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Una mañana más, el pequeño Michael tiene que ir solo al instituto. Pero aquel no iba a ser un día cualquiera. Unos extraños acontecimientos le hacen darse cuenta de que su mundo no era tan bonito como creía. Su cabeza se llena de dudas, y esta vez no será su hermano mayor quien se las resuelva. Cuando pudo entender lo que estaba pasando, ya era tarde...
Prólogo
Siendo
algo que me tocó tan de cerca, en mi colección de relatos no podría
faltar uno que abordase esta temática. He utilizado los
conocimientos que por desgracia me brindó la experiencia para tejer
la trama de una pequeña historia que cabalga entre lo macabro y lo
realista. Me valgo de ella para difundir uno de los mensajes que me
corresponde dar a la sociedad.
Adoro
esta historia. Todavía es y creo que siempre será capaz de tocarme el alma como el
día en que la creé.
Espero
que la disfrutéis.
HOY
NO HA VENIDO A CLASE
(Tras
un leve murmullo, todos los presentes se callan.)
(...)
-
“Michael, vete sin mí, me voy a quedar a estudiar un rato, que
tengo un examen después. Llévate el paraguas, que va a llover.”
Lo
recuerdo como si fuera ayer...
Había
cumplido hacía poco los trece años. Aquel día, mi hermano y yo
íbamos a estar solos. Mi madre estaba en Berlín, en uno de sus
frecuentes viajes de negocios, y mi padre debía quedarse hasta la
noche en el trabajo para sustituir a un compañero.
Esa
mañana, mi hermano abrió la puerta de su cuarto, me dijo esas
palabras y la volvió a cerrar. Yo, que estaba en la puerta de casa,
esperándole para ir juntos al instituto, ignoré su consejo y me
fui.
Estaba
acostumbrado a ello. Mi hermano ya se había quedado en casa para
estudiar en varias ocasiones. Su situación era delicada. Sus notas
habían empeorado aquel año, y corría el peligro de repetir curso.
Mis padres ya le habían preguntado en alguna ocasión cuál era el
motivo de su bajo rendimiento. Y él parecía no tener respuestas.
Hasta
el año anterior, mi hermano había sido un alumno ejemplar, de esos
a los que los profesores les ponían el 10 al leer el nombre en el
examen y empezaban a corregirlo después, confiando en no tener que
gastar más tinta.
Era
mi modelo a seguir. Un chico tranquilo, trabajador y muy bondadoso,
que siempre estaba encantado de ayudarme en todo lo que yo
necesitaba. Adoraba bromear con él, sobre todo cuando era él quien
necesitaba mi ayuda para coger cualquier cosa que estuviese algo
alta.
Las
clases se me hicieron eternas aquella mañana. No veía la hora de
que sonase el timbre del recreo, saltar del pupitre e ir corriendo a
cambiarme a los vestuarios junto con mis compañeros de equipo.
Íbamos a jugar un partido de la liga interna de fútbol sala del instituto. Era muy importante, porque nos tocaba vernos las
caras con los gigantes de la clase de mi hermano, a quienes nadie
había conseguido ganar hasta entonces. Queríamos ser los primeros.
(...)
Abrí
el marcador nada más comenzar. A ellos pareció no haberles sentado
bien, porque desde ese momento, y aprovechando que no había árbitro,
empezaron a jugar sucio y nos marcaron unos cuantos goles. Yo recibía
patadas todo el tiempo, pero me levantaba y seguía jugando. Teníamos
que ganarles.
Todo
cambió cuando golpearon a uno de mis compañeros por detrás sin
venir a cuento. Y no sólo una, sino varias veces, incluso cuando ya
estaba en el suelo. Entonces sucedió algo que me dejó sin palabras:
la gente empezó a reírse y a aplaudir. Les hacía gracia.
No
me lo podía creer. Me dirigí a ellos y les grité:
-
“¿Pero qué m*erda estáis haciendo?”
Se
dieron la vuelta al instante. Tres de ellos se acercaron a mí y me
rodearon. Yo me quedé paralizado. Mientras me observaban con
soberbia, uno me dijo:
-
“A j*derse, chaval. Y si no quieres llevar tú también, más te
vale cerrar la bocaza.”
Después,
otro añadió:
-
“Qué penita das. Como el idiota de tu hermano.”
Carcajeándose,
se alejaron.
Yo
no daba crédito. ¿Había insultado a mi hermano? ¡Pero si eran
amigos de pequeños!
Recordé
que no había visto a mi hermano durante el partido. Él siempre se
sentaba en el mismo banco, al fondo a la izquierda, y me animaba
cuando yo jugaba. Miré hacia allí; no estaba. Recorrí el patio con
la mirada; no le encontré. Recordé que tenía un examen y pensé
que se había quedado en clase repasando, así que no le di más
importancia.
Nada
más reanudarse el juego, sonó el timbre. Habíamos perdido. La
gente empezó a marcharse de allí. Yo, frustrado y dolorido, me
senté en la grada para respirar un poco y masajear mis magulladas
piernas.
Entonces,
reparé en que mi compañero, al que habían golpeado, se había
quedado sentado en mitad del campo. Me levanté, fui a su lado, me
incliné y le dije:
-
“¿Estás bien?”
Él,
cabizbajo y con la mirada perdida, no articulaba palabra.
-
“¿Te han hecho daño? ¿Aviso a enfermería?”
Entonces,
levantó la cabeza y balbuceó:
-
“No te preocupes. Estoy bien.”
Me
resultó familiar. Eso ya se lo había oído a mi hermano últimamente,
cuando al ver que se había quedado otro fin de semana más encerrado
en su habitación, le preguntaba si estaba enfermo.
No
sabía qué decir. Ayudé a mi compañero a levantarse y fuimos hacia
el vestuario.
De
camino, se paró y, mirando al suelo, dijo:
-
“No duelen tanto las patadas como lo que sientes al ver la
reacción de la gente. ¿Viste cómo se reían? Y los demás, sin
hacer nada. Tienen miedo de que les pase lo mismo, por eso no les
culpo. Tú fuiste el único que se atrevió a plantarles cara.”
-
“¿Pero por qué a ti?”, le pregunté.
-
“No lo sé Michael”, (suspira), “no lo sé.”
(...)
Durante
las siguientes clases no fui capaz de concentrarme. No lograba
entender en qué momento aquel chico, que era amigo de mi hermano
cuando eran pequeños, de repente lo insultaba. Me angustiaba también
lo que le habían hecho a mi compañero, y todavía más lo que me
había dicho él después. ¿Qué sentido tenía?
Quería
hablar de todo esto con mi hermano. Él me lo podría explicar.
Después de todo, tenía quince años, ya llevaba tres en el
instituto, seguro que entendía mejor que yo lo que estaba pasando.
Cuando
por fin tocó el timbre, me dirigí a la salida para esperarle, como
siempre hacía. No habría mejor plan para despejarme que charlar con
él después de hincharnos a comer las pizzas precocinadas que papá
nos había dejado en la nevera.
Pasados
unos minutos, dejó de salir gente del instituto. Me resultó
extraño. Le llamé al móvil, pero lo tenía apagado.
“Puede
que se haya quedado sin batería”, pensé.
Cuando
ya me iba a marchar, vi salir a su profesora de inglés. Me dirigí a
ella y le pregunté:
-
“Perdone, ¿sabe si ha salido ya David?”
-
“Hoy no ha venido a clase, Michael, ¿sabes si le pasa algo?”
Yo
no entendía nada. No tenía ningún sentido que mi hermano hubiese
faltado al examen. ¿Se habría encontrado mal esta vez?
-
“Pues no lo sé. Yo salí pronto de casa porque tenía un examen
a primera – mentí – y él aún estaba allí, pero no me
pareció que estuviese mal.”
-
“Es que como faltó al examen, llamamos a vuestra casa para
preguntar, pero nadie cogió el teléfono. Cuando le veas dile que
tenga cuidado, que se está jugando el curso...”
-
“Vale, se lo diré. Adiós.”
Emprendí
el camino de regreso. Casi al momento, empezó a llover. Me arrepentí
de no haberle hecho caso a mi hermano y haber cogido un paraguas.
Sólo por lo incómodo que era llevarlo encima...
La
lluvia se volvió más intensa. Corrí hasta una cafetería para
refugiarme y decidí quedarme allí hasta que amainase. Me entretuve
viendo la televisión. Había empezado el telediario...
-“Un
grupo de estudiantes de Derecho ha creado una iniciativa para luchar
contra el acoso escolar. Están recorriendo diferentes institutos
dando charlas a los alumnos para tratar de concienciarles ante la
presencia de este fenómeno.”, comienza la presentadora.
-
“El acoso escolar se compone de una serie de conductas que están
normalizadas en los institutos. Insultos, golpes, desprecio,
marginación... Es difícil luchar contra él cuando quienes acosan
cuentan con la complicidad de quienes les ríen las gracias y también
la de quienes callan. Nosotros buscamos concienciarles, hacerles ver
que lo tienen ahí, que lo que ocurre está mal, que deben actuar y
que sepan cómo hacerlo. ”, sostiene ante el micrófono una de
sus miembros.
-
“A raíz del suicidio de una niña de 14 años, que se ahorcó
en su habitación el mes pasado, estos jóvenes han decidido hacer
todo lo que esté en sus manos para enfrentar este gran problema.”,
concluye la presentadora.
Un
escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
Por
mi mente desfilaron todas las situaciones que había vivido aquella
mañana.
“Michael,
vete sin mí, me voy a quedar a estudiar un rato, que tengo un examen
después.”
“No
te preocupes. Estoy bien.”
“No
duelen tanto las patadas como lo que sientes al ver la reacción de
la gente. ¿Viste cómo se reían? Y los demás, sin hacer nada.
Tienen miedo de que les pase lo mismo, por eso no les culpo.”
“¿Pero
por qué a ti?”.
“No
lo sé Michael”, (suspira), “no lo sé.”
“Qué
penita das. Como el idiota de tu hermano.”
“Perdone,
¿sabe si ha salido ya David?”
“Hoy
no ha venido a clase.”
Se
me heló la sangre. No podía ser que...
-
“¡DAVID!”, grité.
Eché
a correr hacia casa.
-
“¡David! ¡David!”, gritaba mientras buscaba las llaves
en la mochila.
-
“¡David!”, grité al entrar en casa.
-
“Da...vid”, balbuceé tras abrir de golpe la puerta de su
cuarto.
Me
quedé petrificado.
Ahí
estaba mi hermano. Más bien, lo que quedaba de él. Su cuerpo
suspendido en el aire por una cuerda. A sus pies, la silla de su
cuarto, volcada en el suelo.
En
cuanto pude reaccionar corrí a la cocina, cogí un cuchillo y corté
la cuerda.
Su
cuerpo inerte cayó al suelo.
- "¡David!"
, grité entre lágrimas. Pero mi hermano ya no podía oírme.
Llamé
a emergencias. Llamé a mi padre. A mi madre. A mis tíos. A todo el
mundo...
Lloré
hasta quedarme sin lágrimas. En un momento dado, reparé en que en
su mesa había un papel plegado que parecía dirigido a la atención
del primero que lo viese.
Lo
cogí. En él había señales de humedad, como si alguien hubiese
llorado sobre él antes que yo. Sin duda, era una nota de suicidio.
Me
negué a leerla. No me hacía falta. Todo lo que había visto en mi
hermano tenía sentido ahora. Pero ahora, ya era tarde.
Me
senté en el suelo, a su lado, y le observé.
Observé
sus manos. Cuántos golpes habrían tratado de parar...
Observé
sus labios. Cuánto dolor habrían tenido que callar...
Observé
su piel, ya fría y palideciente. Cuántas heridas habría lucido
ocultas bajo la ropa...
Observé
sus ojos, cerrados para ya no abrirse jamás. Cuánto habrían
llorado a escondidas...
(...)
El
suicidio de mi hermano fue muy mediático. Poco después, desde mi
instituto contactaron con la gente de la iniciativa de la que
hablaban en el telediario, y unas semanas más tarde vinieron a dar
su charla sobre acoso.
Ese
día, cuando terminaron, me dirigí a uno de sus miembros y empecé a
hablar con él del caso de David.
Tuvimos
una increíble conversación, la que desearía haber tenido con él
el día de su muerte.
Hablamos
de acoso. De insultos. De golpes. De desprecio. De marginación. De
acosadores. De acosados. De observadores. De risas y silencios
cómplices. De traición. De soledad. De dolor. De angustia. De
desesperación. De perder las ganas de vivir. De muerte...
Rompí
a llorar sobre él. Él me dio un abrazo fuerte, protector, propio de
alguien que te comprende a la perfección.
Cuando
logré calmarme, él me acompañó hasta la salida del instituto.
Allí, en la misma puerta, antes de que tomásemos caminos distintos,
apoyó sus manos sobre mis hombros, se inclinó hacia mí, y
mirándome a los ojos me dijo algo que jamás olvidaré:
-
“Si crees que la vida no es justa, puedes luchar para
cambiarla.”
(...)
-
“Fue ahí” (el joven se detiene y mira al frente), “cuando
supe que mi futuro estaba al lado de los débiles”.
(Se
hace el silencio durante unos segundos.)
Llantos
y aplausos unieron fuerzas para hacer temblar las paredes del lugar.
Todos, alumnos, alumnas, padres, madres, profesores y profesoras
presentes en el salón de actos de aquel instituto se habían
conmovido con su historia.
Michael
se secó una lágrima, alzó la mirada al cielo y susurró:
-
“Por ti, hermanito.”.”Ni uno más como tú.”
BW.

�������� aplauso lento. Un relato que puede ser al mismo tiempo un artículo en las páginas de sucesos o en cualquier informativo, real y tristemente común, la sociedad tarda una eternidad en tomar conciencia de sus propios males, psicología a pié de calle y sobretodo educación social, igualitaria y libre son sus únicas medicinas.
ResponderEliminarMi reconocimiento. Autor.
Poco que decir. Celebro que nuestras ideas al respecto comulguen. Muchas gracias!
EliminarEspléndido relato, crudo, real...
ResponderEliminarTriste realidad inimaginada por much@s, sufrida por tant@s.
Hace falta recordar esta terrible lacra por cualquier medio.
Muchas felicidades Pablo.
Creo que recordarla y ayudar a enfrentarla es parte de mi labor, y trato de hacerlo lo mejor que puedo. Muchas gracias!
EliminarGrande Pablo.
ResponderEliminarGracias Álex!!
EliminarBrillante!!! No sólo reflejas una desgraciada realidad sino que lo haces con una calidad literaria sobresaliente. Historia de suspense y conmovedora. Felicidades, escritor!!!
ResponderEliminarEs una historia que me emocionó tanto escribir, que da igual el tiempo que pase, quisiera que siempre estuviese ahí y mantenga su capacidad de conmover a la par que alecciona. Muchísimas gracias!!!
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