21 oct 2017

PÁJAROS CON MIEDO A VOLAR


Sinopsis
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Es precioso estar en pareja. Nos maravilla ver que cada cuento, cada canción y cada película romántica parecen hablar sobre nuestra relación. Nos gustamos, nos queremos, llevamos años juntos y soñamos con un futuro en compañía. Todo precioso. Pero de ahí a la situación actual hay grandes diferencias.

Eres mío”. “Eres mía”. “Eres mi media naranja”. “Te necesito en mi vida”. “Sin ti no soy nada”. Éste es el pan de cada día en muchísimas relaciones de pareja, especialmente entre la juventud.

¿Acaso es eso bonito y romántico?

PÁJAROS CON MIEDO A VOLAR

Tal y como las concebimos hoy día, si no sabemos gestionarlas, las relaciones de pareja tienden a volverse tóxicas e insalubres.

Eso de estar con una persona y nadie más, en todos los sentidos; de sólo tener ojos para ella; de hablarse todos los días; de verse todos los días; de ir juntos a todas partes; de predicar el amor a los cuatro vientos en redes sociales; de hacerse promesas profundas y ya a los pocos meses soñar con un futuro juntos... no es todo lo bonito y romántico que pueda parecer.

Una relación sí tiene esa parte bonita de sentirte a gusto en compañía de otra persona y crear fuertes vínculos con ella. Y puede hacer que vivamos sensaciones fantásticas. Pero de ahí a la situación actual hay grandes diferencias, hasta el punto en que muchísimas relaciones de pareja – y por desgracia ocurre sobre todo entre la juventud - se muestran como bonitas e ideales cuando en realidad son tóxicas.

Esta realidad tiene tres grandes responsables: el patriarcado, la malinterpretación del romanticismo y la dependencia emocional.

Los cuentos de hadas, princesas y caballeros de Disney y compañía han hecho estragos en unas cuantas generaciones. Esas historias que nos contaban nuestros padres y abuelos y esas películas que veíamos de niñ@s nos han generado una imagen inapropiada sobre cómo deberían ser las relaciones.

Aunque parece que ahora ya se van reduciendo, hay claras influencias patriarcales en estos cuentos. La princesa en apuros que necesita que su príncipe azul la rescate y la proteja; la relegación de la mujer a las tareas domésticas y a toda suerte de roles pasivos que no exijan iniciativa ni dinamismo; la creación de príncipes y princesas siguiendo estereotipos patriarcales (el hombre fuerte y valiente, la mujer bella y frágil...); etcétera.

No debemos culpar a sus creadores, porque por aquel entonces el patriarcado estaba mucho más normalizado y naturalizado en la sociedad, y desde luego los roles, el machismo y la violencia de género eran fenómenos desconocidos. Hemos avanzado; pero todavía debemos avanzar mucho más. Si nos empeñamos en concebir las relaciones como nos muestran cuentos y películas del siglo pasado, estamos perpetuando esos valores de antaño. Y tenemos que cambiarlos. Es un trabajo duro y duradero; pero a la vez, imprescindible.

También por culpa de este tipo de contenido, e influidos por la mentalidad del común de nuestros abuelos y a veces incluso de nuestros padres, que crecieron en una sociedad conservadora y tradicionalista, y en mayor o menor medida asimilaron sus valores, concebimos el romanticismo de forma errónea, hasta el punto de creer que actitudes como la posesividad, el control, los celos y el acoso son románticas. Y no es así.

Tan malinterpretado como está, el romanticismo nos dice que para cada persona hay una “media naranja”, a la que debe buscar y una vez que la encuentre sera su compañera de vida, su complemento, y que es una y nada más que una, con lo cual, cuando la encuentren, ese amor será para toda la vida. Y que en el amor no es todo color de rosa. Que has de luchar por quien quieres; que tendrás que dejar de hacer cosas que te gustarían y sacrificarte por la otra persona para hacerla feliz; y que quien bien te quiere te hará llorar...

Y nosotros, tras interiorizar esas ideas, lo que hacemos es mantener y extender todo lo posible nuestras relaciones, sufriendo por ello lo que no está escrito.

Que sí, que en ocasiones las parejas tienen sus problemas y discuten, y que es mejor tratar de arreglar algo que se está rompiendo antes que tirarlo a la basura; pero eso no significa que debamos creer ciegamente en una relación cuando ésta ya está condenada al fracaso, porque mientras se mantenga, uno, otro u ambos miembros sufrirán.

A su vez, como ese romanticismo malinterpretado nos dice que esa “media naranja” es una sola, hemos interiorizado la monogamia tanto en sentido emocional como físico – o sexual, como queramos llamarle – de forma sistemática. Tanto monogamia como poligamia – en según qué contextos - son respetables, y en ambos sentidos. Pero nuestra sociedad de monógamos acérrimos se ha pasado de la raya y ha normalizado ciertas conductas que pueden parecer encaminadas a mantener una relación, pero que son de lo más insalubre, tanto para la relación en sí como para sus miembros.

Hablemos de posesividad, control, celos y acoso.

¿A qué viene eso de sacar las uñas y apretar los dientes cuando nuestra pareja habla con otr@? ¿Se puede saber de dónde ha salido esa manía de hablar de tu pareja y decir “ella/él es mía/mío”? Perdona... él y ella son de sí mismos, no te pertenecen, están contigo por decisión propia. Al menos, así debería ser. No tiene ningún sentido que trates de aislar a tu pareja y condicionar sus relaciones sociales.

¿Qué es eso de querer saber qué es lo que hace y lo que piensa tu pareja en todo momento? ¿A qué viene presionarle para que te cuente su vida con pelos y señales, mirarle el móvil y obligarle a dar explicaciones sobre qué está haciendo? Si quieres controlar a tu pareja es porque desconfías de ella. Y la confianza es la base de toda relación. En el momento en que se pierde - o más bien si nunca ha llegado a existir -, esa relación no es sana. Si de este modo se logra que uno u ambos miembros de la pareja den explicaciones sobre qué hacen o qué piensan, no lo están haciendo por voluntad propia, no les sale de forma natural; lo hacen bajo coacción, por miedo a lo que su pareja pueda pensar o hacer si no lo hacen.

¿Qué es eso de que te hierva la sangre y se te suba el corazón a la garganta cada vez que tu pareja sonría cuando hable con alguien del sexo opuesto – o mismo – que no sea familiar? ¿A qué viene eso de prohibirle u obstaculizarle que se vea con sus amig@s? ¿Y lo de que te cueste dormir cuando haya salido de fiesta sin ti? Los celos son lo peor. Nacen y se alimentan de nuestra desconfianza hacia nuestra pareja y a su vez de nuestras inseguridades, pues el miedo permanente a que nuestra pareja pueda engañarnos de un modo u otro es una clara manifestación de nuestra propia inseguridad.

Es terrible ver cómo gente de mi edad tiene que decir “sólo es un/a amig@” cuando su pareja la encuentra con compañía por la calle; pedir permiso o rogar el beneplácito a su pareja para ir al cumpleaños de un/a amig@ o quedar con él/ella una tarde; o incluso evitar sacarse fotos cuando sale de fiesta porque no quiere que su pareja se entere de que salió. Vomitivo, de verdad. Esa desconfianza y esa inseguridad patológicas están haciendo que muchas relaciones afectivas sean de lo más insalubre.

Y también, el acoso. Vamos a ver, alma de cántaro... ¿a qué viene eso de mandarle cuarenta whatsapps, veinte mensajes por Facebook y otros tantos por Instagram a las pocas horas de haber discutido o haber puesto fin a la relación? ¿Y lo de plantarte en la puerta de su casa a la una de la madrugada y timbrar y timbrar hasta que te abra? ¿Y lo de dejarle un ramo de camelias en el coche, hacerle llegar uno de tulipanes al trabajo y estarle esperando en el portal con otro de rosas? Eso no es “luchar por tu amor”. Y lo peor es que lo concebimos como romántico, y que más de una relación se ha “arreglado” de este modo. Creemos que tanta insistencia significa amor. Pero eso es acoso. No tiene otro nombre.

Si en una relación se da alguna de estas conductas, no hay romanticismo que valga; esa relación es tóxica. El romanticismo sí puede existir, y bien llevado puede contribuir a mantener viva la llama en una relación. Pero eso, no lo es.

Por último, la dependencia emocional. Parece que creemos que una persona está predestinada a acabar emparejándose y teniendo hijos. Esos dichos que oímos por doquier, como “ya aparecerá tu media naranja”, “ya vendrá ese “alguien” que te quiera como eres”, “ya te apetecerá ser padre/madre”... son pura presión social. Parece que emparejarte y reproducirte es lo que se espera de ti.

Pero no es así. Estar en una relación es nuestra elección; no nuestro destino. Pensamos que una persona necesita estar con alguien para realizarse como tal, que alguien sin pareja es alguien “incompleto”, o que por sí sol@ – y esto se acentúa en las mujeres – no va a ser capaz de enfrentarse a la vida. Que necesitamos a alguien a nuestro lado que nos quiera como somos, que compense nuestros defectos, que nos complemente y luche a nuestro lado, codo con codo, contra todas las adversidades que estén por venir.

Tenemos que quitarnos esa idea. No necesitamos estar con nadie, y no estamos predestinados a estarlo. Debemos poder sentirnos bien con nosotros mismos tanto si tenemos pareja como si no. Una persona es completa de por sí, no necesita a nadie que palie sus defectos y borre todos sus males. Y la vida en soltería puede ser tan bonita como la vida en compañía.

Es triste, pero como sociedad, hemos desarrollado una dependencia emocional pandémica. Estamos educados para depender emocionalmente de nuestras parejas. Cruzamos, y por mucho, la línea que separa el “querer” del “necesitar”.

Do we need somebody just to feel like we´re alright?
Is the only reason you´re holding me tonight?
Cause we´re scared to be lonely?”

¿Necesitamos a alguien para sentir que estamos bien?
¿Es la única razón por la que me abrazas esta noche?
¿Porque tenemos miedo a estar solos?


Dua Lipa y Martin Garrix han hecho las preguntas correctas. Pensadlo.

En definitiva, gran parte de las relaciones monógamas, tal y como están concebidas e interiorizadas en la sociedad, son insalubres y tóxicas. No son bonitas ni románticas; son posesivas, inseguras y dependientes.

Aquí, como en tantos aspectos de la vida, nuestros miedos hacen que para conseguir seguridad fáctica aceptemos restringir la libertad de actuación. Y eso es un error. Deberíamos replanteárnoslo.

Las relaciones tienen que basarse en la libertad, individual y colectiva. Estar en pareja no debe obligarnos a cortarnos las alas y encerrarnos juntos en una jaula emocional; sino sugerirnos que nuestros vuelos serán agradables en compañía.

Pajarillos...

No convirtáis vuestra relación en vuestra jaula emocional. Renegad de ella. Sin dudar.

Y nunca, nunca os cortéis las alas. Perded el miedo, desplegadlas, y volad.

Juntos o separados.

Y adonde queráis.

BW.

4 comentarios:

  1. Ayayay...!
    Te leo y me asusta este cambio generacional. No se concebían así las relaciones cuando yo tenía tu edad. Eran mucho más unas relaciones de igual a igual, y no había problemas generalizados de celos y control. Quiero pensar que no sólo porque no había la comunicación digital. Y ya muchas personas se planteaban el compartir su vida con otras hasta que durase, sin más compromiso y con total libertad.
    Ese sentimiento generalizado de posesión no lo veía yo.
    Por eso me asusta ver, no ya un retroceso, sino algo que creo que no ha existido nunca y ahora se tiñe de mentira con la continua exposición de sentimientos y situaciones en las redes sociales que creo que deberían permanecer en la intimidad de las parejas.

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    1. Conociendo a tu generación, titubeé a la hora de decidir si incluirla o no como una posible influencia para los jóvenes actuales en este sentido. No sabía bien si habíais vivido algo así de jóvenes y algun@s renegasteis de ello conforme fuisteis creciendo, o sería más bien cuestión de cada un@, de los valores que de puertas adentro se os transmitían.

      No podría decir que son problemas generalizados, en el sentido de que todas o casi todas las parejas los tengan. Sí los tienen, no obstante, una parte de ellas, aunque obviamente, conforme van siendo más graves y más evidentes, también decae la cantidad de relaciones que los padecen. En cualquier caso, es un problema de magnitud considerable como para hablar de él y tenerlo en cuenta. Y si según me dices antes no eran tan graves, entonces en algunos aspectos no estamos hablando de perpetuar estos problemas; sino de agravarlos. Cuanto menos, preocupante.

      Muchas gracias por hacérmelo ver así. Ésta es una de las primeras veces que, como escritor, aprendo algo gracias a mis lectores/as.

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  2. Me gusta la exposición, extremista y un poco caótica tu generación ha vivido con principes y princesas y con Malumas y sus colegas, ninguna relación real debe parecerse ni a unos ni a otros, debe ser unicamente un acuerdo no escrito entre dos, tres, o el numero que todos quieran, todo está permitido si por todos es compartido, en libertad, sin fronteras, con el único propósito de VIVIR, lo demás, la complicidad, la sonrisa, la ilusión, sobreviven al tiempo, la libertad de pensamiento, credo, afición y relación son individuales, el respeto por los demás es lo compartido. Nada ni nadie es más importante que los demás, nada ni nadie pueden coartar tu libertad, los límites los marcas tú y con quien te relaciones los acepta o no, pero siempre en igualdad .

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    1. Una forma de entender las relaciones propia de una persona con mente abierta. Creo que de eso se trata. Con independencia de que nosotros queramos o no ponerlas en práctica, como sociedad sería bueno que nos abriésemos a nuevas formas de entender las relaciones. Y por supuesto, será imprescindible para avanzar como tal, ponerles fin a los problemas que he relatado, pues por desgracia son el pan de cada día en muchas relaciones - aunque no digo la mayoría -. Sobre todo, entre la juventud.

      En efecto, el reggaetón, aunque no es el único género cuyas letras pueden transmitir estos mensajes, sí es el que los transmite de forma más explícita. Pero.. ¿es la realidad quien influye en la música, o es la música quien influye en la realidad? En mi opinión, ahí ya se ha creado un círculo vicioso del que no sé cómo vamos a salir.

      Aunque conforme los problemas van siendo más graves y evidentes, la cantidad de parejas que los padecen también disminuye, sí son una realidad entre gente de mi edad y más jóvenes. A veces, siento cierto temor si me paro a pensar qué mentalidad tendrá cuando sea mayor...

      Muchas gracias por el comentario!

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