13 jul 2019

NO CAERÁ ESTA BREVA


Sinopsis
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La “madurez”, o más bien la falta de ella, se utiliza como un arma arrojadiza, para tratar de modular formas de ser, pensar y actuar ante la vida. Pero en el fondo, nadie entiende el significado de esa palabra.

Así, se destrozan infinidad de identidades y aspiraciones vitales. A base de lecciones que nunca deberíamos haber aprendido, se siembra en nuestro interior un “algo” que poco a poco nos acaba convirtiendo en “uno más”.

¿Qué es “madurar”?


Prólogo

Moría de ganas de producir y publicar un escrito hablando de este tema. Tardé en hacerlo, pero lo conseguí. Y el resultado me encanta.

Jamás entenderé el significado de la palabra “madurez”. Y en el fondo, creo que nadie lo entiende.

Aquí hablo de ello. De cómo la falsa concepción de la “madurez”, tanto a nivel individual como social, puede destrozar infinidad de identidades y aspiraciones vitales. De cómo esas lecciones que nunca deberíamos haber aprendido nos convierten en “uno más”. De cómo “algo” consigue que terminemos aceptando la realidad. Y de cómo una mente joven, sana y libre de prejuicios, tiene mucho que enseñar a las adultas.


NO CAERÁ ESTA BREVA

Jamás entenderé el significado de la palabra “madurez”. Y viendo que cada persona parece tener su propio concepto, creo que en el fondo nadie lo entiende.

Una definición que al menos me parece aceptable, es la que dice que madurar es ir poco a poco interiorizando las conductas y la escala de valores que la sociedad considera adecuadas. De esta forma, un individuo es más “maduro” cuanto más profunda sea su socialización.

Pero sigue sin valer, porque en el mundo hay infinidad de comunidades y cada una de ellas tiene su propia escala de valores; y aún dentro de éstas, existen círculos más pequeños –las unidades básicas de socialización, familia y amistades más cercanas– donde se desarrollan escalas propias que en algún que otro aspecto contrastarán con la comunitaria –humanismo o prosperidad económica; el fin justifica o no los medios; religión o ateísmo; morir de pie o vivir de rodillas; tipos y dificultad de objetivos en la vida...-.

Entonces, ¿qué es madurar?
¿Acaso alguien puede decir que es “maduro” o que otra persona no lo es?

No. No se puede. Pero se hace. Tanto a nivel individual como social, la falta de “madurez” es utilizada como arma arrojadiza para tratar de imponer a los demás una forma de ser, de pensar y de actuar ante la vida.

Y como resultado de esto, tenemos infinidad de identidades y aspiraciones vitales destruidas.

Observemos...

La madurez a nivel individual: el dogma ego-vitalo-centrista.

A nivel individual, la –supuesta– falta de madurez se utiliza para desacreditar opiniones y comportamientos ajenos. Mucha gente, esa gente dogmática de personalidad dominante que cree que sólo hay una forma válida de ser, pensar y actuar ante la vida, considera que “madurar” es ser como ella. Que la madurez viene a coincidir con su propio desarrollo personal, la forma de pensar que ha adquirido y el sentido de las decisiones más trascendentes que ha tomado a lo largo de su vida –estudiar, trabajar, casarse, tener hijos, seguir una religión, cómo tratar a los demás...-. Se toma a sí misma como referencia, y para ella, toda persona cuya forma de ser, pensar o actuar ante la vida difiera en exceso de la suya, es “inmadura”.

Si ya per sé esto es un problema, se agrava más cuando dichas personas tienen poder o influencia sobre otras –madres, padres, parejas, amistades cercanas, jefes, gobernantes...-. De una forma u otra, condicionan la vida de quien convive con ellas y/o depende de ellas, llegando a causar estragos en su identidad y el correcto desarrollo de su personalidad.

Y no debe ser así. Rescato este pequeño fragmento de hace unos años: Nadie sabe más de la vida que nadie; simplemente, la vida le ha dado lecciones distintas. Podemos permitirnos el lujo de aconsejar, pero siempre quedándonos ahí. Y si la otra persona decide no hacernos caso y algo le sale mal, ayudémosle a recomponerse, y, como mucho, sugirámosle que en la próxima ocasión se deje guiar. Lo que no podemos hacer es empeñarnos en mostrarle que el motivo de su fracaso es no haber actuado como lo haríamos nosotros. Si hacemos esto, estaremos cuestionando su forma de ser y actuar; y de esa forma, pasaremos a ser parte del problema.”

Pero esto no se queda aquí. A nivel social, el peligro es mucho mayor.

La madurez a nivel social: la sensatez resignativa

“Estudia, sácate una carrera y búscate un empleo que, trabajando duro, te dé un salario estable con el que poder subsistir y, de vez en cuando, darte algún caprichito. Sólo los mejores y los “hijos de” pueden aspirar a más, y lo más probable es que tú estés y vayas a estar siempre en el saco de la mediocridad, así que, aunque está bien tener objetivos, sé realista y controla tus expectativas. Encuentra una pareja, ten hijos, preocúpate de que a tus seres queridos no les falte de nada, vive con tranquilidad y disfruta de las pequeñas cosas.”

Ésta es la concepción de “madurez” más aceptada por la sociedad. En esto se acaba convirtiendo la vida de nueve de cada diez personas. Y por ello, parece incuestionable. Si tod@s nos creemos madur@s, y tod@s acabamos así, pues ese conjunto de pensamientos, decisiones y actos que nos han llevado hasta allí serán la “madurez”, ¿no?

Pero yo me pregunto...

¿A esto se reduce la vida? ¿Acaso esto es “madurar”?

Quizá no.

Esta realidad no es más que el resultado de la socialización forzosa, que como expliqué en mi primer post, cohíbe nuestras mentes de forma que, salvo que la nuestra tenga una inusitada fortaleza y se den las circunstancias adecuadas -esto es, que de una forma u otra, podamos desarrollarnos en parte al margen de la sociedad, huyendo de su influencia-, todo nos va a empujar a “seguir la corriente”.

Así, la “madurez se convierte en sensatez resignativa.

Ese “quiero y no puedo”. Ese “es muy bonito y sería ideal, pero no puede ser”, esa angustia y opresión breve en el pecho acompañada de una cabeza gacha, en señal de sumisión a las circunstancias, como si nos estuviesen dando una mala noticia que ya no tiene arreglo. Eso es la sensatez resignativa.

La “madurez” social nos dice que la vida es dura, que hay que adaptarse a ella y que no se puede querer todo. Nos compele a acallar todas esas vocecitas en nuestro interior que nos susurran que las cosas no van bien, que debemos luchar para hacerlas mejores. Debemos callarlas, porque son “irrealistas”, “infantiles”... -entiéndase, “inmaduras”-. Aspirar a mucho es ser inmaduro. La carrera al éxito de la madurez debe ser breve.

Y así, nos arroja a rendirnos a las evidencias, y comenzar a aceptar la realidad en la que vive todo el mundo. Que la realidad es la que “es”, que el mundo “es así”, y que si no nos gusta, a lo máximo que podemos aspirar es a cambiar pequeñas cosas a nuestro alrededor, allá donde nuestra presencia se note y nuestra influencia alcance.

¿Madurez? Quizá traición a uno mismo. La realidad social que nos encontramos cuando venimos al mundo no es “natural”; es -valga la redundancia- social. Puede cambiarse.

Pero no se cambia, porque a medida que nuestra socialización forzosa va concluyendo, nos convertimos en “uno más”, y pasamos a alimentar ese concepto de “madurez”.

Desde muy pronto, bajo multitud de influencias, a lo largo de la vida hemos ido recibiendo lecciones...

Lecciones que nunca deberíamos haber aprendido

Niños y niñas son pruebas vivientes de que puede haber algo de cierto en todo esto. Esa desconfianza sistemática que tenemos y esa resignación que guía nuestras vidas, en la juventud suelen brillar por su ausencia.

Y esto es porque todavía no han recibido la influencia de la sociedad, y no han vivido esas malas experiencias con otras personas que servirán de base para que, a medida que crezcan y vean cómo reacciona la gente adulta ante ellas, interioricen esas supuestas “lecciones de vida” y se unan al club de la madurez.

Quizá lo correcto no sea pensar que aún les quedan lecciones por aprender, que algún día les llegarán, y que entonces su forma de ser, pensar y actuar será más “madura; sino que nosotr@s hemos recibido lecciones que no deberíamos haber aprendido.

La del chico dos o tres años mayor que nos robó el almuerzo en el patio del recreo, que nos enseñó que los demás pueden hacernos daño...

La de los primeros exámenes que tuvimos que hacer en la escuela, que nos enseñó que hay alguien ahí arriba que tiene poder para decirnos si somos o no “buenos chicos” y que debemos esforzarnos para cumplir con sus expectativas, que es “lo que se espera” de nosotr@s...

La del primer suspenso, que nos enseñó que quizá, para satisfacer a ese “alguien”, no basta con esforzarse, sino que debemos canalizar nuestros esfuerzos hacia donde quiere...

La de la primera puñalada por detrás de una amistad mal escogida, que nos enseñó que nuestro peor enemigo puede ser nuestro amigo, y nos hizo aprender a desconfiar...

La del día que salimos al mercado laboral y nos encontramos de frente con la precariedad, que nos enseñó a aceptarla, haciéndonos abrazar el conformismo camufándonoslo de sensatez...

La del primer gran gasto que pudimos hacer de adultos tras mucho tiempo trabajando y ahorrando, que mezclándose con la satisfacción del momento, nos coló también aquello de que todo en la vida hay que “ganárselo”...

La del miedo, amasado a base de traumas y traumas pasados, que todavía tenemos cuando conocemos gente, que nos enseñó que hay que ir con prudencia y cuidarse del resto...

La de toda esa retahíla de injusticias que hemos visto y hemos vivido, cada pequeña situación que no ha tomado la dirección que desearíamos, que nos enseñó y nos enseña, que nos hizo y nos hace, aceptar que la vida es así de dura...

Estas lecciones, e infinidad de ellas en la misma línea, sobraban en nuestro aprendizaje. Ese algo que nos hace darnos la razón en nuestros malos momentos, que consigue que terminemos aceptando la realidad en la que vivimos por dura que sea y creamos que no podemos cambiarla, no es otra cosa que las voces de nuestro subconsciente, que abstemias de ilusión, beben del miedo.

Miedo, creado por las emociones que nos envolvieron en el momento de recibir estas lecciones tan dolorosas, que activaron nuestro instinto de supervivencia y provocaron que estemos en estado de alerta de por vida. La “madurez” social parece ser también, pues, la normalización del miedo.

Y por eso me niego

Me niego a aceptarlo. La vida no “es” así; la hemos hecho así.

Ser “inmaduro” no es malo. Una mente juvenil, sana y libre de prejuicios, puede dar muchas lecciones a las “adultas”. A lo mejor, en algunos aspectos, los “inmaduros” están en lo cierto. A lo mejor, nos sobra “madurez.

Si esto es madurar, me quedo con mi locura.

BW.


ESCRITOS RELACIONADOS

A CONTRACORRIENTE: En mi primer escrito me centro en los problemas de la socialización forzosa, en cómo todo lo que nos rodea, desde que nacemos, condiciona nuestra forma de pensar, ser y actuar, e influye en el sentido de nuestras decisiones más trascendentes, menoscabando así nuestra integridad e impidiendo, en muchos casos, que podamos desarrollarnos como personas, empujándonos a ser “uno más” y dejarnos llevar por la corriente.

CARRERA AL ÉXITO: Aquí abordo la temática de las aspiraciones vitales, y hablo sobre los distintos elementos que las orientan y condicionan para bien o para mal. La “madurez” influye también, porque, como vimos, fomenta el conformismo; y de esta forma actúa como guía para nuestras aspiraciones, tratando de decirnos qué es el “éxito” y cómo debemos perseguirlo.

EL CEPO CHINO: En este escrito hablo sobre un fenómeno social orquestado por las grandes élites, que nos torturan mediante etapas alternas de dolor, miedo y alivio, y nos arrojan a las garras del conformismo y la resignación, reduciendo nuestras expectativas de vida. Nosotros concebimos ese conformismo resignativo como “sensatez”, y creemos que es una forma de pensar “madura”.

EL CÍRCULO DEL MAL: En este escrito resalto la existencia de un círculo de miedos, males y mentiras a nuestro alrededor que condiciona nuestras relaciones sociales, porque nos hace ir por la vida con la coraza puesta, desconfiando de los demás y creyendo que cada quien busca la forma de dañarnos en beneficio propio. Así, se fomentan el individualismo y la competitividad que a nivel social asociamos con la “madurez”.

2 comentarios:

  1. Magnifica reflexión sobre la madurez aunque he de confesar que tenía una visión mucho más limitada de la misma. Sólo tengo una certeza al respecto: Nunca dejes morir al niño/a que llevas dentro.... Aunque claro está que no es lo mismo que pueden pensar los congoleños o los esquímales ni siquiera mi vecina de arriba... Muy buen escrito, rápido, lleno de matices muy claros y estudiados. Muchos más como éste. Enhorabuena

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