Prólogo
-
Como
adelanté, aquí está la segunda y última parte de este escrito que
tanto aprecio.
Después
de explicar en la primera parte cómo la culpa, el miedo y el poder
hacen que nazcan y perduren conflictos y que tantas veces fracase la
forma clásica de intentar resolverlos, ahora muestro cuál es la
alternativa.
Otra
forma de entender, gestionar y resolver los conflictos es posible. El
deber de encargarse de ellos tiene que regresar a las propias
personas que los tienen, allá de donde nunca debió salir. Y si
ellas no pueden resolverlos, sólo hay una persona que puede
intervenir. La única que podría saber mejor que ellas qué es lo
que más les conviene.
NAAT´AANII
2 – LA FUERZA DEL SABER
En
la primera parte de este trabajo, concluimos que quien mejor puede
resolver un conflicto son las propias personas que lo tienen.
Pero puede que no lo consigan. En esta segunda y última parte
veremos por qué ocurre, y quién puede ayudarnos en ese caso.
Entonces,
si aún así no es posible, ¿a quién acudimos?
Puede
ocurrir. Puede ser que en algún caso, por mucho que lo intentemos,
cuando tengamos un conflicto no logremos ponernos de acuerdo con los
demás para resolverlo.
Esto
se debe a que la solución de un conflicto tiene dos componentes:
el fondo y la forma. El fondo son las condiciones de la
solución en sí, es decir, cuál va a ser la nueva realidad a
partir de entonces; y la forma es el proceso que ha hecho
posible la solución.
Una
solución impuesta por el poder falla tanto en el fondo como en la
forma. En el fondo, porque al no conocer lo suficiente el
conflicto, casi nunca tomará la mejor decisión; y en la forma,
porque al ser impuesta por la fuerza será mal aceptada por una o
ambas partes, que sólo acudieron al poder porque -creían que- no
tenían más remedio.
Y
una solución acordada entre las partes a veces falla también.
En el fondo, porque aunque tienen la capacidad potencial de conocer
todos los elementos que influyen en su conflicto, puede que no lo
hagan -con lo cual será difícil un consenso satisfactorio-; y en la
forma, porque quizá no sepan dirigir su negociación.
Es
decir, de facto, a veces el acuerdo no es posible por
falta de conocimiento y/o habilidades de resolución de conflictos.
Y cuando eso suceda, sí podemos acudir a alguien.
En
la primera parte afirmé que -casi- nadie sabe más de un
conflicto que las propias personas que lo tienen. Y lo hice a
propósito. Porque sí puede existir alguien que podría saber, sobre
nuestro conflicto y sus entresijos, más que nosotros mismos: el
mediador.
El
mediador es un tercero ajeno al conflicto que puede intervenir
en él, de forma imparcial y neutral, sin ningún poder sobre
nosotros, guiándonos para que lo gestionemos mejor y/o consigamos
llegar a una solución consensuada y satisfactoria. Para ello,
utiliza sus habilidades de resolución de conflictos; sus
conocimientos sobre Psicología y Derecho -si es necesario-;
y, sobre todo, su sentido común. Él es a quien debemos
acudir.
No
es una figura moderna. Antaño, ya hubo comunidades que comprendían
que el saber
tiene más poder que el propio poder
para hacer justicia; y en su seno, había una figura de referencia de
sabiduría a quien acudir.
Y
mi favorita es la de la antigua tribu de los
indios navajos: naat´aanii,
o “el sabio de la comunidad”.
Era una persona con sabiduría, liderazgo y mucha experiencia en la
vida a quien los miembros de la tribu acudían cuando tenían
conflictos, y ella les ayudaba a encontrar la mejor solución sin que
se derramase una gota de sangre.
¿Por
qué renegar de esta alternativa?
Para
mí, el mediador es
legítimo heredero de los
naat´aanii.
Debemos reforzar su figura, adaptarla a nuestros tiempos, darle el
status social que
merece y acostumbrarnos a acudir a ella.
En muchos casos, para
velar por la convivencia, la justicia no debe ser objetiva; debe ser
social. La primera te da lo que las reglas dicen que te corresponde;
la segunda, lo que ve que necesitas. Y a veces, discrepan.
Para
hacer justicia a nivel social, además de un status quo
de referencia, que puede crearse tanto por ley, de forma firme, como
por consensos y acuerdos multilaterales entre individuos y
comunidades, en constante cambio y evolución -opción de la que soy
más partidario-, se necesitan otras dos herramientas:
psicología y
sentido común sociohumanitario.
Mediador
y juez comparten
la primera
de estas tres. Ambos conocen el status quo,
saben “lo que hay”.
Pero mientras que el Juez, en sus sentencias, se limita a
interpretarlo o repetirlo con matices, el mediador le resta
importancia y lo utiliza sólo como una base para guiar a los demás
al resolver sus conflictos, sin que después nadie venga a decir que
no es aceptable.
Sin embargo, la
segunda y la tercera, se convierten en los estandartes
de la mediación. Los conocimientos de psicología del mediador,
unidos a su sentido común sociohumanitario, marcan la diferencia.
Su
figura renuncia al poder
del juez para triplicarle en margen de maniobra.
El mediador bien formado tiene una serie de rasgos
que le convierten en la persona ideal a quien acudir cuando tengamos
conflictos: sabiduría
y, sobre todo, palabra de
honor.
Él
sabe cómo piensas y
quizá sepa mejor que tú lo que te conviene.
Y te lo va a enseñar. Te hará darte cuenta de que no en todo
conflicto hay un culpable, sino que nuestras emociones, nuestra
lógica, nuestros conocimientos, nuestra organización, nuestra
ineptitud e incluso la mala suerte, pueden estar detrás de muchos de
ellos, quizá también del que nos ha llevado a sentarnos con él en
la hoguera. De esta forma, calmará tu ánimo, hará que dejes de ver
enemigos donde no los hay, y te predispondrá a colaborar.
Colaborar, con
sentido. Sentido común, y humanidad. A él, las normas no le atan de
pies y manos, y tampoco va a dejar que a ti te aturdan. Será tu
voluntad, tu deseo de querer lo mejor para todos, lo que te hará
dejar de avivar el fuego, para conseguir controlarlo o incluso
llegarlo a apagar.
Él tiene, también,
palabra de honor.
La palabra de honor,
como ya expliqué en otra ocasión, es la cualidad esencial
que tiene que tener todo aquel que pretenda ser escuchado y tomado en
serio por todo el mundo cuando habla.
Y él la tiene. Su
esencia le convierte en la excepción a todos esos prejuicios y
reglas generales que tenemos interiorizados sobre lo mala que es la
sociedad. Él no lo es. Él es de fiar.
Confías
en él. No está por encima de ti; está a tu lado. Como no tiene
poder sobre ti, esa desconfianza sistemática que tienes en el
prójimo, no se va a activar. Sabes que
no te la va a
jugar,
porque no puede. Y
sabrá hacerte sentir que tampoco quiere. Al más puro estilo
naat´aanii, su
sabiduría y su experiencia harán que confíes en él, y su bondad y
cercanía harán que quieras dejarte ayudar. Tú
sigues teniendo la última palabra.
Al calor de su
hoguera, que sentiremos como hogar, cual
pipa de la paz su voz amansará a las fieras, y cual sol naciente en
el horizonte su palabra despertará esperanzas. Así, sus
consejos se convierten en veredictos sin fuerza. Todo nos
invitará a hacerle caso, a dejarnos guiar por él. No necesita del
poder.
En
conclusión
Otra
forma de hacer justicia es posible. Y recordemos, está en nuestras
manos. No me canso de decirlo: somos dueños de nuestro destino.
Debemos empezar a solucionar nuestros conflictos por nosotros
mismos, para así convertirnos en una sociedad más libre que, como
tal, sea libre también de pedir ayuda, pero no a quien puede dictar
sentencia; sino a quien sabe dar consejo.
BW.
ENLACES
RELACIONADOS
NAAT´AANII
1 – LA CULPA, EL MIEDO Y EL PODER:
En la primera parte de este trabajo hablo sobre nuestras escasas
habilidades de resolución de conflictos desde un punto de vista
general, del que parto en esta segunda parte para proponer, ante el
modelo tradicional, la alternativa que más me gusta. Aunque imagino
que ya la habrás leído, ¿no? Siempre estarás a tiempo...
PALABRA
DE HONOR: En este
escrito abordo el significado del honor, y los poderes que le da a
quien lo tiene, en especial a su palabra. Imprescindible para
comprender que en Naat´aanii
no sólo habla mi cabeza; habla mi corazón...

Genial. Lo sabía. Lo difícil en este mundo es encontrar a quien dedique su tiempo a algo tan agotador como debe ser hacer entrar en su propia razón y llegar a un punto común a seres egocéntricamente convencidos de que está en la absoluta posesión de la verdad. Figura existente en muchas culturas y civilizaciones, pueblos y razas, casi siempre encarnadas en la persona con más edad. Difícil tarea para quién tiene una vida tan corta, pero a quien se le suponen habilidades y conocimientos especiales y específicos sobre los comportamientos humanos. Porque a fin de cuentas, tanto entre personas como entre empresas o negocios, los problemas y las decisiones siempre las toman las primeras. Suerte con tu planteamiento. Espero no tener que acudir a un Naat'aanii para resolver mis conflictos con nadie porque será que no los tengo o he sido capaz de resolverlos. 😀
ResponderEliminarBueno, no es necesario tener una edad avanzada para poder decirse de una persona que tiene “experiencia en la vida”, aunque obviamente es más fácil.
EliminarSobre lo de las empresas, ideales aparte, tengo la impresión -no la certeza- de que será todavía más fácil mediar que con las personas, pues sus posiciones, intereses y necesidades en un conflicto son mucho más predecibles, y casi cualquier aspecto puede ser convertible a dinero. Más que mediación, entre empresas casi siempre lo que se hará es una “negociación asistida”, que coincide con la forma más simple y extendida de entender esta profesión; y en efecto, aunque en esencia es mucho más compleja, ese aspecto también forma parte de ella.
Y respecto a los egos, tal y como dije, una de las habilidades que pueden hacer de la mediación un “arte” es saber apaciguarlos sin dañarlos, es decir, lograr que personas con egos muy fuertes entiendan que lo que más les conviene es colaborar.
La mediación, por seguro, será un oficio difícil y agotador, porque gran parte del trabajo es invisible.
Muchas gracias!!
Trasladas tus deseos de convivencia en armonía en un mundo que tiende a lo contrario, de entendimiento entre las personas cuando nos gobiernan desde el enfrentamiento y las banderas, pones en valor la opinión de los mayores por vivencias cuando en nuestra sociedad tendemos a arrinconarlos para que no nos estorben en nuestra forma de vivir egocéntrica,excluyente, intrusiva e hipócrita, muy valiente tu exposición en la defensa de la mediación entre iguales, posible si hay voluntad y se guardan los egos, sin embargo, la MEDIACIÓN así escrita, que pueda poner de acuerdo al ser humano confrontados con macroempresas sin fronteras se me antoja imposible, no se hablan en el mismo idioma, no obstante, con cada paso se recorre el camino, lo imprescindible es empezar a caminar. Adelante.
ResponderEliminarEn efecto, la mediación, además de un mecanismo de resolución de conflictos, puede ser incluso una forma de vida, ser una “herramienta de cambio social” como contempla una de las autoras a las que debo parte de mi formación (y a partir de cuyas lecciones, he creado un post que me parece magnífico y publicaré en los próximos meses).
EliminarNo pretendí asociar esta figura necesariamente con alguien de avanzada edad, aunque, como es obvio, pese a que la “experiencia en la vida” no está ligada a ella, sí es más frecuente que confluyan. Atender a los consejos de nuestros mayores me parece apropiado... si uno sabe cómo, cuándo y porqué hacerlo. Es parte de la compleja ciencia del saber.
Es posible aplicar la mediación de forma distinta a personas y a empresas, tengan la dimensión que sea; e incluso creo que resultaría más fácil entre estas últimas, pues su proceder y sus intereses son más predecibles. Cuestión distinta es el poder y la influencia que tengan; al respecto, me limitaría a referirme a multitud de ideas que planteo en otros posts.
Creo que todo forma parte de mis anhelos de una “revolución social” sutil, encubierta, pero eficaz. Soy moderadamente optimista al respecto.
Muchas gracias!!