2 jul 2017

CAMBIA EL COLOR DE TU CRISTAL


Sinopsis
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Si admiramos a los demás, quizá podamos aprender de ellos. Si envidiamos, nos pasaremos la vida criticando errores e infravalorando logros ajenos.

Nuestra vida puede dar un vuelco fantástico si aprendemos a distinguir la envidia de la admiración y a saber gestionarlas. Todo es cuestión de cambiar el color de un cristal…

CAMBIA EL COLOR DE TU CRISTAL

Hablo por experiencia. Cuando una persona aprenda a distinguir la envidia de la admiración y sepa gestionarlas bien, su vida puede dar un vuelco fantástico.

Ahora quisiera compartir mi conocimiento.

Para empezar, ¿qué es la envidia?

Realmente hay dos tipos.

Por un lado, tenemos la envidia "sana", el deseo que sentimos de vivir la experiencia que ha vivido o está viviendo otra persona en un momento y circunstancias concretos, como apreciar ese bello paisaje que una amiga tuya no ha dudado en fotografiar y compartir en redes sociales, o degustar la suculenta comida que hay en el plato de un hombre a quien tú observas a través del cristal del restaurante. Ésta no supone ningún problema.

Pero por otro lado, la envidia "insalubre” o más bien envidia “propiamente dicha” sí es problemática.

Es la que sentimos cuando deseamos no ya vivir una experiencia en lugar de otra persona, sino, más bien, ser esa persona. Adoptar su identidad, su apariencia, su personalidad, vivir su vida, tener sus bienes, y un largo etcétera.

Esta envidia es una fuente de energía negativa. Una persona que desease convertirse en otra no tendría ningún reparo en renunciar a su propia identidad, a quien ella es, si así pudiese ser esa a quien envidia, con todas sus consecuencias.

¿Todas? Maticemos. Muchas veces, la gente envidiosa sólo se fija en las consecuencias positivas que para ella tendría ser la persona envidiada, y éstas no suelen coincidir con las consecuencias reales. Pero si realmente coinciden, si alguien quisiese convertirse en la persona envidiada aun sabiendo cómo es la parte negativa de su vida, es realmente preocupante.

Olvidémonos, por un minuto, de quienes somos. Pensemos en un/a compañero/a de clase, que se sentaba a nuestro lado en un curso de secundaria. Nosotros sabemos que saca buenas notas, que se le dan estupendamente los deportes, que vive en una casa enorme y que tiene una estupenda reputación entre las personas del género opuesto – o del mismo - en el instituto.

Genial, ¿no? Pero resulta que también sabemos que sus padres están separados, su actual pareja sólo le quiere por interés, y él o ella es alguien sin aspiraciones en la vida y con una cultura general muy limitada. Y nada de eso nos ocurre a nosotros.

¿Realmente desearíamos estar en su lugar?

Si fuese así, tendríamos un problema muy, muy grave. Creeríamos que la persona envidiada es, digamos, "mejor" que nosotros, denotando una gran falta de autoestima y amor propio que, sin ninguna duda, transmitiríamos a los demás.

¿En qué tipo de ser nos convertiríamos?

Seríamos una fuente de emociones negativas, por lo cual, quienes nos rodean, con gran probabilidad se alejarían de nosotros. Y esas emociones nos tendrían permanentemente deprimidos, frustrados, haciendo caso a nuestros demonios, buscando herir a los demás para cubrir el vacío que tenemos en nuestro interior.

Quizá os sorprenda, pero yo mismo he sentido esa envidia cuando era más joven. Casi cualquier vida ajena era para mí mejor que la que yo llevaba. Los problemas que tuviesen los demás, que yo desconocía, eran con seguridad menores que los que yo tenía. Aunque nunca llegase a convertirme en ese ser frustrado que acabo de describir, si me diesen a elegir, habría preferido disfrutar de la vida que a mí me parecía que otras personas llevaban antes que vivir la mía propia.

Y un buen día descubrí que estaba cometiendo un gran error.

Primero, porque envidiaba a los demás viendo sólo la parte bonita de sus vidas. No veía su parte negativa. Pensaba que las vidas ajenas no tenían parte negativa. Y me equivocaba.

Y segundo, porque la única vida que uno va a tener es la suya propia. El tiempo que alguien pase envidiando la de los demás es tiempo que pierde para mejorar la suya propia. Y nuestro tiempo de vida tiene un valor incalculable, simplemente porque no vuelve.

Sentí dolor cuando eché una mirada atrás y vi el reguero de oportunidades desaprovechadas, de ideas sin desarrollar y de metas sin conseguir que me había ido dejando por el camino.

Tenía un problema. Debía buscarle una solución. Y la encontré.

El mejor remedio para la envidia es la admiración. Erradiqué mi envidia sustituyéndola por admiración.

La solución pasa por cambiar nuestra mentalidad. Si en algún momento nos hallamos ante alguien cuyas virtudes o logros nos llaman la atención, antes de desear ser él o ella, o estar en su lugar, lo que hay que hacer es aprender de las lecciones que pueden dar.

¿Cómo lo hace? ¿Cuál es la fuente de su virtud? ¿Qué hizo para obtener esos logros? ¿Qué ha hecho posible que esa persona tenga esa virtud que nos gustaría tener y no tenemos, o por qué proceso ha tenido que pasar esa persona para haber logrado lo que para nosotros es un gran triunfo?

Esas, entre otras, son las preguntas correctas.

Es muy posible que, observando a la persona admirada, podamos desarrollar también esa virtud o hallar el método para conseguir nuestros propios logros.

La admiración es un sentimiento positivo que, al contrario que la envidia, nos permite aprender de los demás, y hacerlo sin jamás dejar de ser quienes somos.

Admirar, en vez de falta de autoestima y amor propio, lo que refleja y transmite son ganas de mejorar. Es tener afán de crecimiento personal. Esa es la gran diferencia.

Así, una vez supe que envidiar no me llevaba a ninguna parte, comencé a admirar.

Me rodeé de personas cuyas virtudes y logros me asombran. Y sabiendo que yo también tengo virtudes, me convertí, como muchas de ellas me transmiten a día de hoy, en una persona a la que admiran.

Y esto es fantástico. A base de convivir con ellas, puedo desarrollar las virtudes - eso sí, compatibles con mi forma de ser – que tienen las personas que admiro ; y a la vez darles - y  yo encantado de la vida – a ellas y a todas las demás la posibilidad de aprender de mí y adquirir las mías, si así lo desean.

Yo lo tengo claro. Todos podemos ser, para quienes nos rodean, una fuente inagotable de conocimiento. Si admiramos a los demás, quizá podamos aprender de ellos. Si envidiamos, nos pasaremos la vida criticando errores e infravalorando logros ajenos, creyéndonos objetivos y realistas cuando en verdad irradiamos negatividad por los cuatro costados.

Si envidias, jamás serás envidiado por aquellos que como tú envidian a otros, porque el hecho de sentir envidia sugiere que tú no tienes cualidades que quienes envidian podrían querer envidiar.

Si admiras, podrás también ser admirado, porque aquel que tiene el valor de transmitir que admira, manifiesta ya una virtud digna de admiración.

Todo es cuestión de cambiar el color del cristal desde el que miramos al mundo.

BW.

2 comentarios:

  1. Me ha gustado la reflexión, nunca me paré a buscar la sutil diferencia entre envidia y admiración y tú me la has explicado muy facilmente , gracias, lo que ya será más difícil es que consiga cambiar envidia por admiración, tengo ya una edad y envidiar a la gente joven ,universitaria y preparada,forma parte de lo que yo no he podido ser y eso no lo admiro, lo envidio

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    1. Es una gran satisfacción saber que alguien aprende de mí y de mi pensamiento.

      Imagino que esa "envidia" será llevadera, pero quizá puedas llevarla aún mejor si eres consciente de que forma parte de esos aspectos de la vida que ya no podemos cambiar. Nadie volverá a ser física ni temporalmente joven, la única juventud que el tiempo no nos puede arrebatar es la de nuestra mente. Así le darás menos importancia...

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