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Es precioso estar en pareja. Nos maravilla ver que cada cuento, cada canción y cada película romántica parecen hablar sobre nuestra relación. Nos gustamos, nos queremos, llevamos años juntos y soñamos con un futuro en compañía. Todo precioso. Pero de ahí a la situación actual hay grandes diferencias.
“Eres mío”. “Eres mía”. “Eres mi media naranja”. “Te necesito en mi vida”. “Sin ti no soy nada”. Éste es el pan de cada día en muchísimas relaciones de pareja, especialmente entre la juventud.
¿Acaso es eso bonito y romántico?
¿Acaso es eso bonito y romántico?
PÁJAROS
CON MIEDO A VOLAR
Tal
y como las concebimos hoy día, si no sabemos gestionarlas, las
relaciones de pareja tienden a volverse tóxicas e insalubres.
Eso
de estar con una persona y nadie más, en todos los sentidos; de sólo
tener ojos para ella; de hablarse todos los días; de verse todos los
días; de ir juntos a todas partes; de predicar el amor a los cuatro
vientos en redes sociales; de hacerse promesas profundas y ya a los
pocos meses soñar con un futuro juntos... no es todo lo bonito y
romántico que pueda parecer.
Una
relación sí tiene esa parte bonita de sentirte a gusto en compañía
de otra persona y crear fuertes vínculos con ella. Y puede hacer que
vivamos sensaciones fantásticas. Pero de ahí a la situación actual
hay grandes diferencias, hasta el punto en que muchísimas relaciones
de pareja – y por desgracia ocurre sobre todo entre la juventud -
se muestran como bonitas e ideales cuando en realidad son tóxicas.
Esta
realidad tiene tres grandes responsables: el patriarcado, la
malinterpretación del romanticismo y la dependencia emocional.
Los
cuentos de hadas, princesas y caballeros de Disney y compañía han
hecho estragos en unas cuantas generaciones. Esas historias que nos
contaban nuestros padres y abuelos y esas películas que veíamos de
niñ@s nos han generado una imagen inapropiada sobre cómo deberían
ser las relaciones.
Aunque
parece que ahora ya se van reduciendo, hay claras influencias
patriarcales en estos cuentos. La princesa en apuros que necesita que
su príncipe azul la rescate y la proteja; la relegación de la mujer
a las tareas domésticas y a toda suerte de roles pasivos que no
exijan iniciativa ni dinamismo; la creación de príncipes y
princesas siguiendo estereotipos patriarcales (el hombre fuerte y
valiente, la mujer bella y frágil...); etcétera.
No
debemos culpar a sus creadores, porque por aquel entonces el
patriarcado estaba mucho más normalizado y naturalizado en la
sociedad, y desde luego los roles, el machismo y la violencia de
género eran fenómenos desconocidos. Hemos avanzado; pero todavía
debemos avanzar mucho más. Si nos empeñamos en concebir las
relaciones como nos muestran cuentos y películas del siglo pasado,
estamos perpetuando esos valores de antaño. Y tenemos que cambiarlos.
Es un trabajo duro y duradero; pero a la vez, imprescindible.
También
por culpa de este tipo de contenido, e influidos por la mentalidad
del común de nuestros abuelos y a veces incluso de nuestros padres, que crecieron en
una sociedad conservadora y tradicionalista, y en mayor o menor
medida asimilaron sus valores, concebimos el romanticismo de forma
errónea, hasta el punto de creer que actitudes como la posesividad,
el control, los celos y el acoso son románticas. Y no es así.
Tan
malinterpretado como está, el romanticismo nos dice que para cada
persona hay una “media naranja”, a la que debe buscar y una vez
que la encuentre sera su compañera de vida, su complemento, y que es
una y nada más que una, con lo cual, cuando la encuentren, ese amor
será para toda la vida. Y que en el amor no es todo color de rosa.
Que has de luchar por quien quieres; que tendrás que dejar de hacer
cosas que te gustarían y sacrificarte por la otra persona para
hacerla feliz; y que quien bien te quiere te hará llorar...
Y
nosotros, tras interiorizar esas ideas, lo que hacemos es mantener y
extender todo lo posible nuestras relaciones, sufriendo por ello lo
que no está escrito.
Que
sí, que en ocasiones las parejas tienen sus problemas y discuten, y
que es mejor tratar de arreglar algo que se está rompiendo antes que
tirarlo a la basura; pero eso no significa que debamos creer
ciegamente en una relación cuando ésta ya está condenada al
fracaso, porque mientras se mantenga, uno, otro u ambos miembros
sufrirán.
A
su vez, como ese romanticismo malinterpretado nos dice que esa “media
naranja” es una sola, hemos interiorizado la monogamia tanto en
sentido emocional como físico – o sexual, como queramos llamarle –
de forma sistemática. Tanto monogamia como poligamia – en según
qué contextos - son respetables, y en ambos sentidos. Pero nuestra
sociedad de monógamos acérrimos se ha pasado de la raya y ha
normalizado ciertas conductas que pueden parecer encaminadas a
mantener una relación, pero que son de lo más insalubre, tanto para
la relación en sí como para sus miembros.
Hablemos
de posesividad, control, celos y acoso.
¿A
qué viene eso de sacar las uñas y apretar los dientes cuando
nuestra pareja habla con otr@? ¿Se puede saber de dónde ha salido
esa manía de hablar de tu pareja y decir “ella/él es mía/mío”?
Perdona... él y ella son de sí mismos, no te pertenecen, están
contigo por decisión propia. Al menos, así debería ser. No tiene
ningún sentido que trates de aislar a tu pareja y condicionar sus
relaciones sociales.
¿Qué
es eso de querer saber qué es lo que hace y lo que piensa tu pareja
en todo momento? ¿A qué viene presionarle para que te cuente su
vida con pelos y señales, mirarle el móvil y obligarle a dar
explicaciones sobre qué está haciendo? Si quieres
controlar a tu pareja es porque desconfías de ella. Y la confianza
es la base de toda relación. En el momento en que se pierde - o más
bien si nunca ha llegado a existir -, esa relación no es sana. Si
de este modo se logra que uno u ambos miembros de la pareja den
explicaciones sobre qué hacen o qué piensan, no lo están haciendo
por voluntad propia, no les sale de forma natural; lo hacen bajo
coacción, por miedo a lo que su pareja pueda pensar o hacer si no lo
hacen.
¿Qué
es eso de que te hierva la sangre y se te suba el corazón a la
garganta cada vez que tu pareja sonría cuando hable con alguien del
sexo opuesto – o mismo – que no sea familiar? ¿A qué viene eso
de prohibirle u obstaculizarle que se vea con sus amig@s? ¿Y lo de
que te cueste dormir cuando haya salido de fiesta sin ti? Los celos
son lo peor. Nacen y se alimentan de nuestra desconfianza hacia
nuestra pareja y a su vez de nuestras inseguridades, pues el miedo
permanente a que nuestra pareja pueda engañarnos de un modo u otro
es una clara manifestación de nuestra propia inseguridad.
Es
terrible ver cómo gente de mi edad tiene que decir “sólo es
un/a amig@” cuando su pareja la encuentra con compañía por la
calle; pedir permiso o rogar el beneplácito a su pareja
para ir al cumpleaños de un/a amig@ o quedar con él/ella una tarde;
o incluso evitar sacarse fotos cuando sale de fiesta porque no quiere
que su pareja se entere de que salió. Vomitivo, de verdad. Esa
desconfianza y esa inseguridad patológicas están haciendo que
muchas relaciones afectivas sean de lo más insalubre.
Y
también, el acoso. Vamos a ver, alma de cántaro... ¿a qué viene
eso de mandarle cuarenta whatsapps, veinte mensajes por Facebook y
otros tantos por Instagram a las pocas horas de haber discutido o
haber puesto fin a la relación? ¿Y lo de plantarte en la puerta de
su casa a la una de la madrugada y timbrar y timbrar hasta que te
abra? ¿Y lo de dejarle un ramo de camelias en el coche, hacerle
llegar uno de tulipanes al trabajo y estarle esperando en el portal
con otro de rosas? Eso no es “luchar por tu amor”. Y lo peor es
que lo concebimos como romántico, y que más de una relación se ha
“arreglado” de este modo. Creemos que tanta insistencia significa
amor. Pero eso es acoso. No tiene otro nombre.
Si
en una relación se da alguna de estas conductas, no hay romanticismo
que valga; esa relación es tóxica. El romanticismo sí puede
existir, y bien llevado puede contribuir a mantener viva la llama en
una relación. Pero eso, no lo es.
Por
último, la dependencia emocional. Parece que creemos que una persona
está predestinada a acabar emparejándose y teniendo hijos. Esos
dichos que oímos por doquier, como “ya aparecerá tu media
naranja”, “ya vendrá ese “alguien” que te quiera como
eres”, “ya te apetecerá ser padre/madre”... son
pura presión social. Parece que emparejarte y reproducirte es lo que
se espera de ti.
Pero
no es así. Estar en una relación es nuestra elección; no nuestro destino.
Pensamos que una persona necesita estar con alguien para realizarse
como tal, que alguien sin pareja es alguien “incompleto”, o que
por sí sol@ – y esto se acentúa en las mujeres – no va a ser
capaz de enfrentarse a la vida. Que necesitamos a alguien a nuestro
lado que nos quiera como somos, que compense nuestros defectos, que
nos complemente y luche a nuestro lado, codo con codo, contra todas
las adversidades que estén por venir.
Tenemos
que quitarnos esa idea. No necesitamos estar con nadie, y no estamos
predestinados a estarlo. Debemos poder sentirnos bien con nosotros
mismos tanto si tenemos pareja como si no. Una persona es completa de
por sí, no necesita a nadie que palie sus defectos y borre todos sus
males. Y la vida en soltería puede ser tan bonita como la vida en
compañía.
Es
triste, pero como sociedad, hemos desarrollado una dependencia
emocional pandémica. Estamos educados para depender emocionalmente
de nuestras parejas. Cruzamos, y por mucho, la línea que separa el
“querer” del “necesitar”.
“Do
we need somebody just to feel like we´re alright?
Is
the only reason you´re holding me tonight?
Cause
we´re scared to be lonely?”
¿Necesitamos
a alguien para sentir que estamos bien?
¿Es
la única razón por la que me abrazas esta noche?
¿Porque
tenemos miedo a estar solos?
Dua
Lipa y Martin Garrix han hecho las preguntas correctas. Pensadlo.
En
definitiva, gran parte de las relaciones monógamas, tal y como están
concebidas e interiorizadas en la sociedad, son insalubres y tóxicas.
No son bonitas ni románticas; son posesivas, inseguras y
dependientes.
Aquí,
como en tantos aspectos de la vida, nuestros miedos hacen que para
conseguir seguridad fáctica aceptemos restringir la libertad de
actuación. Y eso es un error. Deberíamos replanteárnoslo.
Las
relaciones tienen que basarse en la libertad, individual y colectiva.
Estar en pareja no debe obligarnos a cortarnos las alas y encerrarnos
juntos en una jaula emocional; sino sugerirnos que nuestros vuelos
serán agradables en compañía.
Pajarillos...
No
convirtáis vuestra relación en vuestra jaula emocional. Renegad de
ella. Sin dudar.
Y
nunca, nunca os cortéis las alas. Perded el miedo, desplegadlas, y
volad.
Juntos
o separados.
Y
adonde queráis.
BW.

Ayayay...!
ResponderEliminarTe leo y me asusta este cambio generacional. No se concebían así las relaciones cuando yo tenía tu edad. Eran mucho más unas relaciones de igual a igual, y no había problemas generalizados de celos y control. Quiero pensar que no sólo porque no había la comunicación digital. Y ya muchas personas se planteaban el compartir su vida con otras hasta que durase, sin más compromiso y con total libertad.
Ese sentimiento generalizado de posesión no lo veía yo.
Por eso me asusta ver, no ya un retroceso, sino algo que creo que no ha existido nunca y ahora se tiñe de mentira con la continua exposición de sentimientos y situaciones en las redes sociales que creo que deberían permanecer en la intimidad de las parejas.
Conociendo a tu generación, titubeé a la hora de decidir si incluirla o no como una posible influencia para los jóvenes actuales en este sentido. No sabía bien si habíais vivido algo así de jóvenes y algun@s renegasteis de ello conforme fuisteis creciendo, o sería más bien cuestión de cada un@, de los valores que de puertas adentro se os transmitían.
EliminarNo podría decir que son problemas generalizados, en el sentido de que todas o casi todas las parejas los tengan. Sí los tienen, no obstante, una parte de ellas, aunque obviamente, conforme van siendo más graves y más evidentes, también decae la cantidad de relaciones que los padecen. En cualquier caso, es un problema de magnitud considerable como para hablar de él y tenerlo en cuenta. Y si según me dices antes no eran tan graves, entonces en algunos aspectos no estamos hablando de perpetuar estos problemas; sino de agravarlos. Cuanto menos, preocupante.
Muchas gracias por hacérmelo ver así. Ésta es una de las primeras veces que, como escritor, aprendo algo gracias a mis lectores/as.
Me gusta la exposición, extremista y un poco caótica tu generación ha vivido con principes y princesas y con Malumas y sus colegas, ninguna relación real debe parecerse ni a unos ni a otros, debe ser unicamente un acuerdo no escrito entre dos, tres, o el numero que todos quieran, todo está permitido si por todos es compartido, en libertad, sin fronteras, con el único propósito de VIVIR, lo demás, la complicidad, la sonrisa, la ilusión, sobreviven al tiempo, la libertad de pensamiento, credo, afición y relación son individuales, el respeto por los demás es lo compartido. Nada ni nadie es más importante que los demás, nada ni nadie pueden coartar tu libertad, los límites los marcas tú y con quien te relaciones los acepta o no, pero siempre en igualdad .
ResponderEliminarUna forma de entender las relaciones propia de una persona con mente abierta. Creo que de eso se trata. Con independencia de que nosotros queramos o no ponerlas en práctica, como sociedad sería bueno que nos abriésemos a nuevas formas de entender las relaciones. Y por supuesto, será imprescindible para avanzar como tal, ponerles fin a los problemas que he relatado, pues por desgracia son el pan de cada día en muchas relaciones - aunque no digo la mayoría -. Sobre todo, entre la juventud.
EliminarEn efecto, el reggaetón, aunque no es el único género cuyas letras pueden transmitir estos mensajes, sí es el que los transmite de forma más explícita. Pero.. ¿es la realidad quien influye en la música, o es la música quien influye en la realidad? En mi opinión, ahí ya se ha creado un círculo vicioso del que no sé cómo vamos a salir.
Aunque conforme los problemas van siendo más graves y evidentes, la cantidad de parejas que los padecen también disminuye, sí son una realidad entre gente de mi edad y más jóvenes. A veces, siento cierto temor si me paro a pensar qué mentalidad tendrá cuando sea mayor...
Muchas gracias por el comentario!