23 feb 2019

SED DE SANGRE


Sinopsis
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Nuestra mentalidad se está volviendo muy básica e inquisitiva. Convicciones y pensamientos que creía muertos desde hace tiempo, han revivido. Como en aquellas épocas en que la represión y el castigo eran las respuestas ante conductas repudiables, gran parte de la sociedad quiere que el que la haga, la pague.

Si ya es difícil confiar en el poder para hacer justicia, hablando de libertad de expresión e ideales lo es más todavía. Pero ciertas leyes de lo más represivo y ciertas sentencias de lo más polémico no son casos aislados; son el reflejo de un problema mayor.

La sociedad tiene sed de sangre...


Prólogo

Más vale tarde que nunca, o algo así podríamos decir.

La inspiración para este post me vino tiempo atrás, cuando raperos e independentistas catalanes fueron criminalizados y encarcelados. Pero preferí dejar madurar la idea y crear un texto más genérico sobre el tratamiento de la libertad de expresión, los ideales, y los deseos de la sociedad de que el que la haga, la pague, que me permitiese exponer ideas en abstracto partiendo de esos hechos.

Paradójicamente, mientras que en él afirmo que lo “lógico” y lo “normal” no es universal ni absoluto, el contenido del escrito me parece tan de lógica que incluso tengo la sensación de que estas palabras podrían ser de casi cualquiera, que no tienen mi esencia. Quiero pensar que es porque no necesité darle muchas vueltas.


SED DE SANGRE

Nuestra mentalidad se está volviendo muy básica e inquisitiva. Convicciones y pensamientos que creía muertos desde hace tiempo, han revivido. Como en aquellas épocas en que la represión y el castigo eran las respuestas ante conductas repudiables, hoy, de la misma forma, queremos que el que la haga, la pague.

Además, nuestra sociedad siempre ha sido muy dogmática. Y el circo mediático que envuelve la vida política, la polariza todavía más. Tanto, que buena parte de ella busca saciar su sed de sangre criminalizando a quien no piensa igual. La libertad de expresión, derecho humano inviolable, vuelve a estar puesta en duda en nuestro país.

Para hablar de ello, hay que partir de que nadie es objetivo ni imparcial. No, aunque lo creamos. Lo que a nosotros nos parece “lógico” o “normal” no es tal a nivel universal, sino personal, ya que está basado en nuestras ideas y valores. Esa es una razón por la que es difícil confiar en el poder para hacer justicia, y más aún habiendo ideales de por medio. Porque quienes dictan leyes y quienes las aplican también son personas, con sus propias ideas y valores, que queriendo o sin querer transmitirán a sus labores.

La justicia, en este país, es política, clasista, y represiva.

Es política, porque la división de poderes brilla por su ausencia. El poder judicial depende en gran medida del poder ejecutivo, tanto de iure como de facto, por cuestiones de influencia. Por ello, las ideas y valores de los miembros de sus altos órganos van a simpatizar –o no discrepar en demasía- con las del bando que gobierne; si no, difícilmente podrían estar allí. Y eso influye en cómo se aborda la libertad de expresión. Que haya artistas de izquierdas en la cárcel mientras la derecha rancia vomita odio en prime time, ya lo dice todo.

Es clasista, por su evidente diferencia de trato para con el rico y el pobre. Sobre las clases media y baja el peso de la ley cae sin piedad, haciéndose llamar “justicia”; mientras que la gente de altas esferas, hagan lo que hagan y siendo sus fechorías mucho más dañinas para la sociedad que casi cualquier otra, se irán de rositas o con poco más que un tirón de orejas.

Y sobre todo, es represiva. Muy represiva. Déspota y autoritaria, sedienta de sangre como la sociedad misma. El poder judicial español, buscando saciar esa sed, actúa a base de pura sanción, imponiendo penas desproporcionadas con el daño causado; y tratándose de libertad de expresión, intentando atemorizar a todo aquel que no comulgue con las ideas del poder, para que desista de sus intenciones de expresarlas.

El resultado es una justicia política, represiva y de clase condenando a personas por escribir tweets o cantar canciones, y a gran parte de la sociedad sin inmutarse o incluso aprobando esas condenas.

Me preocupa. Y mucho. Vamos a ver...

¡Estamos hablando de la cárcel! ¿En qué cabeza cabe querer meter a una persona en la cárcel por decir lo que piensa? Podemos entender que lo que alguien diga o piense no es de nuestro agrado, e incluso que la forma en que se exprese sea de muy mal gusto. Pero de ahí a considerar eso como un delito, y todavía peor, merecedor de semejantes sanciones, ¡hay un abismo de diferencia!

Ni es lo “lógico” ni es lo “normal. Recordemos: quien crea las leyes y quien las aplica deja sus ideas y valores como sello. El poder legislativo, en su momento, decidió crear “delitos” tales como el de “rebelión” o “enaltecimiento del terrorismo”; otro quizá no lo hubiese hecho. Y el poder judicial, en cada caso, decide si los hechos en cuestión encajan o no en ellos; pero donde uno dice que sí, otro quizá diría que no.

Si conductas así son delito, millones de personas tendríamos que estar en la cárcel o tener cargos en nuestro haber. Es como si hubiese la necesidad de hacer una purga poblacional desterrando de la sociedad al sector más crítico con “lo establecido”. No sé en qué momento se nos ha ido tanto de las manos.

Opinar no es delito. Sea cual sea la barbaridad que se diga. Y es que ya no es ni cuestión de ideas. Tampoco toda esa sarta de comentarios machistas, homófobos, xenófobos, falsopatriotas, etcétera, que podemos ver y escuchar cada día en la calle, en redes sociales y en medios de comunicación merece condena ninguna. Podemos criticarles o ignorarles, pero nadie ha de ser sancionado por ello. Nuestra sed de sangre hace parecer que sí, porque sólo sabemos reaccionar pidiendo castigos. Que se sancione a esa gente. Que así aprenderá a pensar y actuar como queremos. ¡Que sufra!

No hay humanidad en quien piensa así, ni en quien juzga así, ni en quien apoya decisiones en esta línea. Porque no es forma de reaccionar. Las condenas –de entender que alguna procede– han de estar orientadas a la reinserción del delincuente; no a su castigo.

Y la cárcel no reinserta.

La cárcel siempre ha sido un destierro. Un nido de pulgas al que se arroja a quien “ya no vale”. O que “nunca ha valido”. En ella, el criminal no se reeduca; al contrario, se “radicaliza”. Porque por un lado, la falta de oportunidades y la estigmatización social una vez excarcelado le arrojarán a las garras de la reincidencia; y por otro, si el sufrimiento físico, psicológico y espiritual que casi de seguro vivirá allí dentro le impide hacerlo, será por miedo a volver, pero no por haber “aprendido” que lo que hizo no debe hacerse.

Al final, es peor el remedio que la enfermedad. Es injusto encarcelar a alguien por sus ideas; pero es que si lo haces, honras a la persona en cuestión y le conviertes en un símbolo de lucha. Refuerzas sus ideas y avivas su influencia y sus ganas de transmitir. En España, cada día que pasan perseguidos o encarcelados artistas de izquierdas, el apoyo de su público crece; y cada día que sufre lo propio un político independentista catalán, hay cientos de independentistas más.

La represión no es una herramienta válida, y menos contra una idea. Porque se puede reprimir al individuo, pero nunca sus pensamientos.

Y quiero pensar que aún recordamos las lecciones de la historia. Que aquí la idea de ejecutar al disidente sí que ha sido erradicada para siempre.

Quiero pensarlo.

BW.


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NAAT´AANII: En este escrito, especialmente en la primera parte, doy más razones por las que no se puede confiar en el poder para hacer justicia, y hacerlo es un error. Tras ello, con más desarrollo, en la segunda parte propongo una alternativa, una forma distinta de concebir, gestionar y resolver los conflictos. No tiene desperdicio...

2 comentarios:

  1. Completamente de acuerdo, la libertad de expresión,pensamiento, creencia ,orientación sexual o política han de estar protegidas no prohibidas, aunque no las compartamos, pero tampoco han de ser impuestas, el poder legislativo, ejecutivo y judicial han de garantizarlo y no adaptarlos al gobierno de turno o los corsés religiosos.
    Nos queda mucho por delante, quizás algún dia, quizás avance la humanidad.

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