4 jun 2017

PAPAGAYOS


Sinopsis
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Suele llamar la atención la seguridad con que los estudiantes y profesionales del Derecho exponemos nuestras opiniones y afrontamos las discusiones. Da la sensación de que sabemos bien lo que decimos y por qué lo decimos. Que estamos preparados.

Pero... ¿no os sorprende que la mayoría vea la vida sólo desde la perspectiva legal y por ello opine casi lo mismo? ¿Que en ocasiones parezca no tener empatía ni sentimientos?

¿Acaso el presente y futuro de la justicia están en buenas manos? Quizá no. En el modelo educativo español hay enormes deficiencias, y de ellas, incluso un servidor se considera víctima.

¿En qué nos está convirtiendo la carrera de Derecho?

PAPAGAYOS

A punto de concluir mis estudios de Derecho, quisiera hablar de las grandes deficiencias que he observado en el plan educativo, de las que tengo la sensación de resultar víctima.

Cuando empecé ya había oído ese tópico que dice “Derecho es chapar leyes”. Me asustaba, eso yo nunca lo había llevado muy bien.

¿Y qué pasó? Que era cierto.

Cuatro años, aguantando a buena parte de mis profesores/as entrar en el aula, dictar apuntes o recitar leyes, marcharse pensando que han “dado clase”, y diciéndonos, al evaluar, que aquí está más preparado quien más contenido recuerda el día del examen, contenido que en ocasiones se limita a repetir leyes tal cual están escritas. Efectivamente, se premia la chapatoria.

Cada curso, Derecho encierra a miles y miles de jóvenes en las bibliotecas o en sus hogares durante meses, marcándose un “copiapega legal” del papel a la cabezota. Y luego llegan al examen, sueltan todo lo que recuerdan y reciben una calificación del cero al diez. Si pasan del cinco, ¡enhorabuena!, ya están preparados en esa asignatura.

Esto no vale de nada. Chapar leyes -que además en algunas ramas pueden cambiar en cualquier momento- no vale de nada. El estudiante tiene que aprender a moverse, tanto dentro como fuera de ellas. Muy pocos profesores nos ayudan a pensar; a interpretar; a criticar; a proponer; a opinar... Y quienes lo hacen, saben que esta parte de la formación casi nunca es exigible a la hora de evaluar.

Pero los alumnos sí la necesitan, y sin ella las pasarán canutas. En un futuro, cuando sean jueces; fiscales; abogados/as; procuradores/as; y un largo etcétera, su labor distará – y mucho – de memorizar y repetir leyes. Se les va a exigir “saber moverse”. Y ahora, ya nadie les va a enseñar.

¿Tiene posibilidades de hacer justicia una juez que se pasó la carrera chapando leyes y años encerrada en una biblioteca preparando una oposición, que aprobó recitando nosecuántos temas de carrerilla?

De hacer justicia, digo. Porque hacer justicia, a diferencia de lo que muchísimos piensan -y por ello consideran justas sentencias de lo más polémicas- no es aplicar las leyes como están escritas. Quien piense así está muy equivocado. Hacer justicia es mucho más que eso.

Para hacer justicia es fundamental lograr que la ley diga lo que realmente quiera decir, según el fin para el que fue creada y de acuerdo con la realidad social; y sobre todo, utilizar el sentido común en todo momento, atendiendo a lo que pida cada caso concreto.

Con la formación que estamos recibiendo, ¿será capaz un joven abogado de defender los intereses de alguien, si se ha pasado cuatro o cinco años chapando leyes y año y medio de máster con escasos meses de prácticas? ¿Acaso está preparado para ejercer?

Si no tiene un talento innato, la respuesta es no. En palabras de profesionales, “sólo con la práctica se aprende a “ser abogado””.

Concuerdo en que por mucha formación que recibas, al comenzar no rendirás como aquellos que ya llevan sus años en el oficio, pero unos mínimos dotes sí que debes tener. Porque hay intereses ajenos en juego. Y con eso, no se juega.

Como cliente, ¿cómo voy a dejar en tus manos mi futuro laboral o el poder quedarme en una vivienda mientras no pueda pagar la hipoteca, si aunque tú te sepas al dedillo el Estatuto de los Trabajadores o la Ley Hipotecaria, en el juicio al otro abogado le baste una intervención de cinco minutos para hacerte dudar hasta de si llevas pantalones?

En Derecho, sólo quien lleve el espíritu crítico y las dotes de interpretación interiorizados de casa podrá llegar lejos. Al resto, víctima de una formación insuficiente e inadecuada, le será difícil escapar de la mediocridad.

Esta formación, además, provoca efectos muy negativos en las ideas propias: si no las tienes, probablemente ya jamás las tendrás; y si las tenías, probablemente se te habrán alterado, según fuesen más o menos firmes.

Pensemos. Si durante toda la carrera lo único que alguien ha hecho ha sido poco más que chapar leyes, creerá que las ideas que transmiten son “correctas”, “adecuadas” y “lógicas” sin haberlas sometido a un juicio propio. ¡No será capaz!. Quizá ni siquiera se le haya planteado esa posibilidad. Y por ello, sus ideas personales serán las que las leyes defienden.

Por ejemplo, como es lo que se concluye del contenido literal de algunas leyes básicas, opinará, amparándose en ellas, que Cataluña no tiene ningún derecho a celebrar un referéndum vinculante sobre independencia; que si no puedes pagar la hipoteca es justo que te echen de tu casa aunque después no tengas donde meterte y aún encima le sigas debiendo dinero al banco; que el país no tiene porque ayudar a inmigrantes que necesitan ayuda; que la Monarquía parlamentaria, además de ser, debe seguir siendo el modelo de Estado; y un largo, largo etcétera.

Ser” y “deber ser”. Ojo con esto, porque es la base de toda mi opinión.

Agradezco muchísimo que en la que considero la asignatura más importante de la carrera, Filosofía del Derecho, se me haya premiado el hacerlo todo a mi manera. En base a ello, tomé una decisión de la que me enorgullezco: me negué a adaptarme a las exigencias del plan educativo y decidí formarme por mi cuenta. Así, evité que éste hiciese una completa catástrofe conmigo, y pude reforzar una de las ideas clave de mi filosofía: que el “ser” no es igual al “deber ser”.

Me explico. Lo que dicen las leyes, y las ideas que de su contenido se desprenden, son el “ser”, lo que en su día dictó un órgano legislativo y hoy ha de aplicar un órgano judicial.

Pero, ¿”debe” ser así? ¿Lo que tenemos que hacer los ciudadanos es aceptar las leyes establecidas, considerarlas como correctas, y quizá predicarlas? Permitidme discrepar.

Me desespero cuando oigo a alguien defender sus ideas diciendo poco más que “esto tiene que ser así porque lo dice la Ley”. Eso es no tener opinión propia. Y no quiero ni pensar cuántos estudiantes y profesionales del Derecho andarán por ahí sin ella. Sin capacidad para enjuiciar, interpretar, cuestionar y criticar con fundamento, y quizá proponer alternativas. Y lo que es peor, sin intención ninguna de hacerlo. Para ellos, lo que esté escrito en las leyes va a misa. Sin más.

En una palabra: papagayos. La carrera de Derecho está criando papagayos. Futuros profesionales que no han hecho más que memorizar para repetir lo que disponen las leyes.

¿Por qué ocurre esto?

Creo que algunos docentes de la Universidad en la que estudié no merecen ser considerados como tales, pero sé que la mayor parte de la culpa no es suya. Por encima está el plan educativo, que es quien decide qué se enseña y cómo.

Aunque sí haya docentes que, como de verdad aman su profesión y quieren lo mejor para nosotros, ofrecen formación que para el plan educativo es innecesaria, pero para ellos -y para mí- es imprescindible, nadie les obliga a hacerlo.

Es más, como tienen un tiempo tan limitado – hasta el punto de haber tenido que dar clase en días de huelga -, muchas veces, aunque quisiesen ofrecernos más y mejor formación, no pueden hacerlo, porque eso supondría dejar de darnos la que el plan educativo les impone.

Y detrás del plan educativo hay una mente pensante: el Gobierno. Son nuestros gobernantes quienes han decidido que la formación que recibimos es la más conveniente. La duda está en si es la más conveniente para los futuros profesionales o la más conveniente para ellos mismos.

Me decanto por la segunda opción. Para los gobernantes, criar mentes inhibidas y acríticas es el mejor modo de evitarse problemas. Cuanta menos guerra den los profesionales del Derecho, cuantas menos críticas reciban las leyes que han creado - a su gusto - y les interesa mantener, mucho mejor.

Lo ideal para ellos es que los profesionales tengan muchos conocimientos teóricos, porque ello debería bastar para que, ante la ciudadanía, su labor se corresponda con “hacer justicia”. Pero mejor que no aprendan a dudar y a cuestionar lo establecido, y que si lo hacen no les sirva de mucho, pues al final lo que se hace es lo que dice el Juez. Y si los jueces –que también han formado a su gusto– aplican la ley más o menos tal y como está dispuesta -porque no saben, no les interesa o no se atreven a discrepar con ella- no la pondrán muy en entredicho.

Un mayor conocimiento de las leyes, a falta de espíritu crítico y dotes de interpretación, implica un menor ejercicio del sentido común y una menor predisposición a emitir juicios propios, ya que, si todo parece tan adecuado y lógico, ¿para qué empeñarse en discrepar? Es lo correcto.

En conclusión: la carrera de Derecho nos deshumaniza. Convierte al estudiante y futuro profesional en un papagayo robotizado que jugará toda su vida con la mano de cartas que el gobierno de turno le reparta. El desenlace del juego de “hacer justicia” no dependerá tanto del talento de los jugadores; sino de la baraja que el crupier decida poner en la mesa.

Así la justicia no va a llegar a ninguna parte. Los/as estudiantes, sí, eso no me quita el sueño. Siendo optimistas, tarde o temprano ejerceremos una profesión que nos brindará ingresos suficientes para sobrevivir, y quizá logremos destacar.

Es lógico que queramos eso. Como ciudadanos, también nos han educado para preocuparnos por nosotros mismos, así que no es de extrañar que, a la hora de decidir cuáles son nuestras aspiraciones vitales, prioricemos el bienestar propio.

Pero... ¿y nuestro trabajo? ¿Dónde queda la calidad de la justicia habiéndonos formado así? Cuando tengamos casa, coche, un plato de comida en la mesa y la posibilidad de darnos de vez en cuando un caprichito, ¿ya es suficiente? ¿Creéis que sí?

Entonces, en este momento, echad la vista atrás, y recordad la ilusión en vuestra mirada, cuando, temblequeando, cruzasteis las puertas de la Facultad por primera vez. Con ánimo y esperanza, os propusisteis darlo todo y esforzaros al máximo para hacer del país un lugar mejor. Teníais la idea de que en vuestras manos había poder para crear cambios. Creíais que podríais descubrir alternativas que nadie había visto jamás. Queríais darle a la palabra “Justicia” la grandeza que merece.

Y cuando terminéis, volveos a mirar y decidme... ¿Dónde está esa ilusión ahora?

Quizá os la habéis dejado por el camino...

BW.

4 comentarios:

  1. Quién no sueña no siente, quién no se ilusiona no vive, quién no cuestiona lo establecido no crece, se estanca, soñar, ilusionarse y cuestionar los dictados, las frases,las órdenes, las verdades impuestas es imprescindible para ser una persona libre dentro de una sociedad encorsetada.
    Es lógico y necesario dudar si hay otro camino distinto del que nos imponen las leyes, dictadas e impuestas como una certeza incuestionable, opino al igual que tú que el papagayo puede ser un animal bonito pero aburrido cuando oyes siempre lo mismo, deseo que nunca pierdas la capacidad de cuestionarlo todo porque eso será la prueba de que estás VIVO, en mayúsculas.
    Felicidades, me ha gustado mucho tu escrito, comparto mucho de él y lo no compartido es porque ya no estoy tan "vivo" como tú.

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    1. Muchas gracias, me alegra que hayas disfrutado tanto la lectura y compartas parte de las ideas del texto.

      Simplemente, considero que una vida ovejil bajo la conducción de pastores cuyo poder, sabiduría y decisiones jamás serán cuestionados, es poco más que una muerte en vida.

      "Estar vivo", como dices tú, en muchos aspectos es complicado. La oveja que abandona el rebaño se expondrá a todo tipo de peligros, incluyendo la furia de los pastores y sus propias ganas de regresar, pues al fin y al cabo es lo más seguro. Pero quizá, si su terquedad le reporta una vida atractiva, el resto del rebaño comience a sentir interés en tomar sus propios caminos. Esa es una de las grandes razones por las que escribo.

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  2. Espíritu crítico donde lo haya.
    Has estudiado las leyes para cambiarlas.
    No todo el mundo comparte tu visión. Hay quien está a gusto con el sistema o nunca se ha planteado ni cuestionado su cambio o mejora.
    Pero no olvides que hay que comer mientras lo hagas.
    Ánimo. Inténtalo.

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    1. No es cuestión de cambiar la ley, sino la sociedad, pues es ella quien hace la ley, no al revés. Aunque hoy por hoy no es posible - pues fruto del individualismo, la desconfianza, el miedo al prójimo y la hostilidad con que percibimos el mundo, no sabemos gobernarnos a nosotros mismos y preferimos ceder libertad para obtener seguridad fáctica -, creo que la ley está condenada a desparecer. Que sea antes o después dependerá de a qué paso cambiemos, aunque casi con seguridad ni tú ni yo viviremos para verlo...

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