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Una luz tenue en la lejanía, una mano muerta colándose en sus entrañas y un misterioso susurro al oído cuyo mensaje no llegó a comprender. Él vivirá un día único, en el que experimentará un sinfín de sensaciones nuevas no sin la compañía de la molesta sensación de que algo raro estaba ocurriendo. Cuando la terrible verdad que se ocultaba tras todo ello salga a la luz, se dará cuenta de que aquel día su vida había cambiado para siempre. Se le acababa el tiempo...
Nota del autor
Esta
obra tiene un toque personal que resultará muy evidente para todo
aquel que me conozca, y no sólo porque yo mismo soy su protagonista.
Contiene una serie de mensajes que forman parte de mi filosofía de
vida, y sólo quien “sienta” la lectura podrá captarlos con
nitidez.
Le
tengo un cariño inmenso a esta historia que escribí el año pasado
por estas fechas. La leo ahora y sonrío, viendo cómo ha
evolucionado mi carácter desde entonces.
Os
convido a disfrutarla conmigo.
MAÑANA,
A LA MISMA HORA
Era
un miércoles como otro cualquiera. Abrí los ojos antes de que
sonase el despertador. Sabía lo que tocaba, pues el día anterior me
había ocupado, como todos, de planificarme el siguiente.
Me
esperaba una dura mañana, con mis cinco horitas de clase, para luego
volver a casa, descansar un poco, irme a nadar un rato a la piscina,
retornar de nuevo al hogar y cenar junto a mi familia, disfrutando de
un capítulo nuevo de esa serie que tanto nos gustaba.
Somnoliento,
me tomé mi desayuno, como siempre contundente, y me aseé. Ese día
me apetecía ponerme guapo. Escogí mi camisa blanca, mis vaqueros
recién planchados, mis deportivas recién limpias, y esa chaqueta de
punto azul marina que tanto me encantaba.
Me
dirigí a la facultad. Un cielo despejado, un aroma exquisito a
hierba recién cortada y mi música electrónica me acompañaban
durante el trayecto.
Casi
eran las nueve y media. Iba un poco justo de tiempo, pero ya me
quedaba poco para llegar. Solamente tenía delante ese maldito cruce
de cuatro carriles cuyos semáforos parecían siempre ponerse de
acuerdo en cambiar al color sangre justo cuando yo me acercaba.
Tras
un breve lapso de tiempo que me pareció interminable, los susodichos
aparatejos me indicaron que ya podía seguir mi camino. Inconsciente
de mí, jamás habría podido imaginar la que me esperaba cuando
llegase a la mitad del cruce.
A
un lado había un camión de dimensiones considerables, que respetó
fielmente el código de circulación y se detuvo cuando se lo
mandaron. Pero ese día, se ve que aparte de mí alguien más llevaba
prisa. Tras dejar yo el camión atrás, desde detrás de él,
irrumpió ante mis ojos la figura de un coche oscuro que había
decidido no frenar.
La
velocidad que llevaba en ese momento era, para que nos hagamos una
idea, la misma que llevaría yo escapando de cualquier insecto
volador que se me hubiese acercado a menos de medio metro.
¿Tristeza,
rabia, terror? No tuve tiempo de poner nombre a lo que sentí en
aquel momento. Repentinamente, ante mí, todo se volvió negro.
No
sé cuánto tiempo pasó hasta que volví a abrir los ojos. Solamente
una luz tenue, en la lejanía, parecía estar intencionadamente
dispuesta para que yo pudiese identificar a la criatura que tenía
ahora ante mí. Un esqueleto, cubierto con un manto negro y guadaña
oxidada en mano. No me hizo falta comerme mucho el tarro para deducir
que era la Muerte quien había hecho acto de presencia.
Se
acercó a mí. No aprecié sentimiento alguno en esos huecos vacíos
en los que los humanos tenemos los ojos. Introdujo su huesuda mano en
mi cabeza. La sacó. La volvió a introducir en mi pecho. La sacó de
nuevo. Entonces, acercóse a mi cuello y, susurrándome al oído, me
dijo: "Mañana, a la misma hora".
Después, se dio la vuelta y comenzó a alejarse. Quise seguirla, pero
no podía moverme. Únicamente me pareció observar que se llevaba
algo en las manos.
¿Mañana,
a la misma hora? Genial, estupendo. Un mensaje algo más clarito era
mucho pedir, ¿no?
En
medio de la oscuridad que me rodeaba, mientras trataba de buscarle
sentido a esas palabras, me invadió un destello de luz cegadora que
me hizo perder el conocimiento. Cuando abrí los ojos de nuevo, me
encontré tendido en el suelo en el mismo lugar de antes.
Sin
pararme a pensar mucho, miré la hora. Eran las nueve y media.
Increíble. No había pasado ni un solo minuto. Tras unos instantes,
decidí que lo más lógico era que todo habían sido imaginaciones
mías, y que seguramente me había mareado por la falta de sueño. Me
levanté y continué mi camino.
Llegué
a clase. Todo parecía normal, así que me despreocupé. Me senté
donde siempre, con dos compañeros con los que tengo buena relación,
y la clase comenzó.
El
día transcurría como otro cualquiera hasta que al profesor se le
ocurrió la fantástica idea de fechar un examen parcial para mañana
mismo.
Sorprendentemente,
en comparación con la frustración y mala uva que sin duda
invadieron a todos mis compañeros de clase, a mí no pareció
afectarme en absoluto la noticia. ¿Dónde estaban mis preocupaciones
y mi ansiedad?
La
clase terminó. Decidí salir al pasillo para tomar un respiro. Y,
allí, la vi a ella.
En
ese momento recordé por qué aquella mañana se me había ocurrido
vestirme bien. Ella iba a venir hoy a clase. Y yo quería que, si
reparaba en mi presencia, se llevase una buena imagen.
Pensé
que lo que iba a ocurrir era lo de siempre. Fruto del miedo y la
inseguridad que siempre tengo cuando hablo con una chica, lo más
probable era que yo bajase la mirada, balbucease sutilmente un saludo
y pasase enfrente suya como si nada.
Pero
me equivocaba. Esta vez, su siempre intimidatoria presencia no me
hizo bajar la mirada. Esta vez su sutil sonrisa no me hizo estremecer
por dentro. Esta vez me saludó y yo, no contento con devolverle el
saludo, me detuve a su lado y comencé a hablar con ella.
Qué
lista, qué agradable y qué simpática era. Así la tenía yo
idealizada desde hacía tiempo y parecía que no me había
equivocado. Mi fino sentido del humor se activó, cuando normalmente
sólo lo hacía ante mis más allegados, y logró sacarle una
carcajada y una sonrisa pronunciada, dedicada a mí. ¿Dónde estaban
mi miedo y mi inseguridad?
Me
pasé el resto de la mañana pensando en qué demonios estaba
ocurriendo. Pero a la vez, noté que a cada minuto que pasaba estaba
de mejor humor. Sonreía, y conversaba alegremente con el resto de
mis compañeros en los cambios de clase. ¿Dónde estaban mi apatía
y mi negatividad?
Desde
luego, estaba siendo un día fuera de lo común. Y todavía me
esperaban más sorpresas. La siguiente, llegó cuando terminó la
última clase y me despedí de mis dos compañeros antes de regresar
a casa.
Mi
despedida no fue una despedida corriente. Abracé a ambos con
efusividad, fruto del aprecio que les tengo y rara vez les muestro de
esa forma. Durante ambos abrazos, sentí que mi corazón latía más
rápido. ¿Dónde estaba mi frialdad?
Lo
más llamativo vino después, mientras me alejaba. Les miré, ya
desde lejos, y me invadió una extraña sensación, como si aquella
fuese la última vez que les veía. ¿Qué estaba pasando?
Llegué
a casa. No había nadie allí. Recordé que ese día mi hermana tenía
clases a la tarde, mi padre estaba trabajando fuera de la ciudad y mi
madre había acudido a la comida de despedida de una compañera de
trabajo suya. Me tocaba comer solo.
Al
terminar, mi móvil me avisó de que alguien me reclamaba. Unos
amigos míos me sugerían salir a tomar algo a la tarde. Yo acepté
sin dudar, y concerté con ellos el sitio y la hora, antes de colgar
esbozando una sonrisa.
Y
no me había olvidado del examen de mañana, pero parecía no
importarme en absoluto. ¿No eran mis prioridades justo a la inversa?
El
caso es que, de allí a un rato, estaba con ellos en la terraza de
siempre. Mi buen humor continuaba siendo evidente. Reí y bromeé
mucho más de lo habitual. Era como si tuviese el día feliz, sin
motivo aparente, lo cual no dejaba de ser un misterio, pues no me
caracterizaba yo por ser una persona de actitud cambiante.
Al
final de la tarde, cuando ya hacía tiempo que había decidido
renunciar a la idea de ir a la piscina, tal y como tenía planeado,
me invadió una gran angustia. Ésta la conocía yo bien. Me decía
que tenía algo que hacer, y se me estaba acabando el tiempo.
Llegó
el momento de despedirse e irse cada uno a su casa. Y en esa
despedida, sucedió algo que terminó de romperme los esquemas. Mi
ritmo cardíaco ascendió de nuevo, y la sensación de que aquella
despedida era la definitiva volvió a invadirme. Además, cuando me
alejaba, me entraron ganas de llorar. ¿Dónde estaba mi
insensibilidad?
De
camino a casa, cuando había conseguido controlar aquel cúmulo de
emociones, que me estaba angustiando seriamente, me encontré con
otro grupo de amigos míos.
Éstos
eran mis fieles compañeros, con los que siempre podía contar
cuando, tras caer la noche, quería dejarme caer por las discotecas
de la ciudad - algo que rara vez sucedía, dicho sea de paso -.
Precisamente habían quedado sin mí para hacer unas comprillas en
vista a una popular fiesta que iba a tener lugar en mi ciudad, a la
que yo no podría ir, pues en esos días, el flexo de mi mesa de
estudio iba a ser mi más leal compañero, como buen estudiante de
Derecho en época de exámenes que era.
Hablando
con ellos, la sensación de que tenía algo que hacer y se me acababa
el tiempo pareció concederme una tregua. Al terminar, llegó de
nuevo una despedida.
Más
abrazos con efusividad por mi parte. Aquello ya no era normal. Creo
que en un día había dado más que en todo lo que llevábamos de
año. Mi ritmo cardíaco se volvio a elevar, esta vez ya a niveles
que desconocía. Otra vez, algo me decía que aquello no era un
adiós, que era un hasta siempre. Y por ello me volvieron a invadir
las ganas de llorar, las cuales, cuando comencé a alejarme de ellos,
ya no pude contener.
Sangre,
sudor y lágrimas – nunca mejor dicho - me costó esta vez retomar
el control de mi mente. De ninguna forma quería que mi familia me
viese en ese estado al llegar a casa. No quería dar ningún tipo de
explicaciones, pues, además de que acostumbraba a ser alguien que se
guardaba sus problemas para sí mismo, en esta ocasión ni yo
entendía cuál era la fuente de todos ellos.
Llegué
a casa. Mi familia estaba cenando en el salón. Recordé que en el
plan que me había hecho para aquel día estaba incluido cenar en su
compañía, viendo un capítulo nuevo de esa serie que tanto nos
gustaba.
Pero
no estaba yo de humor ni tenía hambre ninguna. Más bien, tenía un
nudo en el estómago y un buen montón de preocupaciones encima, que
sabía de buena tinta que mi habitual insensibilidad no iba a ser
capaz de ocultar.
Así
las cosas, decidí saludar como si nada ocurriese, engañarles
diciendo que ya había cenado fuera, y encerrarme en mi cuarto.
Apagué
la luz. Me tumbé en la cama, boca arriba, mirando al techo. Tenía
que haber una explicación lógica que pudiese esclarecer los porqués
de todo lo que me había pasado durante ese día.
Pese
a ser una persona con defectos, no tenía un pelo de tonto. Si
aquellos sucesos y sensaciones nuevas habían tenido lugar
precisamente ese día, sin duda también ese día habría tenido
lugar aquello que supuso el origen de todos ellos.
Quise
ponerme a pensar, pero no me era fácil concentrarme. De repente, la
ya familiar sensación de que se me acababa el tiempo quiso retornar
a mi cabecita y volver a descolocármela. Si algo importante iba a
pasar, tendría que ser al día siguiente.
En
un momento dado, como ser precavido que soy, se me ocurrió programar
el despertador. A fin de cuentas, nada me iba a librar de asistir a
clase, mañana, a la misma hora.
Y
sí. Había encontrado la respuesta. Había dicho "Mañana, a la
misma hora".
Cinco
endemoniadas palabras que hicieron que se me helara la sangre.
Mentalmente, desfilaron ante mí recuerdos de todo lo que me había
sucedido durante el día.
Ahora...
todo tenía sentido.
Lo
había conseguido. Había logrado atar todos los cabos, y la
conclusión a la que llegué me hizo desear con todas mis fuerzas
estar equivocado. Pero no lo estaba.
Lo
que me había sucedido hoy a la mañana, al dirigirme a clase, había
sido real, no me lo había imaginado. Ese coche oscuro me había
atropellado y yo, en estos momentos, ya estaba muerto.
Morí,
cuando en aquel instante comencé a verlo todo oscuro. Lo que ocurrió
es que la Muerte había decidido no llevarme todavía.
La
Muerte, aunque sabía que tenía que llevarme consigo, no había
querido ser tan injusta como la vida, que me había dado la espalda
de esa manera tan absurda. Si había justicia en ese mundo, era
innegable que, para una persona tan joven, morir atropellada una
mañana como otra cualquiera, camino de la facultad, no era un final
digno. Esa persona, yo mismo, tenía unos objetivos que cumplir, unos
sueños por los que luchar, y una compañía, la de sus seres
queridos, de la que tenía que haber podido disfrutar durante más
tiempo.
En
aquel momento en que vi alejarse a la Muerte, cuando me dio la
impresión de que se llevaba algo entre manos, estaba en lo cierto.
Ella, al hundir su huesuda mano en mi cabeza y en mi corazón, me
había hecho un favor.
Me
había arrebatado algo. Algo que me sobraba. Todo aquello que había
echado en falta durante el día. Se llevó consigo mis
preocupaciones, mi ansiedad, mi miedo, mi inseguridad, mi apatía, mi
negatividad, mi frialdad y mi insensibilidad.
Por
eso no me preocupó ni me produjo ansiedad ninguna la noticia del
examen de mañana.
Por
eso no había tenido miedo ni inseguridad y me había atrevido a
mirar a los ojos a la chica que me gustaba, hablar con ella y hacerla
reír.
Por
eso mi apatía y mi negatividad me habían dejado de lado durante esa
mañana y había podido sonreír, estar de buen humor y conversar
alegremente con mis compañeros.
Por
eso no habían sido, como normalmente eran, fríos, sino efusivos,
los abrazos que les había dado a todos mis amigos.
Y
no había podido contener mis ganas de llorar, por la sencilla razón
de que mi insensibilidad ya no me acompañaba en ese momento.
La
sensación de que se me acababa el tiempo tenía ahora una
explicación lógica y coherente. Y esa explicación radicaba en el
susurro de la Muerte a mi oído aquella mañana."Mañana, a la
misma hora", yo moriría.
Así,
por cortesía de la Muerte, había disfrutado de un día extra sobre
la faz de la Tierra, cuando se supone que ya debería haber pasado a
mejor vida. Y ella quiso llevarse consigo, en aquel momento, todo
aquello que residía en mi cabeza y mi corazón y que me habría
impedido vivir mis últimas horas como jamás lo había hecho.
Una
vez deduje todo ello, lo que hice a continuación supuso quizá el
mayor reto al que jamás me había enfrentado, y que nunca habría
querido tener delante. Tenía que despedirme de mi familia, por
última vez, aunque ellos no lo supiesen. No quería que supiesen que
jamás volverían a verme, y que mi paso por la Tierra tocaba a su
fin.
La
única opción que tenía era ser fuerte. Tenía que retener todo el
dolor dentro de mí, no transmitírselo a ellos de ningún modo. Por
fortuna, tras haber invertido no poco esfuerzo en calmarme y mantener
la cabeza fría, lo conseguí.
Entré
en el salón, y me despedí como de costumbre. Le acaricié
suavemente el pelo a mi hermana, le di una colleja afectuosa a mi
padre, le di dos besos a mi madre y salí del lugar sin mirar atrás.
Volví
a mi lecho y me acosté, sabiendo perfectamente que no iba a ser
capaz de dormir.
Como
ya no me quedaba nada por hacer, la sensación de que se me acababa
el tiempo cesó en su ahínco de oprimirme el estómago y
dificultarme la respiración.
No
quería despedirme de nadie más, ni del resto de mi familia ni del
resto de mis amigos, pues siempre quise, cuando me tocase irme de
este mundo, poder hacerlo de golpe y sin hacer ruido. Y para bien o
para mal, en ese momento podía decidir que así fuera.
Me
sentí aliviado por haberme dado cuenta de lo que estaba pasando
cuando ya me quedaba poco tiempo. Sin duda, de haberlo sabido antes,
ese día habría sido completamente distinto. Y me alegraba de que
no hubiese sido así. Ojalá, si después de esa viniese otra vida,
la pudiese comenzar teniendo presente todo lo que había aprendido,
especialmente, aquel último día que había vivido por cortesía de
la Muerte.
El
resto de la noche lo pasé haciendo un balance mental de mi corta
vida. Me daba lástima dejar aquí a tanta gente querida, tantos
proyectos a medias, y tantas metas que me iba a quedar con la intriga
de saber si habría cumplido o no.
Sin
embargo, llegué a una conclusión que me dejó una sensación
agradable en el cuerpo. Me di cuenta de que durante todo ese tiempo
había sido, o al menos había intentado ser, la persona que yo
quería. Que durante mi breve existencia me había sabido ganar el
cariño de mucha gente que, aunque sufriría mi partida, había
disfrutado de mi compañía y mi afecto mientras yo viví. Que, pese
a que dejaría proyectos sin terminar y metas por cumplir, hasta el
fin de mis días había hecho todo cuanto había estado en mi mano
para ello.
Jamás
sabré si aquellas conclusiones eran acertadas. Lo mismo había dicho
verdades como puños, como había logrado autoengañarme para que me
resultasen más llevaderas mis últimas horas.
A
la mañana siguiente, esperé a que toda mi familia hubiese salido de
casa, encaminándose cada uno a hacer frente a su rutina diaria.
Sabía
perfectamente qué tenía que hacer y adónde debía dirigirme, y que
era inútil intentar huir. Así, a las nueve y veinticinco, me
presenté en aquel maldito cruce.
Allí
vi todo tal y como lo recordaba. Era como si el tiempo se hubiese
detenido. Aquel coche oscuro, sin duda el que el día anterior se
dirigía a toda velocidad hacia mí justo antes de que yo perdiese la
consciencia, estaba ahora parado. Su conductor, un hombre
aparentemente joven, estaba quieto en el asiento, mirando
aterrorizado a través del parabrisas, como si estuviese a punto de
atropellar a alguien.
Me
dirigí al lugar que me correspondía ocupar. La Muerte me estaba
esperando. A plena luz del día, en mitad del cruce, observándome.
Me detuve frente a ella, y, mirándola, desde lo mas hondo de mi
corazón, le di las gracias.
Le
di las gracias, por haberme permitido vivir, aunque fuese mi último
día, siendo exactamente el tipo de persona que siempre había
querido ser. Llevaba toda la vida luchando por eliminar, uno por uno,
todos los obstáculos que me lo impedían, y ella se había llevado
de golpe los que quedaban.
Y
le di las gracias también, por permitirme abandonar este mundo
sabiendo qué es lo que verdaderamente importa. O mejor dicho,
quiénes, pues lo que verdaderamente importa son las personas. Iba a
morir sin haber sabido lo que se sentía teniendo poder, fama o
dinero, pero tenía el firme convencimiento de que no sería nada
comparable a saber que siempre había tenido varias manos amigas
tendidas para mí cuando las necesitase, y una familia que siempre me
había apoyado y había creído en mí incluso cuando yo había
llegado a dudar de mí mismo.
Por
un momento, me pareció ver que ella asentía con la cabeza ante mis
sinceros agradecimientos.
Ya
eran las nueve y media.
Mi
momento había llegado.
Ocupé
mi lugar.
La
Muerte se hizo a un lado.
Y
entonces, sin detenerse, el coche oscuro siguió su camino...
BW.

Inquietante.
ResponderEliminarAngustioso.
Fantástico.
Me ha encantado.
De lo mejorcito que te he leído.
Muchas gracias, me alegra que hayas disfrutado la lectura!
EliminarUn desnudo integral de sentimientos, sueños y esperanzas, una clara intención de mostrar una senda por la que transitar, como decía Machado, caminante no hay camino, se hace camino al andar, no dejes pues que nadie te dicte por dónde caminar. Gran relato, gran persona ...
ResponderEliminarMuchas gracias, me alegra que hayas disfrutado la lectura! Y gracias también por el cumplido!
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