Suele llamar la atención la seguridad con que los estudiantes y profesionales del Derecho exponemos nuestras opiniones y afrontamos las discusiones. Da la sensación de que sabemos bien lo que decimos y por qué lo decimos. Que estamos preparados.
Pero... ¿no os sorprende que la mayoría vea la vida sólo desde la perspectiva legal y por ello opine casi lo mismo? ¿Que en ocasiones parezca no tener empatía ni sentimientos?
¿Acaso el presente y futuro de la justicia están en buenas manos? Quizá no. En el modelo educativo español hay enormes deficiencias, y de ellas, incluso un servidor se considera víctima.
¿En qué nos está convirtiendo la carrera de Derecho?
¿En qué nos está convirtiendo la carrera de Derecho?
PAPAGAYOS
A
punto de concluir mis estudios de Derecho, quisiera hablar de las
grandes deficiencias que he observado en el plan educativo, de las
que tengo la sensación de resultar víctima.
Cuando
empecé ya había oído ese tópico que dice “Derecho es chapar
leyes”. Me asustaba, eso yo nunca lo había llevado muy bien.
¿Y
qué pasó? Que era cierto.
Cuatro
años, aguantando a buena parte de mis profesores/as entrar en el
aula, dictar apuntes o recitar leyes, marcharse pensando que han
“dado clase”, y diciéndonos, al evaluar, que aquí está más
preparado quien más contenido recuerda el día del examen, contenido
que en ocasiones se limita a repetir leyes tal cual están escritas.
Efectivamente, se premia la chapatoria.
Cada
curso, Derecho encierra a miles y miles de jóvenes en las
bibliotecas o en sus hogares durante meses, marcándose un “copiapega
legal” del papel a la cabezota. Y luego llegan al examen, sueltan
todo lo que recuerdan y reciben una calificación del cero al diez.
Si pasan del cinco, ¡enhorabuena!, ya están preparados en esa
asignatura.
Esto
no vale de nada. Chapar leyes -que además en algunas ramas pueden
cambiar en cualquier momento- no vale de nada. El estudiante tiene
que aprender a moverse, tanto dentro como fuera de ellas. Muy pocos
profesores nos ayudan a pensar; a interpretar; a criticar; a
proponer; a opinar... Y quienes lo hacen, saben que esta parte de la
formación casi nunca es exigible a la hora de evaluar.
Pero
los alumnos sí la necesitan, y sin ella las pasarán canutas. En un
futuro, cuando sean jueces; fiscales; abogados/as; procuradores/as; y
un largo etcétera, su labor distará – y mucho – de memorizar y
repetir leyes. Se les va a exigir “saber moverse”. Y ahora, ya
nadie les va a enseñar.
¿Tiene
posibilidades de hacer justicia una juez que se pasó la carrera
chapando leyes y años encerrada en una biblioteca preparando una
oposición, que aprobó recitando nosecuántos temas de carrerilla?
De
hacer justicia, digo. Porque hacer justicia, a diferencia de lo que
muchísimos piensan -y por ello consideran justas sentencias de lo
más polémicas- no es aplicar las leyes como están escritas. Quien
piense así está muy equivocado. Hacer justicia es mucho más que
eso.
Para
hacer justicia es fundamental lograr que la ley diga lo que realmente
quiera decir, según el fin para el que fue creada y de acuerdo con
la realidad social; y sobre todo, utilizar el sentido común en todo
momento, atendiendo a lo que pida cada caso concreto.
Con
la formación que estamos recibiendo, ¿será capaz un joven abogado
de defender los intereses de alguien, si se ha pasado cuatro o cinco
años chapando leyes y año y medio de máster con escasos meses de
prácticas? ¿Acaso está preparado para ejercer?
Si
no tiene un talento innato, la respuesta es no. En palabras de
profesionales, “sólo con la práctica se aprende a “ser
abogado””.
Concuerdo
en que por mucha formación que recibas, al comenzar no rendirás
como aquellos que ya llevan sus años en el oficio, pero unos mínimos
dotes sí que debes tener. Porque hay intereses ajenos en juego. Y
con eso, no se juega.
Como
cliente, ¿cómo voy a dejar en tus manos mi futuro laboral o el
poder quedarme en una vivienda mientras no pueda pagar la hipoteca,
si aunque tú te sepas al dedillo el Estatuto de los Trabajadores o
la Ley Hipotecaria, en el juicio al otro abogado le baste una
intervención de cinco minutos para hacerte dudar hasta de si llevas
pantalones?
En
Derecho, sólo quien lleve el espíritu crítico y las dotes de
interpretación interiorizados de casa podrá llegar lejos. Al resto,
víctima de una formación insuficiente e inadecuada, le será
difícil escapar de la mediocridad.
Esta
formación, además, provoca efectos muy negativos en las ideas
propias: si no las tienes, probablemente ya jamás las tendrás; y si
las tenías, probablemente se te habrán alterado, según fuesen más
o menos firmes.
Pensemos.
Si durante toda la carrera lo único que alguien ha hecho ha sido
poco más que chapar leyes, creerá que las ideas que transmiten son
“correctas”, “adecuadas” y “lógicas” sin haberlas
sometido a un juicio propio. ¡No será capaz!. Quizá ni siquiera se
le haya planteado esa posibilidad. Y por ello, sus ideas personales
serán las que las leyes defienden.
Por
ejemplo, como es lo que se concluye del contenido literal de algunas
leyes básicas, opinará, amparándose en ellas, que Cataluña no
tiene ningún derecho a celebrar un referéndum vinculante sobre
independencia; que si no puedes pagar la hipoteca es justo que te
echen de tu casa aunque después no tengas donde meterte y aún
encima le sigas debiendo dinero al banco; que el país no tiene
porque ayudar a inmigrantes que necesitan ayuda; que la Monarquía
parlamentaria, además de ser, debe seguir siendo el modelo de
Estado; y un largo, largo etcétera.
“Ser”
y “deber ser”. Ojo con esto, porque es la base de toda mi
opinión.
Agradezco
muchísimo que en la que considero la asignatura más importante de
la carrera, Filosofía del Derecho, se me haya premiado el hacerlo
todo a mi manera. En base a ello, tomé una decisión de la que me
enorgullezco: me negué a adaptarme a las exigencias del plan
educativo y decidí formarme por mi cuenta. Así, evité que éste
hiciese una completa catástrofe conmigo, y pude reforzar una de las
ideas clave de mi filosofía: que el “ser” no es igual al “deber
ser”.
Me
explico. Lo que dicen las leyes, y las ideas que de su contenido se
desprenden, son el “ser”, lo que en su día dictó un órgano
legislativo y hoy ha de aplicar un órgano judicial.
Pero,
¿”debe” ser así? ¿Lo que tenemos que hacer los ciudadanos es
aceptar las leyes establecidas, considerarlas como correctas, y quizá
predicarlas? Permitidme discrepar.
Me
desespero cuando oigo a alguien defender sus ideas diciendo poco más
que “esto tiene que ser así porque lo dice la Ley”. Eso es no
tener opinión propia. Y no quiero ni pensar cuántos estudiantes y
profesionales del Derecho andarán por ahí sin ella. Sin capacidad
para enjuiciar, interpretar, cuestionar y criticar con fundamento, y
quizá proponer alternativas. Y lo que es peor, sin intención
ninguna de hacerlo. Para ellos, lo que esté escrito en las leyes va
a misa. Sin más.
En
una palabra: papagayos. La carrera de Derecho está criando
papagayos. Futuros profesionales que no han hecho más que memorizar
para repetir lo que disponen las leyes.
¿Por
qué ocurre esto?
Creo
que algunos docentes de la Universidad en la que estudié no merecen
ser considerados como tales, pero sé que la mayor parte de la culpa
no es suya. Por encima está el plan educativo, que es quien decide
qué se enseña y cómo.
Aunque
sí haya docentes que, como de verdad aman su profesión y quieren lo
mejor para nosotros, ofrecen formación que para el plan educativo es
innecesaria, pero para ellos -y para mí- es imprescindible, nadie
les obliga a hacerlo.
Es
más, como tienen un tiempo tan limitado – hasta el punto de haber
tenido que dar clase en días de huelga -, muchas veces, aunque
quisiesen ofrecernos más y mejor formación, no pueden hacerlo,
porque eso supondría dejar de darnos la que el plan educativo les
impone.
Y
detrás del plan educativo hay una mente pensante: el Gobierno. Son
nuestros gobernantes quienes han decidido que la formación que
recibimos es la más conveniente. La duda está en si es la más
conveniente para los futuros profesionales o la más conveniente para
ellos mismos.
Me
decanto por la segunda opción. Para los gobernantes, criar mentes
inhibidas y acríticas es el mejor modo de evitarse problemas. Cuanta
menos guerra den los profesionales del Derecho, cuantas menos
críticas reciban las leyes que han creado - a su gusto - y les
interesa mantener, mucho mejor.
Lo
ideal para ellos es que los profesionales tengan muchos conocimientos
teóricos, porque ello debería bastar para que, ante la ciudadanía,
su labor se corresponda con “hacer justicia”. Pero mejor que no
aprendan a dudar y a cuestionar lo establecido, y que si lo hacen no
les sirva de mucho, pues al final lo que se hace es lo que dice el
Juez. Y si los jueces –que también han formado a su gusto–
aplican la ley más o menos tal y como está dispuesta -porque no
saben, no les interesa o no se atreven a discrepar con ella- no la
pondrán muy en entredicho.
Un
mayor conocimiento de las leyes, a falta de espíritu crítico y
dotes de interpretación, implica un menor ejercicio del sentido
común y una menor predisposición a emitir juicios propios, ya que,
si todo parece tan adecuado y lógico, ¿para qué empeñarse en
discrepar? Es lo correcto.
En
conclusión: la carrera de Derecho nos deshumaniza. Convierte al
estudiante y futuro profesional en un papagayo robotizado que jugará
toda su vida con la mano de cartas que el gobierno de turno le
reparta. El desenlace del juego de “hacer justicia” no dependerá
tanto del talento de los jugadores; sino de la baraja que el crupier
decida poner en la mesa.
Así
la justicia no va a llegar a ninguna parte. Los/as estudiantes, sí,
eso no me quita el sueño. Siendo optimistas, tarde o temprano
ejerceremos una profesión que nos brindará ingresos suficientes
para sobrevivir, y quizá logremos destacar.
Es
lógico que queramos eso. Como ciudadanos, también nos
han educado para preocuparnos por nosotros mismos, así que no es
de extrañar que, a la hora de decidir cuáles son nuestras
aspiraciones
vitales, prioricemos el bienestar propio.
Pero...
¿y nuestro trabajo? ¿Dónde queda la calidad de la justicia
habiéndonos formado así? Cuando tengamos casa, coche, un plato de
comida en la mesa y la posibilidad de darnos de vez en cuando un
caprichito, ¿ya es suficiente? ¿Creéis que sí?
Entonces,
en este momento, echad la vista atrás, y recordad la ilusión en
vuestra mirada, cuando, temblequeando, cruzasteis las puertas de la
Facultad por primera vez. Con ánimo y esperanza, os propusisteis
darlo todo y esforzaros al máximo para hacer del país un lugar
mejor. Teníais la idea de que en vuestras manos había poder para
crear cambios. Creíais que podríais descubrir alternativas que
nadie había visto jamás. Queríais darle a la palabra “Justicia”
la grandeza que merece.
Y
cuando terminéis, volveos a mirar y decidme... ¿Dónde está esa
ilusión ahora?
Quizá
os la habéis dejado por el camino...
BW.

Quién no sueña no siente, quién no se ilusiona no vive, quién no cuestiona lo establecido no crece, se estanca, soñar, ilusionarse y cuestionar los dictados, las frases,las órdenes, las verdades impuestas es imprescindible para ser una persona libre dentro de una sociedad encorsetada.
ResponderEliminarEs lógico y necesario dudar si hay otro camino distinto del que nos imponen las leyes, dictadas e impuestas como una certeza incuestionable, opino al igual que tú que el papagayo puede ser un animal bonito pero aburrido cuando oyes siempre lo mismo, deseo que nunca pierdas la capacidad de cuestionarlo todo porque eso será la prueba de que estás VIVO, en mayúsculas.
Felicidades, me ha gustado mucho tu escrito, comparto mucho de él y lo no compartido es porque ya no estoy tan "vivo" como tú.
Muchas gracias, me alegra que hayas disfrutado tanto la lectura y compartas parte de las ideas del texto.
EliminarSimplemente, considero que una vida ovejil bajo la conducción de pastores cuyo poder, sabiduría y decisiones jamás serán cuestionados, es poco más que una muerte en vida.
"Estar vivo", como dices tú, en muchos aspectos es complicado. La oveja que abandona el rebaño se expondrá a todo tipo de peligros, incluyendo la furia de los pastores y sus propias ganas de regresar, pues al fin y al cabo es lo más seguro. Pero quizá, si su terquedad le reporta una vida atractiva, el resto del rebaño comience a sentir interés en tomar sus propios caminos. Esa es una de las grandes razones por las que escribo.
Espíritu crítico donde lo haya.
ResponderEliminarHas estudiado las leyes para cambiarlas.
No todo el mundo comparte tu visión. Hay quien está a gusto con el sistema o nunca se ha planteado ni cuestionado su cambio o mejora.
Pero no olvides que hay que comer mientras lo hagas.
Ánimo. Inténtalo.
No es cuestión de cambiar la ley, sino la sociedad, pues es ella quien hace la ley, no al revés. Aunque hoy por hoy no es posible - pues fruto del individualismo, la desconfianza, el miedo al prójimo y la hostilidad con que percibimos el mundo, no sabemos gobernarnos a nosotros mismos y preferimos ceder libertad para obtener seguridad fáctica -, creo que la ley está condenada a desparecer. Que sea antes o después dependerá de a qué paso cambiemos, aunque casi con seguridad ni tú ni yo viviremos para verlo...
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