Sinopsis -
¿Crea el ser humano el ideal de la justicia al crear sus leyes, o se inspira para hacerlo en un ideal de justicia preexistente? ¿Cómo puede ser que una ley que ha establecido un derecho haya creado también la forma de vulnerarlo?
¿Es siempre la ley un mecanismo destinado a fracasar? ¿Es el poder lo que corrompe a las personas, o son éstas ya corruptas antes de alcanzarlo?
¿Es posible para el ser humano crear un
derecho que le haga sentir?
Prólogo
Hay una gran diferencia entre lo que es la ley y lo que es la Justicia. Y en este post, que dividiré en tres partes, vamos a hablar de ello desde varias perspectivas, planteando muchas reflexiones que, de seguro, permitirán a cualquiera hacerse muchas preguntas, abordar algunas cuestiones de forma distinta y, en definitiva, enriquecerse filosóficamente, aunque sea llevándome la contraria en todo lo que aquí defienda.
Sin más, os ofrezco este gran ensayo, por complejo y extenso, que apreciaréis mucho mejor abriendo la mente… y el corazón.
UN HOGAR PARA LA MUJER CIEGA
Parte 1 – Contra-natura
Contra-natura – dícese de aquella realidad que difiere de la que tiene la consideración de “natural”, creándose, tras el contacto entre ambas, una nueva realidad en que lo natural y lo artificial son incapaces de entenderse y complementarse. (Definición propia)
Al hablar de ley, de derecho y de Justicia, la primera gran pregunta que tenemos que hacernos, y de la que vamos a partir en este artículo, es ésta:
¿Crea el ser humano el ideal de la justicia al crear sus leyes, o por el contrario se inspira para hacerlo en un ideal de justicia preexistente?
Según nos decantemos por la primera o la segunda opción, podremos considerarnos iuspositivistas o iusnaturalistas.
El iuspositivismo y el iusnaturalismo son dos corrientes filosóficas del Derecho en eterna antagonía, y las conclusiones que se pueden sacar de esta disyuntiva pueden ser muy interesantes.
El iuspositivismo afirma que es el ser humano el que construye los cimientos de la Justicia, por imperfecta que ésta sea, mediante la creación de leyes y cualquier otra normativa, y el establecimiento de medidas coercitivas para salvaguardarlas y hacerlas cumplir. Así, la Justicia es una idea artificial, creada por el ser humano, surge de su actividad cognitiva y evoluciona con ella en el tiempo.
Y el iusnaturalismo, por su parte, afirma que la Justicia forma parte del derecho natural, un conjunto de valores ético-morales que son preexistentes al ser humano y que le inspiran cuando crea normas y mecanismos coercitivos. De esta forma, el ser humano no crea la Justicia, sino que busca materializar unos ideales preexistentes.
Ahora que tenemos claros ambos conceptos, os ofrezco mi punto de vista: me considero iusnaturalista. Creo en el derecho natural. Creo en la existencia de una serie de valores, de ideales, de derechos indiscutibles e inalienables, inherentes a nuestra especie. En una especie de “bien” y “mal” establecidos universalmente, con los que cada persona de por sí, cada comunidad y cada país han tratado y tratan siempre de conectar, cometiendo más o menos errores.
Lo que los seres humanos hacemos al legislar, al tratar de establecer normas, directrices, máximas, leyes, etcétera, es intentar aproximarnos a ellos, intentar, con toda la buena fe del mundo, crear una batería de guías de comportamiento que garanticen la convivencia en armonía entre nosotros. El ser humano, cuando legisla, no persigue establecer criterios propios y genuinos sobre el bien y el mal; sino que se inspira en criterios que ya existían previamente al proceso cognitivo que él ha emprendido al legislar.
Entonces, ¿qué es el “bien”?
Para mí, algo está bien cuando así nos lo indican nuestras emociones. Lo que sentimos cuando hacemos algo, el efecto que cualquier decisión, opinión, realidad fáctica, desata en nuestro interior; o, poéticamente hablando, en nuestro corazón.
Es lo “normal”, por así decirlo, intentar ser racionales, perseguir la objetividad cuando juzgamos y opinamos; pero no es correcto.
Las manifestaciones del derecho natural tampoco pueden tener una definición en nuestra realidad. No es posible para el ser humano describirlas ni establecerlas a ciencia cierta, ni en miles de leyes con millones de artículos, por el hecho de que no son racionales; sino emocionales.
¿Es posible entonces conectar el derecho natural con el derecho positivo?
Con todo, sí es posible interconectar estos valores emocionales abstractos con la legislación racional.
Pongamos un ejemplo.
El derecho natural puede estar próximo a conectar con el “derecho a una vivienda digna”, que – al menos en España – el ser humano reconoce en su normativa.
El iuspositivismo vendría a sostener que es la propia ley la que crea ese derecho, y que sin ella jamás lo tendríamos; pero se equivoca, ya que lo que ocurre es que el legislador se ha inspirado en el derecho natural, buscando materializarlo en la vida real. El derecho a una vivienda digna ya existía antes que la propia norma que lo ha establecido. Y es que, en España, como dato curioso, el “derecho a una vivienda digna” no es imperativo, no es exigible por la ciudadanía al Estado; sino que es una máxima de justicia que debe inspirar y guiar las actuaciones de éste.
Pensemos. Lo normal es que concibamos que es “bueno”, que es “correcto”, que una persona tenga derecho a una vivienda digna. Lo creemos así, nos parece bien. Si todo el mundo la tuviese, nos “sentiríamos” bien. Ahora bien, en el momento en que veamos que es legal que se desaloje a una persona de su hogar por no poder pagar un alquiler o una hipoteca, van a surgirnos dudas.
¿Qué es lo que ha pasado? ¿Cómo puede ser que la propia ley que supuestamente ha establecido el derecho a una vivienda digna haya creado también la forma de vulnerarlo?
Lo que ha ocurrido aquí es que nuestra razón, nuestra lógica, la parte cognitiva de nuestro aprendizaje y desarrollo, al haber conectado más en profundidad con la ley, va a concebir lo ocurrido como algo, digamos, “lógico”, “adecuado”, o “justo”, y no se va a quejar; pero, en cambio, puede que a nuestra parte emocional no le ocurra lo mismo.
Amigos míos, amigas mías, algo se nos tiene que revolver adentro. Algo nos tiene que doler. Es esa sensación de “sí, no sé…”, de angustia, de falta de adecuación, de “injusticia” … sí, eso es, ¡injusticia!, esa sensación de “¡qué pena!”, de “no hay derecho” …
Felicidades, ¡menos mal!, seguimos siendo humanos. Porque esa, exactamente esa, es la forma en que el derecho natural se expresa en la realidad, ese es el justo instante en que reluce, confirmando su existencia, en nuestras emociones. Ese “algo” que se nos está revolviendo dentro no es nuestro estómago; es la parte emocional de nuestro ser. Es nuestro “corazón”. Nuestra “alma”. Allí es donde reside el origen de nuestro sentido del “bien” y del “mal”; y él nos dice que no es “justo” lo que ha ocurrido. Las normas, con buena intención, han intentado materializar esas señas emocionales; pero en este momento, como queda demostrado, han fracasado.
De esta forma se demuestra que hay algo en la naturaleza humana, anterior a nuestra propia existencia – y no confundirnos, nada de divinidades – que nos dice que lo “justo” es que esa persona se quede en su casa; siendo tarea nuestra, en este caso, reducir los efectos negativos que eso provoque en el “derecho de propiedad” de la persona que pueda salir perjudicada por ello, un derecho que, dadas las circunstancias, goza de menor protección por parte del derecho natural a la hora de entrar en contraposición con el “derecho a una vivienda digna”.
Así, que una persona permanezca en su casa parece ser más “justo” para el derecho natural que el que la persona o entidad propietaria de ésta pueda hacer valer su derecho de propiedad, bajo la lógica racional de “yo te alquilo el piso, pero si no pagas, tienes que irte”, que es, cuanto menos, menos “natural”.
Una vez tenemos esto claro, podemos afirmar que un sistema legal, creado por el ser humano, buscando materializar el derecho natural, que permita que el derecho de propiedad se imponga sobre el derecho a una vivienda digna, es un sistema fallido, un sistema incompleto, inadecuado, inútil; porque ha creado una realidad incongruente con el derecho natural, una realidad contra-natura. Por tanto, ese sistema debe ser, o bien, reformado; o bien, sustituido; o bien, suprimido.
Siguiendo el ejemplo, sea como sea, ese sistema, lo que quede de él, o el mecanismo que lo sustituya, debe permitir que una persona tenga un techo digno bajo el que pasar la noche; y que en su caso, al mismo tiempo, si procede, se respete el derecho de quien le alquiló su casa a recibir un pago o una compensación, pues aunque su derecho de propiedad no goza de la misma protección desde el punto de vista del derecho natural, sí que cabría la posibilidad de tratar de garantizarlo también, pero ello no pasa ni debe pasar jamás por sobrepasar el derecho a la vivienda digna.
La cuestión que seguiría, y que en este escrito vamos a omitir, por extensa y por reiterativa en mi bibliografía, sería preguntarse si lo adecuado sería, en este caso, modular, modificar, o suprimir el derecho de propiedad.
¿Y si no estamos de acuerdo con ese planteamiento? ¿Y si en nuestra opinión el derecho de propiedad prima sobre el derecho a una vivienda digna?
Como he dicho, ante esa situación, que al generarnos dudas confirma que somos seres humanos, “algo” se nos debe revolver. A no ser que, además del iuspositivismo, hayamos abrazado el liberalismo, consiguiendo encontrar una razón racional – y valga la redundancia – que poder esgrimir para aplacar a nuestras emociones, silenciándolas, autoconvenciéndonos de que “si no puede pagar, lo siento mucho, pero así es la ley” o de que “que trabaje, que quien es pobre es porque quiere”, o similares.
Así, al hablar del “bien” y del “mal”, en el momento en que una persona consigue con la razón acallar sus emociones, verdaderos estandartes y salvaguardas de la Justicia en la naturaleza del ser humano, está yendo contra-natura. Y a la larga, sufrirá las consecuencias, tanto en su interior como a la hora de socializar; a no ser que, como quizá suceda, la deshumanización no sea la excepción, sino la regla.
Finalizamos aquí la primera parte de este ensayo. En la siguiente retomaremos esta cuestión, vinculándola con la creación de leyes y el ejercicio del poder.
BW.
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Muy, muy, muy interesante... Para pensar y comerse el coco... Me encanta. Valoro el ensayo. No soy capaz de plantearme cuestiones tan profundas o al menos nunca hasta ahora lo había hecho. Necesitaré las siguientes publicaciones para tener más datos.
ResponderEliminarComo adelanto en el prólogo, es el ensayo más complejo que he hecho nunca. A medida que sigas leyendo, puede que termines comprendiéndolo todo. Gracias!
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