20 may 2017

MAÑANA, A LA MISMA HORA


Sinopsis
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Una luz tenue en la lejanía, una mano muerta colándose en sus entrañas y un misterioso susurro al oído cuyo mensaje no llegó a comprender. Él vivirá un día único, en el que experimentará un sinfín de sensaciones nuevas no sin la compañía de la molesta sensación de que algo raro estaba ocurriendo. Cuando la terrible verdad que se ocultaba tras todo ello salga a la luz, se dará cuenta de que aquel día su vida había cambiado para siempre. Se le acababa el tiempo...

Nota del autor

Esta obra tiene un toque personal que resultará muy evidente para todo aquel que me conozca, y no sólo porque yo mismo soy su protagonista. Contiene una serie de mensajes que forman parte de mi filosofía de vida, y sólo quien “sienta” la lectura podrá captarlos con nitidez.

Le tengo un cariño inmenso a esta historia que escribí el año pasado por estas fechas. La leo ahora y sonrío, viendo cómo ha evolucionado mi carácter desde entonces.

Os convido a disfrutarla conmigo.

MAÑANA, A LA MISMA HORA

Era un miércoles como otro cualquiera. Abrí los ojos antes de que sonase el despertador. Sabía lo que tocaba, pues el día anterior me había ocupado, como todos, de planificarme el siguiente.

Me esperaba una dura mañana, con mis cinco horitas de clase, para luego volver a casa, descansar un poco, irme a nadar un rato a la piscina, retornar de nuevo al hogar y cenar junto a mi familia, disfrutando de un capítulo nuevo de esa serie que tanto nos gustaba.

Somnoliento, me tomé mi desayuno, como siempre contundente, y me aseé. Ese día me apetecía ponerme guapo. Escogí mi camisa blanca, mis vaqueros recién planchados, mis deportivas recién limpias, y esa chaqueta de punto azul marina que tanto me encantaba.

Me dirigí a la facultad. Un cielo despejado, un aroma exquisito a hierba recién cortada y mi música electrónica me acompañaban durante el trayecto.

Casi eran las nueve y media. Iba un poco justo de tiempo, pero ya me quedaba poco para llegar. Solamente tenía delante ese maldito cruce de cuatro carriles cuyos semáforos parecían siempre ponerse de acuerdo en cambiar al color sangre justo cuando yo me acercaba.

Tras un breve lapso de tiempo que me pareció interminable, los susodichos aparatejos me indicaron que ya podía seguir mi camino. Inconsciente de mí, jamás habría podido imaginar la que me esperaba cuando llegase a la mitad del cruce.

A un lado había un camión de dimensiones considerables, que respetó fielmente el código de circulación y se detuvo cuando se lo mandaron. Pero ese día, se ve que aparte de mí alguien más llevaba prisa. Tras dejar yo el camión atrás, desde detrás de él, irrumpió ante mis ojos la figura de un coche oscuro que había decidido no frenar.

La velocidad que llevaba en ese momento era, para que nos hagamos una idea, la misma que llevaría yo escapando de cualquier insecto volador que se me hubiese acercado a menos de medio metro.

¿Tristeza, rabia, terror? No tuve tiempo de poner nombre a lo que sentí en aquel momento. Repentinamente, ante mí, todo se volvió negro.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que volví a abrir los ojos. Solamente una luz tenue, en la lejanía, parecía estar intencionadamente dispuesta para que yo pudiese identificar a la criatura que tenía ahora ante mí. Un esqueleto, cubierto con un manto negro y guadaña oxidada en mano. No me hizo falta comerme mucho el tarro para deducir que era la Muerte quien había hecho acto de presencia.

Se acercó a mí. No aprecié sentimiento alguno en esos huecos vacíos en los que los humanos tenemos los ojos. Introdujo su huesuda mano en mi cabeza. La sacó. La volvió a introducir en mi pecho. La sacó de nuevo. Entonces, acercóse a mi cuello y, susurrándome al oído, me dijo: "Mañana, a la misma hora".

Después, se dio la vuelta y comenzó a alejarse. Quise seguirla, pero no podía moverme. Únicamente me pareció observar que se llevaba algo en las manos.

¿Mañana, a la misma hora? Genial, estupendo. Un mensaje algo más clarito era mucho pedir, ¿no?

En medio de la oscuridad que me rodeaba, mientras trataba de buscarle sentido a esas palabras, me invadió un destello de luz cegadora que me hizo perder el conocimiento. Cuando abrí los ojos de nuevo, me encontré tendido en el suelo en el mismo lugar de antes.

Sin pararme a pensar mucho, miré la hora. Eran las nueve y media. Increíble. No había pasado ni un solo minuto. Tras unos instantes, decidí que lo más lógico era que todo habían sido imaginaciones mías, y que seguramente me había mareado por la falta de sueño. Me levanté y continué mi camino.

Llegué a clase. Todo parecía normal, así que me despreocupé. Me senté donde siempre, con dos compañeros con los que tengo buena relación, y la clase comenzó.

El día transcurría como otro cualquiera hasta que al profesor se le ocurrió la fantástica idea de fechar un examen parcial para mañana mismo.

Sorprendentemente, en comparación con la frustración y mala uva que sin duda invadieron a todos mis compañeros de clase, a mí no pareció afectarme en absoluto la noticia. ¿Dónde estaban mis preocupaciones y mi ansiedad?

La clase terminó. Decidí salir al pasillo para tomar un respiro. Y, allí, la vi a ella.

En ese momento recordé por qué aquella mañana se me había ocurrido vestirme bien. Ella iba a venir hoy a clase. Y yo quería que, si reparaba en mi presencia, se llevase una buena imagen.

Pensé que lo que iba a ocurrir era lo de siempre. Fruto del miedo y la inseguridad que siempre tengo cuando hablo con una chica, lo más probable era que yo bajase la mirada, balbucease sutilmente un saludo y pasase enfrente suya como si nada.

Pero me equivocaba. Esta vez, su siempre intimidatoria presencia no me hizo bajar la mirada. Esta vez su sutil sonrisa no me hizo estremecer por dentro. Esta vez me saludó y yo, no contento con devolverle el saludo, me detuve a su lado y comencé a hablar con ella.

Qué lista, qué agradable y qué simpática era. Así la tenía yo idealizada desde hacía tiempo y parecía que no me había equivocado. Mi fino sentido del humor se activó, cuando normalmente sólo lo hacía ante mis más allegados, y logró sacarle una carcajada y una sonrisa pronunciada, dedicada a mí. ¿Dónde estaban mi miedo y mi inseguridad?

Me pasé el resto de la mañana pensando en qué demonios estaba ocurriendo. Pero a la vez, noté que a cada minuto que pasaba estaba de mejor humor. Sonreía, y conversaba alegremente con el resto de mis compañeros en los cambios de clase. ¿Dónde estaban mi apatía y mi negatividad?

Desde luego, estaba siendo un día fuera de lo común. Y todavía me esperaban más sorpresas. La siguiente, llegó cuando terminó la última clase y me despedí de mis dos compañeros antes de regresar a casa.

Mi despedida no fue una despedida corriente. Abracé a ambos con efusividad, fruto del aprecio que les tengo y rara vez les muestro de esa forma. Durante ambos abrazos, sentí que mi corazón latía más rápido. ¿Dónde estaba mi frialdad?

Lo más llamativo vino después, mientras me alejaba. Les miré, ya desde lejos, y me invadió una extraña sensación, como si aquella fuese la última vez que les veía. ¿Qué estaba pasando?

Llegué a casa. No había nadie allí. Recordé que ese día mi hermana tenía clases a la tarde, mi padre estaba trabajando fuera de la ciudad y mi madre había acudido a la comida de despedida de una compañera de trabajo suya. Me tocaba comer solo.

Al terminar, mi móvil me avisó de que alguien me reclamaba. Unos amigos míos me sugerían salir a tomar algo a la tarde. Yo acepté sin dudar, y concerté con ellos el sitio y la hora, antes de colgar esbozando una sonrisa.

Y no me había olvidado del examen de mañana, pero parecía no importarme en absoluto. ¿No eran mis prioridades justo a la inversa?

El caso es que, de allí a un rato, estaba con ellos en la terraza de siempre. Mi buen humor continuaba siendo evidente. Reí y bromeé mucho más de lo habitual. Era como si tuviese el día feliz, sin motivo aparente, lo cual no dejaba de ser un misterio, pues no me caracterizaba yo por ser una persona de actitud cambiante.

Al final de la tarde, cuando ya hacía tiempo que había decidido renunciar a la idea de ir a la piscina, tal y como tenía planeado, me invadió una gran angustia. Ésta la conocía yo bien. Me decía que tenía algo que hacer, y se me estaba acabando el tiempo.

Llegó el momento de despedirse e irse cada uno a su casa. Y en esa despedida, sucedió algo que terminó de romperme los esquemas. Mi ritmo cardíaco ascendió de nuevo, y la sensación de que aquella despedida era la definitiva volvió a invadirme. Además, cuando me alejaba, me entraron ganas de llorar. ¿Dónde estaba mi insensibilidad?

De camino a casa, cuando había conseguido controlar aquel cúmulo de emociones, que me estaba angustiando seriamente, me encontré con otro grupo de amigos míos.

Éstos eran mis fieles compañeros, con los que siempre podía contar cuando, tras caer la noche, quería dejarme caer por las discotecas de la ciudad - algo que rara vez sucedía, dicho sea de paso -. Precisamente habían quedado sin mí para hacer unas comprillas en vista a una popular fiesta que iba a tener lugar en mi ciudad, a la que yo no podría ir, pues en esos días, el flexo de mi mesa de estudio iba a ser mi más leal compañero, como buen estudiante de Derecho en época de exámenes que era.

Hablando con ellos, la sensación de que tenía algo que hacer y se me acababa el tiempo pareció concederme una tregua. Al terminar, llegó de nuevo una despedida.

Más abrazos con efusividad por mi parte. Aquello ya no era normal. Creo que en un día había dado más que en todo lo que llevábamos de año. Mi ritmo cardíaco se volvio a elevar, esta vez ya a niveles que desconocía. Otra vez, algo me decía que aquello no era un adiós, que era un hasta siempre. Y por ello me volvieron a invadir las ganas de llorar, las cuales, cuando comencé a alejarme de ellos, ya no pude contener.

Sangre, sudor y lágrimas – nunca mejor dicho - me costó esta vez retomar el control de mi mente. De ninguna forma quería que mi familia me viese en ese estado al llegar a casa. No quería dar ningún tipo de explicaciones, pues, además de que acostumbraba a ser alguien que se guardaba sus problemas para sí mismo, en esta ocasión ni yo entendía cuál era la fuente de todos ellos.

Llegué a casa. Mi familia estaba cenando en el salón. Recordé que en el plan que me había hecho para aquel día estaba incluido cenar en su compañía, viendo un capítulo nuevo de esa serie que tanto nos gustaba.

Pero no estaba yo de humor ni tenía hambre ninguna. Más bien, tenía un nudo en el estómago y un buen montón de preocupaciones encima, que sabía de buena tinta que mi habitual insensibilidad no iba a ser capaz de ocultar.

Así las cosas, decidí saludar como si nada ocurriese, engañarles diciendo que ya había cenado fuera, y encerrarme en mi cuarto.

Apagué la luz. Me tumbé en la cama, boca arriba, mirando al techo. Tenía que haber una explicación lógica que pudiese esclarecer los porqués de todo lo que me había pasado durante ese día.

Pese a ser una persona con defectos, no tenía un pelo de tonto. Si aquellos sucesos y sensaciones nuevas habían tenido lugar precisamente ese día, sin duda también ese día habría tenido lugar aquello que supuso el origen de todos ellos.

Quise ponerme a pensar, pero no me era fácil concentrarme. De repente, la ya familiar sensación de que se me acababa el tiempo quiso retornar a mi cabecita y volver a descolocármela. Si algo importante iba a pasar, tendría que ser al día siguiente.

En un momento dado, como ser precavido que soy, se me ocurrió programar el despertador. A fin de cuentas, nada me iba a librar de asistir a clase, mañana, a la misma hora.

Y sí. Había encontrado la respuesta. Había dicho "Mañana, a la misma hora".

Cinco endemoniadas palabras que hicieron que se me helara la sangre. Mentalmente, desfilaron ante mí recuerdos de todo lo que me había sucedido durante el día.

Ahora... todo tenía sentido.

Lo había conseguido. Había logrado atar todos los cabos, y la conclusión a la que llegué me hizo desear con todas mis fuerzas estar equivocado. Pero no lo estaba.

Lo que me había sucedido hoy a la mañana, al dirigirme a clase, había sido real, no me lo había imaginado. Ese coche oscuro me había atropellado y yo, en estos momentos, ya estaba muerto.

Morí, cuando en aquel instante comencé a verlo todo oscuro. Lo que ocurrió es que la Muerte había decidido no llevarme todavía.

La Muerte, aunque sabía que tenía que llevarme consigo, no había querido ser tan injusta como la vida, que me había dado la espalda de esa manera tan absurda. Si había justicia en ese mundo, era innegable que, para una persona tan joven, morir atropellada una mañana como otra cualquiera, camino de la facultad, no era un final digno. Esa persona, yo mismo, tenía unos objetivos que cumplir, unos sueños por los que luchar, y una compañía, la de sus seres queridos, de la que tenía que haber podido disfrutar durante más tiempo.

En aquel momento en que vi alejarse a la Muerte, cuando me dio la impresión de que se llevaba algo entre manos, estaba en lo cierto. Ella, al hundir su huesuda mano en mi cabeza y en mi corazón, me había hecho un favor.

Me había arrebatado algo. Algo que me sobraba. Todo aquello que había echado en falta durante el día. Se llevó consigo mis preocupaciones, mi ansiedad, mi miedo, mi inseguridad, mi apatía, mi negatividad, mi frialdad y mi insensibilidad.

Por eso no me preocupó ni me produjo ansiedad ninguna la noticia del examen de mañana.

Por eso no había tenido miedo ni inseguridad y me había atrevido a mirar a los ojos a la chica que me gustaba, hablar con ella y hacerla reír.

Por eso mi apatía y mi negatividad me habían dejado de lado durante esa mañana y había podido sonreír, estar de buen humor y conversar alegremente con mis compañeros.

Por eso no habían sido, como normalmente eran, fríos, sino efusivos, los abrazos que les había dado a todos mis amigos.

Y no había podido contener mis ganas de llorar, por la sencilla razón de que mi insensibilidad ya no me acompañaba en ese momento.

La sensación de que se me acababa el tiempo tenía ahora una explicación lógica y coherente. Y esa explicación radicaba en el susurro de la Muerte a mi oído aquella mañana."Mañana, a la misma hora", yo moriría.

Así, por cortesía de la Muerte, había disfrutado de un día extra sobre la faz de la Tierra, cuando se supone que ya debería haber pasado a mejor vida. Y ella quiso llevarse consigo, en aquel momento, todo aquello que residía en mi cabeza y mi corazón y que me habría impedido vivir mis últimas horas como jamás lo había hecho.

Una vez deduje todo ello, lo que hice a continuación supuso quizá el mayor reto al que jamás me había enfrentado, y que nunca habría querido tener delante. Tenía que despedirme de mi familia, por última vez, aunque ellos no lo supiesen. No quería que supiesen que jamás volverían a verme, y que mi paso por la Tierra tocaba a su fin.

La única opción que tenía era ser fuerte. Tenía que retener todo el dolor dentro de mí, no transmitírselo a ellos de ningún modo. Por fortuna, tras haber invertido no poco esfuerzo en calmarme y mantener la cabeza fría, lo conseguí.

Entré en el salón, y me despedí como de costumbre. Le acaricié suavemente el pelo a mi hermana, le di una colleja afectuosa a mi padre, le di dos besos a mi madre y salí del lugar sin mirar atrás.

Volví a mi lecho y me acosté, sabiendo perfectamente que no iba a ser capaz de dormir.

Como ya no me quedaba nada por hacer, la sensación de que se me acababa el tiempo cesó en su ahínco de oprimirme el estómago y dificultarme la respiración.

No quería despedirme de nadie más, ni del resto de mi familia ni del resto de mis amigos, pues siempre quise, cuando me tocase irme de este mundo, poder hacerlo de golpe y sin hacer ruido. Y para bien o para mal, en ese momento podía decidir que así fuera.

Me sentí aliviado por haberme dado cuenta de lo que estaba pasando cuando ya me quedaba poco tiempo. Sin duda, de haberlo sabido antes, ese día habría sido completamente distinto. Y me alegraba de que no hubiese sido así. Ojalá, si después de esa viniese otra vida, la pudiese comenzar teniendo presente todo lo que había aprendido, especialmente, aquel último día que había vivido por cortesía de la Muerte.

El resto de la noche lo pasé haciendo un balance mental de mi corta vida. Me daba lástima dejar aquí a tanta gente querida, tantos proyectos a medias, y tantas metas que me iba a quedar con la intriga de saber si habría cumplido o no.

Sin embargo, llegué a una conclusión que me dejó una sensación agradable en el cuerpo. Me di cuenta de que durante todo ese tiempo había sido, o al menos había intentado ser, la persona que yo quería. Que durante mi breve existencia me había sabido ganar el cariño de mucha gente que, aunque sufriría mi partida, había disfrutado de mi compañía y mi afecto mientras yo viví. Que, pese a que dejaría proyectos sin terminar y metas por cumplir, hasta el fin de mis días había hecho todo cuanto había estado en mi mano para ello.

Jamás sabré si aquellas conclusiones eran acertadas. Lo mismo había dicho verdades como puños, como había logrado autoengañarme para que me resultasen más llevaderas mis últimas horas.

A la mañana siguiente, esperé a que toda mi familia hubiese salido de casa, encaminándose cada uno a hacer frente a su rutina diaria.

Sabía perfectamente qué tenía que hacer y adónde debía dirigirme, y que era inútil intentar huir. Así, a las nueve y veinticinco, me presenté en aquel maldito cruce.

Allí vi todo tal y como lo recordaba. Era como si el tiempo se hubiese detenido. Aquel coche oscuro, sin duda el que el día anterior se dirigía a toda velocidad hacia mí justo antes de que yo perdiese la consciencia, estaba ahora parado. Su conductor, un hombre aparentemente joven, estaba quieto en el asiento, mirando aterrorizado a través del parabrisas, como si estuviese a punto de atropellar a alguien.

Me dirigí al lugar que me correspondía ocupar. La Muerte me estaba esperando. A plena luz del día, en mitad del cruce, observándome. Me detuve frente a ella, y, mirándola, desde lo mas hondo de mi corazón, le di las gracias.

Le di las gracias, por haberme permitido vivir, aunque fuese mi último día, siendo exactamente el tipo de persona que siempre había querido ser. Llevaba toda la vida luchando por eliminar, uno por uno, todos los obstáculos que me lo impedían, y ella se había llevado de golpe los que quedaban.

Y le di las gracias también, por permitirme abandonar este mundo sabiendo qué es lo que verdaderamente importa. O mejor dicho, quiénes, pues lo que verdaderamente importa son las personas. Iba a morir sin haber sabido lo que se sentía teniendo poder, fama o dinero, pero tenía el firme convencimiento de que no sería nada comparable a saber que siempre había tenido varias manos amigas tendidas para mí cuando las necesitase, y una familia que siempre me había apoyado y había creído en mí incluso cuando yo había llegado a dudar de mí mismo.

Por un momento, me pareció ver que ella asentía con la cabeza ante mis sinceros agradecimientos.

Ya eran las nueve y media.

Mi momento había llegado.

Ocupé mi lugar.

La Muerte se hizo a un lado.

Y entonces, sin detenerse, el coche oscuro siguió su camino...

BW.

4 comentarios:

  1. Inquietante.
    Angustioso.
    Fantástico.
    Me ha encantado.
    De lo mejorcito que te he leído.

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  2. Un desnudo integral de sentimientos, sueños y esperanzas, una clara intención de mostrar una senda por la que transitar, como decía Machado, caminante no hay camino, se hace camino al andar, no dejes pues que nadie te dicte por dónde caminar. Gran relato, gran persona ...

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    Respuestas
    1. Muchas gracias, me alegra que hayas disfrutado la lectura! Y gracias también por el cumplido!

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