Sinopsis
Una bandera debe unir a quienes se sientan representados
en ella. Pero mal enarbolada, puede producir el efecto contrario: separar.
En el momento en que alguno de los bandos
que aspira al poder enarbola la bandera nacional como símbolo propio, la
despoja de contenido, pues dejará de ser un símbolo de todos, para convertirse
en un símbolo de todos… los que secunden sus ideas.
De esta forma se crea un filtro, un
mecanismo de selección. Para que pueda decirse que una persona merece un lugar
bajo la bandera, que merece ser parte del colectivo, debe comulgar con la
ideología del bando enarbolante, o al menos no discrepar demasiado.
Y, por el contrario, todo aquel que no
cumpla con esos requisitos, no sólo estará excluido; sino que representará una
amenaza…
Prólogo
En esta nueva publicación abordo los
entresijos de la simbología desde una perspectiva actual. En este país, la bandera ha caído en malas manos.
Siendo fiel a la línea crítica propia de
mis comienzos, y dando a la vez cabida a la conciliación liberadora que impera
en el blog hoy por hoy, es un texto bastante particular.
Una bandera, utilizada de mala manera, pierde su esencia, y
puede llegar a transmitir hostilidad, rabia, frustración, ignorancia y
prepotencia. Y, sobre todo, odio, mucho odio.
Pero ese odio, en mí, no florecerá.
PATRIA DE FALSA BANDERA
En uno de mis posts más polivalentes, hablamos
de un arma de las élites que consistía en ir poco a poco mitigando las
expectativas de la población, volviéndola más conformista y adaptable, al
tiempo que le decía que su enemigo era el que tenía al lado, dividiéndola de
forma tal que no dirigiese hacia arriba la poca rabia que le quedase.
En esta ocasión abordaremos con más detalle
uno de sus entresijos, la simbología, y veremos cuán devastadores pueden
ser sus efectos si se utiliza de mala manera.
La población mundial está dividida en
Estados, hacia los que se ha sembrado, bajo una serie de símbolos, un
sentimiento de colectividad. Y a su vez, como el territorio que un
Estado domina está delimitado por fronteras, se ha creado una falsa
idea de propiedad sobre él. Como si el ser humano fuese quien de proclamar
que un terreno es “suyo”.
Se pretende que para la población de cada
Estado – o “comunidad”, o “país”, para este planteamiento pueden equipararse –
mantener esa propiedad sea algo importante, pudiendo incluso llevarle a tomar
las armas. La propiedad, a la par que la cultura y la identidad de la nación - como
expliqué en otra ocasión – es un motivo por el que han estallado y
estallarán las peores guerras. Pero hoy día, las guerras son mucho más sutiles.
El arma más peligrosa es la influencia.
Y en cuestiones de influencia, la
simbología es clave. Asentada la división política de la humanidad, la potencia
más, explotando la necesidad humana de pertenecer a un colectivo.
Se transmite la idea de que si uno lucha
“por la patria” lo hace también en nombre de lo que supuestamente la “patria”
significa: la “unidad”, el “orden”, la “integridad”, el “honor”, el “bien” …
Pero cuando alguien jura una bandera,
no declara lealtad a ninguno de esos valores; lo que hace es decidir por
quién librará la guerra. Luchará en nombre de un supraente irreal, en
respuesta a supuestas amenazas de supuestos enemigos, para proteger unos
recursos que supuestamente son suyos; pero que, en todo caso, son de sus amos.
Entonces, llega el siguiente paso: dividir
a la población de un mismo Estado utilizando su propia simbología.
Vamos a centrarnos en España…
En nuestros días, hay corrientes
ideológicas que se han apropiado de la bandera, y mucha gente ha tomado partido
por ellas sin tener razones racionales para hacerlo, sin que sean suyos los
intereses que defienden.
Cierto es que hay personas que sí tienen
motivos para simpatizar, desde un punto de vista individualista y pragmático. No
entraremos a juzgarles en esta ocasión – ya lo he hecho hasta la saciedad en
otras –. Pero, en cualquier caso, son minoría. Hablemos del resto.
¿Por qué tanta gente ha tomado partido por ideologías
que en la práctica le perjudican?
Una bandera debe unir a quienes se sientan representados
en ella. Esa es la idea principal. Pero mal enarbolada, puede producir
el efecto contrario: separar. En el momento en que alguno de los bandos que
aspira al poder enarbola la bandera nacional como símbolo propio, la
despoja de contenido, pues dejará de ser un símbolo de todos, para
convertirse en un símbolo de todos… los que secunden sus ideas.
De esta forma se crea un filtro, un
mecanismo de selección. Para que pueda decirse que una persona merece un lugar
bajo la bandera, que merece ser parte del colectivo, debe comulgar con la
ideología del bando enarbolante, o al menos no discrepar demasiado.
Y, por el contrario, todo aquel que no
cumpla con esos requisitos, no sólo estará excluido; sino que representará
una amenaza.
El bando enarbolante planteará las cosas a
la gente de una manera muy simple: le da la posibilidad de pertenecer a un
colectivo, presentándoselo como una sociedad cohesionada con una concepción concreta del bien y del mal, a la que sólo tendrá que acogerse. Nada más.
Centrará su discurso en dos aspectos: convencer
al elector de que sus ideas son las correctas, y demostrarle que lo que esté
fuera de ellas es un enemigo. Pero no uno cualquiera, sino otro colectivo identificable y cohesionado que lucha como
tal, que representa la “anti-nación”. Y que, por tanto, hay que
defender a la patria de sus ataques.
Es normal que gran parte de la ciudadanía
tome la elección sencilla. Una vez que una persona lo hace, el enarbolante le abre un hueco bajo
la bandera de la que se apropió. Ya es uno más.
Identificarse con el colectivo y ver a todo
el mundo pensando de formas tan parecidas, le hará sentir que ha encontrado su
lugar. Así, ya tendremos un papagayo más, que cacareará las ideas que ha
firmado y criticará todavía más aquellas que le han dicho que debe odiar.
Este proceso es más profundo en ciertas
circunstancias: para la población que tenga baja autoestima, y para la que haya
tenido problemas con alguna de esas personas que se le describen como
“enemigas”.
Una persona con baja autoestima es
el principal objetivo de los discursos enarbolantes de la patria, pues
siente con mayor fuerza esa necesidad de pertenecer a un colectivo. Necesita
sentirse aceptada, valorada, querida. Ser “uno más” no es ningún
problema para ella; al contrario, le reconforta.
De esa forma, la bandera le cubrirá vacíos
existenciales. Con lo cual, ahora tiene mucho que
agradecerle, y será consecuente con ello: se volverá fanática
y la defenderá a muerte. A veces, literalmente.
Y también, puede ocurrir que una persona
tenga problemas con otras, y que desde el bando enarbolante se le dé una
explicación que le reconforte: que ella no tiene la culpa. Que esa gente que
le hizo daño, sólo busca “el mal”.
La particularidad es que esa gente siempre
va a tener alguna característica que le identifique con un colectivo –
llámense etnias minoritarias; gente extranjera en general -excepto de raza blanca y personas adineradas-; gente pobre; gente
“vaga”; “menas” “comunistas”; "secesionistas"; “feministas”; “terroristas”; “proetarras”; “radicales”
… –.
Entonces, cuando esa persona vea que en esa
lista de “enemigos” puede identificar a quienes le dan problemas, todo tendrá
sentido para ella: ¡son gente malvada! Y quienes están
ahora a su lado, hablándole de “integridad”, de “unión”, de “honor”, de “patria”,
de “buenos y malos”, le comprenden. Puede que bajo la bandera haya más gente a
la que le haya pasado lo mismo, así que ella también podrá comprenderla, y podrán
luchar juntas para defenderse y para que el enemigo pague
por lo que hizo.
Como podemos observar, para quien se
apropia de la bandera, es importante ofrecer una serie de ideas que se
identifiquen con el “bien”; pero lo es también identificar posibles
amenazas contra éstas. Amenazas concretas. Es una estrategia política. Siempre existirán conejillos de indias, chivos
expiatorios, que serán despreciados y criminalizados por el bando enarbolante.
Y entonces, finalmente, entra en acción la “prioridad
selectiva”.
Todo Estado cuenta con una infraestructura
de recursos para sostenerse a sí mismo y mejorar la vida de la población. Y unida
bajo la bandera nacional, esa parte de ella se sentirá también dueña de
éstos. Pero, claro, los enemigos, la “anti-nación”, deberían tener un
menor, o incluso nulo, derecho a acceder a ellos. No cumplen los requisitos.
Cuando la sensación de pertenencia a un
colectivo se combina con la mentalidad de escasez – que ya analizamos en
otra ocasión –, comienza la “prioridad selectiva”. En tiempos de recesión,
el bando enarbolante convencerá a sus simpatizantes de que tienen prioridad. No
hay para todos; y como ellos son los “buenos”, deben acceder primero.
Así, esa parte de la población, asustada,
será capaz de sostener – o al menos callará cuando alguien lo haga – que
quienes no pertenezcan a su colectivo deben tener menores o nulos derechos a
acceder a la sanidad, a subsidios y ayudas de cualquier tipo, y un largo
etcétera. España first.
Cuando una economía atraviesa malos
momentos – sean reales o ficticios – es normal que quienes adopten estos
discursos multipliquen sus simpatizantes; como también lo es que, después, los
pierdan.
Porque en el fondo, no saben ni lo que
defienden. Si a sus ideas les quitamos la demagogia emocional ¿qué nos queda?
Palabras vacías. Hostilidad, rabia, frustración, ignorancia
y prepotencia. Y, sobre todo, odio, mucho odio.
El coronavirus como
prueba del delito.
La pandemia del coronavirus, que nos asoló
mientras tenía este artículo en desarrollo, me va a permitir, a la par que ser
un poco conciliador, dar una prueba para todo lo anterior.
Desde marzo de 2020, banderas y más
banderas de España cuelgan en los balcones. Más que nunca, si obviamos los
mundiales de fútbol. Pero el sentimiento que producen es distinto, porque
también lo es el contexto, la razón por la que la gran mayoría de ellas están
ahí.
Esas banderas no están politizadas. No
convidan a tomar partido por el bando que se apropió de ella y librar la guerra
interna; sino que son muestras de apoyo a toda la población, sobre todo a
quienes están sufriendo. No dividen; al contrario, sí pretenden unir.
Porque todos queremos salir de ésta. Es un
momento en que el discurso político llega a sobrar. Quizá haya una pequeña
minoría, afín al bando enarbolante, que aproveche las circunstancias para seguir
transmitiendo sus mensajes; pero en general, la bandera de España que cuelga
del balcón en tiempos de coronavirus pretende decirle a quien la vea “quiero
que estés bien, y que, si sufres, te cures cuanto antes”.
Yo mismo, que en teoría formo parte de la “anti-nación”, he captado ese mensaje. He visto multitud de banderas nacionales
sin sentir que se alzaban contra mí. Ahora, sí hay un enemigo común,
identificable y desalmado, que ataca sin atender a razones.
Y es que esto da que
pensar…
Quizá, en realidad, para quien se apropia
de la bandera, identificar al enemigo no sea sólo una parte del
discurso; sino el argumento principal. Si nadie te
ataca, no tienes de qué defenderte.
Por eso, creo que “España” no me odia; en
todo caso, me odiarán quienes pretenden hablar en su nombre. Y por eso, yo no
la odio a ella ni a su bandera. Ese odio, en mí, no florecerá.
Esa gente no tiene ni idea del daño que
está haciendo. Quizá se crea sus propias palabras, o quizá no, pero cuesta
mucho creer que haya personas tan desalmadas. Llegará un momento – si es que
llega – en que sus simpatizantes se empiecen a dar cuenta de que las amenazas para las que buscaron protección bajo una bandera
despojada de significado, y abrazando soluciones maquiavélicas, eran mentira. Que
esa unión era ficticia.
Pero mientras, seguiremos a merced del
verdadero enemigo.
“Divide
et impera”
(Divide
y vencerás)
Julio
César
BW.
ESCRITOS
RELACIONADOS
EL CEPO
CHINO – En este post se explica con todo detalle cómo las
élites consiguen ir mitigando las expectativas de la población, volviéndola más
conformista y adaptable, al tiempo que le dicen que su enemigo es el que tiene
al lado, dividiéndola de forma tal que no dirija hacia arriba la poca rabia que
le quede.
NO PAIN,
NO GAIN – En este ensayo, que quizá sea, de entre todas mis
obras, la que más me perfila políticamente, explico con todo detalle los
entresijos de la mentalidad de escasez, cómo se crea y cómo se utiliza para
guiar nuestra percepción del mundo, y, en particular, del acceso a los recursos
que necesitamos para vivir.
UN
CUENTO DE NUNCA ACABAR – En este post hablo sobre cómo la
propiedad, la cultura y la identidad de la nación actúan como detonantes de lo
que a lo largo de la historia han sido, son, y serán, las peores guerras.

No tengo banderas que me representen. Soy ciudadana del mundo, pero no soy tratada igualmente en todas partes del mundo. Y como yo tanta gente. Me siento identificada con culturas, vivencias, historias...comunes a un colectivo. Las banderas son trapos que sólo valen para barrer mentes de un extremo a otro. El análisis me gusta. Lo percibo real. 😉🥰
ResponderEliminarPoco que decir en esta ocasión, parece que comulgamos. Gracias por leer!
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