2 dic 2017

HOY NO HA VENIDO A CLASE


Sinopsis
-
Una mañana más, el pequeño Michael tiene que ir solo al instituto. Pero aquel no iba a ser un día cualquiera. Unos extraños acontecimientos le hacen darse cuenta de que su mundo no era tan bonito como creía. Su cabeza se llena de dudas, y esta vez no será su hermano mayor quien se las resuelva. Cuando pudo entender lo que estaba pasando, ya era tarde...

Prólogo

Siendo algo que me tocó tan de cerca, en mi colección de relatos no podría faltar uno que abordase esta temática. He utilizado los conocimientos que por desgracia me brindó la experiencia para tejer la trama de una pequeña historia que cabalga entre lo macabro y lo realista. Me valgo de ella para difundir uno de los mensajes que me corresponde dar a la sociedad.

Adoro esta historia. Todavía es y creo que siempre será capaz de tocarme el alma como el día en que la creé.

Espero que la disfrutéis.

HOY NO HA VENIDO A CLASE

(Tras un leve murmullo, todos los presentes se callan.)

(...)

- “Michael, vete sin mí, me voy a quedar a estudiar un rato, que tengo un examen después. Llévate el paraguas, que va a llover.”

Lo recuerdo como si fuera ayer...

Había cumplido hacía poco los trece años. Aquel día, mi hermano y yo íbamos a estar solos. Mi madre estaba en Berlín, en uno de sus frecuentes viajes de negocios, y mi padre debía quedarse hasta la noche en el trabajo para sustituir a un compañero.

Esa mañana, mi hermano abrió la puerta de su cuarto, me dijo esas palabras y la volvió a cerrar. Yo, que estaba en la puerta de casa, esperándole para ir juntos al instituto, ignoré su consejo y me fui.

Estaba acostumbrado a ello. Mi hermano ya se había quedado en casa para estudiar en varias ocasiones. Su situación era delicada. Sus notas habían empeorado aquel año, y corría el peligro de repetir curso. Mis padres ya le habían preguntado en alguna ocasión cuál era el motivo de su bajo rendimiento. Y él parecía no tener respuestas.

Hasta el año anterior, mi hermano había sido un alumno ejemplar, de esos a los que los profesores les ponían el 10 al leer el nombre en el examen y empezaban a corregirlo después, confiando en no tener que gastar más tinta.

Era mi modelo a seguir. Un chico tranquilo, trabajador y muy bondadoso, que siempre estaba encantado de ayudarme en todo lo que yo necesitaba. Adoraba bromear con él, sobre todo cuando era él quien necesitaba mi ayuda para coger cualquier cosa que estuviese algo alta.

Las clases se me hicieron eternas aquella mañana. No veía la hora de que sonase el timbre del recreo, saltar del pupitre e ir corriendo a cambiarme a los vestuarios junto con mis compañeros de equipo. Íbamos a jugar un partido de la liga interna de fútbol sala del instituto. Era muy importante, porque nos tocaba vernos las caras con los gigantes de la clase de mi hermano, a quienes nadie había conseguido ganar hasta entonces. Queríamos ser los primeros.

(...)

Abrí el marcador nada más comenzar. A ellos pareció no haberles sentado bien, porque desde ese momento, y aprovechando que no había árbitro, empezaron a jugar sucio y nos marcaron unos cuantos goles. Yo recibía patadas todo el tiempo, pero me levantaba y seguía jugando. Teníamos que ganarles.

Todo cambió cuando golpearon a uno de mis compañeros por detrás sin venir a cuento. Y no sólo una, sino varias veces, incluso cuando ya estaba en el suelo. Entonces sucedió algo que me dejó sin palabras: la gente empezó a reírse y a aplaudir. Les hacía gracia.

No me lo podía creer. Me dirigí a ellos y les grité:

- “¿Pero qué m*erda estáis haciendo?”

Se dieron la vuelta al instante. Tres de ellos se acercaron a mí y me rodearon. Yo me quedé paralizado. Mientras me observaban con soberbia, uno me dijo:

- “A j*derse, chaval. Y si no quieres llevar tú también, más te vale cerrar la bocaza.”

Después, otro añadió:

- “Qué penita das. Como el idiota de tu hermano.”

Carcajeándose, se alejaron.

Yo no daba crédito. ¿Había insultado a mi hermano? ¡Pero si eran amigos de pequeños!

Recordé que no había visto a mi hermano durante el partido. Él siempre se sentaba en el mismo banco, al fondo a la izquierda, y me animaba cuando yo jugaba. Miré hacia allí; no estaba. Recorrí el patio con la mirada; no le encontré. Recordé que tenía un examen y pensé que se había quedado en clase repasando, así que no le di más importancia.

Nada más reanudarse el juego, sonó el timbre. Habíamos perdido. La gente empezó a marcharse de allí. Yo, frustrado y dolorido, me senté en la grada para respirar un poco y masajear mis magulladas piernas.

Entonces, reparé en que mi compañero, al que habían golpeado, se había quedado sentado en mitad del campo. Me levanté, fui a su lado, me incliné y le dije:

- “¿Estás bien?”

Él, cabizbajo y con la mirada perdida, no articulaba palabra.

- “¿Te han hecho daño? ¿Aviso a enfermería?”

Entonces, levantó la cabeza y balbuceó:

- “No te preocupes. Estoy bien.”

Me resultó familiar. Eso ya se lo había oído a mi hermano últimamente, cuando al ver que se había quedado otro fin de semana más encerrado en su habitación, le preguntaba si estaba enfermo.

No sabía qué decir. Ayudé a mi compañero a levantarse y fuimos hacia el vestuario.

De camino, se paró y, mirando al suelo, dijo:

- “No duelen tanto las patadas como lo que sientes al ver la reacción de la gente. ¿Viste cómo se reían? Y los demás, sin hacer nada. Tienen miedo de que les pase lo mismo, por eso no les culpo. Tú fuiste el único que se atrevió a plantarles cara.”

- “¿Pero por qué a ti?”, le pregunté.

- “No lo sé Michael”, (suspira), “no lo sé.”

(...)

Durante las siguientes clases no fui capaz de concentrarme. No lograba entender en qué momento aquel chico, que era amigo de mi hermano cuando eran pequeños, de repente lo insultaba. Me angustiaba también lo que le habían hecho a mi compañero, y todavía más lo que me había dicho él después. ¿Qué sentido tenía?

Quería hablar de todo esto con mi hermano. Él me lo podría explicar. Después de todo, tenía quince años, ya llevaba tres en el instituto, seguro que entendía mejor que yo lo que estaba pasando.

Cuando por fin tocó el timbre, me dirigí a la salida para esperarle, como siempre hacía. No habría mejor plan para despejarme que charlar con él después de hincharnos a comer las pizzas precocinadas que papá nos había dejado en la nevera.

Pasados unos minutos, dejó de salir gente del instituto. Me resultó extraño. Le llamé al móvil, pero lo tenía apagado.

Puede que se haya quedado sin batería”, pensé.

Cuando ya me iba a marchar, vi salir a su profesora de inglés. Me dirigí a ella y le pregunté:

- “Perdone, ¿sabe si ha salido ya David?”

- “Hoy no ha venido a clase, Michael, ¿sabes si le pasa algo?”

Yo no entendía nada. No tenía ningún sentido que mi hermano hubiese faltado al examen. ¿Se habría encontrado mal esta vez?

- “Pues no lo sé. Yo salí pronto de casa porque tenía un examen a primera – mentí – y él aún estaba allí, pero no me pareció que estuviese mal.”

- “Es que como faltó al examen, llamamos a vuestra casa para preguntar, pero nadie cogió el teléfono. Cuando le veas dile que tenga cuidado, que se está jugando el curso...”

- “Vale, se lo diré. Adiós.”

Emprendí el camino de regreso. Casi al momento, empezó a llover. Me arrepentí de no haberle hecho caso a mi hermano y haber cogido un paraguas. Sólo por lo incómodo que era llevarlo encima...

La lluvia se volvió más intensa. Corrí hasta una cafetería para refugiarme y decidí quedarme allí hasta que amainase. Me entretuve viendo la televisión. Había empezado el telediario...

-“Un grupo de estudiantes de Derecho ha creado una iniciativa para luchar contra el acoso escolar. Están recorriendo diferentes institutos dando charlas a los alumnos para tratar de concienciarles ante la presencia de este fenómeno.”, comienza la presentadora.

- “El acoso escolar se compone de una serie de conductas que están normalizadas en los institutos. Insultos, golpes, desprecio, marginación... Es difícil luchar contra él cuando quienes acosan cuentan con la complicidad de quienes les ríen las gracias y también la de quienes callan. Nosotros buscamos concienciarles, hacerles ver que lo tienen ahí, que lo que ocurre está mal, que deben actuar y que sepan cómo hacerlo. ”, sostiene ante el micrófono una de sus miembros.

- “A raíz del suicidio de una niña de 14 años, que se ahorcó en su habitación el mes pasado, estos jóvenes han decidido hacer todo lo que esté en sus manos para enfrentar este gran problema.”, concluye la presentadora.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

Por mi mente desfilaron todas las situaciones que había vivido aquella mañana.

Michael, vete sin mí, me voy a quedar a estudiar un rato, que tengo un examen después.”
No te preocupes. Estoy bien.”
No duelen tanto las patadas como lo que sientes al ver la reacción de la gente. ¿Viste cómo se reían? Y los demás, sin hacer nada. Tienen miedo de que les pase lo mismo, por eso no les culpo.”
¿Pero por qué a ti?”.
No lo sé Michael”, (suspira), “no lo sé.”
Qué penita das. Como el idiota de tu hermano.”
Perdone, ¿sabe si ha salido ya David?”
Hoy no ha venido a clase.”

Se me heló la sangre. No podía ser que...

- “¡DAVID!”, grité.

Eché a correr hacia casa.

- “¡David! ¡David!”, gritaba mientras buscaba las llaves en la mochila.

- “¡David!”, grité al entrar en casa.

- “Da...vid”, balbuceé tras abrir de golpe la puerta de su cuarto.

Me quedé petrificado.

Ahí estaba mi hermano. Más bien, lo que quedaba de él. Su cuerpo suspendido en el aire por una cuerda. A sus pies, la silla de su cuarto, volcada en el suelo.

En cuanto pude reaccionar corrí a la cocina, cogí un cuchillo y corté la cuerda.

Su cuerpo inerte cayó al suelo.

- "¡David!" , grité entre lágrimas. Pero mi hermano ya no podía oírme.

Llamé a emergencias. Llamé a mi padre. A mi madre. A mis tíos. A todo el mundo...

Lloré hasta quedarme sin lágrimas. En un momento dado, reparé en que en su mesa había un papel plegado que parecía dirigido a la atención del primero que lo viese.

Lo cogí. En él había señales de humedad, como si alguien hubiese llorado sobre él antes que yo. Sin duda, era una nota de suicidio.

Me negué a leerla. No me hacía falta. Todo lo que había visto en mi hermano tenía sentido ahora. Pero ahora, ya era tarde.

Me senté en el suelo, a su lado, y le observé.

Observé sus manos. Cuántos golpes habrían tratado de parar...

Observé sus labios. Cuánto dolor habrían tenido que callar...

Observé su piel, ya fría y palideciente. Cuántas heridas habría lucido ocultas bajo la ropa...

Observé sus ojos, cerrados para ya no abrirse jamás. Cuánto habrían llorado a escondidas...

(...)

El suicidio de mi hermano fue muy mediático. Poco después, desde mi instituto contactaron con la gente de la iniciativa de la que hablaban en el telediario, y unas semanas más tarde vinieron a dar su charla sobre acoso.

Ese día, cuando terminaron, me dirigí a uno de sus miembros y empecé a hablar con él del caso de David.

Tuvimos una increíble conversación, la que desearía haber tenido con él el día de su muerte.

Hablamos de acoso. De insultos. De golpes. De desprecio. De marginación. De acosadores. De acosados. De observadores. De risas y silencios cómplices. De traición. De soledad. De dolor. De angustia. De desesperación. De perder las ganas de vivir. De muerte...

Rompí a llorar sobre él. Él me dio un abrazo fuerte, protector, propio de alguien que te comprende a la perfección.

Cuando logré calmarme, él me acompañó hasta la salida del instituto. Allí, en la misma puerta, antes de que tomásemos caminos distintos, apoyó sus manos sobre mis hombros, se inclinó hacia mí, y mirándome a los ojos me dijo algo que jamás olvidaré:

- “Si crees que la vida no es justa, puedes luchar para cambiarla.”

(...)

- “Fue ahí” (el joven se detiene y mira al frente), “cuando supe que mi futuro estaba al lado de los débiles”.

(Se hace el silencio durante unos segundos.)

Llantos y aplausos unieron fuerzas para hacer temblar las paredes del lugar. Todos, alumnos, alumnas, padres, madres, profesores y profesoras presentes en el salón de actos de aquel instituto se habían conmovido con su historia.

Michael se secó una lágrima, alzó la mirada al cielo y susurró:

- “Por ti, hermanito.”.”Ni uno más como tú.”


BW.

8 comentarios:

  1. �������� aplauso lento. Un relato que puede ser al mismo tiempo un artículo en las páginas de sucesos o en cualquier informativo, real y tristemente común, la sociedad tarda una eternidad en tomar conciencia de sus propios males, psicología a pié de calle y sobretodo educación social, igualitaria y libre son sus únicas medicinas.
    Mi reconocimiento. Autor.

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    1. Poco que decir. Celebro que nuestras ideas al respecto comulguen. Muchas gracias!

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  2. Espléndido relato, crudo, real...
    Triste realidad inimaginada por much@s, sufrida por tant@s.
    Hace falta recordar esta terrible lacra por cualquier medio.
    Muchas felicidades Pablo.

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    1. Creo que recordarla y ayudar a enfrentarla es parte de mi labor, y trato de hacerlo lo mejor que puedo. Muchas gracias!

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  3. Ángela Coello22 may 2019, 14:45:00

    Brillante!!! No sólo reflejas una desgraciada realidad sino que lo haces con una calidad literaria sobresaliente. Historia de suspense y conmovedora. Felicidades, escritor!!!

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    1. Es una historia que me emocionó tanto escribir, que da igual el tiempo que pase, quisiera que siempre estuviese ahí y mantenga su capacidad de conmover a la par que alecciona. Muchísimas gracias!!!

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