Sinopsis
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Si
nos paramos a pensar, una de las grandes causas de los desastres de
la especie humana es gestionar e intentar resolver los conflictos de
forma inadecuada. En cualquier ámbito, desde grandes guerras hasta
familias que no se hablan, todo pasa en algún momento por un
conflicto que no pudo resolverse.
Los
conflictos se convierten en problemas –no son lo mismo-, los
problemas se resuelven tarde, mal o nunca, y se enquistan en nuestras
relaciones sociales, haciéndose más graves y alimentando otros
nuevos. Todo ello hasta llegar a su cúlmen, ese punto de no retorno
que nos hace creer que no hay salida y libera nuestros instintos
primarios de huida y de lucha.
Nos
estamos equivocando, y eso lo sabemos. Pero lo que quizá no sabemos
es que puede hacerse de otra manera. Que otra forma de entender,
gestionar y resolver los conflictos podría estar por surgir...
Prólogo
Este
escrito tiene muchísimo valor para mí.
Podría
decir que sintetiza la que es y espero que sea siempre mi actitud
ante los conflictos. Quiero dedicar mi vida a mi pasión por ayudar a
la gente a resolverlos.
Aquí,
y en la segunda parte que publicaré muy pronto, analizo por qué nuestros conflictos crean resultados tan
nefastos, cómo deberían resolverse y quién debería hacerlo.
Todo,
en pos de crear un mundo mejor.
NAAT´AANII
1 – LA CULPA, EL MIEDO
Y EL PODER
El
mundo está lleno de problemas. A lo largo de nuestra vida, tendremos
un sinfín de ellos con los demás. Es una lección que tenemos bien
clara. Sabemos que, en cualquier momento, llegarán.
Pero
no hemos aprendido a
resolverlos por nosotros mismos. Por diversos motivos, lo
que hacemos es acudir a alguien que esté “por encima”
de nosotros, para que
nos dé una solución masticadita para nuestros problemas con los
demás, valorando nuestros intereses para decidir cuáles deben
prevalecer.
Ciertamente,
algo hemos evolucionado respecto a nuestros antepasados. Haber
abandonado -en general- la violencia física para solucionar nuestros
problemas es un gran avance –a ver si algunos Estados toman
ejemplo-. Entendemos que no es la forma adecuada para hacerlo; pero
aunque renunciamos a ella, no vemos más.
Así,
siempre que es posible, delegamos esta labor en las autoridades. En
este escrito analizaremos por qué es así, y veremos si puede
hacerse de otra manera.
¿Por
qué acudimos al poder para resolver nuestros problemas?
En
general, por cuatro malos motivos...
Ante
todo, porque vemos problemas donde no los hay. Tenemos
una gran tendencia al dramatismo, a hacer montañas de granos de
arena. No me cansaré de repetir lo dañino que es
ir
por la vida con la coraza puesta.
Para nosotros, cualquier choque de intereses con otra
persona es un problema, y de inmediato nos ponemos a la defensiva y
nuestra competitividad sale a la luz.
Es
natural que entre nosotros haya conflictos; pero no es natural, sino
social, entender los conflictos como problemas. La diferencia entre
ellos es que el conflicto es algo neutral, y el problema es la
connotación negativa que se le puede dar.
Cometemos
el error de
equipararlos. Un conflicto no es más que el resultado de la colisión
de puntos de vista, valores e intereses distintos en un mismo lugar;
pero no por ello es un problema. De una forma más proactiva y
progresista, podemos entender los conflictos como oportunidades de
mejora, porque nos ayudan a saber que hay aspectos sobre los que
podemos trabajar para mejorar nuestras relaciones con los demás.
Sin
embargo, eso es difícil, porque también vemos culpables donde
no los hay. Cometemos el
gravísimo error
de creer que donde hay un problema, hay un culpable.
Cuando alguien nos perjudica y su conducta no parece tener una
explicación lógica y comprensible, creemos que lo ha hecho a mala
idea. Que si hay un mal, sólo puede ser porque alguien no ha actuado
como debería. Y muchas veces, no es así. Pensar de esa forma sólo
nos complica la vida. Tenemos que entender que en infinidad de
problemas nadie tiene la culpa.
“No
atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por un despiste, un
imprevisto, la falta de información, una mala organización, un
secuestro emocional, la mala suerte o
simplemente la incompetencia o estupidez”.
Así, matizado a mi gusto, el Principio
de Hanlon forma parte de mi filosofía de vida.
Creyendo
ver maldad por doquier, nos afligimos, y por ello no nos
sentimos capaces de resolver nuestros conflictos.
Pensando así, para nosotros, estará bien claro que no
habrá solución consensuada,
porque mientras busquemos el bien común, los demás buscarán
salirse con la suya; y que si hay un enfrentamiento y no
acudimos también a las malas artes, siempre nos ganarán,
porque el mal no tiene escrúpulos, y para conseguir sus objetivos
podrá valerse de armas que el bien nunca empuñaría.
De
esta forma, buscar un arreglo amistoso pierde todo su sentido. Por
ello, no nos queda otra que acudir a la autoridad.
Porque,
por supuesto, creemos que la autoridad puede resolver
nuestros conflictos. Y
tiene cierta lógica, ¿no? Por algo, como sociedad, confiamos en
ella. No vemos mejor solución que acudir
a un poder superior que nos diga “tú
tienes razón, se hará lo que tú quieres”.
Pero
aunque nos sorprenda, ese es otro error. Ante los conflictos,
lo único que puede conseguir el veredicto de un poder
superior es que dejen de materializarse; pero no puede
eliminarlos. Seguirán ahí, más enquistados si cabe, pudiendo salir
a flote en cualquier momento, además de condicionar la relación de
las personas en cuestión y crear y alimentar otros nuevos entre
ellas, e incluso con terceros.
¿Por
qué ocurre esto? Porque el
poder, en principio, “puede”
resolver conflictos; pero no necesariamente “sabe”
cómo hacerlo. Ya los
romanos distinguían entre auctoritas
–saber socialmente
reconocido– y potestas
–poder socialmente
reconocido– y conferían lo uno y lo otro a órganos distintos.
Pero
nosotros no hacemos esa distinción. Para nosotros, jueces y compañía
tienen tanto auctoritas
como potestas.
Partiendo de que les hemos dado el poder para resolver conflictos,
suponemos que saben
hacerlo. Que son capaces de llegar al fondo y decidir lo que es más
“justo”.
Y
en muchos casos, no es así. Un juez sabe mucho de leyes y de su
interpretación; pero no tiene porque tener idea de la vida de las partes del conflicto. Con lo cual, acudir a él
podría ser una buena opción cuando se trate de un conflicto legal;
pero cuando éste tenga más elementos -inter e intrapersonales,
logísticos, estructurales, organizativos, latentes, emocionales,
etcétera- quizá no, porque casi nunca una sentencia contentará a
ambas partes.
Entonces;
¿cómo resolver nuestros conflictos sin acudir al poder?
La
mayor conclusión que podemos extraer de esto es que el que mejor
resuelve un conflicto no es el que “puede”,
sino el que “sabe”.
Y
-casi- nadie sabe más de un conflicto que las propias
personas que lo tienen. Sólo ellas conocen la relación que les une,
y sólo ellas, reflexionando, podrán descubrir todos los
factores que contribuyeron a crearlo y alimentarlo. Y asimismo, sólo
gestionándolos de forma adecuada llegarán a las mejores soluciones.
Así,
respondiendo a la pregunta, quien mejor puede resolver nuestros
conflictos somos nosotros mismos.
Potencialmente,
claro. Porque afirmar eso choca de frente con la realidad. Pero esa
realidad no es tal por caprichos de la vida; nosotros la hemos
creado. Y de la misma forma, podemos cambiarla. Dejar de ver
problemas donde no los hay, dejar de ver culpables donde no los hay,
ser conscientes de que el resto de la gente no es tan “mala” como
creemos, y con todo, empezar a creer que somos capaces de resolver
nuestros problemas. Es pura cuestión socioeducativa.
El
mejor futuro al que podemos aspirar es una cultura de la paz, y una
sociedad educada para saber resolver sus propios conflictos, en la
que, poco a poco, la existencia del poder pierda por completo su
sentido. Futuro que tenemos que empezar a crear.
Pero
aún así, puede no ser suficiente. Y por eso, en la segunda parte,
conoceremos a alguien que puede echarnos una mano...
BW.
ENLACES
RELACIONADOS
NAAT´AANII (2) – LA FUERZA DEL SABER: En la segunda y última parte de este escrito hablo sobre la persona ideal para ayudarnos a resolver nuestros conflictos y de por qué es ella y no otra, y por tanto debemos darle el status que merece.
EL
CÍRCULO DEL MAL:
Aquí analizo esa manía nuestra de ir por ahí con la coraza puesta
y desconfiando de los demás, creyendo ver malas intenciones allá
donde, en muchas más ocasiones de las que pensamos, no las hay.
Entre todos, hemos creado un clima malevolente a nuestro alrededor
que lleva toda la vida condicionando nuestras relaciones sociales...

Me ha gustado mucho, espero a,la segunda parte para contestarte con una mejor perspectiva aunque ya adivino quién será ese alguién que nos ayude a resolver nuestros confictos...
ResponderEliminarMuchas gracias!! Y probablemente, estés en lo cierto...
EliminarMe encanta esa manera de ver los problemas. El autocontrol juega un papel muy importante. El prejuzgar al resto también. La predisposición a estar en tensión día tras día. Este mundo loco que nos hace vivir tan deprisa que no nos damos cuenta de que pasamos corriendo y mirando solamente para no tropezar. Y hay que mirar a los lados, a la gente.....
ResponderEliminarNo soy la más indicada para hablar...
Espero tus razonamientos en la siguiente publicación.
Supongo que se por dónde irá.
Muchas gracias!! En efecto, el autocontrol (o la falta de éste) y los prejuicios tienen mucho que ver a la hora de crear problemas, exagerarlos y buscarles culpables
EliminarProbablemente, tus suposiciones sean correctas...