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Tras nacer, siguiendo nuestros instintos, los seres humanos buscamos relacionarnos con nuestros iguales y nos integramos en comunidades. Pero ocurre que ello no puede hacerse a cualquier precio. La sociedad, permanentemente, obstaculiza nuestra libertad de pensamiento y reduce nuestra autonomía de voluntad. Pocos se plantean hacerle frente, convirtiéndose de este modo en disidentes, y debiendo remar a contracorriente si quieren ser ellos mismos. ¿Somos completamente libres a la hora de tomar decisiones?
Os ofrezco este planteamiento también a modo de presentación, pues a lo largo de este texto podrá deducirse un poco qué tipo de mente es la mía.
A
CONTRACORRIENTE
A lo largo de la historia,
muy pocas decisiones han sido tan sencillas de tomar para la mente
humana. Se trata de una opción que ante ella es planteada como
única, y solamente un selecto grupo de avispadas mentes, por una u
otra razón, han sido capaces de pensárselo dos veces.
El ser humano es un
animal. Los animales realizan tres funciones vitales, que son la
nutrición, la reproducción y la relación.
Decidir si nutrirse o no
es tarea fácil. Nada que decir al respecto. O comes y bebes, o te
mueres. No tienes opción.
Decidir si reproducirse o
no ya está en nuestras manos. En el libre ejercicio de la formación
de nuestra personalidad y valiéndonos de nuestra capacidad racional
para tomar decisiones, podemos optar por dejar descendencia o no
hacerlo. Es cosa de cada uno. Tampoco es éste el quid de la
cuestión. Podemos, o al menos deberíamos poder, decidir si
reproducirnos o no sin ser sometidos a presión alguna, y sin que
ello conlleve para nosotros más consecuencias que las naturales en
uno u otro caso.
Y en último lugar, y aquí
pretendo incidir, está la función vital de relación. El humano es
un ser social, que instintivamente tiende a convivir en comunidades,
en compañía de sus iguales. Lo que ocurre es que ello no puede
hacerse a cualquier precio. Integrarse plenamente en una comunidad
supone aceptar una serie de normas; asimilar como cotidianas y
adecuadas una serie de conductas; adquirir unos u otros valores
morales dentro de un reducido espectro de posibilidades; tener unas u
otras preferencias a la hora de tomar decisiones; actuar aspirando a
unos u otros fines... La comunidad a la que pertenece el individuo, y
de modo independiente quienes también forman parte de la misma, van
a influir en el modo de pensar de los nuevos miembros.
Al comenzar a recibir esas
influencias de multitud de agentes externos rodeándola, la mente
humana tiene que decidir. O se supone que debería hacerlo. Está
preparada para ello.
Y la decisión que tiene
que tomar es a la que he hecho referencia al principio del texto.
Debe decidir si asimila o no las normas, las conductas, los valores,
las preferencias y los fines vitales que se le incitan a asimilar. Y
cuando digo "asimilar" me refiero a aceptar todo ello como
propio.
Si lo hace, el individuo
pasará a ser uno más de la comunidad, la cual le recibirá con los
brazos abiertos. Supuestamente, ha hecho lo que debía. Y algo en su
interior le sugerirá que ha dado un paso de gigante en la búsqueda
de la satisfacción de su necesidad básica de relacionarse con los
de su especie.
Pero... ¿Y si no lo hace?
¿Y si decide no hacerlo?
Aquí pretendía yo
llegar. ¿Por qué son tan raros los casos, por qué es tan selecto
el grupo de individuos que se decanta por la otra opción?
Pues es así porque,
simplemente, todo cuanto nos rodea, desde que nacemos y a medida que
crecemos, lleva ejerciendo sobre nosotros una influencia y una
presión tales que no nos deja otro remedio. Nuestra poderosa mente
ha sido vencida sin siquiera haberse planteado combatir.
Uno tras otro, nacemos,
crecemos y nos integramos plenamente en una comunidad, en la que
conviviremos con nuestros iguales, sin habernos detenido a pensar,
sin haber podido decidir si lo queríamos o no. Nos sometemos a sus
normas; realizamos las conductas que se consideran aceptables y nos
abstenemos de realizar las que no lo son; adquirimos los valores
morales que nos inculcan al educarnos; tomamos nuestras decisiones en
función de las preferencias que se nos sugiere tener; y buscamos una
serie de fines para nuestra vida ya bajo la influencia de la opinión
de los demás, del "qué dirán"... Y así, tratamos de
darle sentido a nuestra existencia.
No me tachen de
antisocial. No estoy diciendo que sea una mala, incorrecta o
desaconsejable opción. Lo que critico es que todo esté dispuesto
para que ésta se nos plantee como única.
Por eso he dicho que es
una de las decisiones, a la par que relevantes, más sencillas de
tomar para nosotros. O sigues la corriente, optando por ello en un
momento en que la misma ya hace tiempo que te está arrastrando
consigo, o decides frenarte en seco y luchar contra ella para tomar
otro camino.
Pero ocurre que, más que
una decisión, es prácticamente una obligación a punta de pistola.
La comunidad a la que pertenecemos se alza ante nosotros como un
poderoso ser que nos dice: "o estás conmigo, o contra mí”.
Y como es tan potente su
influencia, sólo un selecto grupo de individuos, por una u otra
razón, se han visto en condiciones de decidir libremente. Y de entre
ellos, también sólo unos pocos, osados, han dado un paso más y han
escogido la opción contraria, socialmente desaconsejable.
Me considero uno de ellos,
y por ello puedo ponerme como ejemplo. Pude decidir si aceptaba lo
que me sugerían y me sugieren, a lo que me incitaban y me incitan, y
dije que no. Llevo ya años remando a contracorriente. Aún era una
pequeña criaturita cuando miré a los ojos a ese poderoso ser, que
es la comunidad de la que formo parte, y le dije que no estaba con
ella y que no contase conmigo, porque me negaba y me niego a ser
solamente uno más.
Nunca sabré si mi decisión es correcta, pero de
lo que estoy completamente seguro es de que es la más dura y la más
arriesgada de ambas.
No me gustan las normas.
No me gustan, como tales. Sé cómo, a mi pesar, han podido llegar
ahí arriba y mantenerse sin que casi nadie pretenda derribarlas y
sin que nadie logre hacerlo, y hablaré de ello en otras ocasiones.
Para mí, con esfuerzo y dedicación, son posibles la paz, la
igualdad, la prosperidad y el completo desarrollo humano en una
sociedad mundial sin normas. Sociedad en la que creo firmemente.
Sí suelo realizar muchas
de esas conductas que se suponen correctas y aceptables. Lo que pasa
es que lo hago porque lo he decidido. Me he planteado no hacerlo. Yo
he podido planteármelo, pero tengo la impresión de que muchos no.
No han sido libres, la sociedad ha restringido su libertad de
pensamiento desde que nacieron. Y yo, aunque no sé por qué, sí he
sido libre. De todos modos, nada malo tengo que decir a los demás,
si así son felices o así buscan serlo, tienen todo mi respeto e
incluso mi apoyo si se trata de personas a las que aprecio. Siempre
diré que nadie es nadie para juzgar a nadie.
Para nada he adquirido
muchos de los valores que la sociedad ha pretendido inculcarme desde
que nací. Tarde o temprano dedicaré un escrito al individualismo y
la competitividad, que son dos de los pilares básicos tanto de la
comunidad a la que pertenezco como de prácticamente la totalidad de
las comunidades humanas a lo largo y ancho del globo. Ya adelanto que
esos dos valores no los he asimilado, no los tengo como propios, más
bien lo contrario. Y a estas alturas, eso no va a cambiar.
Las preferencias que tiene
la inmensa mayoría de mis coetáneos tampoco coinciden en gran
medida con las mías. Imagino que ello estará relacionado con
nuestros valores, y ello me hace también un poco diferente.
¿Humanismo o prosperidad económica? ¿Morir de pie o vivir de
rodillas? ¿El fin justifica los medios? No todos responderemos lo
mismo ante grandes preguntas, y no todos daremos respuestas
coherentes con lo que verdaderamente pensamos, aunque creamos que lo
estamos haciendo.
Y por supuesto, lo más
importante. Mis fines, mis aspiraciones, mis objetivos vitales, son
muy distintos de los más usuales. Para mí, el significado de la
palabra “vida” es mucho mayor de lo que podemos imaginar.
Mi mente es rebelde. Es
algo que ni me enorgullece ni me atormenta, pues yo no lo he
decidido. A quien me llame “rebelde”, quiera insultarme o
halagarme, he de darle la razón.
Cuántas veces me habrán
dicho que estoy equivocado...
Cuántas veces he querido
cerrar los ojos, dejar de nadar sensu contrario y dejarme
llevar por la corriente...
Cuántas veces me habrán
sugerido darme la vuelta y seguirla, y cuántas veces habré estado a
punto de hacerlo, atendiendo a las plegarias de mis extenuados brazos
que ya no podían más...
Día tras día, fruto de
esa enorme presión que recibo de la sociedad, tengo dudas. Me
pregunto quién soy, hacia dónde me dirijo, cuál es mi lugar...
¿Valentía o estupidez?
Moriré sin saberlo. Y ojalá, al morir, como ya me han comentado
algunas personas de lo más fantasiosas, algo o alguien vaya a darme
la posibilidad de contemplar desde el más allá las consecuencias
que, durante mi paso por la Tierra y tras él, hayan provocado o
vayan a provocar mis actos.
Para
terminar, antes de nada, quisiera decir que, pese a lo tajantes y
contundentes que hayan podido sonar mis palabras -pues creo que se me
da bien dotar de sentimiento, energía y espíritu a cada puñado de
caracteres que escribo en un papel o una pantalla- no desearía que
se me acusara de pecar de superioridad moral. La mía es una opinión
más. Disidente, sí, pero una más.
El mensaje que quiero
dejar con esta crítica, además de mi admiración y apoyo a aquellos
que, al igual que yo, tratan de hacer frente a la corriente si
consideran que ésta no les llevará a buen puerto, es que creo que
todos y cada uno de nosotros debemos poder forjarnos nuestras propias
opiniones y tomar nuestras decisiones sin recibir constantemente
presión de la sociedad, y mucho menos desde niños. Y hoy por hoy,
ello es muy difícil. La actuación de la sociedad para con sus
nuevos miembros constituye un ataque frontal contra su libertad de
pensamiento.
Ya decidamos, tras
meditarlo, hacer caso al "qué dirán", ya decidamos luchar
contra él y levantarnos cada vez que tan poderoso enemigo nos tumba,
debemos poder hacerlo siendo libres.
Algo que hace muy, muy
grande a una persona ante mis ojos, es el saber ser, en todo momento
y circunstancia y con todas sus consecuencias, ella misma. Y saber
decidir, en medio de la corriente, cuándo y por qué nadar en
dirección contraria y cuándo y por qué dejarse llevar.
BW.

Hijo de contracorrientes practicantes...en muchos sentidos.
ResponderEliminarCiertamente :D
EliminarSin aceptar como válido todo el pensamiento y el modus vivendi expuesto opino, al igual que tú, que la socialización forzosa del ser humano limita sus vivencias y su desarrollo, para mí intentar navegar entre las dos opciones, el sí y él no, es la máxima posibilidad de vida en libertad de pensamiento, el sí a todo y el no a todo son simplemente imposibles, lo primero sería esclavitud lo segundo utopía, hermosa utopía.
ResponderEliminarLa grandeza de la libertad de pensamiento es infinita, la verdad es que, a diferencia de ti, yo no sabría dónde hallar sus máximes. La capacidad para decir "no", en el ámbito social, será distinta para cada uno, quizá dependa del grado en que cada uno de nosotros nos hallemos vinculados a la misma, de cuánto tengamos que perder y hasta qué punto estemos dispuestos a correr ese riesgo. Me alegra haber despertado tu interés, y muchas gracias por tu aportación.
EliminarMe ha encantado, me he reflejado en varias cosas contigo. Yo también suelo ir en contracorriente a esta sociedad que te mete por los ojos lo que a la mayoría de las personas les pareceo políticamente correcto. Enhorabuena pir tu post.
ResponderEliminarMe alegra haber despertado tu interés. Teniendo valor para desvincularte de lo políticamente correcto, sabrás, como yo, lo difícil que resulta en muchas ocasiones. Muchas gracias, por tu aportación y por tu apoyo.
EliminarMe ha encantado, me he reflejado en varias cosas contigo. Yo también suelo ir en contracorriente a esta sociedad que te mete por los ojos lo que a la mayoría de las personas les pareceo políticamente correcto. Enhorabuena pir tu post.
ResponderEliminarUn relato refrescante, con un estilo fluido, directo y nada ampuloso, a pesar de lo profundo del tema. El libre albedrío frente a la todopoderosa sociedad y sus normas.... Comparto tu idea de que es importante reflexionar antes de decidir si amoldarse a las normas y convenciones sociales. Por desgracia, la mayoría de los mortales, conforme vamos cumpliendo años y décadas, encontramos más costoso remar "a contracorriente" de la monolítica sociedad. Me ha encantado el relato, espero leer pronto algún otro texto tuyo.
ResponderEliminarMe congratula recibir esta opinión, pues precisamente tenía, inicialmente, el miedo a pecar de reincidencia. Creo que lo que dices puede ser cierto, aunque a alguien aún bastante joven le cuesta comprender hasta qué punto. Como he respondido anteriormente, quizá nuestra capacidad de decir "no" dependa de cuán ligados estemos a la sociedad y cuánto tengamos que perder. En cualquier caso, me alegra haber despertado tu interés, y agradezco tu apoyo y tu aportación.
EliminarP.D: En principio, aquí publicaré un texto cada dos semanas. Un saludo.