12 sept 2020

COSA DE DÉBILES


Sinopsis
Es común, aunque técnicamente incorrecto, relacionar la “empatía” – término ambiguo donde los haya – con la compasión, la generosidad, el altruismo o cualquier acto o pensamiento que implique preocuparse por el bienestar de los demás.

Pero… ¿quién diría que ser empático puede llegar a estar mal visto?

La empatía es cosa de débiles…
  
Prólogo

Año y medio puede ser mucho tiempo. Este post es el más antiguo de todos los que tenía pendientes de publicar. Lo escribí mucho antes de vivir una serie de acontecimientos que cambiaron en buena parte mi forma de ver el mundo y de relacionarme con los demás. Y ahora, cuando leo estas líneas en retrospectiva, me parece que, de alguna forma, se adelantaron a esos hechos.

Creo que podemos tomarnos “Cosa de débiles” como una introducción para algunos posts venideros, que abordarán temáticas relacionadas de forma mucho más profunda.

Esta pequeña obra es, en definitiva, el presagio de una evolución.


COSA DE DÉBILES

Para mucha gente -también para mí hasta hace no mucho tiempo- el concepto de “empatía” y sus entresijos resultan algo difícil de entender. En este post hablaremos sobre ella y los problemas que tiene su -no- aplicación social.

Antes de nada, un apunte. Es común relacionar la “empatía” – término ambiguo donde los haya – con la compasión, la generosidad, el altruismo o cualquier acto o pensamiento que implique preocuparse por el bienestar de los demás.

Pero técnicamente, no es así. Desde la psicología, se entiende que la empatía es la capacidad de percibir e interpretar los sentimientos, pensamientos y emociones de los demás. Sólo eso. Actuar en consecuencia es algo distinto.

Por eso, aunque es cierto que carecer de ella puede conllevar problemas a la hora de socializar, la empatía no es una cualidad positiva per sé; de hecho, las personas diestras en el arte de la manipulación se caracterizan por tener una capacidad empática brillante que les permite detectar las debilidades ajenas. La empatía sólo se vuelve positiva cuando se la acompaña de buenas intenciones a la hora de decidir cómo actuar cuando percibimos que podemos hacer algo por alguien... y lo hacemos.

Dicho esto, en este post omitiremos ese dato. Nos quedaremos con esa concepción, más recurrida, que nos dice que la empatía es en sí una cualidad positiva, y hablaremos de ella.

Pues bien, por increíble que parezca, ser empático puede ser contraproducente a la hora de alcanzar la prosperidad económica y el éxito social.

Veámoslo…

En cuanto a la prosperidad económica, como expliqué en otra ocasión, tener “humanidad” -para lo cual se necesita un mínimo de empatía- puede incluso afectar de forma negativa a las propias finanzas, porque nos impide actuar según de qué manera para alcanzar un beneficio material si sabemos que de esa forma haremos daño a los demás.

Y es que el capitalismo no entiende de empatía. Es una lucha por la supervivencia en la que hay que ser fuertes, donde casi siempre vence quien tiene mejores armas y menos lastre. Y los débiles son un lastre. Si tomamos el dicho de que “rico no es quien más tiene, sino quien menos necesita” y le damos la vuelta - “pobre no es quien menos tiene (que también), sino quien más necesita”- veremos que tiene bastante razón. Si uno cuenta con un buen motor, echarse a otras personas a la espalda le supondrá un peso que le impedirá volar tan alto como podría; y si no cuenta con él, difícilmente llegará a despegar...

Pero claro, ¿cómo negarse a ayudar a nuestros seres queridos?

Tal es la inseguridad que percibimos, que a veces nuestro propio instinto de supervivencia puede hacernos perder esa “empatía”, porque en ese estado, sintiéndolo mucho, somos nosotros o el resto. Esto explica que, como también abordé en ese otro escrito, seamos capaces de relativizar las desigualdades y encontrar en el esfuerzo y la lucha motivos que expliquen la pobreza individual y colectiva. Quien es pobre es porque no es todo lo fuerte que debería.

Bajo el poder del capital, las personas sin empatía, en lo que a lo económico se refiere, tienen más probabilidades de sobrevivir y prosperar. Pero, por el contrario, quienes la conservamos, seremos incapaces de avanzar si vemos que por el camino pisamos a otros o dejamos atrás a quienes nos acompañan; y si lo hacemos, nos sentiremos culpables.

Así, tener empatía se paga caro. Hagamos lo que hagamos, siempre viviremos con cierta frustración: si ayudamos a los demás, aunque eso en sí nos reconforte, también sentiremos que “algo” nos está impidiendo alcanzar un nivel de vida mejor; y si no ayudamos, en el fondo nunca dejaremos de sentir que deberíamos hacerlo.

Hablando ahora de éxito social, en la misma línea, y pese a que debería ser todo lo contrario, en nuestra sociedad la “empatía” puede llegar a estar mal vista.
           
Como sociedad transmitimos que, para nosotros, la empatía es cosa de débiles, porque por pura desinformación, entendemos por persona “empática” a aquella que tantas veces se ve sobrepasada por las emociones propias y ajenas, pierde el control sobre sí misma, y es incapaz de tomar decisiones cuando “hay que tomarlas”.

Porque, por supuesto, es sólo la razón a lo que debemos atender cuando tomemos decisiones, ¿no?

Quizá no. Silenciar las emociones a la hora de tomar decisiones puede ser un gran error, porque son una de las voces más importantes que nos sirven de guía. En muchos casos, las decisiones puramente racionales, lógicas, ponderadas, pragmáticas, serán equivocadas, porque harán que el resto se sienta mal, quizá también nosotros mismos. Nuestra voz interior también quiere hablar. Si la tenemos, acallarla tendrá su precio; y si no la tenemos, error tras error, toda la vida sufriremos las consecuencias.

En sociedad, como parece que aquí todo es cuestión de apariencias, lo que al parecer otorga un mejor status es mostrarse emocionalmente frío. Porque la insensibilidad se asocia con el “éxito” y con el poder. Se cree que quien “ha llegado lejos” es porque ha sabido tomar las decisiones “correctas”, evitando “dejarse llevar” por sus sentimientos.

Aunque en el fondo todos valoremos la empatía y sepamos apreciarla en las personas que nos rodean, importan tanto o más las primeras impresiones, porque a fin de cuentas son lo que condiciona nuestros contactos iniciales con el resto de la gente. Y es que por si eso fuera poco, en la juventud actual, como ya analicé en otro post, sin que nos demos cuenta, muchas de nuestras relaciones sociales no pasan de eso.

Por eso, tanta gente vive intentando que parezca que nada le importa, que está bien, que no tiene problemas, que los problemas de su alrededor no le afectan, que “eso no es para tanto”, que “hay que ir tirando”. “Bah, bah...”

Así, con todo, la falta de empatía y el castigo social que implica mostrarla en un primer momento, generan una sociedad sin conciencia de ser; sólo seres humanos compartiendo un territorio. Quienes sean víctimas de esto, cuando ayuden a algún desconocido, no lo harán por “empatía”, sino por condescendencia, y se colgarán medallas que no merecen. Porque no es sólo lo que haces; es también porqué.

Y lo peor, es que los anhelos de éxito social hacen que mucha gente que en el fondo sí tiene el deseo de ayudar a los demás, prefiera desistir de ello o hacerlo en secreto, porque el “qué dirán” siempre va a estar ahí.

Vamos por la vida con las manos a la espalda. Unos, con la cabeza alta, observando con impasividad y condescendencia los problemas ajenos; otros, sufriendo porque quisieran tenderlas a los demás, pero son incapaces de liberarse de sus ataduras.

Entre las infinitas ventajas de tener empatía, está la de poder asumir que todo el mundo - también nosotros - puede tener problemas, y que es mejor tratar de ayudar y también perder el orgullo y dejar que nos ayuden cuando lo necesitemos.

Debemos recuperarla. Porque, en definitiva, la empatía es cosa de fuertes.

¿Por qué tantas veces nos sentimos tan solos? ¿Por qué tenemos la sensación de que, si en algún momento a nosotros o a nuestra familia nos pasa algo, si caemos, nadie o casi nadie estará ahí para tendernos la mano? ¿O que los pocos que lo hagan no serán capaces de ayudarnos lo suficiente, porque también tienen que lidiar con sus propios problemas?

Quizá, por ser cierto.

“Tratamos de hacer a los robots más humanos,
mientras hacemos que los humanos se comporten
cada vez más como robots.”

BW.


ESCRITOS RELACIONADOS

FRUTOS DEL ÁRBOL ENVENENADO – En este post abordo la temática de la socialización, enfocándome en la juventud, explicando cómo las apariencias juegan un papel tan determinante en nuestra vida social.

HAMBRE DE HOY, PAN PARA MAÑANA – En este post, que es muy interesante, profundizo con más detalle en el hecho de que tener ciertos valores ético-morales puede ser un obstáculo para la prosperidad económica, y lo interrelaciono con otras cuestiones.

2 comentarios:

  1. Análisis escaso de lo que puede dar de sí el tema, pero me gusta el razonamiento. Creo que donde realmente reside lo bueno de tener empatía es en tener claros individualmente los límites a la hora de actuar. Es decir: Mi capacidad de respuesta ante la empatía que tenga en cualquier situación, deberá permitirme dormir por las noches. Así nunca será un problema. ¡Ojo!.... Para mí. Igual para otras personas sí.

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    1. En efecto, reconozco que es un análisis escaso, podemos tomárnoslo como introducción para algunas publicaciones venideras. La empatía reside ahí... y en mil y un lugares más!

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