18 abr 2019

MERECÍA MORIR DE VIEJO (2) - EL MENSAJE OCULTO



Sinopsis
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Un gavilán que alza el vuelo. Líneas quebradas que se vuelven rectas. Un mensaje oculto. La palabra de un loco. Tres fotografías. Papel quemado. Un precipicio y una mirada abatida. Una esperanza que regresa. Una mano tendida que ofrece ayuda al guerrero caído en sus luchas internas... ¿la tomará?

Una muerte que supone el triunfo de una vida.

De la vida misma.

Y es que, lo merecía...


MERECÍA MORIR DE VIEJO

Parte 2 – El mensaje oculto

Unas semanas después, la anciana entró en el estudio de su difunto compañero. No lo hacía muy a menudo, pero ese día, preso de la nostalgia, su corazón quiso vivir de recuerdos.

La estancia comenzaba a acumular suciedad. Él siempre se había encargado de mantenerla reluciente, igual que el resto de la casa. Pero ahora, ya no estaba.

Bueno, sí. Sí estaba. La observaba desde esas fotografías a las que tanto cariño les tenía, con cuidado dispuestas en orden cronológico a izquierda, centro y derecha de la gran mesa de madera sobre la que solía dejar volar su imaginación y hacerla aterrizar en papel.

Entusiasmo, perseverancia y deseo de vivir. Las tres instantáneas simbolizaban las cualidades que le permitieron alcanzar el éxito. Cuánto le gustaba a él esa palabra...

Contemplándolas con ternura, empezó a limpiarlas, para devolverle al anciano el brillo de esa mirada con la que cada día le decía “te quiero”. A ella y al mundo.

La primera había sido tomada el milenio anterior, cuando a sus tres años aún llevaba las gafas sujetas con un cordel, porque siempre se le caían, y sonreía al objetivo sin un porqué. Y es que, al fin y al cabo, la felicidad más pura se alcanza no cuando tenemos razones para sonreír, sino cuando no las hay para no hacerlo.

En la segunda se le veía más serio. Confiado, portentoso, triunfante. Y era normal. La inmortalización del fin de su paso por la carrera de Derecho, primer y más importante bloque de su amplia formación, no era para menos. Su “yo” de veintidós años, que recién había descubierto su pasión por el arte de la paz, con una mirada que transmitía decisión y esperanza en perfecta simbiosis, siempre había sido su referente. Y su mayor miedo, mirarle un día a la cara y que no le reconociese. Porque ese día, estaría muerto.

Cuando la anciana tomó esa foto en sus manos, creyó entrever algo en una esquina del borde interno del marco, donde se suponía que rojo, blanco y gris debían confluir. Sacó la foto del marco, y descubrió un papel doblado detrás.

Parecía antiguo. Muy antiguo. Quizá tanto como la propia imagen. Se veía amarillento, tenía todos los bordes doblados hacia dentro y, a trozos, parecía quebrado, sin duda consecuencia del paso del tiempo por él.

Estaba escrito a mano, con tinta azul, y una caligrafía que ella reconocería de entre miles, porque sería la única que se parecería a aquella que su compañero de vida utilizó para dedicarle sus primeras cartas.

Se puso las gafas, e intentó leer:

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QUIZÁ

¿Y si fuera yo? ¿Y si tal y como me dice una y otra vez la gente que me quiere, son personas como yo las que hacen falta para cambiar el mundo?

Ante este panorama, desolador, una humanidad carente de valores que cada día se hunde más en la miseria, hace tiempo que sé que no estoy destinado a ser uno más.

Quizá sea yo la persona que deba sacrificar su vida y dedicarse en cuerpo y alma a librar una lucha contra lo desconocido, para buscar el bienestar de toda la humanidad.

Quizá sean míos los valores que deban prevalecer y ser expandidos, y quizá deba ser yo mismo su entregado predicador.

Quizá haya una manera, que aún nadie ha descubierto, de lograr que todos y cada uno de nosotros podamos tener la vida que, por el mero hecho de vivir, merecemos. Quizá haya un sistema, que quizá aún no haya sido ideado por nadie, que sea capaz de satisfacer todos nuestros intereses, o al menos, los que merezcan ser satisfechos. O quizá la solución sea que no deba existir sistema alguno. Quizá haya alguna forma de que todas las buenas personas... puedan estar contentas.

Quizá en mis manos esté mucho más de lo que creía. A veces, pienso que he venido aquí para desempeñar un papel. Debo trabajar para ser capaz de realizar una propuesta al mundo, crear algo que más que una filosofía propia sea una forma alternativa de convivencia en sociedad. Si esa es mi misión, el afán que tengo desde niño en querer saber de todo no es herencia de mi abuela; tiene una explicación mejor.

Quizá, si lo hago, me será posible dar soluciones. Así, el día que me toque irme, podré hacerlo sabiendo que he podido aportar mi granito de arena para hacer de este un lugar mejor.

Quizá ese sea mi destino, y esté ya escrito en algún lugar. Traer la paz. Sembrar la paz y observar cómo florece. Dar esos primeros pasos hacia aquello que, a ojos de mis compañeros de viaje, mortales, como yo, seres humanos alienados, susceptibles, presa fácil del miedo, se presenta como la más bonita de las utopías.

Quizá sea yo quien deba encender la luz. Y quizá, aunque a mi partida el mundo aún esté gobernado por las sombras, pueda contemplar sus primeros destellos.

Quizá un mundo mejor sea posible, y quizá sea yo quien deba encontrar la forma de crearlo. Quizá deba transformar el mundo real en el mundo de mis sueños.

Y quizá, así, alcanzaré el éxito.

Toda mi vida remaré a contracorriente, pero contemplaré mi último anochecer desde lo más alto de la cascada.

4 de enero de 2017.
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La anciana sonrió. Siempre pensó que su compañero de vida había sido un loco. Un loco adorable, pero... loco. Y ahora tenía la prueba en sus manos.

Dobló el papel, lo colocó de nuevo tras la fotografía y la dejó en su sitio. Tomó lápiz y cuartilla, y redactó una misiva:

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Aquel día me enamoré de ti. ¿Quién no lo haría en mi lugar? Al final conseguiste lo que querías, terco, ¡qué terco eras! Siempre supe que tenías un corazón de oro, y una mente prodigiosa capaz de guiar a cualquiera hacia su propio bien, sacando lo mejor de sí. Pero primero, te habías lavado la cabeza a ti mismo. Estabas loco.

Eras un idealista loco. Pero como siempre decías, el idealista de hoy puede crear la realidad de mañana. Daba igual lo que tuvieses delante, conseguías que esa frase te moviera. Y por eso, por todo lo que conseguiste así, ahora este mundo te quiere y te admira, valiente gran guerrero.

Yo ya lo hacía antes. Ya te lo dije entonces, los zombies nunca consiguieron atraparme. Me refugiaba en el mundo de tus sueños, que hice mío y habité contigo sin que lo supieras, antes de conocernos. Quizá estábamos predestinados. Ahora nadie ha de tener miedo, porque has sentado los cimientos de un refugio donde cabemos todos; cada persona que entra lo hace más grande.

Y tú eres la mejor de ellas. A tu lado, soy feliz. Lo sigo siendo aunque no estés. Porque estuviste.

Te quiero libre, como nunca fuiste y quizá en un futuro mucha gente sea gracias a ti. Pero ahora lo eres, así que... vuela. Vuela alto, amor. Regresa a nuestro lugar favorito, y espérame allí, porque algún día volveremos a vernos.

Que tu ser se reencarne en lobo, en gavilán, en otro humano noble...

Pero vayas donde vayas
ojalá puedas vivir otras vidas
recordando lo que hiciste en ésta.


Tu fotógrafa favorita.

10 de julio de 2075.
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Abrió la ventana, cogió su mensaje... y lo quemó.

(...)

La cerró, y tomó en sus manos la tercera fotografía.

Era la más bonita que había visto jamás. Como siempre que la miraba, fue incapaz de retener las lágrimas. La limpió con cariño, la devolvió a su sitio y abandonó el lugar.

Ahora, el marco dorado se veía resplandeciente, y a la luz del sol veraniego, el grabado al pie relucía:


BW.

4 comentarios:

  1. Waw, que pasada, un gran relato, una forma de explicarlo que te permite reproducir cada imagen en tu cabeza. Muchas gracias.

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    1. Es lo que pretendía, me alegra haberlo conseguido. Muchas gracias!!

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