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Sólo ella conocía la razón que la llevó a cargarse una mochila a la espalda, salir de aquella casa en medio de la nada y tomar un camino a ninguna parte. Pronto, su valentía tornó en miedo. Su respiración calmada, en jadeos. Su firme caminar, en titubeos. Pero aquella noche, entre sombras, destellos y ráfagas de viento, vencerá a uno de sus enemigos más fieros...
ODISEA EN
LA OSCURIDAD
Cargó una mochila a sus
espaldas, salió de aquella casa y comenzó a caminar.
La luna llena, majestuosa, lucía en
medio del firmamento. El canto de los grillos y el sonido de las
hojas mecidas por el viento rompían el silencio de la noche. Una noche
que para ella se presentaba distinta a lo habitual. Algo la había
impulsado a tomar aquel camino y aventurarse en la oscuridad que ora
ya la escoltaba por todos sus flancos.
Para cualquiera, su
propósito era un misterio. Para ella, no. Su respiración, calmada y
segura. Su caminar, firme. Su mirada, clavada al frente. Parecía
saber lo que hacía.
Pasado un rato,
una ráfaga de viento la hizo estremecer. Eolo no veía con buenos
ojos su presencia allí, en medio de la nada. Se levantó los flecos
de la chaqueta y hundió su barbilla en el hueco. Cuando el viento
cesó, volvió a levantar la mirada.
De golpe, sus piernas se
doblegaron. Una misteriosa silueta con forma humana penetraba en el
gran bosque que tenía delante. Volvió la vista atrás y creyó
entrever otra a pocos metros.
Alguien iba a por ella. Lo
tenía claro. Alguien paciente, audaz y despiadado disfrutaba
viéndola arrodillada en el suelo, con la cabeza gacha, tratando de
recuperar el aliento.
Mientras incesantes
escalofríos recorrían su agarrotado cuerpo, ella, valiente, se
levantó. Miró hacia atrás. La silueta había desaparecido. Pero no
pudo confirmar lo mismo de la que se ocultó en el bosque. Y algo le
decía que debía atravesarlo para llegar a su destino.
No le quedaba otro remedio
que seguir adelante. Su orgullo y su osadía mantenían a raya a sus
deseos de emprender la huida en dirección contraria y gritar
pidiendo auxilio.
Consiguió volver a
caminar. Su andar titubeante, su respiración entrecortada y su
mirada insegura daban a entender que su entereza había sido
desarmada por completo.
Volteándose cada pocos
pasos para vigilar sus costados y su espalda, se adentró en las
profundidades de aquel bosque. Su escasa iluminación, su vegetación
densa y frondosa y aquellos sonidos de animales que no acertaba a
identificar hacían de él un lugar poco acogedor.
Ni rastro de aquella
silueta. Cuando casi se había convencido de que sólo habían sido
imaginaciones suyas, tropezó con una raíz y besó el suelo.
Dio un puñetazo de dolor y rabia. Se había torcido un tobillo.
Por fortuna, era una mujer
precavida. Llevaba venda y antiinflamatorios. Los cogió, dejó la
mochila en el suelo, cojeó hasta un árbol, se sentó apoyada en él
y se dispuso a hacerse una cura. Decidió descansar allí un poco, sin dejar de pensar en cuánto le costaría ahora llegar a su destino.
Al rato, quiso
levantarse y continuar su camino. Pero su espalda se clavó de nuevo
contra el árbol. Desde una zona en penumbra, un poco más allá, dos
ojos estaban clavados en ella.
Un segundo de cordura la
arrojó detrás del árbol. No podía creer lo que estaba pasando. En
su estado iba a ser muy difícil defenderse del ataque de un lobo.
Ese fiero animal podría ser capaz de matarla. Y si no era un
solitario, su manada no andaría lejos.
El tiempo pasaba y no
escuchaba movimientos. Pero si se asomaba y aquel monstruo aún
estaba allí, le saltaría encima sin piedad. Estaría más tranquila
si tuviese entre manos la navaja que heredó de su abuelo. Pero su
leal compañera estaba en su mochila, y no la tenía a su espalda. Se
la había quitado antes. Estaba cerca, pero a la vez demasiado lejos.
De pronto, le llegó el
sonido de hojas y pequeñas ramas crujiendo al ser pisadas. Se estaba
acercando. Tenía que actuar rápido. Buscó algo para defenderse, y
lo encontró.
Una piedra. Una piedra del
tamaño de un puño, dos metros a su derecha. Rápida como un rayo se
arrojó al suelo, la cogió y se la lanzó a la fiera. Y la fiera,
que en verdad nunca habría podido hacerse llamar tal, se desplomó.
En las profundidades de un
bosque, alguien lanzó una piedra y un cráneo fue hecho trizas. Se
escuchó un débil gemido, y un inerte cuerpecito cayó al suelo. No
era un lobo. Sólo un pequeño ciervo.
Los graznidos de los
cuervos que se apostaban en las ramas de los árboles próximos llegaban
a sus oídos como un inequívoco mensaje de agradecimiento. Se sentía
culpable. Había caído presa del pánico y éste se había cobrado
una vida inocente.
Cuando consiguió tranquilizarse, reanudó por fin la marcha.
Transcurrido un tiempo,
vislumbró a lo lejos un paraje en el que parecía que el verde
oscuro y el negro que la rodeaban perdían gran parte de su opacidad.
Se detuvo a observarlo. Podría ser aquel el lugar que buscaba.
Respiró aliviada, y comenzó a caminar más rápido.
Pero sus pasos volvieron a
detenerse. Su cabello, sucio y mal peinado, mecido por el viento,
había recibido una caricia. Una suave caricia que recorrió toda la
parte superior de su cabeza y paralizó su cuerpo de nuevo.
Palideció. Si una mano
había acariciado su cabello de adelante hacia atrás, su dueño se
encontraba justo detrás de ella. Y a juzgar por la seguridad con que
dio la caricia, sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
No podía mirar. No podía
echar a correr. Comenzó a temblar. No acertaba ni a imaginar la que
se le vendría encima. Maldijo a su orgullo y su osadía, por haberle
impedido regresar a un lugar seguro cuando pudo hacerlo, y se maldijo
a sí misma por haber bajado la guardia. Aquellas siluetas no habían
sido imaginaciones.
- “¿Qué quiere de
mí?”, preguntó sin darse la
vuelta. Pero no recibió respuesta.
De pie, sin moverse,
permaneció en aquel lugar a la espera de su destino.
Se levantó otra ráfaga
de viento y recibió una nueva caricia.
Sus ojos se
llenaron de lágrimas. Se sentía indefensa ante semejante tortura.
¿Qué demonios pretendía? Y además, ¿por qué a ella? No era
una mala persona. No tenía enemigos. Nadie querría para su vida un
final tan duro.
Poco a poco, su miedo se
transformó en rabia. Decidió plantar cara. Si aquel desconocido
creía que aún estaba bajo los efectos de su tortura, se
equivocaba. Se defendería con uñas y dientes. Cuando recibiese otra
caricia, se daría la vuelta y atacaría.
Unos segundos después, se
levantó una nueva ráfaga de viento. Su pelo recibió la caricia.
Ella, sin dudarlo, se dio la vuelta y repartió un sinfín de patadas
y puñetazos. Golpes potentes y certeros que no conectaron con cuerpo
alguno.
Se detuvo. Sin siquiera
mirar, acercó la mano a su cabeza y arrancó algo. Una rama baja del
gran árbol que tenía a su izquierda. Sus hojas, nadie más, eran
las responsables de aquellas caricias. Cada vez que soplaba el
viento, impulsadas por éste, le habían dado una.
Su subconsciente había
vuelto a jugarle una mala pasada. O más bien, dos. Si durante todo
aquel tiempo nadie la había atacado realmente, era porque aquellas
siluetas sí habían sido fruto de su imaginación. No había otra
explicación. Si hubiesen querido atacarle, ya lo habrían hecho.
Ahora ya nada podría
detenerle. Recorrió la breve distancia que le quedaba y, por fin,
salió del bosque.
El sonido de una pequeña
corriente de agua le indicó que tenía cerca un riachuelo. Avanzó
hasta él, se inclinó sobre el borde, cogió agua y se lavó la
cara.
Cerró los ojos y respiró
hondo, rellenando de aire sus pulmones. Cuando los abrió, percibió
un tenue destello en la lejanía. Era la llegada de un nuevo día. El
amanecer.
El Sol
emergía tras las altas montañas que a lo lejos quebraban la línea
del horizonte, iluminando la verde y fértil pradera que tenía
delante. Un amanecer para enmarcar que grabaría en su memoria para siempre.
Ella sonrió. Había
logrado su objetivo. Tener ante sus ojos tal bella estampa era lo que
se había propuesto al salir de casa. El motivo que la había
impulsado a tomar una mochila y adentrarse en las tinieblas.
Ella, esa noche, ganó una
gran batalla.
Ella, esa noche, venció a
sus miedos.
FIN.
Epílogo
Esta historia nació de un
sueño. En él, me vi caminando en la oscuridad mientras mi
subconsciente me torturaba. A veces mis sueños me cuentan
historias interesantes. Me negué a que ésta se perdiese en el
olvido, y decidí darle forma y verosimilitud.
He jugado un poco con el
suspense y me he propuesto crear un relato capaz de transmitir al
lector las sensaciones de la protagonista. Espero haberlo conseguido.
El
sueño de un hombre que de vez en cuando gusta de caminar solo bajo
el manto de la noche buscándose a sí mismo. Eso ha sido todo.
BW.

Ameno, engancha, se lee con interés buscando el final, me ha intrigado, buen relato. Espero muchos más.
ResponderEliminarEntiendo, pues, que logré mi objetivo. No te preocupes, que no será el último relato mío que leas. Muchas gracias!
EliminarMe ha gustado mucho.
ResponderEliminarSi querías transmitir miedo, angustia, incertidumbre, conmigo lo has conseguido.
Me gustan mucho este tipo de relatos...
Muchas gracias, y me alegra que hayas disfrutado del relato!
EliminarMe ha encantado volver a leerlo. Me sigue inquietando . Bravo....!!!
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