Las respuestas que tenga para las más grandes preguntas
revelan mucho sobre el desarrollo espiritual de una persona. Un desarrollo que
nunca es mejor ni peor, correcto o equivocado, sino más o menos rico en contenido.
¿Qué hay después de la muerte? ¿A qué se deben los
acontecimientos que nos ocurren en vida? ¿Cómo afrontar los enigmas que no
llegamos a esclarecer?
Y lo más importante: ¿cómo actuar en consecuencia?
CAMINOS A LA NADA
Parte 2 – La energía y el hogar de los recuerdos
Ahora, sé que somos seres efímeros. Que en algún momento
vinimos y en algún momento nos iremos. Que estamos de paso aquí, que todo seguirá
su ritmo cuando nos vayamos, que no somos imprescindibles, y que sólo en la
ciencia-ficción se alcanza la quimera de la inmortalidad.
Pero, ¿qué ocurre cuando nos vamos? ¿A dónde nos vamos? ¿Nos
vamos por completo?
Creo que, en el momento de nuestra muerte, nuestra
consciencia - que no conciencia - se esfumará sin ser consciente de su propia destrucción,
sin padecer ningún dolor ni sufrimiento.
Pero eso no significa que todo haya acabado. No significa
que nuestra existencia se borre de este mundo y ya no quede nada. Algo queda,
al menos durante un tiempo: nuestra energía. La energía que hayamos generado
mediante las interacciones que hayamos tenido con los demás. El efecto que hayamos
creado en la gente.
Mientras una mente esté viva, puede mantener viva la energía
de los demás, incluso la de aquellos que ya han partido. Por eso, de alguna manera,
aunque muramos, y aunque nunca vayamos a ser conscientes de ello, una parte de
nuestro ser, nuestra energía, permanecerá aquí.
Esa energía vive en los recuerdos. Sólo muere quien es
olvidado. Mientras alguien te recuerde, nunca morirás. Por momentos, alguien
pensará en ti; así seguirás vivo, en una especie de no-vida en una realidad
paralela. Quien te recuerde tendrá el poder de mantenerte aquí aun después de
muerto, pero también el de matarte de forma definitiva si te olvida.
Nuestros actos en vida nos sucederán. Son la huella que
dejaremos en este mundo cuando nuestro cuerpo y conciencia lo abandonen. Por eso,
debemos cuidarlos mucho. ¿Acaso no nos gustaría morir con la sensación de
saber, o al menos tener motivos para creer, que se hablará bien de nosotros
hasta que, tarde o temprano, la humanidad llegue a olvidarnos?
Porque ese es nuestro destino. Ser olvidados. Con
sutileza, lentamente, nuestra energía se irá diluyendo. La gente que nos quería
sufrirá nuestra partida, y al principio pensará mucho en nosotros, nuestra
energía les acompañará doquiera que vayan, y será como seguir vivos todo el
tiempo. Pero poco a poco, esos pensamientos caerán en frecuencia e intensidad.
No importa: es ley de vida. Vendremos, viviremos, moriremos, y nuestra energía
permanecerá en los recuerdos de la gente… hasta el último día en que alguien
piense en nosotros.
Así, poco a poco, la gente que nos recuerde dejará de
hacerlo. No es que hayamos dejado de importarles; es que tienen que pasar
página. Tienen que seguir sus vidas sin nosotros. De nada podemos culparles por olvidarnos. Si
sabemos que nos echarán de menos, que desearían que estuviésemos ahí, que nuestra
partida dejó dolor, ¿qué sentido tendría, qué clase de egoísmo sería, exigirles
que nos tengan siempre presentes en sus recuerdos?
Es obvio que después de muertos quisiéramos estar ahí
para ellos en sus malos momentos; pero no podemos acompañarles por siempre.
Deben ser capaces de dejar de necesitar recordarnos para sentirse bien, por
mucho que, de alguna forma, a nuestra energía deban parte de su felicidad.
Pero es una incoherencia: esto es imposible. No podemos
exigir ser recordados, por mucho bien que hiciéramos en vida; pero los demás lo
harán de todas formas. Porque el alma humana adora las emociones positivas. Las
busca, las vive, las recuerda, las provoca, las anhela, y… sí, las necesita.
Es inevitable algún que otro momento de sufrimiento. Nuestra
vida será más desafortunada cuanto más tiempo y con más intensidad suframos. Por
eso, siempre es bueno haberse rodeado de gente que, aunque ya haya partido, nos
permita refugiarnos en nuestros recuerdos, donde ella estará con nosotros y nos
dará fuerza para seguir.
De la misma forma, si tenemos la tan mala fortuna de
haber vivido una vida caótica, y sólo tenemos, o en su gran mayoría, malos
recuerdos de la gente que se haya ido, debemos asumir la difícil tarea de
tomárnoslo como una motivación para vivir más en el presente. Utilizar, en la
medida de lo posible, esos malos recuerdos como un motor que nos impulse lejos
de ellos, para disfrutar en la realidad y generar así recuerdos bonitos que los
expulsen de nuestra memoria.
Qué bello tiene que ser imaginarse que después de
muertos, podamos seguir velando por quienes quisimos. ¿Cómo cerrarnos a esa
posibilidad?
Eso se consigue en el ahora. Cuando nos toque irnos, si
bien es cierto que nunca llegaremos a saber los resultados, se acabó el tiempo.
Jamás podremos enmendar lo malo que hicimos; pero lo bueno también quedará marcado
a fuego.
También desde el otro bando debemos tomarnos esto con
naturalidad. Porque alguna vez nos tocará ser los supervivientes, seguir aquí
cuando quienes queramos se hayan ido. Lo más normal, por estadística, es que todos
nuestros mayores, y la mitad de aquellos seres queridos que se muevan en un
rango de edades cercano a la nuestra, mueran antes que nosotros. Despediremos
muchas veces antes de ser los despedidos. Y nos tocará mantenerlos vivos en
nuestros recuerdos.
¿Quién sabe si seremos el último eslabón de su cadena? ¿Quién
sabe si más tarde nuestra propia muerte será también su gran abismo al olvido
definitivo?
No se trata de un ciclo sin fin; sino de una parte del camino.
Nuestra energía sólo impregnará una pequeña y cada vez más minúscula parte de
la eterna línea del tiempo, a medida que ésta siga avanzando hacia el infinito.
Al final, no somos nada más que eso. Seres con la única y gran responsabilidad
de decidir qué escribir en esa parte de la interminable historia de la vida que
nos haya tocado protagonizar. Aunque nadie vaya a leerla jamás, estaría bien
que, al menos, fuese bonita. Por amor al arte.
Para mí…
Éstas son razones de sobra para querer aprovechar el
tiempo que me quede aquí. El tiempo en que mi energía haya de estar viva, tanto
mientras yo lo esté, como cuando me haya ido y ella se quede aquí, y encuentre hogar
en los recuerdos de quienes me sobrevivan.
Quiero ganarme el puesto del guerrero que aún tras su
partida luche contra los malos sentimientos de las personas a quienes quiso. No
puedo pretender que ellas me inmortalicen, y desearía que mi energía pudiese
limitarse a ser un feliz y orgulloso espectador que contemple sus vidas felices
cada vez que me recuerden. Pero si me necesitan, quiero estar ahí para ellos. Mi energía nunca se cansará de luchar.
Porque la fuerza de los buenos recuerdos no es invencible, pero sí inagotable.
Mientras invoquen mi recuerdo, no podrá morir. Y si ha de hacerlo, que sea tras
haber vencido.
Y vencerá. Vencerá cuando la última persona que me
recuerde se haya ido y su partida me sentencie al olvido. Cuando el mundo, por
fin, se olvide de que he pasado por él, y siga su curso sin mí. El tiempo
seguirá pasando y la Tierra seguirá girando. Impasible. Indiferente. Insensible.
La sensibilidad es cosa nuestra.
Una y mil veces he dicho que mi mayor deseo, mi mayor
sueño, es llegar a sentir que he hecho algo bueno por el mundo. Que he
contribuido, de una u otra forma, a mejorar la vida de quienes más quiero, y,
al final, la de toda la humanidad.
Y lo mantengo. Lo mantengo, si cabe, con más ilusión de
la que ya tenía. Porque ahora, creo que tengo la posibilidad de cumplir mis
sueños, alcanzar mis aspiraciones vitales, aun después de muerto.
Puede que una vida sin haber alcanzado ese sentimiento,
al final, no sea una vida vivida en fracaso. Puede que todavía quede tiempo.
Los recuerdos que haya podido sembrar, los recovecos en que mi energía haya podido
esconderse de los fantasmas del olvido, pueden convertirse en grandes
fortalezas donde pueda blandir sus armas, fiera.
Por eso voy a seguir. Por eso intentaré vivir, hasta
morir, siendo la mejor versión de mí mismo. Porque, aunque sea tras el fin de
mi existencia consciente, puede que termine valiendo la pena.
“Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma.
El alma de quien lo escribió, y el alma
de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él.”
Carlos Ruiz Zafón, en “La sombra del viento”.
Así, cada vez que un complejo cúmulo de casualidades
lleven a una persona a leer, la energía del escritor encontrará un nuevo hogar
en el calor de sus recuerdos.
La suya parece ser una de las existencias más longevas. Aunque
sea en un deformado baúl de paja en un rincón de un oscuro trastero, o en el
último estante al fondo de una polvorienta biblioteca, mientras quede un libro
suyo sin arder, seguirá viva la energía de quien una vez tomó la pluma.
Por eso, también, seguiré escribiendo. Para tener más
tiempo para cumplir mis sueños.
Puede que nunca llegue a sentir que lo he conseguido.
Pero puede que, para entonces, vivan personas que me
recuerden.
Y puede que ellas sí lo sientan.
BW.
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Me ha encantado. Preciosa reflexión. Emocionante, esperanzadora, alegre, vital, enérgica... Jamás te olvidará nadie con escritos como éste. Tienes una maravillosa pluma. ¡Qué bien escribes...!
ResponderEliminarTenía muchísimas ganas de publicar este texto y ver qué le parecía a la gente. A mí me parece de lo más extravagante que he hecho nunca, por eso le tengo tanto cariño. Gracias!!
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