17 ene 2021

CAMINOS A LA NADA (1) - EL ALMA Y LOS VACÍOS DE CONOCIMIENTO


Sinopsis

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Las respuestas que tenga para las más grandes preguntas revelan mucho sobre el desarrollo espiritual de una persona. Un desarrollo que nunca es mejor ni peor, correcto o equivocado, sino más o menos rico en contenido.

 

¿Qué hay después de la muerte? ¿A qué se deben los acontecimientos que nos ocurren en vida? ¿Cómo afrontar los enigmas que no llegamos a esclarecer?

 

Y lo más importante: ¿cómo actuar en consecuencia?

 

 

Prólogo


Ésta es una publicación completamente inusual en mí, y me siento muy orgulloso de haber podido crearla. No sabía que era capaz.

 

En ella, mi imaginación vuela como pocas veces, liberando mis inquietudes más místicas y espirituales.

 

Hasta el último día de nuestra vida estaremos aprendiendo. Y tengo mucha curiosidad por saber cómo responderé a estas preguntas con treinta años, cuarenta, cincuenta…

 

De momento, así respondí a los veinticinco.

 

 

CAMINOS A LA NADA


Parte 1 – El alma y los vacíos de conocimiento


Cuando me pregunto qué ocurre después de la muerte, la reencarnación siempre ocupa una parte de la respuesta.

 

Pero… no. No creo que haya otras vidas. No creo en la reencarnación; aunque sí me gustaría creer. Me gustaría creer que cada persona fuese algo más que lo que se conoce de ella misma. Que a cada muerte nuestra alma tomase la forma de otro ser vivo, en otro lugar, y quizá también en otro momento, en una infinita y a la vez quebradiza línea del tiempo. Que de alguna forma pudiésemos movernos por ella. Que al morir pudiésemos elegir en qué circunstancias volver a la vida.

 

Aunque, claro, eso no puede ser. No tiene sentido. ¿Qué ocurriría con nuestros recuerdos? Si fuese así, ¿por qué al tomar forma en el cuerpo de otro ser vivo ya no conservamos los recuerdos de vidas anteriores? Me niego a creer que un alma que no conserve sus recuerdos siga siendo la misma cada vez que vuelva a la vida. Porque los recuerdos son su seña de identidad. Regresar al mundo sin ellos es como ser un alma nueva. Y por eso, lo es.

 

¿Podría ser que ésta, la que tenemos ahora, fuese la primera? ¿Que nuestra alma fuese una recién nacida? Poco sentido tendría, porque alguna tendría que ser más veterana. O, bueno, espera… ¿cómo nace un alma? ¿Quién la crea?

 

No, no tengo la respuesta. Pensar que alguien ahí fuera es capaz de dar vida a un alma, y pensar que, de existir la reencarnación, también ese alguien, en vez de nosotros, pudiese decidir nuestro siguiente destino cada vez que muramos, quizá en función de cómo haya sido nuestra última vida o la suma de todas las anteriores, me acercaría a idiosincrasias necesariamente teológicas – aún sin concretar ninguna en particular – con las que me niego a comulgar. No creo en nada que escape al conocimiento, o cuanto menos al potencial conocimiento del ser humano, a través de la razón y la lógica.

 

Quiero creer en la reencarnación; pero no puedo. Y el no poder, me conduce de nuevo al punto de partida. A asumir que nuestro paso por la Tierra tiene un inicio y un final, y que antes y después, la vida existió y existirá; pero, para nosotros, no. No habrá nada más. No hay un más allá. Y más allá, no hay nada.

 

El más allá, o toda aquella acepción con que queramos referirnos a una existencia consciente tras morir, donde todavía conservemos nuestra identidad, y podamos tomar - o ser objeto de - decisiones deliberadas, al igual que ocurre con la reencarnación, no es más que un deseo. Un lugar a donde no llega la razón; sólo la fe.

 

Porque la fe llega a donde cada uno desee que lo haga. La fe es la fuente de respuestas para los grandes enigmas que no podemos resolver. Porque necesitamos respuestas, como aire para respirar. Y allá donde la razón y la lógica no puedan darlas, ella se erige como salvadora. Seguimos queriendo una respuesta; y llegado un punto, ya no importará cual. Queremos una. Todo sea por cubrir el vacío.

 

Y el más allá es precisamente la respuesta que da la fe a ese problema. Una noción incorpórea que crea para llenar un vacío de conocimiento, poniendo algo donde no lo había, aunque ese algo, asimismo, varíe según cómo cada creencia lo conciba. Podemos creer en lo que la fe cree, o podemos no hacerlo. Lo que no podemos negar es que es ella a la que se debe cualquier concepción de una vida después de la muerte corpórea, de cuya existencia no se haya podido obtener pruebas.

 

“People believed in an afterlife because they couldn't bear not to.”

(La gente creía en una vida futura porque no podía soportar no hacerlo.)

John Green, en “Looking for Alaska”.

 

Eso es. El omnipresente deseo de poder seguir viviendo por siempre, canalizado a través de una fe que nos hace creer que hay alguna forma de hacerlo. Incontables veces en la vida, confundimos lo que creemos con lo que queremos creer.

 

La fe puede dar respuesta a cualquier pregunta, pero cuando nos enfrentemos a una problemática que pueda estar también al alcance de la razón, es decir, dentro de los límites de lo “real”, lo pragmático siempre debe considerarse primero. Porque en esas circunstancias, la fe puede llevarnos a cometer errores. Puede que la razón sí tenga una respuesta en términos absolutos para la pregunta en cuestión; y si es así, si atendemos antes a la fe, puede que nuestra visión de la “realidad” se distorsione.

 

Quienes no seguimos dogma alguno de fe, acusamos a quienes sí lo hacen de interpretar como voluntad divina hechos que no lo son.

 

Hay creencias que sostienen que a los dioses se le pueden pedir cosas, desde las más simples a las más complejas, y que ellos de alguna forma indicarán a sus creyentes qué es lo que tienen que hacer para que consideren responder a sus plegarias. Cuando esas cosas ocurren, los creyentes dan las gracias a su Dios; y cuando no ocurren, asumen que puede deberse a dos razones: que su Dios no lo quiso y su voluntad ha de respetarse, o que ellos no cumplieron con lo que les tocaba.

 

Lo que pasa es que, paralelamente, la razón nos indica que aquello que los creyentes piden a sus dioses era algo que podría ocurrir de todas formas; o que podría también no ocurrir. Existiría una explicación lógica y racional tanto para una posibilidad como para la otra.

 

Y en tales casos, priorizar la fe a la razón es ponerse una venda en los ojos. Porque mientras que la fe puede dar respuesta a cualquier pregunta y puede explicar cualquier acontecimiento, incluso fuera de los límites de la vida real, dentro de éstos, muchas veces la razón es capaz de hacer lo propio. Y cuando no pueda, o cuando lo intente y se equivoque, la mayor parte de las veces se deberá a que no contaba con la información suficiente.

 

Ahí, en ese punto muerto, es donde entran las “casualidades”.

 

Las casualidades son todo aquello que la razón no puede explicar porque no cuenta con suficiente información para hacerlo. De hecho, es lo que pasa con la gran mayoría de los acontecimientos que ocurren en nuestras vidas. Desde por qué tres personas desconocidas coincidieron en el mismo ascensor en el centro comercial, hasta cómo una persona vaya a tomarse ciertas palabras que le dijeron de cierta forma y en un determinado contexto.

 

Una gran parte de la vida está hecha de casualidades, que a la vez se convierten en causalidades. Todo pasa por algo. Todo está conectado. Todo acontecimiento tendría una explicación razonable si tuviésemos toda la información a nuestro alcance al analizarlo. Pero muchas veces nunca la tendremos. Y esa es la explicación en sí misma.

 

Así, la razón responde a todas esas incógnitas asumiendo que hay cosas que no puede controlar ni predecir; pero la fe se niega a limitarse, y continúa buscando ese porqué, hasta el punto de obviar lo que la razón le indica y abrazar explicaciones que circulen sobre la idea de que puede haber un sujeto poderoso y omnisciente detrás de todo ello. Pero de esta forma, al enfrentarse a la incógnita de las casualidades, todo “porqué” que la fe encuentre, será su propio “porqué”; nunca el “porqué” real.

 

Algo que tampoco podemos obviar es que aparte de la fe, la razón también ha elaborado teorías que tratan de explicar el origen de los acontecimientos. Porque si la fe está equivocada, si el interminable hilo de casualidades-causalidades que conforman la realidad no baila al son de los deseos de una divinidad consciente, ¿a qué se deben? ¿Qué es lo que las hace nacer, fluir e interconectarse?

 

Eso es lo que puede conducirnos a planteamientos como el determinismo, el mecanicismo o la teoría del eterno retorno. Todas ellas son, paradójicamente, hipótesis hechas desde la razón, concebidas no como certezas, sino como posibilidades, que la propia razón no puede confirmar ni desmentir. Es imposible sostener la veracidad de ninguna de ellas sin aplicar criterios subjetivos, cayendo así, una vez más, en la confusión entre el “creer” y el “querer creer”.

 

Y todo este camino recorrido nos conduce, de nuevo, a la nada.

 

Estamos condenados a convivir con interminables cúmulos de casualidades. Sucesos con explicaciones potencialmente cognoscibles que jamás llegaremos a conocer. Sólo podremos entender bien los hechos concretos, con una causalidad sencilla, y los que, como mucho, estén ligados entre sí en una suerte de relaciones causa-efecto fácilmente perceptibles. Pero nunca, nunca, podremos entender el porqué de todo lo que nos rodea. La omnisciencia sólo es para narradores de novelas.

 

Y es aquí donde radica la última disyuntiva: mientras que la razón es consciente de esta situación y la acepta, pese a que, al igual que la fe, puede crear explicaciones que no se pueden demostrar, la fe va un paso más allá, y se las cree.

 

Cualquiera de los planteamientos de la fe supone, per sé, algo cuya mera comprensión, cuanto menos, debería despertar nuestra curiosidad. Es interesante saber cómo tratan los demás de encontrar respuestas a sus preguntas. Pero la fe no es ni será jamás fuente del saber en términos absolutos. Sólo es la prisa por encontrar respuestas para llenar vacíos de conocimiento.

 

Y la humanidad seguirá teniendo fe, mientras seamos incapaces de entender que la única respuesta que cubre esos vacíos… es que debemos convivir con ellos.

 


BW.



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3 comentarios:

  1. Boas comeduras de cabeza, noites de comer teito e algún que outro trociño de ansiedade me deixaron estas preguntas. É sorprendente como co tempo se normalizan.

    Gustoume lerte Pablo! Apertas

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    1. Moitísimas grazas Iván! Alégrame moito que disfrutases co que escribo. Soamente dicirche que creo que facer estas reflexións é sano, en xeral, tanto para a persoa, pois é a todas luces un desenvolvemento, un crecemento como tal; como, se se comparten, para a sociedade, pois dunha ou outra forma, enriquécese culturalmente. Unha aperta!

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