Sinopsis
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Un
gavilán que alza el vuelo. Líneas quebradas que se vuelven rectas.
Un mensaje oculto. La palabra de un loco. Tres fotografías. Papel
quemado. Un precipicio y una mirada abatida. Una esperanza que
regresa. Una mano tendida que ofrece ayuda al guerrero caído en sus
luchas internas... ¿la tomará?
Una
muerte que supone el triunfo de una vida.
De
la vida misma.
Y es que, lo merecía...
Y es que, lo merecía...
MERECÍA
MORIR DE VIEJO
Parte
2 – El mensaje oculto
Unas
semanas después, la anciana entró en el estudio de su difunto
compañero. No lo hacía muy a menudo, pero ese día, preso de la
nostalgia, su corazón quiso vivir de recuerdos.
La
estancia comenzaba a acumular suciedad. Él siempre se había
encargado de mantenerla reluciente, igual que el resto de la casa.
Pero ahora, ya no estaba.
Bueno,
sí. Sí estaba. La observaba desde esas fotografías a las que tanto
cariño les tenía, con cuidado dispuestas en orden cronológico a
izquierda, centro y derecha de la gran mesa de madera sobre la que
solía dejar volar su imaginación y hacerla aterrizar en papel.
Entusiasmo,
perseverancia y deseo de vivir. Las tres instantáneas simbolizaban
las cualidades que le permitieron alcanzar el éxito. Cuánto le
gustaba a él esa palabra...
Contemplándolas
con ternura, empezó a limpiarlas, para devolverle al anciano el
brillo de esa mirada con la que cada día le decía “te quiero”.
A ella y al mundo.
La
primera había sido tomada el milenio anterior, cuando a sus tres
años aún llevaba las gafas sujetas con un cordel, porque siempre se
le caían, y sonreía al objetivo sin un porqué. Y es que, al fin y
al cabo, la felicidad más pura se alcanza no cuando tenemos razones
para sonreír, sino cuando no las hay para no hacerlo.
En
la segunda se le veía más serio. Confiado, portentoso, triunfante.
Y era normal. La inmortalización del fin de su paso por la carrera
de Derecho, primer y más importante bloque de su amplia formación,
no era para menos. Su “yo” de veintidós años, que recién había
descubierto su pasión por el arte de la paz, con una mirada que
transmitía decisión y esperanza en perfecta simbiosis, siempre
había sido su referente. Y su mayor miedo, mirarle un día a la cara
y que no le reconociese. Porque ese día, estaría muerto.
Cuando
la anciana tomó esa foto en sus manos, creyó entrever algo en una
esquina del borde interno del marco, donde se suponía que rojo,
blanco y gris debían confluir. Sacó la foto del marco, y descubrió
un papel doblado detrás.
Parecía
antiguo. Muy antiguo. Quizá tanto como la propia imagen. Se veía
amarillento, tenía todos los bordes doblados hacia dentro y, a
trozos, parecía quebrado, sin duda consecuencia del paso del tiempo
por él.
Estaba
escrito a mano, con tinta azul, y una caligrafía que ella
reconocería de entre miles, porque sería la única que se parecería
a aquella que su compañero de vida utilizó para dedicarle sus
primeras cartas.
Se
puso las gafas, e intentó leer:
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“QUIZÁ”
¿Y
si fuera yo? ¿Y si tal y como me dice una y otra vez la gente que me
quiere, son personas como yo las que hacen falta para cambiar el
mundo?
Ante
este panorama, desolador, una humanidad carente de valores que cada
día se hunde más en la miseria, hace tiempo que sé que no estoy
destinado a ser uno más.
Quizá
sea yo la persona que deba sacrificar su vida y dedicarse en cuerpo y
alma a librar una lucha contra lo desconocido, para buscar el
bienestar de toda la humanidad.
Quizá
sean míos los valores que deban prevalecer y ser expandidos, y quizá
deba ser yo mismo su entregado predicador.
Quizá
haya una manera, que aún nadie ha descubierto, de lograr que todos y
cada uno de nosotros podamos tener la vida que, por el mero hecho de
vivir, merecemos. Quizá haya un sistema, que quizá aún no haya
sido ideado por nadie, que sea capaz de satisfacer todos nuestros
intereses, o al menos, los que merezcan ser satisfechos. O quizá la
solución sea que no deba existir sistema alguno. Quizá haya alguna
forma de que todas las buenas personas... puedan estar contentas.
Quizá
en mis manos esté mucho más de lo que creía. A veces, pienso que
he venido aquí para desempeñar un papel. Debo trabajar para ser
capaz de realizar una propuesta al mundo, crear algo que más que una
filosofía propia sea una forma alternativa de convivencia en
sociedad. Si esa es mi misión, el afán que tengo desde niño en
querer saber de todo no es herencia de mi abuela; tiene una
explicación mejor.
Quizá,
si lo hago, me será posible dar soluciones. Así, el día que me
toque irme, podré hacerlo sabiendo que he podido aportar mi granito
de arena para hacer de este un lugar mejor.
Quizá
ese sea mi destino, y esté ya escrito en algún lugar. Traer la paz.
Sembrar la paz y observar cómo florece. Dar esos primeros pasos
hacia aquello que, a ojos de mis compañeros de viaje, mortales, como
yo, seres humanos alienados, susceptibles, presa fácil del miedo, se
presenta como la más bonita de las utopías.
Quizá
sea yo quien deba encender la luz. Y quizá, aunque a mi partida el
mundo aún esté gobernado por las sombras, pueda contemplar sus
primeros destellos.
Quizá
un mundo mejor sea posible, y quizá sea yo quien deba encontrar la
forma de crearlo. Quizá deba transformar el mundo real en el mundo
de mis sueños.
Y
quizá, así, alcanzaré el éxito.
Toda
mi vida remaré a contracorriente, pero contemplaré mi último
anochecer desde lo más alto de la cascada.
4
de enero de 2017.
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La
anciana sonrió. Siempre pensó que su compañero de vida había sido
un loco. Un loco adorable, pero... loco. Y ahora tenía la prueba en
sus manos.
Dobló
el papel, lo colocó de nuevo tras la fotografía y la dejó en su
sitio. Tomó lápiz y cuartilla, y redactó una misiva:
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Aquel
día me enamoré de ti. ¿Quién no lo haría en mi lugar? Al final
conseguiste lo que querías, terco, ¡qué terco eras! Siempre supe
que tenías un corazón de oro, y una mente prodigiosa capaz de guiar
a cualquiera hacia su propio bien, sacando lo mejor de sí. Pero
primero, te habías lavado la cabeza a ti mismo. Estabas loco.
Eras
un idealista loco. Pero como siempre decías, el idealista de hoy
puede crear la realidad de mañana. Daba igual lo que tuvieses
delante, conseguías que esa frase te moviera. Y por eso, por todo lo
que conseguiste así, ahora este mundo te quiere y te admira,
valiente gran guerrero.
Yo
ya lo hacía antes. Ya te lo dije entonces, los zombies nunca
consiguieron atraparme. Me refugiaba en el mundo de tus sueños, que
hice mío y habité contigo sin que lo supieras, antes de conocernos.
Quizá estábamos predestinados. Ahora nadie ha de tener miedo,
porque has sentado los cimientos de un refugio donde cabemos todos;
cada persona que entra lo hace más grande.
Y
tú eres la mejor de ellas. A tu lado, soy feliz. Lo sigo siendo
aunque no estés. Porque estuviste.
Te
quiero libre, como nunca fuiste y quizá en un futuro mucha gente sea
gracias a ti. Pero ahora lo eres, así que... vuela. Vuela alto,
amor. Regresa a nuestro lugar favorito, y espérame allí, porque
algún día volveremos a vernos.
Que
tu ser se reencarne en lobo, en gavilán, en otro humano noble...
Pero
vayas donde vayas
ojalá
puedas vivir otras vidas
recordando
lo que hiciste en ésta.
Tu
fotógrafa favorita.
10
de julio de 2075.
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Abrió
la ventana, cogió su mensaje... y lo quemó.
(...)
La
cerró, y tomó en sus manos la tercera fotografía.
Era
la más bonita que había visto jamás. Como siempre que la miraba,
fue incapaz de retener las lágrimas. La limpió con cariño, la
devolvió a su sitio y abandonó el lugar.
Ahora,
el marco dorado se veía resplandeciente, y a la luz del sol
veraniego, el grabado al pie relucía:
BW.

Muy bueno Pablo, esperamos el 3
ResponderEliminarGracias... muy pronto!
EliminarWaw, que pasada, un gran relato, una forma de explicarlo que te permite reproducir cada imagen en tu cabeza. Muchas gracias.
ResponderEliminarEs lo que pretendía, me alegra haberlo conseguido. Muchas gracias!!
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