6 ene 2017

A CONTRACORRIENTE


Sinopsis
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Tras nacer, siguiendo nuestros instintos, los seres humanos buscamos relacionarnos con nuestros iguales y nos integramos en comunidades. Pero ocurre que ello no puede hacerse a cualquier precio. La sociedad, permanentemente, obstaculiza nuestra libertad de pensamiento y reduce nuestra autonomía de voluntad. Pocos se plantean hacerle frente, convirtiéndose de este modo en disidentes, y debiendo remar a contracorriente si quieren ser ellos mismos. ¿Somos completamente libres a la hora de tomar decisiones?

Os ofrezco este planteamiento también a modo de presentación, pues a lo largo de este texto podrá deducirse un poco qué tipo de mente es la mía.

A CONTRACORRIENTE

A lo largo de la historia, muy pocas decisiones han sido tan sencillas de tomar para la mente humana. Se trata de una opción que ante ella es planteada como única, y solamente un selecto grupo de avispadas mentes, por una u otra razón, han sido capaces de pensárselo dos veces.

El ser humano es un animal. Los animales realizan tres funciones vitales, que son la nutrición, la reproducción y la relación.

Decidir si nutrirse o no es tarea fácil. Nada que decir al respecto. O comes y bebes, o te mueres. No tienes opción.

Decidir si reproducirse o no ya está en nuestras manos. En el libre ejercicio de la formación de nuestra personalidad y valiéndonos de nuestra capacidad racional para tomar decisiones, podemos optar por dejar descendencia o no hacerlo. Es cosa de cada uno. Tampoco es éste el quid de la cuestión. Podemos, o al menos deberíamos poder, decidir si reproducirnos o no sin ser sometidos a presión alguna, y sin que ello conlleve para nosotros más consecuencias que las naturales en uno u otro caso.

Y en último lugar, y aquí pretendo incidir, está la función vital de relación. El humano es un ser social, que instintivamente tiende a convivir en comunidades, en compañía de sus iguales. Lo que ocurre es que ello no puede hacerse a cualquier precio. Integrarse plenamente en una comunidad supone aceptar una serie de normas; asimilar como cotidianas y adecuadas una serie de conductas; adquirir unos u otros valores morales dentro de un reducido espectro de posibilidades; tener unas u otras preferencias a la hora de tomar decisiones; actuar aspirando a unos u otros fines... La comunidad a la que pertenece el individuo, y de modo independiente quienes también forman parte de la misma, van a influir en el modo de pensar de los nuevos miembros.

Al comenzar a recibir esas influencias de multitud de agentes externos rodeándola, la mente humana tiene que decidir. O se supone que debería hacerlo. Está preparada para ello.

Y la decisión que tiene que tomar es a la que he hecho referencia al principio del texto. Debe decidir si asimila o no las normas, las conductas, los valores, las preferencias y los fines vitales que se le incitan a asimilar. Y cuando digo "asimilar" me refiero a aceptar todo ello como propio.

Si lo hace, el individuo pasará a ser uno más de la comunidad, la cual le recibirá con los brazos abiertos. Supuestamente, ha hecho lo que debía. Y algo en su interior le sugerirá que ha dado un paso de gigante en la búsqueda de la satisfacción de su necesidad básica de relacionarse con los de su especie.

Pero... ¿Y si no lo hace? ¿Y si decide no hacerlo?

Aquí pretendía yo llegar. ¿Por qué son tan raros los casos, por qué es tan selecto el grupo de individuos que se decanta por la otra opción?

Pues es así porque, simplemente, todo cuanto nos rodea, desde que nacemos y a medida que crecemos, lleva ejerciendo sobre nosotros una influencia y una presión tales que no nos deja otro remedio. Nuestra poderosa mente ha sido vencida sin siquiera haberse planteado combatir.

Uno tras otro, nacemos, crecemos y nos integramos plenamente en una comunidad, en la que conviviremos con nuestros iguales, sin habernos detenido a pensar, sin haber podido decidir si lo queríamos o no. Nos sometemos a sus normas; realizamos las conductas que se consideran aceptables y nos abstenemos de realizar las que no lo son; adquirimos los valores morales que nos inculcan al educarnos; tomamos nuestras decisiones en función de las preferencias que se nos sugiere tener; y buscamos una serie de fines para nuestra vida ya bajo la influencia de la opinión de los demás, del "qué dirán"... Y así, tratamos de darle sentido a nuestra existencia.

No me tachen de antisocial. No estoy diciendo que sea una mala, incorrecta o desaconsejable opción. Lo que critico es que todo esté dispuesto para que ésta se nos plantee como única.

Por eso he dicho que es una de las decisiones, a la par que relevantes, más sencillas de tomar para nosotros. O sigues la corriente, optando por ello en un momento en que la misma ya hace tiempo que te está arrastrando consigo, o decides frenarte en seco y luchar contra ella para tomar otro camino.

Pero ocurre que, más que una decisión, es prácticamente una obligación a punta de pistola. La comunidad a la que pertenecemos se alza ante nosotros como un poderoso ser que nos dice: "o estás conmigo, o contra mí”.

Y como es tan potente su influencia, sólo un selecto grupo de individuos, por una u otra razón, se han visto en condiciones de decidir libremente. Y de entre ellos, también sólo unos pocos, osados, han dado un paso más y han escogido la opción contraria, socialmente desaconsejable.

Me considero uno de ellos, y por ello puedo ponerme como ejemplo. Pude decidir si aceptaba lo que me sugerían y me sugieren, a lo que me incitaban y me incitan, y dije que no. Llevo ya años remando a contracorriente. Aún era una pequeña criaturita cuando miré a los ojos a ese poderoso ser, que es la comunidad de la que formo parte, y le dije que no estaba con ella y que no contase conmigo, porque me negaba y me niego a ser solamente uno más.

Nunca sabré si mi decisión es correcta, pero de lo que estoy completamente seguro es de que es la más dura y la más arriesgada de ambas.

No me gustan las normas. No me gustan, como tales. Sé cómo, a mi pesar, han podido llegar ahí arriba y mantenerse sin que casi nadie pretenda derribarlas y sin que nadie logre hacerlo, y hablaré de ello en otras ocasiones. Para mí, con esfuerzo y dedicación, son posibles la paz, la igualdad, la prosperidad y el completo desarrollo humano en una sociedad mundial sin normas. Sociedad en la que creo firmemente.

Sí suelo realizar muchas de esas conductas que se suponen correctas y aceptables. Lo que pasa es que lo hago porque lo he decidido. Me he planteado no hacerlo. Yo he podido planteármelo, pero tengo la impresión de que muchos no. No han sido libres, la sociedad ha restringido su libertad de pensamiento desde que nacieron. Y yo, aunque no sé por qué, sí he sido libre. De todos modos, nada malo tengo que decir a los demás, si así son felices o así buscan serlo, tienen todo mi respeto e incluso mi apoyo si se trata de personas a las que aprecio. Siempre diré que nadie es nadie para juzgar a nadie.

Para nada he adquirido muchos de los valores que la sociedad ha pretendido inculcarme desde que nací. Tarde o temprano dedicaré un escrito al individualismo y la competitividad, que son dos de los pilares básicos tanto de la comunidad a la que pertenezco como de prácticamente la totalidad de las comunidades humanas a lo largo y ancho del globo. Ya adelanto que esos dos valores no los he asimilado, no los tengo como propios, más bien lo contrario. Y a estas alturas, eso no va a cambiar.

Las preferencias que tiene la inmensa mayoría de mis coetáneos tampoco coinciden en gran medida con las mías. Imagino que ello estará relacionado con nuestros valores, y ello me hace también un poco diferente. ¿Humanismo o prosperidad económica? ¿Morir de pie o vivir de rodillas? ¿El fin justifica los medios? No todos responderemos lo mismo ante grandes preguntas, y no todos daremos respuestas coherentes con lo que verdaderamente pensamos, aunque creamos que lo estamos haciendo.

Y por supuesto, lo más importante. Mis fines, mis aspiraciones, mis objetivos vitales, son muy distintos de los más usuales. Para mí, el significado de la palabra “vida” es mucho mayor de lo que podemos imaginar.

Mi mente es rebelde. Es algo que ni me enorgullece ni me atormenta, pues yo no lo he decidido. A quien me llame “rebelde”, quiera insultarme o halagarme, he de darle la razón.

Cuántas veces me habrán dicho que estoy equivocado...

Cuántas veces he querido cerrar los ojos, dejar de nadar sensu contrario y dejarme llevar por la corriente...

Cuántas veces me habrán sugerido darme la vuelta y seguirla, y cuántas veces habré estado a punto de hacerlo, atendiendo a las plegarias de mis extenuados brazos que ya no podían más...

Día tras día, fruto de esa enorme presión que recibo de la sociedad, tengo dudas. Me pregunto quién soy, hacia dónde me dirijo, cuál es mi lugar...

¿Valentía o estupidez? Moriré sin saberlo. Y ojalá, al morir, como ya me han comentado algunas personas de lo más fantasiosas, algo o alguien vaya a darme la posibilidad de contemplar desde el más allá las consecuencias que, durante mi paso por la Tierra y tras él, hayan provocado o vayan a provocar mis actos.

Para terminar, antes de nada, quisiera decir que, pese a lo tajantes y contundentes que hayan podido sonar mis palabras -pues creo que se me da bien dotar de sentimiento, energía y espíritu a cada puñado de caracteres que escribo en un papel o una pantalla- no desearía que se me acusara de pecar de superioridad moral. La mía es una opinión más. Disidente, sí, pero una más.

El mensaje que quiero dejar con esta crítica, además de mi admiración y apoyo a aquellos que, al igual que yo, tratan de hacer frente a la corriente si consideran que ésta no les llevará a buen puerto, es que creo que todos y cada uno de nosotros debemos poder forjarnos nuestras propias opiniones y tomar nuestras decisiones sin recibir constantemente presión de la sociedad, y mucho menos desde niños. Y hoy por hoy, ello es muy difícil. La actuación de la sociedad para con sus nuevos miembros constituye un ataque frontal contra su libertad de pensamiento.

Ya decidamos, tras meditarlo, hacer caso al "qué dirán", ya decidamos luchar contra él y levantarnos cada vez que tan poderoso enemigo nos tumba, debemos poder hacerlo siendo libres.

Algo que hace muy, muy grande a una persona ante mis ojos, es el saber ser, en todo momento y circunstancia y con todas sus consecuencias, ella misma. Y saber decidir, en medio de la corriente, cuándo y por qué nadar en dirección contraria y cuándo y por qué dejarse llevar.

BW.

9 comentarios:

  1. Hijo de contracorrientes practicantes...en muchos sentidos.

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  2. Sin aceptar como válido todo el pensamiento y el modus vivendi expuesto opino, al igual que tú, que la socialización forzosa del ser humano limita sus vivencias y su desarrollo, para mí intentar navegar entre las dos opciones, el sí y él no, es la máxima posibilidad de vida en libertad de pensamiento, el sí a todo y el no a todo son simplemente imposibles, lo primero sería esclavitud lo segundo utopía, hermosa utopía.

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    1. La grandeza de la libertad de pensamiento es infinita, la verdad es que, a diferencia de ti, yo no sabría dónde hallar sus máximes. La capacidad para decir "no", en el ámbito social, será distinta para cada uno, quizá dependa del grado en que cada uno de nosotros nos hallemos vinculados a la misma, de cuánto tengamos que perder y hasta qué punto estemos dispuestos a correr ese riesgo. Me alegra haber despertado tu interés, y muchas gracias por tu aportación.

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  3. Me ha encantado, me he reflejado en varias cosas contigo. Yo también suelo ir en contracorriente a esta sociedad que te mete por los ojos lo que a la mayoría de las personas les pareceo políticamente correcto. Enhorabuena pir tu post.

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    1. Me alegra haber despertado tu interés. Teniendo valor para desvincularte de lo políticamente correcto, sabrás, como yo, lo difícil que resulta en muchas ocasiones. Muchas gracias, por tu aportación y por tu apoyo.

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  4. Me ha encantado, me he reflejado en varias cosas contigo. Yo también suelo ir en contracorriente a esta sociedad que te mete por los ojos lo que a la mayoría de las personas les pareceo políticamente correcto. Enhorabuena pir tu post.

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  5. Un relato refrescante, con un estilo fluido, directo y nada ampuloso, a pesar de lo profundo del tema. El libre albedrío frente a la todopoderosa sociedad y sus normas.... Comparto tu idea de que es importante reflexionar antes de decidir si amoldarse a las normas y convenciones sociales. Por desgracia, la mayoría de los mortales, conforme vamos cumpliendo años y décadas, encontramos más costoso remar "a contracorriente" de la monolítica sociedad. Me ha encantado el relato, espero leer pronto algún otro texto tuyo.

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    1. Me congratula recibir esta opinión, pues precisamente tenía, inicialmente, el miedo a pecar de reincidencia. Creo que lo que dices puede ser cierto, aunque a alguien aún bastante joven le cuesta comprender hasta qué punto. Como he respondido anteriormente, quizá nuestra capacidad de decir "no" dependa de cuán ligados estemos a la sociedad y cuánto tengamos que perder. En cualquier caso, me alegra haber despertado tu interés, y agradezco tu apoyo y tu aportación.
      P.D: En principio, aquí publicaré un texto cada dos semanas. Un saludo.

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