Sinopsis
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Nuestra
mentalidad se está volviendo muy básica e inquisitiva. Convicciones
y pensamientos que creía muertos desde hace tiempo, han revivido.
Como en aquellas épocas en que la represión y el castigo eran las
respuestas ante conductas repudiables, gran parte de la sociedad
quiere que el que la haga, la pague.
Si
ya es difícil confiar en el poder para hacer justicia, hablando de
libertad de expresión e ideales lo es más todavía. Pero ciertas
leyes de lo más represivo y ciertas sentencias de lo más polémico
no son casos aislados; son el reflejo de un problema mayor.
La
sociedad tiene sed de sangre...
Prólogo
Más
vale tarde que nunca, o algo así podríamos decir.
La
inspiración para este post me vino tiempo atrás, cuando raperos e
independentistas catalanes fueron criminalizados y encarcelados. Pero
preferí dejar madurar la idea y crear un texto más genérico sobre
el tratamiento de la libertad de expresión, los ideales, y los
deseos de la sociedad de que el que la haga, la pague, que me
permitiese exponer ideas en abstracto partiendo de esos hechos.
Paradójicamente,
mientras que en él afirmo que lo “lógico” y
lo “normal” no es
universal ni absoluto, el contenido del escrito me parece tan de
lógica que incluso tengo la sensación de que estas palabras podrían
ser de casi cualquiera, que no tienen mi esencia. Quiero pensar que
es porque no necesité darle muchas vueltas.
SED
DE SANGRE
Nuestra
mentalidad se está volviendo muy básica e inquisitiva. Convicciones
y pensamientos que creía muertos desde hace tiempo, han revivido.
Como en aquellas épocas en que la represión y el castigo eran las
respuestas ante conductas repudiables, hoy, de la misma forma,
queremos que el que la haga, la pague.
Además, nuestra sociedad siempre ha sido muy dogmática. Y el circo mediático que envuelve la
vida política, la polariza todavía más. Tanto, que buena parte de
ella busca saciar su sed de sangre criminalizando a quien no piensa
igual. La libertad de expresión, derecho humano
inviolable, vuelve a
estar puesta en duda en nuestro país.
Para
hablar de ello, hay que partir de que nadie es objetivo ni
imparcial. No, aunque lo creamos. Lo que a nosotros nos parece
“lógico” o “normal” no es tal a nivel
universal, sino personal, ya que está basado en nuestras ideas y
valores. Esa es una razón por la que es difícil confiar en el
poder para hacer justicia, y más aún habiendo ideales de por medio.
Porque quienes dictan leyes y quienes las aplican también son
personas, con sus propias ideas y valores, que queriendo o sin querer
transmitirán a sus labores.
La
justicia, en este país, es política, clasista, y represiva.
Es política,
porque la división de poderes brilla por su ausencia. El poder
judicial depende en gran medida del poder ejecutivo, tanto de iure
como de facto, por
cuestiones de influencia. Por ello, las ideas y valores de los
miembros de sus altos órganos van a simpatizar –o no discrepar en
demasía- con las del bando que gobierne; si no, difícilmente
podrían estar allí. Y eso influye en cómo se aborda la libertad de
expresión. Que haya artistas de izquierdas en la cárcel mientras la
derecha rancia vomita odio en prime time,
ya lo dice todo.
Es
clasista, por su evidente diferencia de trato para con el rico
y el pobre. Sobre las clases media y baja el peso de la ley cae sin
piedad, haciéndose llamar “justicia”; mientras que la
gente de altas esferas, hagan lo que hagan y siendo sus fechorías
mucho más dañinas para la sociedad que casi cualquier otra, se irán
de rositas o con poco más que un tirón de orejas.
Y
sobre todo, es represiva. Muy represiva. Déspota y
autoritaria, sedienta de sangre como la sociedad misma. El poder
judicial español, buscando saciar esa sed, actúa a base de pura
sanción, imponiendo penas desproporcionadas con el daño causado; y
tratándose de libertad de expresión, intentando atemorizar a todo
aquel que no comulgue con las ideas del poder, para que desista de
sus intenciones de expresarlas.
El
resultado es una justicia política, represiva y de clase condenando
a personas por escribir tweets o cantar canciones, y a gran
parte de la sociedad sin inmutarse o incluso aprobando esas condenas.
Me preocupa. Y mucho.
Vamos a ver...
¡Estamos
hablando de la cárcel! ¿En qué cabeza cabe querer meter a una
persona en la cárcel por decir lo que piensa? Podemos entender que
lo que alguien diga o piense no es de nuestro agrado, e incluso que
la forma en que se exprese sea de muy mal gusto. Pero de ahí a
considerar eso como un delito, y todavía peor, merecedor de
semejantes sanciones, ¡hay un abismo de diferencia!
Ni
es lo “lógico” ni es lo “normal”.
Recordemos: quien crea las leyes y quien las aplica deja sus ideas y
valores como sello. El poder
legislativo, en su momento, decidió crear “delitos” tales como
el de “rebelión” o
“enaltecimiento
del terrorismo”;
otro quizá no lo
hubiese hecho.
Y el poder judicial, en cada caso, decide si los hechos en cuestión
encajan o no en ellos; pero donde uno dice que sí, otro
quizá diría que no.
Si
conductas así son delito, millones de personas tendríamos que estar
en la cárcel o tener cargos en nuestro haber. Es como si hubiese la
necesidad de hacer una purga poblacional desterrando de la sociedad
al sector más crítico con “lo establecido”. No sé en
qué momento se nos ha ido tanto de las manos.
Opinar
no es delito. Sea cual sea la barbaridad que se diga. Y es
que ya no es ni cuestión de ideas. Tampoco toda esa sarta de
comentarios machistas, homófobos, xenófobos, falsopatriotas,
etcétera, que podemos ver y escuchar cada día en la calle, en redes
sociales y en medios de comunicación merece condena ninguna. Podemos
criticarles o ignorarles, pero nadie ha de ser sancionado por ello.
Nuestra sed de sangre hace parecer que sí, porque sólo sabemos
reaccionar pidiendo castigos. Que se sancione a esa gente. Que
así aprenderá a pensar y actuar como queremos. ¡Que sufra!
No
hay humanidad en quien piensa así, ni en quien juzga así, ni en
quien apoya decisiones en esta línea. Porque no es forma de
reaccionar. Las condenas
–de entender que alguna procede– han de estar orientadas a la
reinserción del delincuente; no a su castigo.
Y
la cárcel no reinserta.
La
cárcel siempre ha sido un destierro. Un nido de pulgas al que
se arroja a quien “ya no vale”. O que “nunca ha
valido”. En ella, el
criminal no se reeduca; al contrario, se “radicaliza”.
Porque por un lado, la falta
de oportunidades y la
estigmatización social
una vez excarcelado le arrojarán a las garras de la reincidencia;
y por otro, si el sufrimiento físico, psicológico y
espiritual que casi de seguro
vivirá allí dentro le impide hacerlo, será por miedo
a volver, pero no por haber “aprendido”
que lo que hizo no debe hacerse.
Al
final, es peor el remedio que la enfermedad. Es
injusto encarcelar a alguien por sus ideas; pero es que si lo haces,
honras a la persona en cuestión y le conviertes en un
símbolo de lucha. Refuerzas sus ideas y avivas su influencia y
sus ganas de transmitir. En España, cada día que pasan perseguidos
o encarcelados artistas de izquierdas, el apoyo de su público crece;
y cada día que sufre lo propio un político independentista catalán,
hay cientos de independentistas más.
La
represión no es una herramienta válida, y menos contra una idea.
Porque se puede reprimir al individuo, pero nunca sus
pensamientos.
Y quiero pensar que
aún recordamos las lecciones de la historia. Que aquí la idea de
ejecutar al disidente sí que ha sido erradicada para siempre.
Quiero pensarlo.
BW.
ESCRITOS RELACIONADOS
NAAT´AANII: En este escrito,
especialmente en la primera parte, doy más razones por las que no se
puede confiar en el poder para hacer justicia, y hacerlo es un error.
Tras ello, con más desarrollo, en la segunda parte propongo una
alternativa, una forma distinta de concebir, gestionar y resolver los
conflictos. No tiene desperdicio...

Completamente de acuerdo, la libertad de expresión,pensamiento, creencia ,orientación sexual o política han de estar protegidas no prohibidas, aunque no las compartamos, pero tampoco han de ser impuestas, el poder legislativo, ejecutivo y judicial han de garantizarlo y no adaptarlos al gobierno de turno o los corsés religiosos.
ResponderEliminarNos queda mucho por delante, quizás algún dia, quizás avance la humanidad.
Me alegro de que te haya gustado, y gracias por comentar!
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