Sinopsis
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El
camino al éxito es una carrera. Aunque podamos ayudarnos, cada
persona correrá la suya propia. Y sus expectativas, su motivación,
sus niveles de energía y la forma en que enfrente los diferentes
obstáculos que se le presenten van a marcar su destino.
Vida
hay sólo una. Y debemos saber elegir cuándo darnos por
satisfechos...
Prólogo
Sobre
este tema tenía un montón de ideas dispersas, para las que encontré
una base sólida que les hace hablar al unísono. Así pude abordar,
una vez más, esa temática del “éxito” que tanto me gusta desde
otra perspectiva.
En
“Carrera al éxito” explico cómo nuestras expectativas, nuestra
motivación, nuestros niveles de energía y, sobre todo, la forma en
que enfrentemos los obstáculos que se nos presenten, condicionarán
lo que cabe esperar de ese camino que habremos de recorrer en la
búsqueda de aquello que anhelamos; y también, si todo lo que
hagamos habrá merecido la pena.
CARRERA
AL ÉXITO
Sea
por encontrar el fin que creemos que tiene nuestra existencia, sea
porque al menos queramos darle un sentido, en la vida hay que tener
objetivos.
Poco
hay más satisfactorio que conseguirlos. Esa sensación de plenitud y
orgullo que nos envuelve cuando conseguimos lo que queremos, cuando
sentimos que merecemos lo que tenemos, no tiene precio.
A
medida que crecemos, vamos forjando nuestra propia concepción del
“éxito” y buscamos la forma de llegar hasta él, sabiendo que
habrá un duro camino por recorrer.
Podemos
entender ese camino como una carrera de obstáculos,
en la que influyen varios elementos: las expectativas
del corredor, el tipo de motivación que le guíe, la forma
en que enfrenta los diferentes obstáculos
y sus niveles de energía.
Y
de ello vamos a hablar aquí.
Lo
más distintivo de un corredor son las expectativas que
tenga. Las expectativas son el “qué”.
La meta. Aquello que se proponga alcanzar. En base a ellas, hay dos
formas de perseguir el éxito: ponerse metas pequeñas, sufrir lo que
haya que sufrir y alcanzarlo pronto; o ampliarlas, sufrir lo que se
deba sufrir y alcanzarlo a su tiempo.
Así,
podemos distinguir entre el corredor conformista
y el ambicioso.
Ser
conformista es lo más habitual y sencillo. Se trata de no
esperar demasiado de la vida y de los demás. Asumir que la vida
es dura, que la gente es mala y que todo estará en tu contra.
Ponerse unas metas bajas y, sin molestar a nadie, labrarse un
pequeño caminito para poder alcanzar una vida estable y tranquila
en la que pasar las menores penurias posibles. Ese es el “éxito”
al que gran parte de la gente aspira.
Menos
frecuente es ser ambicioso, en el buen sentido. Creer en
una vida mejor. Que el mundo puede ofrecer mucho más de
lo que hoy por hoy hacemos que dé de sí. Creer, en que todo puede
ir mucho mejor. Y destinar la vida a buscar la forma de poner un
granito de arena para mejorar la vida propia y de los demás.
Las
expectativas influirán de forma directa en la motivación.
La motivación es el “porqué”,
la razón que hace que el corredor emprenda la carrera.
Aquello que le empuja a conseguir sus objetivos.
Según
las expectativas que tenga el corredor, sus motivaciones serán
distintas.
El
conformista corre hacia el
éxito porque siente que es su “deber”. Que es lo que se espera
de él. Corre con resignación, obligado. Siente que no le queda
otra, si quiere garantizar su supervivencia y la de quienes dependen
de él. Corre aborreciendo el trayecto y deseando llegar cuanto
antes. Corre por
necesidad.
Y
el ambicioso, en cambio, corre con alegría. Corre porque sabe que
tiene valor y capacidad. Porque quiere ponerse a prueba a sí mismo,
ver hasta dónde es capaz de llegar. Corre porque desea llegar, pero
también disfruta del camino. Corre
por elección.
Sea
como sea, para ninguno será fácil. Tendrán obstáculos.
La dificultad propia del objetivo a conseguir, el tiempo, el
desgaste, la falta de recursos, la falta de oportunidades, las
actuaciones de otras personas y la mala suerte, entre otros factores,
se lo pondrán difícil. Y la forma de enfrentar los
obstáculos que el corredor
tenga, el “cómo”,
será la clave para determinar si alcanza o no sus metas.
Para
encontrar aquí la diferencia entre corredores, debemos tener algo en
cuenta: no todos los obstáculos son iguales.
Por
un lado, hay obstáculos
propios del camino, es
decir, aquellas dificultades que las metas que escojamos presenten de
por sí para llegar hasta ellas: el tiempo, el desgaste, la
complejidad, la necesidad de trabajar en equipo, las circunstancias
desfavorables, la mala suerte...
Y
por el otro, hay toda suerte de obstáculos
a mayores:
la falta de recursos,
la falta de oportunidades, la represión, y en general todo aquello
que suponga una vulneración de los derechos y libertades básicos y
no tan básicos del individuo y la sociedad; así como la actuación
de mala fe de otras personas.
Dicho
eso, la diferencia está en cómo actúa cada corredor ante cada uno
de ellos.
El
corredor conformista considera
que ambos tipos de obstáculos son parte de su camino hacia el éxito,
no hace distinciones.
De esa forma, normaliza cualquier tipo de dificultad que se le
presente y se limita a enfrentarse a ella sin quejarse.
Y
el ambicioso, por el contrario, sabe
distinguir, y actúa
de forma distinta según
cuál sea el que tenga enfrente. Ante los obstáculos propios del
camino, él, como el conformista, sabe que hay cosas que no pueden
conseguirse sin esfuerzo, con lo cual, de igual forma, se enfrenta a
ellos. Pero ante los obstáculos ajenos, no se arma de valor y lucha
contra ellos; se queja, protesta y exige que sean retirados.
Así
es. Cuando en nuestra vida se nos presenten dificultades, debemos
distinguirlas según si son “naturales”, por así decir,
propias de ella; o “artificiales”, o sea, resultado de la
actividad o inactividad de quienes gobiernan o de la mala fe de
cualquier persona. Si queremos alcanzar el éxito, debemos
enfrentarnos a las primeras y quejarnos ante las segundas.
Porque
en nuestra carrera al éxito se supone que hay seguridad.
Los Estados, en teoría, como su misión es velar por el
bienestar ciudadano, deben garantizar que esas dificultades no
aparezcan. Y la gente, por su parte, debe aprender a
vivir y dejar vivir, entender que la vida no es una competición
contra el prójimo, y que aunque lo fuese, se debe jugar limpio. Y
cada uno de nosotros puede y debe exigir que eso se cumpla, que en su
camino al éxito no haya obstáculos que no deben estar. Por su
propio bien; y por el del resto, porque esos obstáculos a mayores
son como una plaga de ratas que comen en el mismo vertedero. Si se
limpia la basura, morirán.
La
forma de actuar ante los obstáculos del corredor va a influir en su
energía, su
capacidad para avanzar en dirección a la meta. El nivel de energía
que tenga será clave para determinar si llega o no.
La
carrera del corredor conformista,
pese a ser más corta, paradójicamente será más
dura, porque habrá de
enfrentarse a más. En consecuencia, su
energía se verá mermada con facilidad,
porque al fin y al cabo, nuestras fuerzas son limitadas. Su carrera
puede volverse un infierno, porque además de tener metas bajas,
sufrirá mucho para alcanzarlas. La frustración que le envolverá
cada vez que supere un obstáculo y cual cabezas de Hidra se
encuentre con tres más, unida a que apenas halle pequeñas
recompensas en su trayecto, le convertirá en presa fácil de la
angustia, la desesperación y el miedo al fracaso y aumentará las
posibilidades de que sucumba a las ganas de rendirse.
Y
para el corredor ambicioso, como se detendrá ante
aquellos que considere que sobran y exigirá que se retiren, la
dureza de su carrera será menor,
y radicará más bien en la distancia. Además, si consigue
que esos obstáculos sobrantes sean retirados, recibirá pequeñas
recompensas en su trayecto. Así, su energía, aunque también
se desgastará en la lucha y la protesta, se mantendrá siempre
activa. Porque proviene de la voluntad y el deseo, y es mucho más
potente de la que inyectan el deber, la necesidad y el miedo.
¿Qué
podemos sacar de todo esto?
Nuestro
problema, como ya
expliqué en una de mis publicaciones favoritas,
es que no sabemos distinguir el sufrimiento voluntario -aquel que
soportamos para conseguir algo que deseamos pero aún no tenemos- del
sufrimiento forzado -aquel que soportamos no para conseguir algo
nuevo, sino para recuperar algo que ya nos debería pertenecer-.
Al perseguir grandes
metas, tanto propias como colectivas, es imprescindible saber
distinguir cuándo luchar por algo y cuándo exigirlo.
“El
conformista lucha y no se queja; el ambicioso sabe cuándo luchar y
cuándo quejarse.”. Esa es la
frase.
Y
así, en conclusión...
Lo ideal es tener grandes
aspiraciones. Querer más. Y hacerlo sin olvidarnos de “saber
valorar lo que tenemos”. Si sabemos que “valorar” no
implica “conformarse con”, esta consigna deja de ser
demagogia resignativa y se vuelve razonable. Nunca debemos
darnos por satisfechos si sabemos -o
al menos creemos- que
algo puede dar más de sí.
Debemos correr. Perseguir un mundo
mejor. Encontrar nuestro sitio, saber qué podemos aportar a los
demás, y volcarnos en ello. Encontrar la forma de incluir nuestras
pasiones en nuestro trabajo. Que nuestras pasiones sean nuestro
trabajo. Y entonces, jamás tendremos que trabajar.
Sonreír. Sonreír cada vez que nos
levantemos por la mañana, sabiendo que lo que hagamos ese día nos
acercará más a nuestros objetivos. Y que las voces del viento que
nos sople en la cara en el camino de regreso al hogar, secándonos
el sudor, se encarguen de recordárnoslo.
Luchar. Luchar por grandes
objetivos, por altos valores, por causas humanas que parecen
perdidas. Porque sólo con ello, ya hacemos bien a la humanidad. Y
haremos aún más si logramos alcanzar el éxito.
Que los demás capten nuestra
energía, y nuestra vida se convierta en pura inspiración. Puro
ejemplo.
Y entonces, nunca nos rendiremos.
Porque alguien seguirá nuestros
pasos.
BW.
ESCRITOS
RELACIONADOS
NO
PAIN, NO GAIN:
En
esta publicación, que es de mis favoritas, explico, entre otras
ideas, qué es lo que nos ha llevado como sociedad a no saber
distinguir el sufrimiento voluntario del forzado o provocado, por qué
nos limitamos a “seguir adelante” sin quejarnos.
Poca gente es capaz de razonar de formas tan compleja. El mundo está lleno de borregos que van todos en la misma dirección. Esperanzador que haya gente como tú que reflexione sobre nuestro lugar en el mundo y qitenemos la obligación de dejarlo mejor que lo encontramos, mediante la consecución de nuestros propios objetivos y disfrutando con ello. Si todas las personas fuésemos así....😀😀
ResponderEliminarCreo que el problema no es tanto el hecho de ir todos en la misma dirección; sino el de avanzar por mera inercia, sin saber porqué. Preguntarnos quiénes queremos ser y hacia dónde queremos ir es parte de nuestro desarrollo como personas. La cosa va más por ahí.
EliminarGracias por comentar!!
Excelente trabajo Pablo, comparto tu reflexión. El hecho de saber quiénes somos y hacia donde queremos ir mejora la eficiencia de nuestro desarrollo personal; de esta manera no desperdiciaremos nuestra energía en aquellos momentos en los que se nos plantean estas cuestiones que hemos resuelto previamente. Muchas gracias por compartir tus reflexiones a través de este blog! Enhorabuena 👏🏻!
ResponderEliminarEn efecto, el refuerzo de la identidad es una de las múltiples ideas que abordo en este post. Respecto a la utilización de nuestra energía, el enfoque pretende ser algo distinto a lo que has entendido, digamos que es una visión más crítica y reivindicativa que puramente reflexiva. Que en la vida hay obstáculos que inevitablemente hay que enfrentar, y otros ante los que corresponde actuar de otra forma.
EliminarEn cualquier caso, muchas gracias, por comentar y por leer!