Sinopsis
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La
“madurez”, o más
bien la falta de ella, se utiliza como un arma arrojadiza, para
tratar de modular formas de ser, pensar y actuar ante la vida. Pero
en el fondo, nadie entiende el significado de esa
palabra.
Así,
se destrozan infinidad de identidades y aspiraciones vitales. A base
de lecciones que nunca deberíamos haber aprendido, se siembra en
nuestro interior un “algo” que
poco a poco nos acaba convirtiendo en “uno más”.
¿Qué
es “madurar”?
Prólogo
Moría
de ganas de producir y publicar un escrito hablando de este tema.
Tardé en hacerlo, pero lo conseguí. Y el resultado me encanta.
Jamás
entenderé el significado de la palabra “madurez”.
Y en el fondo, creo que nadie lo entiende.
Aquí
hablo de ello. De cómo la falsa concepción de la “madurez”,
tanto a nivel individual como social, puede destrozar infinidad de
identidades y aspiraciones vitales. De cómo esas lecciones que nunca
deberíamos haber aprendido nos convierten en “uno
más”.
De cómo “algo”
consigue que terminemos aceptando la realidad. Y de cómo una mente
joven, sana y libre de prejuicios, tiene mucho que enseñar a las
adultas.
NO
CAERÁ ESTA BREVA
Jamás
entenderé el significado de la palabra “madurez”. Y
viendo que cada persona parece tener su propio concepto, creo que en
el fondo nadie lo entiende.
Una
definición que al menos me parece aceptable, es la que dice que
madurar es ir poco a poco interiorizando las conductas y la escala de
valores que la sociedad considera adecuadas. De esta forma, un
individuo es más “maduro” cuanto más profunda sea su
socialización.
Pero
sigue sin valer, porque en el mundo hay infinidad de comunidades y
cada una de ellas tiene su propia escala de valores; y aún dentro de
éstas, existen círculos más pequeños –las unidades
básicas de socialización, familia y amistades más cercanas–
donde se desarrollan escalas propias que en algún que otro aspecto
contrastarán con la comunitaria –humanismo o prosperidad
económica; el fin justifica o no los medios; religión o ateísmo;
morir de pie o vivir de rodillas; tipos y dificultad de objetivos en
la vida...-.
Entonces,
¿qué es madurar?
¿Acaso
alguien puede decir que es “maduro” o que otra persona no lo es?
No.
No se puede. Pero se hace. Tanto a nivel individual como social, la
falta de “madurez” es utilizada como arma
arrojadiza para tratar de imponer a los demás una forma de ser,
de pensar y de actuar ante la vida.
Y
como resultado de esto, tenemos infinidad de identidades y
aspiraciones vitales destruidas.
Observemos...
La
madurez a nivel individual: el dogma ego-vitalo-centrista.
A
nivel individual, la
–supuesta– falta de madurez se utiliza para desacreditar
opiniones y comportamientos ajenos. Mucha
gente, esa gente dogmática de personalidad dominante que
cree que sólo hay una forma válida de ser, pensar y actuar ante la
vida, considera que “madurar”
es ser como ella. Que la madurez viene a coincidir con su
propio desarrollo personal, la forma de pensar que ha adquirido y el
sentido de las decisiones más trascendentes que ha tomado a lo largo
de su vida –estudiar, trabajar, casarse, tener hijos, seguir una
religión, cómo tratar a los demás...-. Se toma a sí misma como
referencia, y para ella, toda persona cuya forma de ser, pensar o
actuar ante la vida difiera en exceso de la suya, es “inmadura”.
Si
ya per sé esto es un
problema, se agrava más
cuando dichas personas tienen poder o influencia sobre otras –madres,
padres, parejas, amistades cercanas, jefes, gobernantes...-.
De una forma u otra, condicionan la vida de quien convive con
ellas y/o depende de ellas,
llegando a causar estragos en su identidad y el correcto
desarrollo de su personalidad.
Y
no debe ser así. Rescato este pequeño fragmento de hace unos años:
“Nadie sabe más
de la vida que nadie; simplemente, la vida le ha dado lecciones
distintas. Podemos permitirnos el lujo de
aconsejar, pero siempre quedándonos ahí. Y si la otra persona
decide no hacernos caso y algo le sale mal, ayudémosle a
recomponerse, y, como mucho, sugirámosle que en la próxima ocasión
se deje guiar. Lo que no podemos hacer es empeñarnos en mostrarle
que el motivo de su fracaso es no haber actuado como lo haríamos
nosotros. Si hacemos esto, estaremos cuestionando su forma de ser y
actuar; y de esa forma, pasaremos a ser parte del problema.”
Pero
esto no se queda aquí. A nivel social, el peligro es mucho
mayor.
La
madurez a nivel social: la sensatez resignativa
“Estudia,
sácate una carrera y búscate un empleo que, trabajando duro, te dé
un salario estable con el que poder subsistir y, de vez en cuando,
darte algún caprichito. Sólo los mejores y los “hijos de”
pueden aspirar a más, y lo más probable es que tú estés y vayas a
estar siempre en el saco de la mediocridad, así que, aunque está
bien tener objetivos, sé realista y controla tus expectativas.
Encuentra una pareja, ten hijos, preocúpate de que a tus seres
queridos no les falte de nada, vive con tranquilidad y disfruta de
las pequeñas cosas.”
Ésta
es la concepción de “madurez”
más aceptada por la sociedad. En esto se acaba convirtiendo
la vida de nueve de cada diez personas. Y por ello, parece
incuestionable. Si tod@s nos creemos madur@s, y tod@s acabamos así,
pues ese conjunto de pensamientos, decisiones y actos que nos han
llevado hasta allí serán la “madurez”, ¿no?
Pero
yo me pregunto...
¿A
esto se reduce la vida? ¿Acaso esto es “madurar”?
Quizá
no.
Esta
realidad no es más que el resultado de la socialización forzosa,
que como expliqué en mi primer post,
cohíbe
nuestras mentes de forma que, salvo que la nuestra tenga una
inusitada fortaleza y se den las circunstancias adecuadas -esto es,
que de una forma u otra, podamos desarrollarnos en parte al margen de
la sociedad, huyendo de su influencia-, todo nos va a empujar a
“seguir la corriente”.
Así,
la “madurez” se convierte en sensatez
resignativa.
Ese
“quiero y no puedo”.
Ese “es muy bonito y sería ideal, pero no puede ser”,
esa angustia y opresión breve en el pecho acompañada de una cabeza
gacha, en señal de sumisión a las circunstancias, como si nos
estuviesen dando una mala noticia que ya no tiene arreglo. Eso es la
sensatez resignativa.
La
“madurez”
social
nos dice que la vida es dura, que hay que adaptarse a ella y que no
se puede querer todo. Nos
compele a acallar todas esas vocecitas en nuestro interior que nos
susurran que las cosas no van bien,
que debemos luchar para hacerlas mejores. Debemos callarlas, porque
son “irrealistas”,
“infantiles”...
-entiéndase, “inmaduras”-.
Aspirar a mucho es
ser inmaduro.
La carrera
al éxito
de la madurez debe ser breve.
Y
así, nos arroja a rendirnos a las evidencias, y comenzar a
aceptar la realidad en la que vive todo el mundo. Que la
realidad es la que “es”, que el mundo “es así”,
y que si no nos gusta, a lo máximo que podemos aspirar es a
cambiar pequeñas cosas a nuestro alrededor, allá donde nuestra
presencia se note y nuestra influencia alcance.
¿Madurez?
Quizá traición a uno mismo. La realidad social que nos
encontramos cuando venimos al mundo no es “natural”; es
-valga la redundancia- social. Puede cambiarse.
Pero
no se cambia, porque a medida que nuestra socialización forzosa
va concluyendo, nos convertimos en “uno más”,
y pasamos a alimentar ese concepto de “madurez”.
Desde
muy pronto, bajo multitud de influencias, a lo largo de la vida hemos
ido recibiendo lecciones...
Lecciones
que nunca deberíamos haber aprendido
Niños
y niñas son pruebas vivientes de que puede haber algo de cierto en
todo esto. Esa desconfianza sistemática que tenemos y esa
resignación que guía nuestras vidas,
en la juventud suelen brillar por su ausencia.
Y
esto es porque todavía no han recibido la influencia de la sociedad,
y no han vivido esas malas experiencias con otras personas que
servirán de base para que, a medida que crezcan y vean cómo
reacciona la gente adulta ante ellas, interioricen esas supuestas
“lecciones de vida” y se unan al club de la madurez.
Quizá
lo correcto no sea pensar que aún les quedan lecciones por aprender,
que algún día les llegarán,
y que entonces su forma de ser, pensar y actuar será
más “madura”;
sino que nosotr@s hemos recibido lecciones que no
deberíamos haber aprendido.
La
del chico dos o tres años mayor que nos robó el almuerzo en el
patio del recreo, que nos enseñó que los demás pueden hacernos
daño...
La
de los primeros exámenes que tuvimos que hacer en la escuela, que
nos enseñó que hay alguien ahí arriba que tiene poder para
decirnos si somos o no “buenos chicos” y que debemos esforzarnos
para cumplir con sus expectativas, que es “lo que se espera” de
nosotr@s...
La
del primer suspenso, que nos enseñó que quizá, para satisfacer a
ese “alguien”, no basta con esforzarse, sino que debemos
canalizar nuestros esfuerzos hacia donde quiere...
La
de la primera puñalada por detrás de una amistad mal escogida, que
nos enseñó que nuestro peor enemigo puede ser nuestro amigo, y nos
hizo aprender a desconfiar...
La
del día que salimos al mercado laboral y nos encontramos de frente
con la precariedad, que nos enseñó a aceptarla, haciéndonos
abrazar el conformismo camufándonoslo de sensatez...
La
del primer gran gasto que pudimos hacer de adultos tras mucho tiempo
trabajando y ahorrando, que mezclándose con la satisfacción del
momento, nos coló también aquello de que todo en la vida hay que
“ganárselo”...
La
del miedo, amasado a base de traumas y traumas pasados, que todavía
tenemos cuando conocemos gente, que nos enseñó que hay que ir con
prudencia y cuidarse del resto...
La
de toda esa retahíla de injusticias que hemos visto y hemos vivido,
cada pequeña situación que no ha tomado la dirección que
desearíamos, que nos enseñó y nos enseña, que nos hizo y nos
hace, aceptar que la vida es así de dura...
Estas
lecciones, e infinidad de ellas en la misma línea, sobraban en
nuestro aprendizaje. Ese “algo”
que nos hace darnos la razón en nuestros malos momentos, que
consigue que terminemos aceptando la realidad en la que vivimos
por dura que sea y creamos que no podemos cambiarla, no es otra
cosa que las voces de nuestro subconsciente, que abstemias de
ilusión, beben del miedo.
Miedo,
creado por las emociones que nos envolvieron en el momento de recibir
estas lecciones tan dolorosas, que activaron nuestro instinto de
supervivencia y provocaron que estemos en estado de alerta de por
vida. La “madurez”
social parece ser también,
pues,
la normalización del miedo.
Y
por eso me niego
Me
niego a aceptarlo. La vida no “es” así; la hemos hecho
así.
Ser
“inmaduro” no es malo. Una mente juvenil, sana y libre
de prejuicios, puede dar muchas lecciones a las “adultas”. A
lo mejor, en algunos aspectos, los “inmaduros” están en lo
cierto. A lo mejor, nos sobra “madurez”.
Si
esto es madurar, me quedo con mi locura.
BW.
ESCRITOS
RELACIONADOS
A
CONTRACORRIENTE: En
mi primer escrito me centro en los problemas de la socialización
forzosa, en cómo todo lo que nos rodea, desde que nacemos,
condiciona nuestra forma de pensar, ser y actuar, e influye en el
sentido de nuestras decisiones más trascendentes, menoscabando así
nuestra integridad e impidiendo, en muchos casos, que podamos
desarrollarnos como personas, empujándonos a ser “uno más” y
dejarnos llevar por la corriente.
CARRERA
AL ÉXITO: Aquí
abordo la temática de las aspiraciones vitales, y hablo sobre los
distintos elementos que las orientan y condicionan para bien o para
mal. La “madurez”
influye también,
porque, como vimos, fomenta el conformismo; y de esta forma actúa
como guía para nuestras aspiraciones, tratando de decirnos qué es
el “éxito”
y cómo debemos perseguirlo.
EL
CEPO CHINO: En este
escrito hablo sobre un fenómeno social orquestado por las grandes
élites, que nos torturan mediante etapas alternas de dolor, miedo y
alivio, y nos arrojan a las garras del conformismo y la resignación,
reduciendo nuestras expectativas de vida. Nosotros concebimos ese
conformismo resignativo como “sensatez”, y creemos que es una
forma de pensar “madura”.
EL
CÍRCULO DEL MAL:
En este escrito resalto la existencia de un círculo de miedos, males
y mentiras a nuestro alrededor que condiciona nuestras relaciones
sociales, porque nos hace ir por la vida con la coraza puesta,
desconfiando de los demás y creyendo que cada quien busca la forma
de dañarnos en beneficio propio. Así, se fomentan el individualismo
y la competitividad que a nivel social asociamos con la “madurez”.

Magnifica reflexión sobre la madurez aunque he de confesar que tenía una visión mucho más limitada de la misma. Sólo tengo una certeza al respecto: Nunca dejes morir al niño/a que llevas dentro.... Aunque claro está que no es lo mismo que pueden pensar los congoleños o los esquímales ni siquiera mi vecina de arriba... Muy buen escrito, rápido, lleno de matices muy claros y estudiados. Muchos más como éste. Enhorabuena
ResponderEliminarMuchas gracias!!!
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