Sinopsis
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Nuestra visión del “bienestar” ha cambiado, y mucho. Se nos llena la boca hablando del “estado de bienestar”, sobre todo a las pocas personas a las que sí podríamos decir que les va “bien” – al menos, en lo económico –; pero también, por desgracia, a las no tan pocas personas que creen que les va “bien” cuando su realidad no es esa.
A la par que nuestras expectativas, también han menguado nuestros umbrales de satisfacción, esto es, el punto en que situemos la hipotética línea que separa lo que es “suficiente”, de lo que no. De esta forma, ahora consideramos, por así decirlo, “buena”, “satisfactoria”, a una situación personal, social, económica, etc., que, vista de forma más objetiva, es, a lo sumo, “regular”, constituyendo a duras penas un mínimo imprescindible para que podamos plantearnos “hacer vida”.
En resumidas cuentas: nos damos por satisfechos con mucha facilidad.
Quizá demasiada…
Prólogo
17 añitos tenía cuando se me ocurrió, en una redacción para un trabajo de francés, hablar sobre el “bienestar” y distinguir entre físico, mental y espiritual. Y ahora, casi una década más tarde, escribo sobre ello.
El lenguaje puede ser muy poderoso. En esta ocasión, analizo la facilidad con que decimos que estamos “bien”, cuando, objetivamente, nuestro “bienestar” puede ser más que cuestionable.
Concediendo el beneficio de la duda al gobierno actual del país, que hasta cierto punto parece comprender esta problemática, y obviando la situación actual de emergencia sanitaria, hablaremos sobre el “bienestar”, los umbrales de satisfacción, y su paulatino y silencioso descenso.
¿Quién no ha sentido alguna vez que la persona que “es” no es la persona que “quiere ser”, y que ni siquiera está en camino a serlo? ¿Cuántas veces nos han preguntado “¿qué tal?” y hemos dado una respuesta que a nosotros mismos nos cuesta creer? ¿Acaso estamos “bien”? ¿Qué es “estar bien”?
BOMBA DE IMPLOSIÓN
Con el tiempo, como expliqué en otra ocasión, nuestras expectativas, lo que le pedimos a la vida, se han ido reduciendo. En ésta vamos a abordar de nuevo esa temática, desde una perspectiva también política, pero más enfocada en la práctica.
A la par que nuestras expectativas, también han menguado nuestros umbrales de satisfacción, esto es, el punto en que situemos la hipotética línea que separa lo que es “suficiente”, de lo que no. De esta forma, ahora consideramos, por así decirlo, “buena”, “satisfactoria”, a una situación personal, social, económica, etc., que, vista de forma más objetiva, es, a lo sumo, “regular”, constituyendo a duras penas un mínimo imprescindible para que podamos plantearnos “hacer vida”.
En resumidas cuentas: nos damos por satisfechos con mucha facilidad. Quizá demasiada.
Nuestra visión del “bienestar” ha cambiado, y mucho. Se nos llena la boca hablando del “estado de bienestar”, sobre todo a las pocas personas a las que sí podríamos decir que les va “bien” – al menos, en lo económico –; pero también, por desgracia, a las no tan pocas personas que creen que les va “bien” cuando su realidad no es esa.
Hablemos de ello, pues.
¿Qué es eso del “bienestar”, y del “estado de bienestar”?
El “bienestar” es una sensación en abstracto, sin una definición estándar, que permite a una persona sentir plenitud, paz – o al menos ausencia de amenazas – y en cierto modo cierta satisfacción, por inercia, durante la mayor parte del tiempo, aunque sea inevitable que esa armonía se rompa de vez en cuando, conforme vayan teniendo lugar acontecimientos negativos. La vida, a veces, tiene “esas cosas”.
El bienestar tiene tres elementos: físico, mental y espiritual. Si a una persona le falta cualquiera de ellos, su bienestar se va a ver menoscabado.
Por eso, en esta línea, surge lo que se conoce como el “estado de bienestar”, que viene a ser la batería de medidas que un Estado puede y debe desplegar para brindar a la población unas condiciones de vida adecuadas, garantizándoles cierto nivel de “bienestar”. Así, aquel “estado de bienestar” que no lo consiga, es un “estado de bienestar” fallido, que no se respeta.
La pregunta es...
¿Se
respeta el estado de bienestar en España?
Concediendo el beneficio de la duda al actual gobierno del país, que hasta cierto punto parece comprender esta problemática, y obviando la situación actual de emergencia sanitaria, la respuesta es, rotunda y llanamente, no.
Cuando se vulnera el bienestar físico, es obvio para cualquiera. En este país hay mucha gente que no tiene cubiertas sus necesidades básicas. Y es que hasta da igual ahora si creemos o no que las cosas, incluso lo más básico, hay que “ganárselas”. Ya entramos en esa polémica en otra ocasión. Si vivimos bajo un Estado y no queremos renegar del capitalismo, pues una de dos: o se adopta un formato social, que aunque obligue a la ciudadanía a pagar muchos impuestos, le brinde a cambio unos servicios apropiados de educación, sanidad, subsidios, pensiones, etcétera; o se apuesta por un formato más liberal, en el que incluso los servicios esenciales estén en manos privadas, pero garantizando que la ciudadanía pueda asumir con poca o ninguna dificultad, cualquiera de sus hipotéticos costes. Opción esta última, por cierto, ya incompatible per sé con el modelo capitalista.
Y en este país, ni lo uno ni lo otro. O, mejor dicho, lo peor de los dos. Al tiempo que se nos fríe a impuestos, tasas y toda suerte de instrumentos que forman parte de un sistema fiscal voraz y despiadado para con quienes menos tienen, los servicios públicos, que en su momento tuvieron un rendimiento aceptable e incluso destacable, pierden su calidad año tras año y caen de forma progresiva en manos privadas.
De esta forma, la ciudadanía tributa para recibir unos servicios que garanticen su bienestar – cuanto menos, físico –, pero a la vez, muchas veces tiene que volver a pagar por ellos. Y en no pocas ocasiones, incluso así, es insuficiente. Y esto, aunque parezca “la vida misma”, quizá no sea tan lógico.
Aquí, el ciudadano promedio sólo tiene para “ir tirando”. Es una persona sin espíritu, que vive para trabajar, porque tiene que hacerlo para sobrevivir. Y necesitará también de toda su fortaleza mental para seguir haciéndolo.
Pero eso va a pasarle una gran factura.
El miedo, la ansiedad, el falso sentido del deber, la presión, la responsabilidad, y, sobre todo, la necesidad, son lo que nos mueve a seguir siendo productivos día tras día. Por nosotros, por nuestros seres queridos, por el presente, por el futuro....
Son tantas preocupaciones, es tal el esfuerzo mental que debemos hacer para seguir adelante, que terminamos agotándonos. Es muy difícil, en esta situación, sentirse bien. Y por eso, tanta gente termina entonando el tan demoledor “es lo que hay”, como vía de escape para sus problemas. Y es que es incluso lógico, es instintivo, a nadie le gusta sufrir así. Es eso, o colapsar.
Y así, de una u otra manera, nuestro espíritu termina también pagando el precio.
Tras cierto tiempo viviendo esta situación, sin perspectivas racionales de mejora, llegamos a dejar de lado nuestras aspiraciones personales, si es que las hemos llegado a tener. Ese “algo” por o para lo que creamos, sintamos o desearíamos haber nacido. Ese fin último, ese sentido que quisiésemos darle a nuestra existencia, más allá del “éxito” familiar, laboral o financiero. Poco a poco, nuestras más grandes aspiraciones vitales, se van disipando. No podemos luchar por nuestros sueños estando tan ocupados luchando por sobrevivir.
Vivir así, siempre condicionados, nos impide atender a aquello que nos motiva, que nos gusta o que nos apasiona – nuestro tiempo “libre”, el deporte, las labores sociales, nuestros proyectos creativos y artísticos… –.
Que al final nos las arreglamos para dedicarles algo de tiempo, sí, pero nunca en la medida que desearíamos, pues parte – o gran parte – de nuestra energía psíquica está destinada en todo momento a lidiar con estos problemas, priorizándolos por razones instintivas; y por ello, nos vemos impedidos – o cuanto menos, limitados – para enfocarnos en ello, si es que todavía conservamos la capacidad de disfrute, unas metas que alcanzar y cierto espíritu de superación para poder hacerlo.
De esta forma, la autorrealización y el fortalecimiento de la personalidad, sensaciones intrínsecamente relacionadas al logro y la consecución de metas, se ven comprometidas, alejándonos de alcanzar la “felicidad”, cualquiera que sea el sentido en que la concibamos. Por cierto, ojalá pueda escribir sobre esto en un futuro. Si creemos en ella como un estado emocional permanente, veremos que será imposible alcanzarlo y mantenerlo; y si entendemos que está en los “pequeños momentos”, veremos que nunca experimentaremos tantos y con la intensidad que nos gustaría.
Esta realidad refleja, sin lugar a dudas, un “estado del bienestar” menoscabado, vulnerado, fallido, unas condiciones de vida que nos impiden alcanzar, pues, esa sensación de “bienestar” que toda persona desea y merece.
Y no debemos olvidarnos de otra cuestión: estos problemas también actúan como causas indirectas de los que tengamos en la vida cotidiana, tanto con los demás como con nosotros mismos, menguando así todavía más nuestro bienestar.
¿Cuántas veces nos han preguntado “¿qué tal?” y hemos dado una respuesta que a nosotros mismos nos cuesta creer?
Educados para ser sumisos, conformistas y adaptables, se nos ha predispuesto a “apechugar”, a sobrellevar las situaciones que no nos gustan, tratando de mitigar sus efectos, pero sin cuestionar su origen. El clima que se crea de esta manera, en el que muchos problemas parecen inevitables, hace que nuestra forma habitual de reaccionar ante acontecimientos negativos, con el fin de no enfadarnos, gritar y dejarnos llevar por la furia, sea guardárnoslo todo para dentro.
Y de esa forma los problemas no se van; se enquistan, se esconden, pero permanecen ahí, en nuestro interior, ahogándonos. Esa angustia, sin darnos cuenta, nos desestabiliza emocionalmente y nos predispone a reaccionar y actuar de formas nada deseables.
Pasado el tiempo, si esas situaciones problemáticas persisten, se empiezan a acumular, creando una bola de nieve que rodará cuesta abajo y se hará cada vez más grande, aplastando poco a poco nuestra integridad, mermando nuestro estado de ánimo, aumentando nuestro estrés y disminuyendo nuestra tolerancia a la frustración.
Cuando la situación se vuelve insostenible y no podemos más, nos convertimos en una bomba de efecto inverso; en lugar de “explotar”, implosionamos. Estallamos cual big bang pero hacia adentro, hundiéndonos en un fango de emociones negativas que pagamos con los demás y con nosotros mismos.
Y a la hora de decidir con quién pagar nuestras frustraciones, tendemos a mirar hacia “abajo” o, como mucho, “de frente”, en el sentido metafórico; nunca hacia “arriba”.
No falla. Ante una mala noticia, la presidenta de la empresa las pagará con un jefe de sección; éste, con su empleada más nueva; ella, con su pareja; ambos, con el niño; éste, con su hermana pequeña; y ella, con el perro, a quien no le quedará más remedio que agachar la cabeza y alejarse con el rabo entre las piernas. Esta explicación, por simplista, puede resultar cómica. Que el humor no falte; pero que no nos impida quedarnos con el mensaje: las desgracias, sea cual sea su origen, de una forma u otra, terminan golpeando al más débil.
Entonces…
¿Bienestar? ¿Acaso estamos “bien”? ¿Acaso “estar” es lo máximo que podemos exigir?
Tomando conciencia de esto, quizá no sea tan fácil decir que tenemos “una buena vida”. Sólo lo será si hemos aceptado algún que otro consuelo de resignación, carente de contenido, como aquel que dice que “al final, todo lo que importa en la vida es el cariño de nuestros seres queridos”; o si, directamente, jamás nos hemos hecho una idea de todo lo que “la vida” podría habernos ofrecido, todo lo que hubiésemos podido alcanzar, e incluso merecido por el mero hecho de existir, y que se nos ha negado desde el principio; y sólo en nuestro lecho de muerte, si contamos con la suficiente cordura como para hacer un balance vital, nos daremos cuenta. Pero entonces, ya será tarde.
“Nacen
para estudiar.
Estudian
para trabajar.
Trabajan
para morir.
Estaban
muertos desde un principio.”
(Gonzalo Arango)
BW.
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NO
PAIN, NO GAIN – En este post abordo la
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básico, hasta lo más necesario para sobrevivir.

Una vez tienes lo básico, conseguido mediante trabajo e impuestos progresivos y bien repartidos, el bienestar de cada persona es muy, muy personal. Sobre todo el emocional. Inexplicablemente hay gente muy infeliz que aparentemente lo tiene todo y gente super feliz sin apenas lo básico. Repito. Muy, muy personal....
ResponderEliminarNo discrepo en absoluto, eso es cierto. Tampoco aprecio que sea una idea que discrepe con las de este post. En efecto, el bienestar es progresivo, y para poder alcanzarlo con más plenitud, lo cual es personal de cada quien, se necesitan unos mínimos; el problema radica precisamente en que quizá ni esos mínimos están garantizados, o en que, para que tenerlos, la población necesita destinar a ello una gran parte de su energía - física y mental - que la agota y la debilita, más si ni aún así alcanza esos mínimos. Soy moderadamente optimista de cara al futuro, pero queda mucho por hacer.
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