21 jun 2019

CARRERA AL ÉXITO


Sinopsis
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El camino al éxito es una carrera. Aunque podamos ayudarnos, cada persona correrá la suya propia. Y sus expectativas, su motivación, sus niveles de energía y la forma en que enfrente los diferentes obstáculos que se le presenten van a marcar su destino.

Vida hay sólo una. Y debemos saber elegir cuándo darnos por satisfechos...


Prólogo

Sobre este tema tenía un montón de ideas dispersas, para las que encontré una base sólida que les hace hablar al unísono. Así pude abordar, una vez más, esa temática del “éxito” que tanto me gusta desde otra perspectiva.

En “Carrera al éxito” explico cómo nuestras expectativas, nuestra motivación, nuestros niveles de energía y, sobre todo, la forma en que enfrentemos los obstáculos que se nos presenten, condicionarán lo que cabe esperar de ese camino que habremos de recorrer en la búsqueda de aquello que anhelamos; y también, si todo lo que hagamos habrá merecido la pena.


CARRERA AL ÉXITO

Sea por encontrar el fin que creemos que tiene nuestra existencia, sea porque al menos queramos darle un sentido, en la vida hay que tener objetivos.

Poco hay más satisfactorio que conseguirlos. Esa sensación de plenitud y orgullo que nos envuelve cuando conseguimos lo que queremos, cuando sentimos que merecemos lo que tenemos, no tiene precio.

A medida que crecemos, vamos forjando nuestra propia concepción del “éxito” y buscamos la forma de llegar hasta él, sabiendo que habrá un duro camino por recorrer.

Podemos entender ese camino como una carrera de obstáculos, en la que influyen varios elementos: las expectativas del corredor, el tipo de motivación que le guíe, la forma en que enfrenta los diferentes obstáculos y sus niveles de energía.

Y de ello vamos a hablar aquí.

Lo más distintivo de un corredor son las expectativas que tenga. Las expectativas son el qué. La meta. Aquello que se proponga alcanzar. En base a ellas, hay dos formas de perseguir el éxito: ponerse metas pequeñas, sufrir lo que haya que sufrir y alcanzarlo pronto; o ampliarlas, sufrir lo que se deba sufrir y alcanzarlo a su tiempo.

Así, podemos distinguir entre el corredor conformista y el ambicioso.

Ser conformista es lo más habitual y sencillo. Se trata de no esperar demasiado de la vida y de los demás. Asumir que la vida es dura, que la gente es mala y que todo estará en tu contra. Ponerse unas metas bajas y, sin molestar a nadie, labrarse un pequeño caminito para poder alcanzar una vida estable y tranquila en la que pasar las menores penurias posibles. Ese es el “éxito” al que gran parte de la gente aspira.

Menos frecuente es ser ambicioso, en el buen sentido. Creer en una vida mejor. Que el mundo puede ofrecer mucho más de lo que hoy por hoy hacemos que dé de sí. Creer, en que todo puede ir mucho mejor. Y destinar la vida a buscar la forma de poner un granito de arena para mejorar la vida propia y de los demás.

Las expectativas influirán de forma directa en la motivación. La motivación es el porqué, la razón que hace que el corredor emprenda la carrera. Aquello que le empuja a conseguir sus objetivos.

Según las expectativas que tenga el corredor, sus motivaciones serán distintas.

El conformista corre hacia el éxito porque siente que es su “deber”. Que es lo que se espera de él. Corre con resignación, obligado. Siente que no le queda otra, si quiere garantizar su supervivencia y la de quienes dependen de él. Corre aborreciendo el trayecto y deseando llegar cuanto antes. Corre por necesidad.

Y el ambicioso, en cambio, corre con alegría. Corre porque sabe que tiene valor y capacidad. Porque quiere ponerse a prueba a sí mismo, ver hasta dónde es capaz de llegar. Corre porque desea llegar, pero también disfruta del camino. Corre por elección.

Sea como sea, para ninguno será fácil. Tendrán obstáculos. La dificultad propia del objetivo a conseguir, el tiempo, el desgaste, la falta de recursos, la falta de oportunidades, las actuaciones de otras personas y la mala suerte, entre otros factores, se lo pondrán difícil. Y la forma de enfrentar los obstáculos que el corredor tenga, el “cómo”, será la clave para determinar si alcanza o no sus metas.

Para encontrar aquí la diferencia entre corredores, debemos tener algo en cuenta: no todos los obstáculos son iguales.

Por un lado, hay obstáculos propios del camino, es decir, aquellas dificultades que las metas que escojamos presenten de por sí para llegar hasta ellas: el tiempo, el desgaste, la complejidad, la necesidad de trabajar en equipo, las circunstancias desfavorables, la mala suerte...

Y por el otro, hay toda suerte de obstáculos a mayores: la falta de recursos, la falta de oportunidades, la represión, y en general todo aquello que suponga una vulneración de los derechos y libertades básicos y no tan básicos del individuo y la sociedad; así como la actuación de mala fe de otras personas.

Dicho eso, la diferencia está en cómo actúa cada corredor ante cada uno de ellos.

El corredor conformista considera que ambos tipos de obstáculos son parte de su camino hacia el éxito, no hace distinciones. De esa forma, normaliza cualquier tipo de dificultad que se le presente y se limita a enfrentarse a ella sin quejarse.

Y el ambicioso, por el contrario, sabe distinguir, y actúa de forma distinta según cuál sea el que tenga enfrente. Ante los obstáculos propios del camino, él, como el conformista, sabe que hay cosas que no pueden conseguirse sin esfuerzo, con lo cual, de igual forma, se enfrenta a ellos. Pero ante los obstáculos ajenos, no se arma de valor y lucha contra ellos; se queja, protesta y exige que sean retirados.

Así es. Cuando en nuestra vida se nos presenten dificultades, debemos distinguirlas según si son “naturales”, por así decir, propias de ella; o “artificiales”, o sea, resultado de la actividad o inactividad de quienes gobiernan o de la mala fe de cualquier persona. Si queremos alcanzar el éxito, debemos enfrentarnos a las primeras y quejarnos ante las segundas.

Porque en nuestra carrera al éxito se supone que hay seguridad. Los Estados, en teoría, como su misión es velar por el bienestar ciudadano, deben garantizar que esas dificultades no aparezcan. Y la gente, por su parte, debe aprender a vivir y dejar vivir, entender que la vida no es una competición contra el prójimo, y que aunque lo fuese, se debe jugar limpio. Y cada uno de nosotros puede y debe exigir que eso se cumpla, que en su camino al éxito no haya obstáculos que no deben estar. Por su propio bien; y por el del resto, porque esos obstáculos a mayores son como una plaga de ratas que comen en el mismo vertedero. Si se limpia la basura, morirán.

La forma de actuar ante los obstáculos del corredor va a influir en su energía, su capacidad para avanzar en dirección a la meta. El nivel de energía que tenga será clave para determinar si llega o no.

La carrera del corredor conformista, pese a ser más corta, paradójicamente será más dura, porque habrá de enfrentarse a más. En consecuencia, su energía se verá mermada con facilidad, porque al fin y al cabo, nuestras fuerzas son limitadas. Su carrera puede volverse un infierno, porque además de tener metas bajas, sufrirá mucho para alcanzarlas. La frustración que le envolverá cada vez que supere un obstáculo y cual cabezas de Hidra se encuentre con tres más, unida a que apenas halle pequeñas recompensas en su trayecto, le convertirá en presa fácil de la angustia, la desesperación y el miedo al fracaso y aumentará las posibilidades de que sucumba a las ganas de rendirse.

Y para el corredor ambicioso, como se detendrá ante aquellos que considere que sobran y exigirá que se retiren, la dureza de su carrera será menor, y radicará más bien en la distancia. Además, si consigue que esos obstáculos sobrantes sean retirados, recibirá pequeñas recompensas en su trayecto. Así, su energía, aunque también se desgastará en la lucha y la protesta, se mantendrá siempre activa. Porque proviene de la voluntad y el deseo, y es mucho más potente de la que inyectan el deber, la necesidad y el miedo.

¿Qué podemos sacar de todo esto?

Nuestro problema, como ya expliqué en una de mis publicaciones favoritas, es que no sabemos distinguir el sufrimiento voluntario -aquel que soportamos para conseguir algo que deseamos pero aún no tenemos- del sufrimiento forzado -aquel que soportamos no para conseguir algo nuevo, sino para recuperar algo que ya nos debería pertenecer-.

Al perseguir grandes metas, tanto propias como colectivas, es imprescindible saber distinguir cuándo luchar por algo y cuándo exigirlo.

“El conformista lucha y no se queja; el ambicioso sabe cuándo luchar y cuándo quejarse.”. Esa es la frase.

Y así, en conclusión...

Lo ideal es tener grandes aspiraciones. Querer más. Y hacerlo sin olvidarnos de “saber valorar lo que tenemos”. Si sabemos que “valorar” no implica “conformarse con”, esta consigna deja de ser demagogia resignativa y se vuelve razonable. Nunca debemos darnos por satisfechos si sabemos -o al menos creemos- que algo puede dar más de sí.

Debemos correr. Perseguir un mundo mejor. Encontrar nuestro sitio, saber qué podemos aportar a los demás, y volcarnos en ello. Encontrar la forma de incluir nuestras pasiones en nuestro trabajo. Que nuestras pasiones sean nuestro trabajo. Y entonces, jamás tendremos que trabajar.

Sonreír. Sonreír cada vez que nos levantemos por la mañana, sabiendo que lo que hagamos ese día nos acercará más a nuestros objetivos. Y que las voces del viento que nos sople en la cara en el camino de regreso al hogar, secándonos el sudor, se encarguen de recordárnoslo.

Luchar. Luchar por grandes objetivos, por altos valores, por causas humanas que parecen perdidas. Porque sólo con ello, ya hacemos bien a la humanidad. Y haremos aún más si logramos alcanzar el éxito.

Que los demás capten nuestra energía, y nuestra vida se convierta en pura inspiración. Puro ejemplo.

Y entonces, nunca nos rendiremos.

Porque alguien seguirá nuestros pasos.


BW.


ESCRITOS RELACIONADOS

NO PAIN, NO GAIN: En esta publicación, que es de mis favoritas, explico, entre otras ideas, qué es lo que nos ha llevado como sociedad a no saber distinguir el sufrimiento voluntario del forzado o provocado, por qué nos limitamos a “seguir adelante” sin quejarnos.

4 comentarios:

  1. Poca gente es capaz de razonar de formas tan compleja. El mundo está lleno de borregos que van todos en la misma dirección. Esperanzador que haya gente como tú que reflexione sobre nuestro lugar en el mundo y qitenemos la obligación de dejarlo mejor que lo encontramos, mediante la consecución de nuestros propios objetivos y disfrutando con ello. Si todas las personas fuésemos así....😀😀

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    1. Creo que el problema no es tanto el hecho de ir todos en la misma dirección; sino el de avanzar por mera inercia, sin saber porqué. Preguntarnos quiénes queremos ser y hacia dónde queremos ir es parte de nuestro desarrollo como personas. La cosa va más por ahí.

      Gracias por comentar!!

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  2. Excelente trabajo Pablo, comparto tu reflexión. El hecho de saber quiénes somos y hacia donde queremos ir mejora la eficiencia de nuestro desarrollo personal; de esta manera no desperdiciaremos nuestra energía en aquellos momentos en los que se nos plantean estas cuestiones que hemos resuelto previamente. Muchas gracias por compartir tus reflexiones a través de este blog! Enhorabuena 👏🏻!

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    1. En efecto, el refuerzo de la identidad es una de las múltiples ideas que abordo en este post. Respecto a la utilización de nuestra energía, el enfoque pretende ser algo distinto a lo que has entendido, digamos que es una visión más crítica y reivindicativa que puramente reflexiva. Que en la vida hay obstáculos que inevitablemente hay que enfrentar, y otros ante los que corresponde actuar de otra forma.

      En cualquier caso, muchas gracias, por comentar y por leer!

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