2 feb 2019

NAAT´AANII (2) - LA FUERZA DEL SABER



Prólogo
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Como adelanté, aquí está la segunda y última parte de este escrito que tanto aprecio.

Después de explicar en la primera parte cómo la culpa, el miedo y el poder hacen que nazcan y perduren conflictos y que tantas veces fracase la forma clásica de intentar resolverlos, ahora muestro cuál es la alternativa.

Otra forma de entender, gestionar y resolver los conflictos es posible. El deber de encargarse de ellos tiene que regresar a las propias personas que los tienen, allá de donde nunca debió salir. Y si ellas no pueden resolverlos, sólo hay una persona que puede intervenir. La única que podría saber mejor que ellas qué es lo que más les conviene.


NAAT´AANII 2 – LA FUERZA DEL SABER

En la primera parte de este trabajo, concluimos que quien mejor puede resolver un conflicto son las propias personas que lo tienen. Pero puede que no lo consigan. En esta segunda y última parte veremos por qué ocurre, y quién puede ayudarnos en ese caso.

Entonces, si aún así no es posible, ¿a quién acudimos?

Puede ocurrir. Puede ser que en algún caso, por mucho que lo intentemos, cuando tengamos un conflicto no logremos ponernos de acuerdo con los demás para resolverlo.

Esto se debe a que la solución de un conflicto tiene dos componentes: el fondo y la forma. El fondo son las condiciones de la solución en sí, es decir, cuál va a ser la nueva realidad a partir de entonces; y la forma es el proceso que ha hecho posible la solución.

Una solución impuesta por el poder falla tanto en el fondo como en la forma. En el fondo, porque al no conocer lo suficiente el conflicto, casi nunca tomará la mejor decisión; y en la forma, porque al ser impuesta por la fuerza será mal aceptada por una o ambas partes, que sólo acudieron al poder porque -creían que- no tenían más remedio.

Y una solución acordada entre las partes a veces falla también. En el fondo, porque aunque tienen la capacidad potencial de conocer todos los elementos que influyen en su conflicto, puede que no lo hagan -con lo cual será difícil un consenso satisfactorio-; y en la forma, porque quizá no sepan dirigir su negociación.

Es decir, de facto, a veces el acuerdo no es posible por falta de conocimiento y/o habilidades de resolución de conflictos. Y cuando eso suceda, sí podemos acudir a alguien.

En la primera parte afirmé que -casi- nadie sabe más de un conflicto que las propias personas que lo tienen. Y lo hice a propósito. Porque sí puede existir alguien que podría saber, sobre nuestro conflicto y sus entresijos, más que nosotros mismos: el mediador.

El mediador es un tercero ajeno al conflicto que puede intervenir en él, de forma imparcial y neutral, sin ningún poder sobre nosotros, guiándonos para que lo gestionemos mejor y/o consigamos llegar a una solución consensuada y satisfactoria. Para ello, utiliza sus habilidades de resolución de conflictos; sus conocimientos sobre Psicología y Derecho -si es necesario-; y, sobre todo, su sentido común. Él es a quien debemos acudir.

No es una figura moderna. Antaño, ya hubo comunidades que comprendían que el saber tiene más poder que el propio poder para hacer justicia; y en su seno, había una figura de referencia de sabiduría a quien acudir.

Y mi favorita es la de la antigua tribu de los indios navajos: naat´aanii, o “el sabio de la comunidad”. Era una persona con sabiduría, liderazgo y mucha experiencia en la vida a quien los miembros de la tribu acudían cuando tenían conflictos, y ella les ayudaba a encontrar la mejor solución sin que se derramase una gota de sangre.

¿Por qué renegar de esta alternativa?

Para mí, el mediador es legítimo heredero de los naat´aanii. Debemos reforzar su figura, adaptarla a nuestros tiempos, darle el status social que merece y acostumbrarnos a acudir a ella.

En muchos casos, para velar por la convivencia, la justicia no debe ser objetiva; debe ser social. La primera te da lo que las reglas dicen que te corresponde; la segunda, lo que ve que necesitas. Y a veces, discrepan.

Para hacer justicia a nivel social, además de un status quo de referencia, que puede crearse tanto por ley, de forma firme, como por consensos y acuerdos multilaterales entre individuos y comunidades, en constante cambio y evolución -opción de la que soy más partidario-, se necesitan otras dos herramientas: psicología y sentido común sociohumanitario.

Mediador y juez comparten la primera de estas tres. Ambos conocen el status quo, saben “lo que hay”. Pero mientras que el Juez, en sus sentencias, se limita a interpretarlo o repetirlo con matices, el mediador le resta importancia y lo utiliza sólo como una base para guiar a los demás al resolver sus conflictos, sin que después nadie venga a decir que no es aceptable.

Sin embargo, la segunda y la tercera, se convierten en los estandartes de la mediación. Los conocimientos de psicología del mediador, unidos a su sentido común sociohumanitario, marcan la diferencia.

Su figura renuncia al poder del juez para triplicarle en margen de maniobra. El mediador bien formado tiene una serie de rasgos que le convierten en la persona ideal a quien acudir cuando tengamos conflictos: sabiduría y, sobre todo, palabra de honor.

Él sabe cómo piensas y quizá sepa mejor que tú lo que te conviene. Y te lo va a enseñar. Te hará darte cuenta de que no en todo conflicto hay un culpable, sino que nuestras emociones, nuestra lógica, nuestros conocimientos, nuestra organización, nuestra ineptitud e incluso la mala suerte, pueden estar detrás de muchos de ellos, quizá también del que nos ha llevado a sentarnos con él en la hoguera. De esta forma, calmará tu ánimo, hará que dejes de ver enemigos donde no los hay, y te predispondrá a colaborar.

Colaborar, con sentido. Sentido común, y humanidad. A él, las normas no le atan de pies y manos, y tampoco va a dejar que a ti te aturdan. Será tu voluntad, tu deseo de querer lo mejor para todos, lo que te hará dejar de avivar el fuego, para conseguir controlarlo o incluso llegarlo a apagar.

Él tiene, también, palabra de honor.

La palabra de honor, como ya expliqué en otra ocasión, es la cualidad esencial que tiene que tener todo aquel que pretenda ser escuchado y tomado en serio por todo el mundo cuando habla.

Y él la tiene. Su esencia le convierte en la excepción a todos esos prejuicios y reglas generales que tenemos interiorizados sobre lo mala que es la sociedad. Él no lo es. Él es de fiar.

Confías en él. No está por encima de ti; está a tu lado. Como no tiene poder sobre ti, esa desconfianza sistemática que tienes en el prójimo, no se va a activar. Sabes que no te la va a jugar, porque no puede. Y sabrá hacerte sentir que tampoco quiere. Al más puro estilo naat´aanii, su sabiduría y su experiencia harán que confíes en él, y su bondad y cercanía harán que quieras dejarte ayudar. Tú sigues teniendo la última palabra.

Al calor de su hoguera, que sentiremos como hogar, cual pipa de la paz su voz amansará a las fieras, y cual sol naciente en el horizonte su palabra despertará esperanzas. Así, sus consejos se convierten en veredictos sin fuerza. Todo nos invitará a hacerle caso, a dejarnos guiar por él. No necesita del poder.

En conclusión

Otra forma de hacer justicia es posible. Y recordemos, está en nuestras manos. No me canso de decirlo: somos dueños de nuestro destino. Debemos empezar a solucionar nuestros conflictos por nosotros mismos, para así convertirnos en una sociedad más libre que, como tal, sea libre también de pedir ayuda, pero no a quien puede dictar sentencia; sino a quien sabe dar consejo.

BW.


ENLACES RELACIONADOS

NAAT´AANII 1 – LA CULPA, EL MIEDO Y EL PODER: En la primera parte de este trabajo hablo sobre nuestras escasas habilidades de resolución de conflictos desde un punto de vista general, del que parto en esta segunda parte para proponer, ante el modelo tradicional, la alternativa que más me gusta. Aunque imagino que ya la habrás leído, ¿no? Siempre estarás a tiempo...

PALABRA DE HONOR: En este escrito abordo el significado del honor, y los poderes que le da a quien lo tiene, en especial a su palabra. Imprescindible para comprender que en Naat´aanii no sólo habla mi cabeza; habla mi corazón...

4 comentarios:

  1. Genial. Lo sabía. Lo difícil en este mundo es encontrar a quien dedique su tiempo a algo tan agotador como debe ser hacer entrar en su propia razón y llegar a un punto común a seres egocéntricamente convencidos de que está en la absoluta posesión de la verdad. Figura existente en muchas culturas y civilizaciones, pueblos y razas, casi siempre encarnadas en la persona con más edad. Difícil tarea para quién tiene una vida tan corta, pero a quien se le suponen habilidades y conocimientos especiales y específicos sobre los comportamientos humanos. Porque a fin de cuentas, tanto entre personas como entre empresas o negocios, los problemas y las decisiones siempre las toman las primeras. Suerte con tu planteamiento. Espero no tener que acudir a un Naat'aanii para resolver mis conflictos con nadie porque será que no los tengo o he sido capaz de resolverlos. 😀

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    1. Bueno, no es necesario tener una edad avanzada para poder decirse de una persona que tiene “experiencia en la vida”, aunque obviamente es más fácil.

      Sobre lo de las empresas, ideales aparte, tengo la impresión -no la certeza- de que será todavía más fácil mediar que con las personas, pues sus posiciones, intereses y necesidades en un conflicto son mucho más predecibles, y casi cualquier aspecto puede ser convertible a dinero. Más que mediación, entre empresas casi siempre lo que se hará es una “negociación asistida”, que coincide con la forma más simple y extendida de entender esta profesión; y en efecto, aunque en esencia es mucho más compleja, ese aspecto también forma parte de ella.

      Y respecto a los egos, tal y como dije, una de las habilidades que pueden hacer de la mediación un “arte” es saber apaciguarlos sin dañarlos, es decir, lograr que personas con egos muy fuertes entiendan que lo que más les conviene es colaborar.

      La mediación, por seguro, será un oficio difícil y agotador, porque gran parte del trabajo es invisible.

      Muchas gracias!!

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  2. Trasladas tus deseos de convivencia en armonía en un mundo que tiende a lo contrario, de entendimiento entre las personas cuando nos gobiernan desde el enfrentamiento y las banderas, pones en valor la opinión de los mayores por vivencias cuando en nuestra sociedad tendemos a arrinconarlos para que no nos estorben en nuestra forma de vivir egocéntrica,excluyente, intrusiva e hipócrita, muy valiente tu exposición en la defensa de la mediación entre iguales, posible si hay voluntad y se guardan los egos, sin embargo, la MEDIACIÓN así escrita, que pueda poner de acuerdo al ser humano confrontados con macroempresas sin fronteras se me antoja imposible, no se hablan en el mismo idioma, no obstante, con cada paso se recorre el camino, lo imprescindible es empezar a caminar. Adelante.

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    1. En efecto, la mediación, además de un mecanismo de resolución de conflictos, puede ser incluso una forma de vida, ser una “herramienta de cambio social” como contempla una de las autoras a las que debo parte de mi formación (y a partir de cuyas lecciones, he creado un post que me parece magnífico y publicaré en los próximos meses).

      No pretendí asociar esta figura necesariamente con alguien de avanzada edad, aunque, como es obvio, pese a que la “experiencia en la vida” no está ligada a ella, sí es más frecuente que confluyan. Atender a los consejos de nuestros mayores me parece apropiado... si uno sabe cómo, cuándo y porqué hacerlo. Es parte de la compleja ciencia del saber.

      Es posible aplicar la mediación de forma distinta a personas y a empresas, tengan la dimensión que sea; e incluso creo que resultaría más fácil entre estas últimas, pues su proceder y sus intereses son más predecibles. Cuestión distinta es el poder y la influencia que tengan; al respecto, me limitaría a referirme a multitud de ideas que planteo en otros posts.

      Creo que todo forma parte de mis anhelos de una “revolución social” sutil, encubierta, pero eficaz. Soy moderadamente optimista al respecto.

      Muchas gracias!!

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