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A muchos ya les ha llegado la enorme bendición de la paternidad, y a otros tantos nos encantaría recibirla en un futuro.
Pero no todo será de color de rosa. Seamos conscientes de que, además de una pequeña criaturita a la que adorar, se hallará en nuestras manos una dura misión: prepararle para vivir. Aunque al principio debamos protegerle de los peligros que pueda correr, llegará un momento en que tendremos que dejar que se suelte de nuestra mano, y si no quiere, incitarle a hacerlo.
Esto es lógico, ¿verdad? Pues no todo el mundo lo tiene tan claro. Debemos evitar cruzar esa delgada línea entre proteger y sobreproteger. Recordemos que un día nosotros dejaremos este mundo, y ellos, nuestros "pequeñines", se quedarán aquí.
¿Estarán preparados para ello?
Nota del autor
En este escrito en concreto he preferido no utilizar lenguaje
inclusivo de forma rigurosa, por la simple razón de que, como veréis
quienes lo leáis, perdería muchísima fluidez. Pero
creo que debe tomarse por costumbre hacerlo.
LIBÉRALE DE TU ABRAZO PROTECTOR
Ser padre es una tarea
siempre complicada. Yo diría incluso que se trata de uno de los
mayores desafíos vitales de una persona.
Recibir esa enorme
bendición conlleva para nosotros grandes responsabilidades, pues
ahora tenemos en brazos a una preciosa criaturita a la que queremos y
adoramos, por la que daríamos nuestra vida, pero a la que también
tenemos mucho que enseñarle.
Tenemos una
inteligencia muy desarrollada, que nos dice que debemos evitar que
nuestros descendientes, durante sus primeros llantos, se expongan a
los peligros de la vida. Pero ello -sentimentalismo aparte- no
significa que quienes hoy son nuestros pequeñines lo seguirán
siendo eternamente.
Una vez que vuestro
hijo crezca, llegado cierto momento, hacedle el favor... dejadle que
se suelte de vuestra mano. No le cortéis las alas; abrídselas, e
invitadle a echar a volar.
Vuestro hijo tiene que
poder correr al aire libre; jugar; conocer gente; hacer amigos;
enfrentarse a sus problemas y superarlos; salir de casa sin vosotros
y no teneros esperando a la puerta del colegio; asumir riesgos;
ganar; perder; llorar de tristeza; saltar de alegría; y tantas y
tantas sensaciones y experiencias más. En una palabra: vivir. Tiene
que vivir. Y no debéis privarle de ello.
Sé que para algunos
padres puede ser complicado entenderlo, y aunque aquí quien habla no
es ningún experto, creo que llega un punto en que ya no debemos
someter a nuestros retoños, sino liberarlos del calor de nuestro
abrazo protector para que sepan lo que es el frío y cómo
enfrentarse a él.
Él no estará siempre
ahí con vosotros. Llegado el momento, querrá soltarse de vuestra
mano. Y debéis dejarle. Hacedlo, para que pronto su mano deje de
buscar la vuestra cuando él se enfrente a ciertos problemas. Y para
que en un futuro, la suya sea precisamente la mano a la que otros
puedan acudir en busca de ayuda.
Memento mori.
Pensadlo muy bien. Un día vosotros dejaréis este mundo y vuestro
hijo se quedará aquí. Y entonces, él se convertirá en vuestro
mayor legado. Lo más valioso que podréis haber dejado en la Tierra.
¿Acaso teméis por él?
Entonces, antes de nada, dejadle que aprenda a vivir.
Ahora...
Sentaos en un banco del
parque, dejadle ir y observad cómo corre; cómo juega; cómo se
divierte; cómo discute con otros niños; cómo descubre lo que le
gusta y lo que no; cómo se pone de acuerdo con los demás para usar
por turnos los columpios; cómo se organiza con ellos en equipos para
jugar a la pelota; cómo empieza a usar la bicicleta sin ruedines;
cómo se cae de ella y en vez de llorar llamándoos, se levanta y va
él solo a la fuente a echarse agua en las heridas...
Está creciendo. Y
debéis dejarle hacerlo.
Y aquello que le cueste
aprender, enseñádselo vosotros cuando llegue el momento.
Dejadle que os mienta,
descubridle después, y entonces podréis enseñarle a no mentir.
Tarde o temprano se
hará daño, es inútil tratar de protegerle. No le impidáis darse
golpes, dejadle, porque así aprenderá a encajar el dolor. No sois
vosotros quienes os habéis hecho daño. Ha sido él.
Dejadle probar, dejadle
atreverse, dejadle asumir riesgos y cometer errores, para que aprenda
a actuar con prudencia.
Dejadle pensar y
dejadle decir lo que piensa, pues una mente desinhibida y libre de
prejuicios puede darnos muchas, muchas lecciones a los adultos.
Dejadle que se pierda
en sus fantasías, que sueñe con cuentos, para que después, cuando
crezca, invente el suyo propio.
No le impongáis lo que
debe o no debe creer, lo que debe hacer ni de lo que debe abstenerse,
es él quien debe descubrirlo. Prueba y error, experiencia y
razonamiento.
Dejadle partir, vivir
aventuras, para que vuelva, os tome de la mano, y os lleve con él a
sus lugares favoritos.
Dejadle dar sus propios
pasos, no le obliguéis a seguir los vuestros. Al contrario,
enseñadle a escoger y a crear sus propios caminos. Los que él, y
sólo él, terminará recorriendo.
Tumbaos a su lado una
noche, en la playa, sobre una hamaca, mirando las estrellas, y hablad
con él sobre lo misteriosa e impredecible que es la vida. No perdáis
la oportunidad de aprender de él, pues en esta escuela todos podemos
ser profesores y alumnos.
Sabed que el momento
llegará...
Un día estaréis
frente a frente, vosotros a un lado de la puerta, y él y sus maletas
al otro.
Entonces llorad, llorad
juntos todo lo que queráis, porque es el momento de hacerlo.
Miraos a los ojos.
Sentid el cariño, la esperanza, y la nostalgia en vuestra mirada, al
rememorar tiempos pasados. Y disfrutad de ello.
Pero él, cuando
terminéis, se dará la vuelta. Y en ese momento, cuando os dé la
espalda, ponedle la mano en el hombro, haced que se gire, dedicaos
una última mirada tierna, y acto seguido, soltadle y dejadle ir. Él
debe irse.
Y entonces, habréis
cumplido. Él se irá a vivir su vida. En vuestras manos estuvo,
durante muchos años, el haberle preparado para ello.
Esa mano en el hombro,
ese último abrazo protector que inevitablemente le daréis después,
cargado de sentimientos, antes de soltarle por última vez, es
vuestro mayor triunfo.
¿Creéis que lo habéis
hecho bien? Yo os lo diré. Contadme, ¿qué sentís al verle dándoos
la espalda, empezar a caminar y alejarse poco a poco?
Si os preocupa, si
teméis por él, si dudáis de su capacidad para enfrentarse a su
destino, algo habéis hecho mal. Es esperanza, es satisfacción y es
un enorme orgullo lo que debéis sentir.
Sí. Papá, mamá,
siéntete orgulloso/a. Porque todo lo que tu pequeñín consiga, en
buena parte, es gracias a ti.
Él va a comerse el
mundo. Y ahora, a ti, te toca mirar. Verle ganar, y disfrutar con él
de todos sus logros.
Tu pequeño se ha hecho
mayor.
BW.

Un ejercicio de nobleza del autor con su madre, conozco el tema, un reconocimiento disimulado en una suerte de código para buenos padres, algún día el autor también estará al otro lado de mi puerta y será él aquél sienta mi mano en su hombro y sé que estará perfectamente preparado para continuar con su vida, estoy seguro, conozco a su madre. Perdón al autor y a su lectores pero un padre no puede esconderse tras un comentario impersonal, en este tema no soy objetivo, conozco orgullosamente a mi hijo.
ResponderEliminarEl reconocimiento es más bien para ambos progenitores. No existe código que diga cómo ser buenos padres, es muy subjetivo, y mismamente, esta opinión también lo es. El tiempo nos dirá si, como padres y como hijo, hemos hecho una buena labor.
EliminarSin estar en mi vocabulario la palabra bendición, verdad es que los hijos son lo mejor que le puede pasar a una pareja. Respetando opiniones en contra, yo personalmente
ResponderEliminarno concibo mi vida sin los míos. Son mi pasión.
Siempre fui consciente de que mis hijos no son de mi propiedad, sino mi responsabilidad mientras ellos no la tengan por sí mismos.
Es por eso que comparto tu visión de lo que es la p/maternidad.
Con esa claridad de ideas seguro que el día que lo seas, serás un buen padre.
Sólo espero que tengas más paciencia que yo....
Parece que contigo no lo han hecho tan mal tus padres cuando hablas así de tu infancia.
��
Me alegra que te haya gustado el planteamiento que he realizado. Me gustaría desempeñar lo mejor posible esa labor en un futuro, aunque es una tarea para la que nadie sabe si está lo bastante preparado. Mis padres, como todos, han tenido errores y aciertos, y en buena parte, fruto de ellos, así soy yo.
EliminarSer padres no es una labor.
ResponderEliminarEs un papel que has escogido libremente interpretar (o no) en el escenario de la vida cuando el protagonista es tu retoño.
Para hacerlo bien basta con amor, cariño y sentido común, que no es el más común de los sentidos.
Nadie te enseña. No hay guión. No hay manual ni ensayo previo y los aplausos tardan años en llegar, si es que llegan.
A veces se oyen desde el público y también críticas.
Curiosamente la llegada de un nuevo hijo no te hace mejor, ni más seguro, sino que pone a prueba nuevamente tu capacidad interpretativa ya que el amor, el cariño y el sentido común han de adaptarse a las necesidades del recién llegado.
Por cierto, la función no termina nunca. Ni siquiera cuando mueres.