18 feb 2017

LIBÉRALE DE TU ABRAZO PROTECTOR


Sinopsis
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A muchos ya les ha llegado la enorme bendición de la paternidad, y a otros tantos nos encantaría recibirla en un futuro.

Pero no todo será de color de rosa. Seamos conscientes de que, además de una pequeña criaturita a la que adorar, se hallará en nuestras manos una dura misión: prepararle para vivir. Aunque al principio debamos protegerle de los peligros que pueda correr, llegará un momento en que tendremos que dejar que se suelte de nuestra mano, y si no quiere, incitarle a hacerlo.

Esto es lógico, ¿verdad? Pues no todo el mundo lo tiene tan claro. Debemos evitar cruzar esa delgada línea entre proteger y sobreproteger. Recordemos que un día nosotros dejaremos este mundo, y ellos, nuestros "pequeñines", se quedarán aquí.

¿Estarán preparados para ello?


Nota del autor

En este escrito en concreto he preferido no utilizar lenguaje inclusivo de forma rigurosa, por la simple razón de que, como veréis quienes lo leáis, perdería muchísima fluidez. Pero creo que debe tomarse por costumbre hacerlo.

LIBÉRALE DE TU ABRAZO PROTECTOR

Ser padre es una tarea siempre complicada. Yo diría incluso que se trata de uno de los mayores desafíos vitales de una persona.

Recibir esa enorme bendición conlleva para nosotros grandes responsabilidades, pues ahora tenemos en brazos a una preciosa criaturita a la que queremos y adoramos, por la que daríamos nuestra vida, pero a la que también tenemos mucho que enseñarle.

Tenemos una inteligencia muy desarrollada, que nos dice que debemos evitar que nuestros descendientes, durante sus primeros llantos, se expongan a los peligros de la vida. Pero ello -sentimentalismo aparte- no significa que quienes hoy son nuestros pequeñines lo seguirán siendo eternamente.

Una vez que vuestro hijo crezca, llegado cierto momento, hacedle el favor... dejadle que se suelte de vuestra mano. No le cortéis las alas; abrídselas, e invitadle a echar a volar.

Vuestro hijo tiene que poder correr al aire libre; jugar; conocer gente; hacer amigos; enfrentarse a sus problemas y superarlos; salir de casa sin vosotros y no teneros esperando a la puerta del colegio; asumir riesgos; ganar; perder; llorar de tristeza; saltar de alegría; y tantas y tantas sensaciones y experiencias más. En una palabra: vivir. Tiene que vivir. Y no debéis privarle de ello.

Sé que para algunos padres puede ser complicado entenderlo, y aunque aquí quien habla no es ningún experto, creo que llega un punto en que ya no debemos someter a nuestros retoños, sino liberarlos del calor de nuestro abrazo protector para que sepan lo que es el frío y cómo enfrentarse a él.

Él no estará siempre ahí con vosotros. Llegado el momento, querrá soltarse de vuestra mano. Y debéis dejarle. Hacedlo, para que pronto su mano deje de buscar la vuestra cuando él se enfrente a ciertos problemas. Y para que en un futuro, la suya sea precisamente la mano a la que otros puedan acudir en busca de ayuda.

Memento mori. Pensadlo muy bien. Un día vosotros dejaréis este mundo y vuestro hijo se quedará aquí. Y entonces, él se convertirá en vuestro mayor legado. Lo más valioso que podréis haber dejado en la Tierra.

¿Acaso teméis por él? Entonces, antes de nada, dejadle que aprenda a vivir.

Ahora...

Sentaos en un banco del parque, dejadle ir y observad cómo corre; cómo juega; cómo se divierte; cómo discute con otros niños; cómo descubre lo que le gusta y lo que no; cómo se pone de acuerdo con los demás para usar por turnos los columpios; cómo se organiza con ellos en equipos para jugar a la pelota; cómo empieza a usar la bicicleta sin ruedines; cómo se cae de ella y en vez de llorar llamándoos, se levanta y va él solo a la fuente a echarse agua en las heridas...

Está creciendo. Y debéis dejarle hacerlo.

Y aquello que le cueste aprender, enseñádselo vosotros cuando llegue el momento.

Dejadle que os mienta, descubridle después, y entonces podréis enseñarle a no mentir.

Tarde o temprano se hará daño, es inútil tratar de protegerle. No le impidáis darse golpes, dejadle, porque así aprenderá a encajar el dolor. No sois vosotros quienes os habéis hecho daño. Ha sido él.

Dejadle probar, dejadle atreverse, dejadle asumir riesgos y cometer errores, para que aprenda a actuar con prudencia.

Dejadle pensar y dejadle decir lo que piensa, pues una mente desinhibida y libre de prejuicios puede darnos muchas, muchas lecciones a los adultos.

Dejadle que se pierda en sus fantasías, que sueñe con cuentos, para que después, cuando crezca, invente el suyo propio.

No le impongáis lo que debe o no debe creer, lo que debe hacer ni de lo que debe abstenerse, es él quien debe descubrirlo. Prueba y error, experiencia y razonamiento.

Dejadle partir, vivir aventuras, para que vuelva, os tome de la mano, y os lleve con él a sus lugares favoritos.

Dejadle dar sus propios pasos, no le obliguéis a seguir los vuestros. Al contrario, enseñadle a escoger y a crear sus propios caminos. Los que él, y sólo él, terminará recorriendo.

Tumbaos a su lado una noche, en la playa, sobre una hamaca, mirando las estrellas, y hablad con él sobre lo misteriosa e impredecible que es la vida. No perdáis la oportunidad de aprender de él, pues en esta escuela todos podemos ser profesores y alumnos.

Sabed que el momento llegará...

Un día estaréis frente a frente, vosotros a un lado de la puerta, y él y sus maletas al otro.

Entonces llorad, llorad juntos todo lo que queráis, porque es el momento de hacerlo.

Miraos a los ojos. Sentid el cariño, la esperanza, y la nostalgia en vuestra mirada, al rememorar tiempos pasados. Y disfrutad de ello.

Pero él, cuando terminéis, se dará la vuelta. Y en ese momento, cuando os dé la espalda, ponedle la mano en el hombro, haced que se gire, dedicaos una última mirada tierna, y acto seguido, soltadle y dejadle ir. Él debe irse.

Y entonces, habréis cumplido. Él se irá a vivir su vida. En vuestras manos estuvo, durante muchos años, el haberle preparado para ello.

Esa mano en el hombro, ese último abrazo protector que inevitablemente le daréis después, cargado de sentimientos, antes de soltarle por última vez, es vuestro mayor triunfo.

¿Creéis que lo habéis hecho bien? Yo os lo diré. Contadme, ¿qué sentís al verle dándoos la espalda, empezar a caminar y alejarse poco a poco?

Si os preocupa, si teméis por él, si dudáis de su capacidad para enfrentarse a su destino, algo habéis hecho mal. Es esperanza, es satisfacción y es un enorme orgullo lo que debéis sentir.

Sí. Papá, mamá, siéntete orgulloso/a. Porque todo lo que tu pequeñín consiga, en buena parte, es gracias a ti.

Él va a comerse el mundo. Y ahora, a ti, te toca mirar. Verle ganar, y disfrutar con él de todos sus logros.

Tu pequeño se ha hecho mayor.

BW.

5 comentarios:

  1. Un ejercicio de nobleza del autor con su madre, conozco el tema, un reconocimiento disimulado en una suerte de código para buenos padres, algún día el autor también estará al otro lado de mi puerta y será él aquél sienta mi mano en su hombro y sé que estará perfectamente preparado para continuar con su vida, estoy seguro, conozco a su madre. Perdón al autor y a su lectores pero un padre no puede esconderse tras un comentario impersonal, en este tema no soy objetivo, conozco orgullosamente a mi hijo.

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    1. El reconocimiento es más bien para ambos progenitores. No existe código que diga cómo ser buenos padres, es muy subjetivo, y mismamente, esta opinión también lo es. El tiempo nos dirá si, como padres y como hijo, hemos hecho una buena labor.

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  2. Sin estar en mi vocabulario la palabra bendición, verdad es que los hijos son lo mejor que le puede pasar a una pareja. Respetando opiniones en contra, yo personalmente
    no concibo mi vida sin los míos. Son mi pasión.
    Siempre fui consciente de que mis hijos no son de mi propiedad, sino mi responsabilidad mientras ellos no la tengan por sí mismos.
    Es por eso que comparto tu visión de lo que es la p/maternidad.
    Con esa claridad de ideas seguro que el día que lo seas, serás un buen padre.
    Sólo espero que tengas más paciencia que yo....
    Parece que contigo no lo han hecho tan mal tus padres cuando hablas así de tu infancia.
    ��

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    1. Me alegra que te haya gustado el planteamiento que he realizado. Me gustaría desempeñar lo mejor posible esa labor en un futuro, aunque es una tarea para la que nadie sabe si está lo bastante preparado. Mis padres, como todos, han tenido errores y aciertos, y en buena parte, fruto de ellos, así soy yo.

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  3. Ser padres no es una labor.
    Es un papel que has escogido libremente interpretar (o no) en el escenario de la vida cuando el protagonista es tu retoño.
    Para hacerlo bien basta con amor, cariño y sentido común, que no es el más común de los sentidos.
    Nadie te enseña. No hay guión. No hay manual ni ensayo previo y los aplausos tardan años en llegar, si es que llegan.
    A veces se oyen desde el público y también críticas.
    Curiosamente la llegada de un nuevo hijo no te hace mejor, ni más seguro, sino que pone a prueba nuevamente tu capacidad interpretativa ya que el amor, el cariño y el sentido común han de adaptarse a las necesidades del recién llegado.
    Por cierto, la función no termina nunca. Ni siquiera cuando mueres.

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