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Quien más, quien menos, vamos por la vida con la coraza puesta. Desconfiamos por sistema de los demás, y utilizamos nuestras malas experiencias pasadas para autoconvencernos de que hacemos lo correcto. La sociedad es mala.
Pero a la vez, tod@s nos creemos la excepción a la regla. La sociedad es mala; pero yo soy buen@. Normal, ¿quién se considera una mala persona?
Si tod@s somos buen@s, entonces, ¿dónde está el mal? ¿Qué sentido tiene que desconfiemos de los demás? ¿Y qué sentido tiene que los demás desconfíen de nosotros?
Ahí está el problema. Sin darnos cuenta, hemos creado a nuestro alrededor un círculo vicioso de males, miedos y mentiras. Si queremos una sociedad mejor, debemos romperlo...
Ahí está el problema. Sin darnos cuenta, hemos creado a nuestro alrededor un círculo vicioso de males, miedos y mentiras. Si queremos una sociedad mejor, debemos romperlo...
EL
CÍRCULO DEL MAL
En
una sociedad de apariencias, donde
el éxito depende de la opinión que los demás tengan de nosotros;
e individualista y competitiva, donde
cada uno juega su propia lucha, a veces hay personas cuyas
conductas y actitudes no nos van a parecer correctas.
Y
nos las encontraremos. Una tras otra. A lo largo de nuestra vida,
conoceremos personas que de alguna forma nos decepcionarán como
tales. Quizá las hayamos identificado a las primeras de cambio y las
hayamos rechazado de inmediato; quizá llegasen a formar parte de
nuestro círculo y asestarnos alguna que otra puñalada trapera.
Nos
cuesta admitirlo, pero en verdad, cada vez que nos hieren, una
vocecita en nuestro interior nos convida a que empecemos a desconfiar
de todo el mundo. Es para protegernos, no hay otra razón. Es
instintivo. Parece que nuestra mente tiende a centrarse más en lo
negativo, y que por momentos, el dolor de la traición nos hace dudar
de por qué mantenemos la fe en la humanidad.
Eso,
a las personas con mayor fortaleza mental. Porque las mentes más
débiles no sólo dudan de todo el mundo y pierden la fe en la
humanidad en sus peores momentos; sino que lo hacen en todo momento.
Cerrarse en banda, desconfiar del resto y quejarse de lo mala que es
la sociedad es parte de su forma de ser. El mal les ha vencido.
¿Cuántos
de nosotros somos fuertes, y cuántos débiles de mente? Todos nos
creemos fuertes, pero la realidad está ahí: tendemos a catalogar a
la sociedad como mala. Muchos, somos débiles. Da igual que nuestras
andanzas por el planeta Tierra nos hayan dado más o menos motivos
para ello. Como sociedad, hemos terminado normalizando la maldad y
aplaudiendo como si fuese impropio cualquier destello de bondad que
percibamos en una persona.
Así,
como miembros de la sociedad, cada uno de nosotros va por la vida con
la coraza puesta. Seamos más o menos extrovertidos, en el fondo
desconfiamos de los demás.
Ocurre
también que solemos creernos la excepción a la regla. Es normal,
¿quién se considera una mala persona?
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“Yo soy buen@, es la sociedad quien es mala”,
habremos dicho en alguna ocasión.
Pensar
así, a veces, nos incita a actuar de alguna forma que quizá en un
principio no consideramos correcta, pero que terminamos haciendo
porque la vemos “necesaria” por un u otro motivo; o peor aún,
porque logramos autoconvencernos de que “no es para tanto”, y así
no nos sentimos culpables. Que aquí o pisas o te pisan, vaya. Que a
veces tendremos que realizar actos que no nos gustan, aunque sea para
evitar ser el blanco de esos mismos actos por parte de los demás.
Y
esto tiene una consecuencia muy grave: los demás, viendo que somos
“uno más”, comenzarán a desconfiar de nosotros. No nos van a
creer cuando digamos que somos buenos. Aunque en verdad lo seamos, de
entrada, los demás van a meternos en el saco de la mala gente hasta
que les demos motivos para sacarnos de ahí.
Porque
como todos somos así, como todos nos consideramos como una manchita
blanca en medio de un lienzo negro, ¿cómo pretendemos que los demás
nos crean cuando decimos que somos buenos, si a todos ellos les
ocurre lo mismo? Si hiciésemos caso a todo el mundo cuando se
considera bueno, pues... ¡todo el mundo sería bueno!
Pero
claro, eso no puede ser, la sociedad es mala...
Qué
dilema, ¿verdad?
Así,
se crea y se mantiene este clima de hostilidad en la sociedad que
hace que todos, por muy buenos que nos creamos, sigamos siendo
considerados como malos por el mero hecho de formar parte de la
misma. Los malos siguen siendo malos; y a los buenos, por mucho que
intenten ser buenos, les cuesta muchísimo conseguir ser considerados
como tales, porque de entrada son tratados como malos, como cada uno
de nosotros tiende a tratar al resto.
Éste,
damas y caballeros, es el círculo del mal.
El
círculo del mal nos rodea. Todos lo aborrecemos; pero, sin darnos
cuenta, todos contribuimos a mantenerlo con nuestros actos y
pensamientos hacia los demás.
Queremos
solucionar esto, ¿no?
Sabed
que, por desgracia, el problema del individualismo y la
competitividad no podemos solucionarlo a la ligera, ya que forma
parte de la dimensión social del sistema político, económico y –
social – que impera en el mundo. Sólo renegando de él podríamos
aspirar a solucionarlo. Ya abordé ese tema en otra
ocasión.
Pero
sabed también que, respecto a la hostilidad y la desconfianza
sociales, sí podemos hacer algo, tanto de forma individual como
colectiva.
De
hecho, son los dos pasos que hay que dar.
De
forma individual, tenemos que empezar a dejar de desconfiar tanto de
los demás. Hay que darle oportunidades a la gente. Desconfiar por
sistema tiene la ventaja de que nos permite protegernos de las malas
personas, quien quiera hacernos daño lo tendrá mucho más difícil
si ya vamos con ojo avizor; pero el inconveniente de que, de igual
modo, ponemos obstáculos a las buenas personas que querrían
acercarse a nosotros, y que, quizá, podrían hacer aportes positivos
a nuestra vida.
Aunque
pensemos que la sociedad es mala y que nosotros somos buenos, seguro
que no hemos llegado al punto de creer que nadie aparte de nosotros
puede ser bueno. Pues quizá debamos quitarnos la coraza, para darles
una oportunidad a esas – en teoría – pocas buenas personas que
habrá por ahí adelante. Si el mundo es malo, será mejor que los
buenos, aunque seamos pocos, estemos unidos, ¿no?
Y
de forma colectiva, si esa práctica se extiende, si todos hacemos
eso, poco a poco, la gente buena tendrá más y mejores oportunidades
para encontrarse entre sí, para demostrar a los demás que lo es,
para ganarse la confianza de quienes antes desconfiaban de ella y la
catalogaban como mala cuando en realidad no lo era. Y a medida que la
gente buena se vaya conociendo entre sí, la experiencia propia de
cada uno y la comunicación entre todos permitirá identificar a las
malas personas.
A
las que realmente sean malas personas, digo. Porque así, también,
aquellas buenas personas que en su día cedieron a la presión y
comenzaron a realizar actos malos bajo el pretexto de defenderse, una
vez que la hostilidad que motivaba su miedo se vaya reduciendo,
tendrán menos razones para seguir actuando así. Sus instintos
dejarán de susurrarles al oído que han de adaptarse a esa dura
realidad para sobrevivir; porque esa realidad habrá cambiado por
completo.
Así,
podremos romper el círculo del mal.
Y
es que, con sólo intentarlo, nos daremos cuenta de algo aterrador.
Nos
daremos cuenta de que estábamos equivocados desde el principio.
Porque
en realidad, todo era mentira.
La
maldad, a nivel social, era una mentira.
A
medida que vayamos rompiendo el círculo del mal, iremos viendo que a
nuestra vida llegarán muchisimas más personas buenas que malas. Que
lo raro no será encontrar a alguien que por lo menos valga la pena;
lo raro será poder identificar la maldad en una persona y
descartarla de buenas a primeras.
Que
la sociedad era mala y nosotros éramos buenos, era mentira. Porque
todos, cada uno para sí, pensábamos eso, y desconfiábamos de los
demás en general, cuando en realidad, si tuviésemos que decir qué
personas concretas eran malas, no seríamos capaz de señalar más
que a un puñado de ellas. En realidad, casi todos éramos buenos
desconfiando de una supuesta gente mala. La generalización del mal,
que cada uno hacía por su cuenta y de esa forma convertía en verdad
absoluta, era una mentira. Una mentira que todos nos encargamos de
elaborar y extender. Una mentira que todos nos creímos.
Ahora
duele...
Porque
en el fondo, nos sentíamos un poquito solos. Duele meditar esto y
darnos cuenta de a cuántas personas buenas que querían entrar en
nuestra vida les habremos dado con la puerta en las narices. Y duele
también recordar cuántas veces nos habrá pasado eso a nosotros,
que pese a que éramos buenos se nos trataba como malos.
Todo
el mundo merece una oportunidad, porque gran parte de él es gente
buena. Y casi todo el mundo merece una segunda, porque a veces nos
equivocaremos al hacer los descartes.
Así,
si logramos generalizar la tendencia a tener abiertas las puertas de
nuestra vida, tarde o temprano la experiencia nos permitirá ir
identificando a la gente en lugar de dejar esa labor a prejuicios
erróneos. Casi ninguna buena persona se quedará sola, y quizá
entonces su vida sea más feliz. Y casi ninguna mala persona estará
acompañada, quizá entonces se planteará cambiar.
Por
mi parte, quien me considere una persona que vale la pena, tiene mis
puertas abiertas para demostrarme que yo puedo hacer lo propio.
Amigos,
amigas...
BW.

Pues no.
ResponderEliminarNo estoy de acuerdo.
El instinto de protección forma parte de la condición humana.
Tu planteamiento lo veo infantil, inocente e irrealista.
Este escrito me parece una solemne desbarrada, eso sí, propia de una gran persona que se plantea continuamente mejorar el mundo en el que vive.
No todo van a ser flores.
Dame algo bueno la próxima vez...😍
Creo que la base de nuestra discrepancia puede estar en que partimos de concepciones distintas.
EliminarEl instinto de protección, en efecto, es inherente al ser humano. Pero eso no significa que vaya a activarse sí o sí; sino que precisa de un agente interno o externo para ello. No tendría ningún sentido que el instinto de protección se activase si no se está percibiendo un peligro.
Y ahí está la cuestión:
¿Por qué se activa? ¿Cuál es ese peligro que percibimos?
Si analizamos este post desde esta perspectiva, veremos que al principio expongo el problema:
-nuestro instinto de protección se activa de forma sistemática al conocer y tratar a la gente, porque previamente, como seres sociales, hemos interiorizado que la sociedad es “mala”, y por tanto percibimos a los extraños o poco conocidos como posibles peligros, bastando ello para despertar ese instinto.
Para luego, criticarlo:
-no debe ser así, porque nuestro instinto de protección se está activando en circunstancias que no debería, pues el peligro que percibe, según este texto plantea, es irracional y prejuicioso. Lo normal sería que se activase cuando entramos en contacto con personas de las que tenemos motivos racionales y lógicos para desconfiar; no simples prejuicios irracionales provocados y alimentados por una generalización del mal que no es natural, sino social, a la que todos, sin darnos cuenta, hemos contribuido.
Así pues, acabando con tal generalización del mal, algo que sólo puede hacerse de forma social - de igual modo que se ha creado - estoy completamente seguro de que ese instinto de protección nuestro dejará de activarse de esta manera, y todos y todas podremos mejorar la cantidad y calidad de nuestras relaciones interpersonales y, de esa forma, habremos puesto otro granito de arena para lograr ese mundo mejor con el que sueño.
Si consideras que este planteamiento es infantil, inocente e irrealista, puedo decirte algo: tienes razón.
Es infantil, porque niños y niñas son pruebas personificadas de que puede haber algo de cierto en todo lo que digo. Esa desconfianza sistemática que tenemos los adultos, en ellos brilla por su ausencia; y esto es porque todavía no han recibido la influencia del círculo del mal. No han tenido lugar para ellos esas malas experiencias con otras personas que servirán de base para que, a medida que crezcan y vean cómo reaccionamos los adultos ante ellas, interioricen esa desconfianza hacia los demás y se unan al club de quienes creemos que somos buenos y la sociedad es mala. Quizá no sea que a ell@s aún les queden lecciones por aprender; sino que nosotr@s hemos aprendido lecciones que no deberíamos.
Es inocente, porque por definición, está libre de maldad. Sostiene que la maldad que hemos generalizado no es natural, sino social; y que, por lo tanto, como sociedad, del mismo modo que la hemos creado, podemos - y debemos - hacerle frente.
Y es irrealista, porque no se ajusta a la realidad; más bien la cuestiona. Como creación mía, cree que la realidad no es necesariamente cierta e inamovible, y que una de las formas de cuestionarla con criterio es analizando sus orígenes. Como la historia demuestra, aquello que un día es idealista, de allí a un tiempo puede haber dado lecciones a los realistas de antaño.
Gracias por tu aportación.