Sinopsis
Nuestros valores, nuestra propia concepción
del bien y del mal, forman parte de nuestra identidad. Por eso, cuando los contravengamos,
estallará una guerra en nuestro interior que nos dividirá en dos bandos:
abogado y juez. El primero buscará justificación; el segundo, justicia.
De nada sirve haber avanzado mucho en un
hipotético camino si nuestras huellas han ido manchándolo de sangre. Un camino
sangriento, por largo que sea, es reflejo de una persona fracasada.
“El valor de una persona no se desprende de
lo lejos que haya llegado, sino del color del que haya teñido el camino con sus
huellas.”
Prólogo
“No regrets”. Una hermosa canción que me
inspiró para escribir esta reflexión tan profunda, retorcida, abstracta,
sinsentido y abierta a infinidad de interpretaciones.
Creo
que con el tiempo le iré teniendo más aprecio, si a medida que pasen los años
conservo el espíritu y los valores que he plasmado en ella. Y a propósito, está
repleta de frases de esas que “impactan”, más que cualquiera del resto de mis
obras.
Sólo
yo sé qué sentido he querido que tengan estas líneas.
Pero
sois libres de darles el vuestro.
SIN REMORDIMIENTOS
Morir
sin haber vivido es quizá el mayor de mis miedos. Como dije en mi primera
publicación, para mí la palabra “vida” tiene significados mucho más
profundos que el mero hecho de “estar vivo”. Y en ésta, vamos a explorar las profundidades de ese océano.
Lo
haremos de la mano de una de mis mejores amigas: la conciencia tranquila.
La
inocencia como forma de vida es un buen punto del que partir. Cuando hayamos
hecho el mal, no habrá mayor castigo, no habrá mayor tortura, que esa voz interna
que no nos deje dormir, que nos susurre al oído que hemos dejado de seguir los
dictados de nuestro corazón. Que hemos traicionado nuestros valores. El día
que nos acostemos escuchando esa voz será un día perdido; el día que muramos,
si no la hemos acallado para entonces, será el fin de una vida vivida en
fracaso.
El
alma humana, para que su paso por la Tierra sea, para bien, recordado, jamás
debe herir a las demás. Si algo nos caracteriza como especie es nuestra
capacidad para sobreponernos a nuestras debilidades, para controlar nuestros actos, alejándonos de seguir nuestros instintos y nuestros deseos,
cuando hacerlo suponga dañar a alguien.
“El
valor de una persona no se desprende de lo lejos que haya llegado,
sino
del color del que haya teñido el camino con sus huellas.”
Quedaos con esa frase. Es mía, os la cedo.
Podéis utilizarla; pero sólo si comulgáis con ella. Hacedme ese favor.
De nada sirve haber avanzado mucho en un
hipotético camino si nuestras huellas han ido manchándolo de sangre.
Un camino sangriento, por largo que sea, es reflejo de una persona fracasada. Hemos
de huir de ellas como de la peste, si no queremos convertirnos en sus próximas
víctimas.
El fin no justifica los medios. Si algún
día cerramos el puño, que sea para gritar victoria. Mantengamos ese puño firme.
Y que el espíritu alcance a llegar allá donde no pueda la fuerza.
Nuestros valores, nuestra propia concepción
del bien y del mal, forman parte de nuestra identidad. Por eso, cuando los
contravengamos, estallará una guerra en nuestro interior que nos dividirá en
dos bandos: abogado y juez. El primero buscará justificación; el
segundo, justicia.
Quizá, al hacer el mal, pretendamos
justificarnos en la supuesta “aceptación social” de la conducta en
cuestión, buscando apagar la llama de nuestro buen corazón a base de garrafazos
fríos de realismo; pero ésta debe seguir ardiendo… porque no hay excusas. Buscar
justificación para una mala conducta en el hecho de que la sociedad la acepte
sólo sirve de cara a la galería; nunca en nuestro fuero interno.
Nuestro juicio existencial sólo finalizará
cuando sintamos que la herida que hayamos abierto haya sanado. Y
eso puede ocurrir si reparamos el daño causado, pero también si nos aplicamos el
remedio de los cobardes: la panacea del autoengaño.
Derogar nuestras leyes internas y sustituirlas por otras más
transigentes.
Pero recordemos una cosa: todo
ordenamiento jurídico que disponga de una extensa lista de excepciones a las
reglas con que pretenda salvaguardar sus principios inspiradores, terminará
perdiendo su razón de ser. Una presa, si se la llena de agujeros, se
convertirá en colador. El agua pasará como si no estuviera, y los agujeros se
agrandarán poco a poco con la presión, pudiendo llegar a derribarla.
Practiquemos nuestro “ser”. La lucha por lo que consideremos justo y deseable. Si no luchamos
por algo, no “somos”. No existimos; estamos de paso por la existencia. Las
personas somos y debemos ser rectoras de nuestro presente y porvenir, al menos
en aquella parte que las fortunas e infortunios de la vida nos lo permitan.
Debemos encontrar un sueño que perseguir, una
idea, aún irreal, y realizarla. Si no tenemos un sueño, empecemos por soñar.
Luchemos, y nunca perdamos nuestra integridad, porque aquello que decidamos
perseguir, el lugar donde pongamos nuestras metas, también marcará la persona
que seamos.
Aquello a lo que aspiremos, aun cuando no
lo tengamos, y aun cuando jamás lo lleguemos a conseguir, ya formará parte de
nosotros, desde el mismo momento en que lo hayamos concebido. Así, todo
pequeño acto con el que conduzcamos nuestro “ser” hacia el “ser” que queremos
ser, será un paso más hacia la autorrealización.
Porque la autorrealización es la cima de la
pirámide. La autorrealización reside en objetivos vitales complejos,
abstractos, que vayan más allá de lo personal, lo familiar, lo profesional o lo
económico. En entes inmateriales hacia los que guiar nuestros pasos.
¿Por qué no luchar para evitar el colapso
de nuestro planeta? ¿Por qué no, por la erradicación del maltrato animal? ¿Por
qué no acabar con la violencia de género? ¿Por qué no velar por que cada persona
en cada lugar del mundo tenga como mínimo lo necesario para su supervivencia?
¿Por qué no buscar la manera de salvar a la especie humana de su propia
autodestrucción?
Y es que, si decidimos perseguir semejante
destino, aunque no lo alcancemos, éste sabrá ser benevolente. Para morir
sin remordimientos bastará con haberlo intentado hasta la saciedad. Así, para
un alma noble, tanto alcanzar la gloria como morir en el intento le permitirán
descansar en paz, sin la compañía susurrante de la voz de su conciencia,
pues ésta también estará tranquila.
Sea como sea… hagámoslo. Interpretemos el
papel protagonista en la historia de nuestra vida. Tomemos algún que otro
riesgo, echémosle valor, y apostemos por aquello en lo que creamos. Intentarlo
y fallar siempre será mejor que quedarse con la duda. Es el coraje frente al
miedo, la actuación frente a la mera observancia, la toma de acción frente a la
eterna espera.
Hipócrita de mí, predicar estas lecciones cuando
todavía estoy aprendiéndolas. En alguna que otra asignatura de la escuela de
la vida, cuando te matriculas tarde, el profesorado te enseña a tortazo limpio.
Duele, pero aprendes. Y tarde siempre será mejor que nunca. La idea
clave ya la tengo clara: a la larga, lo que hagamos merecerá la pena. Si tienes
preguntas, sal a buscar las respuestas. Quizá, si te quedas esperándolas, algún
día lleguen a ti; pero puede que nunca lo hagan.
Cosechar éxitos y fracasos, alegrías y
tristezas, coleccionar grandes lecciones y valiosos recuerdos, que irán
colmando el vacío de nuestra existencia, llenándola de vida.
“Vida”. Eso es. Por muy mal que pueda
llegar a salir algo, nos permitirá escribir más páginas en nuestra propia
historia, y estarán ahí para el día en que la contemos. Porque cuando
alcancemos nuestro epílogo, todos, absolutamente todos, querremos
tener algo que contar.
“Para escribir nuestra historia, por eso
estamos aquí.”
(Uxía Rodríguez)
Y a quien, como yo, viva por y para un
sueño, le daría un último consejo: evita convertirte en mártir; vivo también
podrías llegar a ser héroe en tu propio cuento.
Tú mereces morir de viejo.
Y sin remordimientos.
BW.
ESCRITOS
RELACIONADOS
MERECÍA MORIR DE VIEJO – En este relato, que considero el
mejor que he escrito hasta la fecha, cuento una historia de fe, esperanza,
ilusión, nostalgia y amor, de la que puede desprenderse gran parte del
significado que he pretendido darle a la reflexión que acabamos de leer.

Excelente reflexión Pablo, buen trabajo 👏🏻👏🏻
ResponderEliminarMuchas gracias Efrén!!
EliminarEl autor en estado puro. Creo que nunca te has desnudado tanto como en este escrito. Fabuloso. Honesto, real, asequible, pero difícil planteamiento de vida. Es fácil pensar, lo difícil es actuar. Ojalá sigas tu vida por donde quieres, pero recuerda que no siempre sobre tu vida mandas tú. Y mancharás tu camino. No necesariamente de sangre. Y no por ello restará valor a tu futuro, a tu persona, a tu vida...
ResponderEliminarCreo entender dos aspectos. El primero y más importante, que has sabido captar ciertas motivaciones subyacentes que me llevaron a escribir a esta reflexión; y el segundo, que, en parte, eso te impida comprender adecuadamente la reflexión en sí.
EliminarLas ideas que se exponen no se basan en un control absoluto sobre nuestra propia vida, que, en efecto, no tenemos (algo sobre eso contendrá una de las publicaciones venideras); sino más bien, dando eso por sentado, enfocarse en la actitud, para con nosotros, para con los demás, y para con la vida en sí.
La referencia a manchar un camino "de sangre" simboliza herir a los demás, digamos, voluntariamente, tanto de forma directa como asumiendo que se trata de daños colaterales.
Otro tipo de "manchas", como pudieran ser de sudor o de lágrimas, por supuesto, no restarán valor a la vida de una persona; sino que, para cada caso, formarán parte de la pintura con que ésta teñirá su camino, de la historia que tenga que contar.
Y como bien concluye esta reflexión, cuanto más contenido tenga esa historia... mejor.
Muchas gracias por el comentario!