Sinopsis -
Los “cuñados”, con la indiscutible influencia que tienen ante las personas más crédulas o más ignorantes – y, sobre todo, débiles de carácter – sobre el tema que ellos dicen dominar, logran su atención, en perjuicio de quienes realmente saben, pero no transmiten su conocimiento de la misma manera, sino que lo suelen hacer a través de vías más complejas (artículos, análisis, estudios, experimentos, libros, tesis doctorales…) que tienen un menor atractivo para el común de la sociedad; máxime en tiempos de la inmediatez, donde lo queremos todo rápido, directo y sencillo, lo que resulta imposible en cuestiones complejas.
El “cuñadismo” es un obstáculo para el conocimiento…
Prólogo
Esta publicación tiene una gran conexión con los inicios del blog, porque nació de la misma forma que las primeras: un debate entre amigos por WhatsApp, donde tuve que elaborar a conciencia una respuesta en las notas del móvil. Y después de varias horas de investigación y desarrollo a mayores, nació el primer borrador de este texto.
Me gusta bastante esta temática, y llevaba tiempo queriendo escribir sobre ella huyendo todo lo que fuera posible de inclinaciones ideológicas, aunque no lo he conseguido por completo.
Así, en
términos generales, aquí os presento a nuestros amigos, los “cuñados”.
DE LA BARRA DEL BAR
Conviviendo en sociedad, con una gran masa de la población que más bien prefiere alejarse de polémicas, existen los sarcásticamente denominados “cuñados”.
En lo cotidiano, el “cuñado” es esa persona que va por la vida predicando sus conocimientos, para generar a los demás – y a sí mismo – la idea de que sabe más que ellos, con independencia de que sea así o no.
“Invierte en Bitcoin, es el futuro”. “Ese coche te lo conseguía yo mil euros más barato”. “Lo que te hizo ese fontanero es una chapuza, haberme llamado a mí”. Es un recurso muy común, como podría ser levantarse una fachada de “tipo duro”, para ocultar detrás de ella las propias inseguridades. Es muy probable que conozcamos a alguien con este perfil.
En esta publicación hablaremos, pues, sobre el fenómeno del “cuñadismo”, pero obviando estas cuestiones más cotidianas, para centrarnos en el impacto sociopolítico que puede tener, pues, como veremos, es más grave de lo que parece. Vamos a ver qué es lo que pasa cuando los “cuñados” toman asiento en la barra del bar y empiezan a hablar de cuestiones más serias.
Existen dos perfiles básicos de “cuñado”: el cuñado fanático y el cuñado escéptico.
El cuñado fanático
El cuñado fanático es aquella persona que sistemáticamente toma partido por una ideología y la predica a los cuatro vientos cada vez que encuentra una oportunidad – y si no la encuentra, se las arregla para crearla –, adoptando como propia la parte del argumentario más sensacionalista que ésta tenga.
Entrando en polémica, hay que decir que, en cuestión de colores, por cultura y tradición, en España es lógico que quienes pequen de fanatismo cuñadil sean, con mucha mayor frecuencia, más próximos a lo que se conoce como “derecha”, pues las raíces ideológicas de las propuestas y el argumentario de este bando comulgan más fácilmente con este perfil, destacando, como en seguida veremos, su falta de pensamiento lateral.
Pero, aun siendo menos habitual, también existen los “cuñados” de izquierda. Con independencia de que estemos de acuerdo con las ideas que transmiten, no por ello podemos obviar que las han adquirido pasando por un proceso de aprehensión propio de un “cuñado”. No es tanto lo que dices ni lo que piensas, sino cuán complejo y rico en detalles ha sido el proceso que te ha llevado a sacar las conclusiones y posicionamientos que predicas.
El cuñado fanático, como la gran mayoría de ignorantes e ingenuos, se creerse a pies juntillas todo lo que le cuentan en los medios de comunicación – afines, por supuesto, a las ideas que venera –, se hace eco de ello, y lo predica.
Un cuñado fanático carece por completo de pensamiento lateral. Es decir, evalúa la realidad de forma básica y lineal, siguiendo la línea simplista de causa-efecto o la clasificación entre el bien y el mal, sin tener en cuenta interpretaciones alternativas de la misma o la influencia de factores externos que no se mencionan, o la existencia de causas o consecuencias a mayores de las que percibe. Ejemplo simple: si en un país hay poco paro, ese país va “bien”. Quizá eso no sea del todo cierto.
Por eso, este cuñado, siempre, pero siempre, pretende ser objetivo.
Su problema es que es incapaz de diferenciar entre lo que es una opinión y un simple análisis de la realidad. Los confunde. Una opinión no puede extraerse directamente de unos hechos objetivos. La opinión es subjetiva. Para opinar, el análisis de la realidad ha de fusionarse con un juicio subjetivo. La persona en cuestión tiene que ser capaz de tomar partido ante una discrepancia sin saber qué opina el resto de la gente. El análisis de la realidad no puede constituir opinión por sí solo. Y lo que le ocurre a este cuñado es que realiza ese juicio subjetivo sin darse cuenta; de ahí sus pretensiones de objetividad.
Su pseudo-objetividad viene muy ligada a su dogmatismo. El cuñado fanático, por supuesto, es un ser dogmático. Para él, el mundo se divide en blanco y negro. Hay una forma correcta de hacer las cosas, y hay una distinción correcta entre el bien y el mal: por supuesto, la que él dice. Su cerrazón mental es tal, que, desde sus ideas, que se cree a rajatabla, intenta hacerte sentir mal si no las secundas.
¿Y cómo lo hace? Te expondrá sus ideas de una manera populista, vacía, carente de contenido, apelando a tus emociones y haciendo valer una serie de valores que no expone, pero que tácitamente esgrime. No entiende cómo no eres capaz de entenderle.
Y es ahí donde sale a relucir el pateticismo cuñadil: si analizamos lo que dice, podremos concluir con toda seguridad que sus discursos están vacíos.
El cuñado escéptico
Por su parte, el cuñado escéptico es aquella persona que practica – pero, sobre todo, que predica – el desencanto y el desapego generalizado hacia la política, y lo hace desde una posición escéptica desde la que también, no obstante, ensalza su propia figura, la figura del “yo”, con el objetivo de transmitir “superioridad”.
Justo al contrario que su compadre el fanático, el cuñado escéptico desconfía sistemáticamente de lo que le cuentan en los medios, buscándole a todo el doble sentido o el significado oculto, y tendiendo con gran frecuencia al alarmismo.
Así, el cuñado escéptico presume de no tomar partido por nadie. De no tener ideología. O más bien, de tener la suya propia. De pensar por sí mismo. Esto, visto de primeras, puede ser algo incluso positivo en una sociedad; ahora bien, profundizando en el pensamiento del escéptico cuñadil, veremos que puede que no sea así.
El típico argumentario escéptico-cuñadil parte, siempre, de una hostilidad abstracta y generalizada hacia el sector político. Dispone de un sinfín de generalizaciones demagógicas y populistas – tipo “los políticos son unos corruptos y unos incompetentes, todos, no se salva ni uno” – que son muy socialmente aceptadas. Pero, al tiempo, el cuñado en cuestión se erige a sí mismo como una referencia de pensamiento independiente y verdadero, como “un portador de la verdad”.
“Yo soy la persona que necesitáis, el héroe sin capa que piensa por sí mismo, el lobo en este rebaño becerril, que lucha contra el sistema y bucea en sus maléficas entrañas, para mostraros esa terrible verdad que os esconden, y que si no fuera por mí nunca llegaríais a conocer”. No lo dice, pero lo piensa.
Y ahí es cuando empezamos a fruncir el ceño. Algo huele mal, y no nos falta razón. Porque cuando estemos ante alguien así, percibiremos el peor de sus defectos: su necesidad de destacar. Como cualquier cuñado, él entiende que un debate es una guerra y que él tiene que ser el vencedor; pero en su caso ocurre algo más: su autoestima es de pleno dependiente de su consideración social.
Así es. En el fondo, a este cuñado, cuando habla, lo que más le importa no es lo que sus palabras puedan aportar a la vida de las personas que le presten atención; sino la imagen que éstas se generen sobre él. No le importa tanto lo que pienses de lo que dice; le importa más lo que pienses de él. Él tiene que sentir que ha generado un impacto en ti. Él tiene que sentir tu aprobación y tu reconocimiento. Eso es lo que busca.
De la mano de ese enfoque egocéntrico, y de igual manera que su compañero fanático, el cuñado escéptico también dota a sus discursos de un contenido emocional. No es tanto lo que dice, sino cómo lo dice.
Ahora, hechas estas distinciones, hablemos de nuevo en términos generales...
El porqué: la confrontación como fuente de reconocimiento
Con independencia de las distinciones que podamos hacer, en todo cuñado se repite un patrón de comportamiento: la búsqueda de la confrontación.
Para un cuñado, cualquier conversación sobre algún tema candente, se convierte en discusión, o cuanto menos, en debate. Asocia cualquier intercambio de información y opiniones con una confrontación; y para él, en toda confrontación hay vencedores y vencidos.
El puñetazo en la barra del bar, cerveza en mano, cerrando el discurso que dio tras leer cierta noticia en el periódico o verla en el telediario, inicia una guerra sin cuartel, a la que llama a tomar partido a todo aquel que le haya escuchado. Quien acepte el desafío pondrá su reputación en juego en una discusión que no tardará en derivar por parajes más inhóspitos. Y, asimismo, dado que el perfil del “cuñado” es predominantemente masculino -o al menos eso me dice la experiencia-, en ciertos contextos también estará en juego la “masculinidad” de los contendientes, convirtiéndose la confrontación en una coloquial “medición de miembros”.
El cuñadismo es, también, llevar la contraria un poco “porque sí”. No cortarse en buscar una fragilidad, un punto débil en las opiniones ajenas, para sacarlo a relucir ante los presentes y tratar de derribar al interlocutor de turno. Eso, al cuñado, le genera la falsa sensación de creerse más listo. Tanto a base de abrazar dogmatismos débiles, como de llevar la contraria por gusto, intentar quedar “por encima” es un símbolo de identidad del cuñado.
Al tiempo, el cuñado es una persona reacia a las rectificaciones. Reacia hasta lo enfermizo. Sea lo que sea aquello en lo que cree, pone la mano en el fuego. Para él, rectificar es de débiles, es perjudicial para la reputación que quiere mantener.
Por esa razón, muchas veces, cuando el cuñado ve el momento de decir algo que le haga ganar ventaja en un debate que quizá haya iniciado él mismo y de mala manera, pero no sabe el qué, o cuando se siente en peligro porque sus ideas han sido cuestionadas y quiere defenderse, pero no sabe cómo, lo que hace es inventar.
Sí, así es: el cuñado, cuando no sabe, inventa.
Así, los cuñados se convierten en los principales divulgadores de bulos, pues saben bien que toda crítica hecha a viva voz y con mala uva va a recabar la atención de los presentes. Y como son tan reacios a rectificar, se convierten en la “resistencia” de estos bulos. Es decir, aunque se demuestre que su información es falsa o se ponga su veracidad en serias dudas, ellos van a seguir creyéndose en lo cierto. O, al menos, van a fingirlo.
El cuñado vive por y para sí, para su “ego”, que cultiva y refuerza en la búsqueda de su propio engrandecimiento sin mostrar deferencia alguna hacia los demás. Ello hace que tenga una evidente incapacidad para percibir los fenómenos sociales del presente; razón por la cual, en tantas ocasiones, en las raíces del cuñadismo también se observan tendencias antifeministas, negacionistas del cambio climático, o, en tiempos presentes, de la pandemia de coronavirus.
La explicación: la Ley de la Controversia de Benford y el Efecto Dunning-Kruger
El problema del cuñadismo no es algo casual; es posible entender cómo funciona.
Por una parte, esa emotividad y esa pasión con las que con tanto ahínco un cuñado se empeña en pronunciar sus discursos, pueden ser la prueba más evidente de que, muchas veces, sólo estamos ante un simple charlatán.
La explicación radica en una teoría sociológica, conocida como la Ley de la Controversia de Benford, que nos dice que cuando más contenido y trascendencia emocional tenga aquello que decimos, menos información estamos proporcionando.
“La pasión asociada a una discusión es inversamente proporcional
a la cantidad de información real disponible.”
(Gregory Benford)
Es fácil de distinguir. Si transcribimos su discurso y lo leemos con la voz de Siri, de Cortana o del traductor de Google, ocurrirá lo mismo que al abrir una bolsa de patatas fritas: se esfumará la mitad del contenido.
Y por otra parte, esa seguridad en sí mismo y en lo que predica, enarbolando su dogmatismo o escepticismo, y la falsa medalla de objetividad que se cuelga al cuello, muchas veces, lo que hacen es esconder, tras ella, su manifiesta incompetencia en la materia.
Para encontrarle explicación a esto podemos acudir a un sesgo cognitivo que ha sido bautizado como el Efecto Dunning-Kruger, que nos describe la paradoja de que quien tan poco sabe sobre una materia, se considere a sí mismo como una de las personas más competentes.
“La sobrevaloración del incompetente nace de la mala interpretación
de la capacidad de uno mismo. La infravaloración del competente
nace de la mala interpretación de la capacidad de los demás.”
(David Dunning & Justin Kruger)
Así, las personas con escasos conocimientos en una materia sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, midiendo erróneamente su competencia por encima de la real. Y en la otra cara de la moneda, esa falsa sensación de seguridad que tienen contribuye a la inseguridad en aquellas personas más competentes, ya de por sí dubitativas, que por ello son más propensas a sobrevalorar las capacidades de los demás.
Conclusión: el cuñadismo como obstáculo para el conocimiento
Por todo ello, es difícil concluir este post de otra manera: el cuñadismo es un obstáculo para el conocimiento.
Los “cuñados”, con la indiscutible influencia que tienen ante las personas más crédulas o más ignorantes – y, sobre todo, débiles de carácter – sobre el tema que ellos dicen dominar, logran su atención, en perjuicio de quienes realmente saben, pero no transmiten su conocimiento de la misma manera, sino que lo suelen hacer a través de vías más complejas (artículos, análisis, estudios, experimentos, libros, tesis doctorales…) que tienen un menor atractivo para el común de la sociedad; máxime en tiempos de la inmediatez, donde lo queremos todo rápido, directo y sencillo, lo que resulta imposible en cuestiones complejas.
Así, por un lado, el cuñadismo aleja al público potencial de quienes sí tienen conocimientos, pero no utilizan tretas ni sensacionalismo barato al comunicarse; y por el otro, sustituyen esa información con la suya propia, de mucha menor calidad.
“Uno de los dramas de nuestro tiempo está en que
aquellos que sienten que tienen la razón, son estúpidos,
y que la gente con imaginación y que comprende la realidad,
es la que más duda y más insegura se siente”.
(Bertrand Russell)
BW.
Me da más miedo el excéptico, pero este análisis te ha quedado muy masculino. Atrévete con las cuñadas. Lo espero.
ResponderEliminarMe gustaría limitarme a decir que, si bien el perfil de "cuñado" es predominantemente masculino, la mayor parte de este post tiene un enfoque más general. ¿No lo he conseguido? Entonces quizá todavía no sé, al menos no lo suficiente como para escribir sobre ello, cómo funciona la mente de una "cuñada". Me extraña, pero tendré que dejar la duda...
EliminarSólo es una cuestión de lenguaje inclusivo. Pero diferenciando por sexos, las cuñadas de bar no abordan los mismos temas que ellos.....
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