6 mar 2021

LAS ENTRAÑAS DEL AMOR



Sinopsis -

¿Son el amor y el deseo elementos unidos e inseparables?

¿Nos ha dejado de querer nuestra pareja cuando se fija en otra persona?

¿Debe una “infidelidad” suponer el fin de una relación?

Pájaros con miedo a volar… ¿a qué le tememos?


Prólogo

Este post es más informal de lo que suele ser costumbre en el blog. Y es que siento que este tema tengo que tratarlo así.

Podría decirse que es una continuación o segunda parte de “Pájaros con miedo a volar”, que publiqué hace unos años, y ya de aquellas tenía la sensación de que me estaba dejando mucho en el tintero.

No encuentro fácilmente ideas parecidas a las mías sobre estos temas, ya procuro tener cuidado cuando escribo sobre ello.

Deseo, y es mi intención, que estas líneas nunca se interpreten como críticas, sino como meras alternativas.

 

LAS ENTRAÑAS DEL AMOR

Hace poco, una agradable pareja que conocía, rompió, porque, en este caso ella, besó a otro chico durante una noche de fiesta. Y no es el primer caso con el que me encuentro.

En esta publicación, vamos a hablar sobre eso. Relaciones, amor, respeto y fidelidad. Mi opinión, ya lo adelanto, es de todo menos habitual, y de seguro resultará interesante para quienes gusten de estos temas.

Vamos a ver…

¿Somos acaso tan mala gente, capaz de traicionar a las personas a las que llevamos tiempo queriendo y adorando, que nos quieren y nos adoran, por algún roce pasajero y casual?

Es algo que me da que pensar, aunque no me haya tocado vivirlo. O bueno, esperad, miento. Hace años, otra pareja rompió por lo mismo, siendo yo, sin saberlo, el tercero en discordia.

En cualquier caso, analicemos esta relación causa-efecto.

¿Qué es lo que uno pierde cuando pasa? ¿Por qué poner fin a una relación por eso?

Hay una afirmación polémica con la que estoy de acuerdo: la monogamia es anti-natura.

Lo es, y en el fondo lo sabemos. Pero por pura socialización, nos hemos convertido en monógamos acérrimos, y por eso, cuando tenemos pareja y deseamos a otra persona, nos sentimos culpables. Y no debemos. Es normal. Por mucho amor que sintamos hacia una persona, el deseo hacia otras –aparte de ella– sigue estando ahí, y la única razón por la que no se materializa es porque, bajo el dogma de la fidelidad, lo reprimimos.

Pero puede ser un error concebir las relaciones como algo “único”, es decir, que estar con una persona sea “con ella, y nada más”, en todos los sentidos. No tiene porque ser así. El amor y el deseo son dos elementos independientes, funcionan de forma distinta, y no tienen porque obstaculizarse. Se puede desear a quien no se ama, y se puede amar a quien no se desea.

Pero nosotros los vemos unidos, y por ello, cuando nuestra pareja libera sus deseos hacia otra persona, creemos que ya no nos quiere. Y eso, muchas veces, no será cierto. No hay más que ver su cara, cuando, tras hacer eso, discutimos, y empezamos a llamarle de todo, sintiéndonos traicionados, pensando que ya no merece la pena. O más bien, que nunca la mereció. Que esa persona no era para nosotros. Que no nos quería. Que quizá nunca nos haya querido.

Quizá eso no sea cierto. Nuestra pareja, a no ser que resulte ser una persona mezquina, manipuladora o narcisista, y se le acabe de caer la careta, nos sigue queriendo. Llora y pide perdón porque tiene miedo a que nosotros dejemos de hacerlo. Si se siente culpable, es porque también pertenece a nuestra sociedad, que considera que lo que hizo no se debe hacer. De esa forma, por un lado, entiende que queramos terminar la relación, porque quizá ella haría lo mismo en nuestro caso; pero por otro, desearía que no lo hiciésemos.

Vamos a profundizar en la idea de “fidelidad”. Podemos partir de que ser “fiel” a nuestra pareja es guardarle un “respeto”. Y según cómo entendamos ese concepto, según si creemos que la “exclusividad” a nivel físico se integra o no en él, las situaciones pueden variar.

La fidelidad en una pareja en la que al menos uno de sus miembros cree en la monogamia.

Que nosotros no consideremos como infidelidad una situación así, que la entenderíamos si nos ocurre, no nos legitima para hacerlo; al contrario, paradójicamente, legitima a nuestra pareja.

Cada miembro de una pareja debe respetar la idea de “fidelidad” que tenga el otro. Cuando iniciamos una relación, aceptamos someternos a unas “normas”. Si nuestra pareja considera que la exclusividad física entra dentro del “respeto” que debemos guardarle, si queremos estar con ella, tenemos que aceptarlo, no queda otra. No se falta al respeto a quien se quiere.

Si, por el contrario, es nuestra pareja, que cree en la monogamia, aquella que comete la “infidelidad”, aunque en principio y en coherencia se le puede perdonar, quizá no tenga que ser así. Sin tener en cuenta que, como no creemos en la monogamia, la “infidelidad” en sí no nos va a parecer mal, puede que sí lo haga el mensaje que estamos recibiendo de ella: se ha traicionado a sí misma.

Para mí, por lo menos, una persona capaz de traicionar sus propios principios pierde muchísimo atractivo. Y no sólo en cuestión de relaciones; creo que no generalizo en vano si digo que todo el mundo valora la integridad y la coherencia interna en el resto de la gente. Así, dependiendo de la gravedad de la situación, esa “infidelidad” sí podría llegar a tener consecuencias.

En cualquier caso, de esta forma, si al menos un miembro de la pareja cree en la monogamia, lo más normal es que no haya infidelidades: por un lado, el miembro que no crea deberá respetar que el otro sí lo haga; y éste, que sí cree, deberá abstenerse de hacerlo por propia convicción. Así, es posible una relación monógama pese a que uno de los miembros no crea en ella. Si la comunicación y la confianza son adecuadas, la persona que sí lo haga podrá “bajar la guardia”, y la relación será tanto o más sana que las monógamas acérrimas.

La fidelidad en una pareja en la que ninguno de sus miembros cree en la monogamia.

Si ninguno de los miembros de una pareja cree que la exclusividad a nivel físico está integrada en la idea de “respeto”, en esa pareja, las infidelidades, por definición, no existen. Que un día nuestra pareja nos diga que la noche anterior se ha tomado dos copas de más y ha hecho esto y lo otro… per sé, no tiene que ser un problema.

Ella sigue siendo nuestra pareja. Si no hay problemas en la relación, disfrutará con nosotros más que con cualquier desconocido. No tanto por la idea de que nuestro rendimiento pueda ser superior; sino porque en una relación sana, hay amor, hay sentimientos, y es evidente que eso hace que las relaciones sean más placenteras, porque el vínculo que se forma entre sus partícipes es más intenso.

Si lo ocurrido puede considerarse como una mera anécdota, cuando nuestra pareja nos lo cuente, podemos echarnos unas risas con ella. Y no pasa nada. No tiene que ser motivo para enfadarse, ni mucho menos para terminar una relación.

Pero no todo es tan fácil…

Hay que tener en cuenta otra cuestión: es cierto que hoy día, conviviendo con el tradicionalismo ampliamente imperante, existe una corriente de pensamiento aperturista sobre las relaciones, que va en aumento; pero todavía no ha llegado y tardará en llegar hasta este punto.

Por eso, entre la juventud puede haber personas que abracen la modernidad, el progreso, la apertura mental, y digan creer en las relaciones abiertas… hasta que esa apertura se les venga encima. Hasta que sepan que su pareja ha tenido relaciones con otra persona. Ahí, las inseguridades de la monogamia institucionalizada y arraigada en la sociedad regresan para hacer estragos, provocando a la persona en cuestión un grandísimo dilema moral, que, bien llevado, le permitirá descubrir si creía en las relaciones abiertas de verdad, o sólo lo hacía de boquilla.

Cuando la infidelidad sí duele: la exteriorización de problemas preexistentes. La infidelidad emocional.

En cualquier caso, hay supuestos en que una “infidelidad” sí duele, sí hiere: cuando no es el deseo lo que la motiva; sino que existe una serie de problemas preexistentes en la relación que actúan como razones subyacentes, siendo el acto en sí su mera exteriorización.

Sin ir más lejos, tras una “infidelidad” física podría esconderse el hecho de que la persona que la cometió considere que el rendimiento afectivo o sexual de su pareja no sea el que esperaba, no sea apropiado, no sea suficiente; pero nunca se lo haya dicho.

Y eso es lo que está mal, eso es lo que más duele. Que haya preferido ocultarle el problema a su pareja en vez de comunicárselo y darse una oportunidad para solucionarlo. Eso es lo que hiere de muerte a la relación cuando se produce la “infidelidad”, lo que convierte un hecho que podría ser anecdótico en algo imperdonable. En una pareja, los problemas tienen que conocerse e intentar solucionarse. Si no hay comunicación, si no hay sinceridad, si no hay confianza, la “infidelidad” sólo es la confirmación de que la relación ya no iba a ninguna parte.

Y también, podemos estar ante el peor de los escenarios: cuando la “infidelidad” física oculta una “infidelidad” emocional. Eso, como veremos, podría confirmar los peores presagios: nuestra pareja ya no nos quiere.

En algún lugar que ya no recuerdo leí esta frase: “no debería preocuparte que me acueste con ella, sino que ría con ella”.

Y es que es muy ilustrativa. Lo más doloroso de una “infidelidad” puede ser la trascendencia emocional que conlleva, la sensación de engaño que provoca en quien la sufre. Hay muchos problemas emocionales que podrían llevar tiempo anclados en la pareja, fuesen sus miembros conscientes de ello o no. Inseguridades, pérdida de confianza, ansiedad, miedo…

Aquí, el relativismo moral tiene menos cabida. Lo mejor que se puede hacer es dejar marchar. El gran problema, que vuelve tan difícil esta maniobra, es la dependencia emocional que puede existir en la pareja. No quiero explayarme mucho sobre eso ahora, porque ya lo he tratado en otro post, muy ligado con éste y cuya lectura recomiendo.

Entonces, si mi pareja me ha sido “infiel”, ¿significa que ahora quiere a otra persona? ¿Significa que a mí ya no me quiere?

Poliamores aparte, si alguien que tiene pareja empieza a tener sentimientos por otra persona, hasta el punto en que preferiría estar más con ella, debe analizar la situación.

Podemos estar ante tres escenarios: que realmente quiera a esa otra persona; que haya dejado de querer a su pareja; o que no haya dejado de querer a su pareja, pero crea que sí.

En primer lugar, puede ser que, simple y llanamente, sea así. Que una persona sí haya comenzado a querer a alguien que no es su pareja. En tal caso, lo que debe hacer, por respeto a ella, es poner fin a la relación. A su pareja le dolerá mucho y será muy frustrante, pero no se le hará más daño que el que no se pueda evitar. A la larga, con el paso del tiempo, su expareja le agradecerá la sinceridad que tuvo, porque lo que hizo siempre es preferible a haberle mantenido disfrutando de una mentira… y que más tarde conociese la verdad por fuentes ajenas.

Pero también puede ser que eso sea falso. Que esa atracción por una nueva persona, aunque a quien le ocurra no se dé cuenta, no sea real. Así, en segundo lugar, podemos estar ante un problema de base: la idealización de las relaciones de pareja.

En una pareja también hay problemas, discusiones y todo tipo de situaciones incómodas, que forman parte de la convivencia, como ocurre con la familia, las amistades o los compañeros/as de clase, de trabajo o de piso. Evidentemente, una pareja que viva enfadada la mayor parte del tiempo sí que debería replantearse lo de estar junta; pero si esos problemas son temporales o anecdóticos, no tiene porque ser así.

No todo es perfecto en una relación. Las personas tienen opiniones, temperamentos e intereses distintos, y es normal que a veces choquen. Pero no todo el mundo tiene esto tan claro; al contrario, hay mucha gente que entiende las relaciones de pareja desde la idea de la cuasiperfección. En pocas palabras: que en pareja no debería haber problemas, y que, si los hay, es que no funciona.

Si ese es el caso, si alguien que tiene pareja y piensa así, se fija en otra persona, lo que podría estar ocurriendo es que esos sentimientos hacia la persona nueva no sean reales; sino que, consciente de que la relación que tiene no es lo que ella esperaría, percibe en esa nueva persona la posibilidad de comenzar de cero, una nueva relación, una nueva oportunidad de alcanzar su ideal de pareja.

Y por último, en tercer lugar, está el caso de aquella persona que pese a no tener ese problema de idealización de las relaciones, lleve tiempo teniendo problemas con su pareja, y se empiece a fijar en otra. Lo que puede ocurrir entonces, es que sea víctima de un autoengaño: no es que la nueva le guste más que la anterior; sino que está a disgusto con ésta. Si abandona a su pareja y comienza con esa nueva persona, la nueva relación podría ser, en efecto, más agradable… o no.

En ambos casos, el mensaje es éste: a la nueva persona le hemos visto los ángeles; pero todavía no le conocemos los demonios. Hacer como si no existiesen es un riesgo que puede correrse; pero puede que sean iguales o peores que aquellos de los que huimos.

En conclusión…

No hay conclusión. Que cada quien saque la suya.

La idea principal con la que hay que quedarse, es que las relaciones están cambiando, que llevan cambiando mucho tiempo y seguirán haciéndolo, y que por ello debemos pensar y sentir cómo quisiéramos que fuesen las nuestras, sin que el arraigo social lo haga por nosotros.

Primero, porque quizá “donde todos piensan lo mismo, nadie está pensando”, y segundo, porque ese arraigo social del tradicionalismo monógamo está cayendo, y nuestra generación y las venideras deben prepararse para ello, porque con el tiempo se irán viendo obligados a decidir, no podrán dar nada por sentado.

Pajarillos, sigamos volando.

BW.

  

ESCRITOS RELACIONADOS

PÁJAROS CON MIEDO A VOLAR – En cierto modo, podría decirse que el post que acabamos de leer es la continuación de éste. En esta publicación, hago una primera aproximación a la temática de las relaciones de pareja, abordando algunas problemáticas actuales que observo en una parte de ellas, destacando la incapacidad de diferenciar el “querer” del “necesitar”.

1 comentario:

  1. Lo más interesante de tu reflexión es entender con naturalidad los cambios que se han producido y seguirán haciéndolo en las relaciones de pareja. Todo sigue. Todo cambia. No hay camino. Se hace camino al andar. Pero cada vez más rápido y cuesta asumirlos. Cadayunoescadayunoycadacualconsuscadayunadas. O al menos así debería ser. Como dice tu abuela "en el sexo no hay nada prohibido si por los dos es consentido"...

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