió algo fascinante: ella podía percibir lo que no estaba escrito. Imaginar palabras, frases, párrafos enteros que todavía no existían, y hacer como si estuviesen. Ver todo lo que podría haber sido, pero no fue. Como si alguien se lo susurrase al oído. Era capaz de vivir las sensaciones que habría tenido si en algún momento hubiese podido leer aquellas historias ya terminadas.
Leer… ¿o escribir? ¿Estaba siendo una simple lectora… o había llegado a encarnarse en la piel de la artista?
“Alma salvaje”. La historia de un niño que fue abandonado al pie de las montañas, y se crio durante siete años entre lobos. Era incapaz de andar erguido. En las indicaciones hechas a mano, ponía que, al poco de ser rescatado, entendería cómo funcionaba la humanidad, quedaría horrorizado, y regresaría corriendo al que siempre había sido su hogar. Esa vida no era para él.
“Quizá mamá lobo no le negó comida cuando él tenía hambre…”, pensaba la muchacha.
“Caída en el olvido”. Ésta parecía una idea mucho más desarrollada. Daba para una novela. Sería la historia de tres pilotos de aviones de guerra, derribados mientras sobrevolaban territorio enemigo. Una superviviente sería acogida en el país que la hicieron odiar, y descubriría que aquel misil sólo podría haber sido disparado desde su propia base.
La idea le parecía genial. ¿Qué motivos podría tener el ejército de un país para abatir a sus propias tropas?
“Un hogar para la mujer ciega”. Era sólo un título. No lo entendía, pero sonaba interesante.
¿Quién sería tan inhumano para negar cobijo a una mujer ciega, perdida en el bosque un día de lluvia?
Pero... ¡un momento! Mujer ciega… ¡ella había visto una hacía poco tiempo! Levanta la mirada del papel y… ¡allí estaba! En la mesa del secretario, a la derecha, había una figurita grisácea que le había llamado la atención cuando llegó. Era una mujer con los ojos vendados, que sostenía, en la mano izquierda, una balanza en equilibrio, alzada al cielo, y en la derecha, una espada, clavada con firmeza contra el suelo.
La niña deja los papeles a un lado, se levanta y se dirige a la mesa, a observar la figura.
- “¿Quién es ella?”, le pregunta sin reparo al secretario.
Éste le dedica una sonrisa amable, y le contesta:
- “Ella es Temis, la diosa griega de la Justicia.”
- “¿Y qué es la Justicia?”, pregunta ella de nuevo.
El secretario se queda perplejo. No se esperaba esa pregunta para nada. Es más, nunca nadie se la había hecho. De forma inconsciente, se empuja con los pies, contra la mesa, y su silla de ruedas retrocede varios centímetros. No tenía la respuesta.
- “A eso puedo responderte yo.”, suena una voz detrás de la niña.
Ella se da la vuelta y se encuentra con un hombre corpulento, trajeado. El abogado. Y detrás de él, su madre, sus tíos, y aquella mujer, observándola. Ya habían terminado.
Él toma la figura en sus manos, se inclina hacia la niña, y, ante la expectación de los presentes, como si de un cuento se tratara, le explica:
- “La diosa Temis, mi joven amiga, es el símbolo de la Justicia. La venda en sus ojos representa la imparcialidad. A ella le da igual quién seas. Por eso se dice que “la Justicia es ciega”. La balanza, en equilibrio, simboliza la igualdad, la equidad. Ella te tratará igual que a cualquier otro, y te premiará o te castigará según lo que merezcas. Y la espada simboliza la fuerza que se le confiere para hacer valer sus decisiones. Y esa fuerza emana de todo el pueblo.
Pero… ¿qué es la Justicia? Esto es como si me preguntas… ¿qué es el bien y qué es el mal? Nadie tiene la respuesta. A lo largo de la historia, quien ha creído que la tenía, al final sólo buscaba lo mejor para sí o para unos pocos. Y entre esas personas, ha existido alguna que ha hecho matar a miles, a veces millones de inocentes, por creer que era lo justo.
Nadie tiene la respuesta… pero cada persona tiene la suya, y actúa en consecuencia. Cada quien sigue su propia “voz”. Por eso, tú, y sólo tú, debes averiguar qué responderías si te hiciesen a ti esa pregunta. Y tienes toda la vida para hacerlo.”
- “Siempre recordaré aquella clase.”, concluye, dirigiéndose a la familia con tono nostálgico, tierno.
Por un instante, la niña se queda paralizada. ¿Acaso eso había sido lo que pensaba la abuela cuando se le ocurrió aquel título? ¿Darle un hogar a esa mujer ciega? Pero… ¿dónde podría encontrar la Justicia un lugar en el que querer quedarse? ¿Y esa voz…?
Comienza a dar vueltas por la estancia, sin rumbo, lento. Como si estuviera en vilo. Su mirada brillaba de una forma mística, imposible de descifrar. Firme, pero tierna. Curiosa, pero introspectiva. Abstraída, pero centrada en algún tipo de misterio. Y en lo más profundo, feliz…
La mujer ve que su hija aferraba, fuerte, contra sí, una de las bolsas en las que estaban los papeles que habían llegado desde la casa de la abuela, que en algún momento había cogido, y piensa que no sería mala idea que leyese alguna de las historias que escribía. Contándole cuentos con final feliz, se habían ganado su confianza. Y ella, con gusto, asumiría la difícil tarea de contestar, después, a todas sus preguntas.
Entonces, le acaricia el pelo a la niña, y le explica:
- “Eso que tienes ahí son las historias que escribía la abuela. Le gustaba mucho escribir, ¿sabes? Cuando lleguemos a casa, si quieres, las leemos.”
- “Diantha, cariño… lleva todo este tiempo leyéndolas”, le interrumpe su marido, riendo.
En ese momento, durante un breve instante, madre e hija cruzan miradas. La mujer siente un escalofrío.
- “Pero si es…” se le escapa.
No encontró más palabras.
Poco después, la familia abandona el lugar. Mientras las puertas del ascensor se cierran, la niña acierta a observar, por última vez, a través de la pared acristalada de la oficina, la figurita de la mujer ciega.
(…)
Unas horas más tarde, el abogado termina su jornada. Su secretario ya se había ido. Pone en orden el despacho, consulta el registro de llamadas por última vez, antes de dejar el teléfono a cargar, echa una visual al escritorio desde el marco de la puerta, apaga las luces, y abandona el lugar.
Al cerrar, se levanta una suave brisa que hace volar una hoja de papel que él había dejado encima de la impresora, porque había salido algo borrosa, y se había olvidado de tirarla.
La hoja, liviana, cae al suelo, boca arriba.
Era la última página del testamento de la abuela Adeline…
“Cláusula decimotercera. De mis creaciones no publicadas.
Respecto a mis obras terminadas, pero aún pendientes de publicación, estarán en mi casa natal, clasificadas en una carpeta de color azul, que indicará en su portada “Obras terminadas”. Lego todas ellas, con cuantos derechos otorgue la legislación sobre propiedad intelectual vigente, a mi hija Diantha. Deseo que sean publicadas, al libre criterio de Marjolein, mi editora de confianza, en caso de que me sucediere, o de cualquier otra editorial que mi hija o sus causahabientes consideren. Todo beneficio económico que pudiesen generar será donado a causas benéficas.
Y respecto a mis ideas, proyectos y obras no terminadas, estarán asimismo recogidas en una carpeta naranja, que indicará “Obras sin terminar”. Es mi deseo que permanezcan en el patrimonio familiar, siendo transmitidas generación tras generación, pudiendo ser mostradas a quien su propietario/a tenga a bien, pues es también mi deseo, y a la vez mi esperanza, que quizá, en algún momento, en algún lugar, mi palabra despierte el arte en la mirada de algún espíritu soñador, que se avenga a terminar lo que yo empecé… o a contar al mundo sus propias historias.”
(…)
Esa noche, el matrimonio estaba en el salón, cenando. La niña llevaba varias horas encerrada en su habitación, y ambos podían imaginar sus aventuras por los mundos imaginarios de su abuela.
Entonces, la puerta se abre, y una Nadima sonriente avanza corriendo hacia sus padres. Lleva en la mano una carpeta verde, que reconocen enseguida, porque era de las que había pedido aquel año para el curso escolar. Al llegar a su encuentro, sin previo aviso, se detiene y grita a viva voz:
- “¡Papá, mamá, ya sé qué quiero ser de mayor!”
¿“Papá” y “mamá”? Era la segunda vez que les llamaba así. La mujer baja el volumen de la televisión, y ambos la observan.
- “¿Y qué es, hija mía?”, le pregunta su padre, sonriéndole.
Entonces, la niña le entrega la carpeta que tenía en las manos. En la portada, pegado con celo, había un trozo de papel arrancado a mano de una cuartilla, en el que vagamente se podía leer:
“La voz de la diosa Temis”
- “¡Escritora!”, contesta ella, mirándole a los ojos. “Quiero terminar las historias de la abuela. Ahora seré yo la que os cuente cuentos.”
Sin esperar respuesta, la niña recupera su carpeta, se da la vuelta, regresa a la habitación y cierra de un portazo.
Nunca se la había visto tan ilusionada. Era como si de repente, a sus diez años, tan tiernos, hubiese encontrado su lugar en el mundo.
Aún perplejos, confusos, ninguno pudo evitar secarse una lágrima.
- “Jan, tú… tú también la has visto, ¿verdad?”, acierta a preguntar ella.
- “Su mirada” balbucea él. “Esa mirada es…”
- “La misma mirada”, sentencia ella, tomando en sus manos una foto que había en la mesa.
“Mamá…”
FIN.
Epílogo
Nadie dudó jamás de que las últimas voluntades de Adeline habían caído en buenas manos.
Y así, en los ojos de aquella niña, vivió, por siempre, la mirada de su abuela.
BW.

Me gusta mucho, disfruté al leerlo como, sólo algunas veces, un libro me "engancha". Para mí es tu mejor faceta, narrar sentimientos...
ResponderEliminarSí, creo que es una virtud que tengo e intento sacarle todo el partido que pueda. Me alegro mucho, y gracias!!
EliminarPrecioso. Lleno de sentimiento. Intrigante. Sensible. Relata, relata.....
ResponderEliminarFue un relato que hice por mero amor al arte. Se trata, este vez, simplemente de disfrutar la lectura. Muchas gracias!!
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